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sábado, 1 de enero de 2022

Altares, duelos, cambios por hacer.

                                                                                                           Fotografía por Diana Valderrama.

     ALTARES, DUELOS, CAMBIOS POR HACER

Hugo Betancur

 

Momento a momento, la imprevisible y compleja vida nos despliega su repertorio de relaciones, tareas, aprendizajes. Nos confronta con los cambios que ocurren afuera y que no podemos evitar y con los cambios imperativos que nos corresponde hacer y que no logramos emprender. El inventario de lo realizado y lo aplazado aumenta desmesuradamente y nos sobrepasa. Nuestros conocimientos y acciones se tornan insuficientes y por momentos aspiramos a que otros nos complementen o asuman nuestros asuntos, lo que no sucede porque ellos tienen sus propias cargas y prioridades.

Muchos seres humanos conocidos o apreciados o amados por nosotros se alejan, o llegan a la consumación de su personaje que deja de existir, lo que nos compromete con duelos súbitos que extendemos en el tiempo y que nos mostramos reacios a resolver y a liberar -en ocasiones exageramos nuestras reacciones particulares de tristeza y negación, y asumimos un sufrimiento amargo y elocuente que nos parece apropiado y necesario.

Talvez no logramos experimentar plenamente muchas de nuestras vivencias en tiempo presente porque las atravesamos distraídos y no somos conscientes de su transitoriedad y de su trascendencia -sólo las memorizamos fragmentariamente para después evocarlas en tiempo pasado revistiéndolas de nostalgia y de afectividad para medio rescatarlas del olvido.

Hacemos altares a nuestros ídolos y a los personajes o historias o circunstancias, que para nosotros son dignos de reverencia y exaltación. Sin embargo, podemos preguntarnos: ¿qué altares nos llevan a estados de bienestar, de alegría, de optimismo, de cordialidad?; ¿qué altares nos llevan a estados de malestar, de tristeza, de pesimismo, de conflicto?

Esos altares los establecemos en nuestras mentes, aunque también disponemos un sitial  exterior representativo donde apilamos cosas, historias, figuras que emulan a los personajes que veneramos o admiramos.

Simbólicamente nos postramos ante nuestros altares como devotos con la esperanza de que llenen de energía y de luminosidad nuestras vidas.

Todos los altares son inertes y solo tienen la vitalidad que les aportamos quienes los hemos erigido, o  quienes adherimos a los propósitos y motivos de otros que los establecieron.

Nuestras acciones son siempre retributivas y desencadenan efectos equivalentes.

Posiblemente el altar mayor para muestras celebraciones y rituales sea la vida con su gama de acontecimientos magníficos y de relaciones llenas de afecto y de bondad -es un altar cambiante y dinámico donde las figuras aparecen y desaparecen y donde nuestras interpretaciones son susceptibles de modificaciones, de  arreglos, de conciliaciones.

Somos seres humanos vivos que vamos muriendo y nuestra prioridad mayor es la comprensión de los eventos y las relaciones y la liberación de las culpas que creamos y conservamos -y que a veces magnificamos como jueces severos de los actos y comportamientos de otros.

En el discurrir de la vida, es probable que la mayoría de ideales y expectativas que trazamos a las personas, o que nos trazan, no sean realizables porque no somos amasijos de plastilina que otros puedan modelar a su antojo sino seres vivos con nuestras virtudes admirables que son nuestros dones y con nuestras limitaciones deplorables y nuestros errores que son nuestros yugos.

La concordia con todo y con todos es el ideal que debe prevalecer. Ninguno de nosotros escapa al destino trazado por nuestras almas y solo la visión amorosa y tolerante nos libera de la depresión y de los conflictos y nos permite modificar nuestros guiones y roles.

Lo que la gente llama felicidad es una construcción mutua y no una función o una provisión que otros nos proporcionen o nos provean como nuestros sirvientes.

Podemos imaginar que somos amos de lo que comprendemos y amigos de aquellos que ponderamos con benevolencia –o al menos nos eximimos de plantarnos como sus contrincantes. Y tal vez seamos esclavos de las culpas que elaboramos contra otros y contra nosotros mismos -que se convierten a la larga en cargas o raíces de amargura y adversidad. La metáfora que nos sirve para examinar los procesos psicológicos de la culpa es la del penitente o monje fanático que se flagelaba y se mortificaba con un cilicio hasta sangrar con la ilusión de obtener la redención de sus pecados con su ofrenda de dolor.

Muchos seres humanos mantienen y adornan sus altares de sufrimiento con el relato de sus fracasos, de sus sueños frustrados y de las relaciones en que se rotularon como víctimas porque otros u otras no obedecieron sus planes de felicidad.

En la práctica médica identificamos muchos pacientes que han elaborado guiones escabrosos de sus vidas y que se han vuelto consumidores crónicos de antidepresivos, sedantes y antipsicóticos. Cotejando las historias que cuentan y las que cuentan sus relacionados, descubrimos que estos pacientes han distorsionado episodios significativos de su pasado para inculpar a otros de haberles causado las heridas psicológicas que han elaborado y que los muestran infelices y resentidos. Es posible que este guión de víctimas y sufrientes lo hayan imitado de los comportamientos de allegados y parientes que influyeron sobre ellos y que quizá experimentaron relaciones tortuosas reales o que desvirtuaron la veracidad de los hechos para representar papeles de autocompasión convenientes o lastimeros.

Considero que cada uno puede acogerse a su libre albedrío y que ejecutará o cumplirá las acciones que considera pertinentes o coherentes según su idiosincrasia -salvo que decida sacrificarse sirviendo los intereses y mandatos de otros menoscabando su autonomía. En este mundo, solo los robots pueden ser programados a cumplir mecánica y previsiblemente las funciones y acciones cibernéticas determinadas por ingenieros de sistemas humanos.

Los conflictos y las guerras duran lo que determinen quienes se declaran adversarios y confrontan el ímpetu de sus egos  y sus argumentos de ataque pretendiendo derrotar o someter a su oponente. Sólo quien abandona el campo de batalla sin vencer y sin ser vencido puede descubrir y manifestar el prodigio de su propia paz. 

Hugo Betancur (Colombia)

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