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martes, 3 de febrero de 2026

La paz que podemos alcanzar


                                                                Geometría. Fotografía por Elizabeth Betancur

EL  ESTADO  DE  PAZ

 

Hugo  Betancur

 

Posiblemente pensemos en la paz como un estado de sosiego y armonía, de ausencia de conflictos, de ausencia de violencia.

En los períodos de armonía, la vida se nos presenta como una coreografía o una danza en que los participantes realizan sus movimientos sincronizadamente, integrados en las acciones y los propósitos.

Todo conflicto implica pugna, agitación, agresividad, reactividad, disociación.

Según las culturas y colectividades humanas diversas, los motivos de retaliación y castigo contra los oponentes siguen presentes por los antecedentes de violencia, vandalismo y homicidio que cada grupo sufrió en el pasado, cercano o remoto. Cada comunidad humana ha sido afectada en su historia y los eventos padecidos retornan regularmente como recuerdos ingratos y onerosos que deben ser enmendados aplicando a los culpables o a sus sucesores un castigo de proporciones iguales o mayores a las vivencias experimentadas por quienes se consideran sus víctimas.

A veces no aparece como tangible una causa previa de vejación o daño asestado que sirva como motivo para atacar a otros. A cambio, quienes ejercen acciones violentas tienen convicciones y tradiciones que les llevan a creerse superiores y a oprimir sistemáticamente a quienes consideran sus inferiores, con una motivación segregacionista y avasalladora.

Es posible que como característica humana común tengamos arraigada la creencia en que la venganza y el castigo deban ser ejecutados rotundamente como actos de reparación y de ajuste.

Tal vez por esa razón, todo lo sucedido sigue vigente para la posteridad, condicionando relaciones y comportamientos y manteniendo una disgregación revanchista.

La paz no es posible mientras persistan los sentimientos de odio, de aversión y de auto victimización que expresamos como sujetos particulares o como colectividades, o mientras mantengamos vigentes  las ideas de separación con que rotulamos a otros como distintos e inmerecedores de nuestro aprecio y respeto.

El estado de paz es una decisión activa de excluirnos del campo de batalla y de las contiendas.

Todo ser humano violento se da demasiada importancia a sí mismo o le da demasiada importancia y prominencia a las creencias que esgrime o a los mandatos, tradiciones y creencias que prevalecen en los grupos a los que ha adherido. Desde esa mentalidad disociadora, se planta ante los demás como un luchador fanático y feroz que participa en las contiendas como un combatiente empeñado en vencer a sus adversarios. Arremete contra otros, especialmente cuando los ve vulnerables, cuando juzga que no corre riesgos, cuando presume que podrá obtener ganancias doblegándolos.

Quienes ejercen la violencia desde posiciones de mando institucionales o de grupos armados, tienen justificaciones, intereses, proyecciones mentales de ataque y defensa; se ven a sí mismos como muy poderosos, y a veces como invulnerables, lo que los hace sentirse invencibles y predestinados; se muestran desafiantes, soberbios, irreverentes.

Sin darse cuenta, o ignorándolo a propósito, aplican estrategias y hábitos propios de los personajes egoístas marginados y prepotentes empeñados en despojar y subyugar para dominar por medio de la fuerza bruta y los instrumentos de intimidación.

Los programas del ego son maquinaciones desintegradoras y destructivas que no le permiten a quien las practica vivir en paz y que van dirigidas contra la paz de los demás.

La realización de la paz nos lleva a un estado de serenidad y de indefensión en que damos primacía al respeto a los demás seres vivos y al entorno natural, nos tornamos comprensivos y compasivos, abandonamos los juicios  que nos obligaban a actuar como antagonistas.

 

El estado de paz es un estado de no-violencia que podemos alcanzar liberándonos del ego que nos tiraniza cuando seguimos sus mandatos de doblegar a otros y convertirlos en objetivos de placer, de aprovisionamiento, de sumisión. 

