
Fotografía por Elizabeth Betancur
CONFLICTOS
EN LAS RELACIONES
Hugo
Betancur
Todos los conflictos provienen de condiciones de las relaciones. Somos
afectados por las acciones de otros o afectamos a otros con nuestras acciones.
Y lo que pasó antes en nuestra medida del tiempo va causando sus efectos en la
posteridad: está presente un nexo de continuidad entre antecesores o
predecesores y sucesores –el antes y el ahora acoplados certeramente y
propiciando los fenómenos dinámicos de la vida.
Los conflictos son situaciones de desequilibrio, una pugna de fuerzas
por eventos sucedidos o por expectativas no satisfechas: algo debe ser resuelto
para disolver el conflicto y alguien debe ser resarcido.
Los conflictos provienen de sistemas de creencias: quien oprime, quien
asume algún objetivo respecto a otros es guiado por ideas -despojarlos de algo,
imponerles algo, dominarlos o controlarlos; o también, sentirse víctima de
otros o sentirse atropellado o menospreciado.
De las creencias, de los patrones, o moldes, o premisas mentales, se
derivan los sentimientos de cada uno. Los sentimientos son extensiones de
las creencias y de la personalidad, y son manifestaciones o impresiones
particulares. También las emociones provienen de las creencias.
Cuando nos es posible cambiar la mentalidad, los sentimientos y las
emociones que expresamos adquieren otras tonalidades. Psicológicamente podemos
decir que muchos seres humanos conflictivos y con tendencias ofensivas están
estancados porque repiten comportamientos y acciones que repercuten en su
desasosiego o en su inestabilidad afectiva, y probablemente en la de otros
allegados
De las mismas acciones y relaciones surgen situaciones y tramas
parecidas a los que sucedieron previamente en la línea de tiempo. Un dicho
popular contempla esta monotonía que ejecutan los actores cotidianos: “Ahí
están los mismos con las mismas” –refiriéndose a personajes que no han cambiado
significativamente con sus comportamientos previsibles y reiterados.
Las opciones de cambio son umbrales de conocimiento. Los vemos si hemos
accedido al inconformismo en nuestros procesos de vida; los atravesamos si
hemos decidido superar lo que nos parece conocido y si queremos trascenderlo
con nuestra participación. Son un arco iris nítido en nuestras mentes que nos
anuncia la primavera con su señal luminosa.
Los conflictos son situaciones de separación, de disociación. Cuando
entramos al campo de batalla vamos al encuentro contra nuestros adversarios.
Atacamos o somos atacados. ¿Quién tiene las armas más poderosas y las
estrategias más aniquiladoras? ¿Quién muestra una mayor fortaleza para vencer a
su ocasional enemigo? ¿Es el contrario aquel a quien atacamos? ¿O es la persona
que decimos amar, o valorar, o apreciar el objetivo de nuestra ira, de nuestras
ofensivas?
A veces lo que parecía un hermoso y poético jardín de flores vivas e
iridiscentes pasa a ser un desolado espacio de confrontación donde los
contendientes miden su fiereza y capacidad de causar daño.
Como seres humanos atravesamos las experiencias de las guerras y las
campañas homicidas creyendo que fundaríamos imperios invencibles. Todos esos
vanos reinos y dinastías fueron pasando; sus temibles ejércitos fueron
aniquilados progresivamente; y sus generales, dictadores y emperadores fueron
consumidos junto con sus huestes de adeptos, gregarios e idolatras medrosos.
Sin embargo, llegaron otros que no atendieron las viejas lecciones, las
atroces campañas vencidas, a protagonizar nuevas historias de terror e
intimidación, a causar lutos, dolor y devastación –para sembrar otra vez
las semillas de deudas generacionales y venganzas vigentes.
Posiblemente de esa necrología reciente o lejana provenga nuestra
adicción o tendencias a los conflictos. Cuando nos encontramos con nuestros
conocidos y les preguntamos cómo están, nos responden mecánicamente: “Ahí en la
lucha”, como si percibieran que sus existencias fueran una confrontación
habitual y perentoria.
Como en las vivencias de combates y luchadores, a veces nuestras vidas
adquieren esa significación.
Si nos referimos a las relaciones llamadas “de pareja”, las “relaciones
especiales” –donde la disparidad resalta frecuentemente-, vemos que la
conflictividad persiste como un componente parásito y disociador. Los
implicados aparecen como dos que no logran aunarse. Dos extraños que compiten
por la primacía en el debut, por el papel del actor principal que pretende que
otro le secunde –uno de los dos debe atraer la atención, el primer plano,
mientras el otro permanece en la sombra, en la penumbra del escenario.
Sin embargo, nos apegamos a las relaciones con un sentido de posesión o
de sujeción –creyendo que algo o alguien nos pertenece o que le pertenecemos-.
Ese apego puede restringir nuestra libertad o puede limitar la de otros
y podría significar más o menos: “Nuestras vidas están enlazadas; si te alejas
o si me alejo habrá sufrimiento; prefiero el sufrimiento de tenerte con los
conflictos que protagonizamos los dos a perderte y sufrir porque no estás a mi
lado”.
Todo conflicto es una situación de violencia y divergencia psicológica.
¿Qué intereses o propósitos tienen quienes propician el conflicto o quienes
reaccionan conflictivamente? ¿Qué mentalidad o que objetivos animan a
quienes persisten en el conflicto adoptando actitudes de hostilidad o
sintiéndose oprimidos o amenazados por otros?
Podemos liberarnos de muchas circunstancias o personas conflictivas
simplemente rehusándonos a interactuar con ellas. Esto es posible cuando
habíamos establecido relaciones afectivas, de acercamiento y cordialidad que se
fueron convirtiendo en relaciones de rivalidad y oposición. Luego del
entusiasmo inicial, las imágenes de decepción y hastío reemplazan a las de
optimismo y confianza. Cuando nuestro relacionado o relacionada esgrime
comportamientos agresivos y mantiene su disposición a la discordia,
reaccionamos con enojo o contrariedad. Nuestra respuesta puede ser exaltada y
retadora o apagada y derrotista.
Es sólo el enfoque que tengamos al relacionarnos lo que nos atrae el
panorama que nuestras mentes vayan a contemplar. Podemos elegir con qué nos
quedamos de todas las opciones posibles que podamos encontrar: seguimos dando
vueltas como las mariposas en torno a la bombilla encendida en la noche,
deslumbrados y atrapados en una rutina, o emprendemos nuestro vuelo en la
oscuridad como las luciérnagas con nuestra propia luz, realizando otras
acciones que nos permitan descubrir nuestra autonomía y nuestra armonía.
Somos afectados por todos los eventos de la vida. Podemos decidir qué
impresión dejar en nuestras mentes: la de la paz y la comprensión o la de la
frustración y el resentimiento.
Y los demás seguirán inmersos en su propia película, siguiendo fielmente
el argumento y actuando momento a momento según sus presentimientos y sus
elecciones.
Hugo
Betancur (Colombia)
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