 

También alcanzamos nuestra paz cuando nos ponemos en paz con el pasado: damos fin y absolvemos todo lo que para nuestras mentes fue doloroso, hiriente, amargo, ofensivo,  destructivo, y que consideramos fue causado por otros  -en ese guion  en que nos rotulamos como víctimas y los culpamos a ellos como adversarios, y en que nos empecinamos en cobrar esa deuda de dolor, malestar e injusticia cargando y reviviendo a través del tiempo todas las circunstancias acaecidas; sin embargo, los roles de víctimas y victimarios son parte del drama cósmico, de las experiencias de evolución del alma en que afectamos a otros con nuestros actos o somos afectados por otros (muchos de los terribles hechos de homicidio y destrucción en la historia humana son causado  desde el estado de ignorancia y de inconsciencia de la mente disociada, la mente egocentrada que no logra prever cómo la dinámica de acción y retribución le traerá esas mismas consecuencias negativas como experiencia de expiación).

El perdón realizado es una reconciliación: dejamos a los muertos en sus tumbas y a los ejecutores de nuestros padecimientos en ese pasado común vencido y permitimos que nuestras historias particulares se disuelvan en ese espacio vital en que sucedieron. Contemplamos entonces el presente como actores y espectadores atentos y participantes, no distraídos ni atrapados en relaciones y eventos ya caducados.

La paz es una decisión de bienestar y de calma en que asumimos una actitud benigna y acogedora con los demás y con nosotros mismos; en ese estado cesan los conflictos y las contiendas y vemos el mundo como un escenario amable, hospitalario, gratificante. Y es posible que nuestros semejantes nos correspondan con una disposición solidaria congruente con las acciones y cambios reparadores que hayamos alcanzado.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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domingo, 1 de febrero de 2026

CAMINOS Y ENCRUCIJADAS. Los cambios posibles.

                              AGAPE. Escultura de Carlos Andrés Betancur.

CAMINOS Y ENCRUCIJADAS

 

Hugo Betancur


"Un camino no es más que un camino.

Que lo abandones

cuando tu corazón así te lo indique

no significa ningún desaire

a ti mismo ni a los demás.

Pero tu decisión de seguir esa senda

o apartarte de ella

no debe ser producto

del temor ni la ambición".

“Te advierto:

examina cada camino atentamente...

Luego hazte esta pregunta:

¿Tiene corazón este camino?

...

Si ese camino tiene corazón,

entonces es bueno.

De lo contrario, no te servirá de nada..."

 

"Las enseñanzas de Don Juan”

Carlos Castaneda.

 

La vida es una progresión de formas físicas, eventos y manifestaciones que conforman lo que llamamos realidad; sucede en procesos de expansión y contracción en los que participamos con acciones y relaciones que nos involucran en situaciones de dualidad. En un extremo, nos vemos inmersos en crisis, conflictos, dificultades; en otro extremo, disfrutamos períodos de recompensa donde están presentes la alegría y la risa desbordante   junto con alguna sensación de paz y espontáneo optimismo.

 

Hemos oído decir que la vida no es un camino sino una jornada. Sin embargo, en nuestro atributo de viajeros que nos desplazamos por la geografía del planeta y por los escenarios humanos, nos imaginamos recorriendo caminos eventuales.

 

Esos caminos pueden ser escabrosos y monótonos si nos habituamos a lo conocido con su carga de dificultad, disociación y competitividad –lo rutinario, lo que no parece tener cambios significativos o notables y donde nos conformamos con las relaciones y los resultados tal como han sido establecidos por los personajes que representamos-: todo previsible de acuerdo a la repetición y tan fácil de describir como un engranaje mecánico con sus ruedas que giran encajando sus piñones e impulsadas por fuerzas externas. O esos caminos pueden ser luminosos y variables, con su energía plena llenando nuestra mente y nuestro corazón pasajeramente y mostrándonos exultantes y afables, impulsados por nuestras propias fuerzas y motivaciones. Sin embargo, lo habitual es que los caminantes hagamos ambiguos esos caminos, agradables o accidentados según sea nuestro ánimo en cada trayecto. 

En ocasiones, atendemos las señales de alerta que la vida pone a nuestro paso, y podemos advertir la dinámica de los conflictos por resolver: nos anuncian que es adecuado e impostergable realizar cambios.   Para cada uno de nosotros se presenta entonces una bifurcación de caminos: uno sigue siendo el que hemos transitado y otro el camino que podemos emprender como opción de esos cambios posibles. No podemos seguir a la vez por los dos caminos porque son distintos y debemos hacer una elección oportuna.


Si nos decidimos por el camino positivo, emprendemos una ruta de bienestar, liberados de culpas, reproches y temores. Podemos experimentar alegría mientras lo recorremos y sentimos una brisa cálida y afable acariciándonos la piel. 


El otro camino podemos llamarlo negativo: nos sentimos mal recorriéndolo, como transeúntes sobrecargados, lentos y fatigados, y además desesperanzados, andando con la cabeza baja o rígidamente dirigida solo hacia el frente  y negándonos a ver los colores y a escuchar sonidos del paisaje a los lados.


 ¿Cuál camino escogemos?

 

Todo lo que elegimos nos corresponde con sus cualidades.

 

La vida es cambio siempre.  Lo que no cambia podemos llamarlo estancamiento, apego, limitación: un campo desolado donde sólo quedan vestigios de vida –el vuelo de algún ave solitaria, el ruido del viento sobre los troncos y tallos desprovistos de vegetación, la ausencia de voces y de pasos, el humo gris elevándose de las cenizas de leños consumidos por el fuego, la luz apagada del invierno llenándonos de pesimismo y de aflicción.

 

Mientras tanto, la jornada va agotándose y nos queda imposible reconstruir los momentos de la vida que ya cumplimos: se han ido los actores y la utilería ha sido removida de los escenarios que ocupamos antes. Ahora han sido redecorados los ambientes para que otros actores reciten sus líneas y den representación a sus personajes -y solo podemos asistir allí como espectadores que contemplamos dramas parecidos a los que ya experimentamos.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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Nuestros rituales nostálgicos

                                                                                  POLA. In memoriam. Ilustración por Elízabeth Betancur.

NOSTALGIA

Hugo Betancur

 

Cuando afirmamos, “me siento nostálgico”, exteriorizamos una disposición anímica con que evocamos circunstancias del pasado que nos representaron bienestar  o júbilo, y que en el ahora son solo recuerdos que traemos al tiempo actual forzosamente con algún matiz de sufrimiento y lamentación.

Nos sentimos satisfechos y motivados experimentando esas situaciones en su momento; sin embargo, ya pasaron y no se repetirán, son historias vencidas, fueron sucesos instantáneos para quien los experimentó -aparecieron tan sutiles como algún arcoíris lejano o algún hermoso pájaro  que enseguida desaparecieron deprisa en el aire.

Estos ritos nostálgicos que hacemos son ejercicios imaginarios que nos traen escenas idealizadas a las que agregamos detalles caprichosos e irreales y que sobredimensionamos en el presente como pérdidas a la medida de nuestros deseos frustrados.

 Vanamente nos hemos obsesionado en ocasiones en alcanzar una felicidad procurada por otros y ajustada a nuestras ilusiones, lo que es  imposible; nos obsesionamos en armar guiones mentales de emparejamiento complaciente y nos perdemos en nuestras fantasías -nos mostramos tan confundidos como un ciego solitario que camina en un lugar desconocido y oscuro, y que carece de un buen samaritano que lo pueda orientar y rescatar.

Con esas manifestaciones nostálgicas y tristonas procuramos elevarnos sobre la modesta rutina de nuestras opacas existencias para revestirlas de notoriedad y encanto.

Son sinónimos de esa nostalgia la añoranza, la melancolía, la rememoración emotiva -estos conceptos nos atan a la dictadura de nuestra memoria que impide que el tiempo psicológico fluya y que nuestras mentes se aplaquen liberando nuestros apegos.

A esa nostalgia que distorsiona vivencias alegres y gratas tornándolas en pesarosas imágenes del presente, la veo  como una tortura auto infligida que nos lleva reiteradamente a la tristeza y a la depresión -con nuestro aire de condolencia y de despojo correspondientes para ambientar ese sentimiento cada vez que aparezcan. (Nos preguntamos alguna vez: ¿Qué estará recordando la abuela que tiene ese gesto lejano y nostálgico? Y ella quizá habría respondido que le venía a la memoria un momento muy feliz de su vida familiar).

Tal vez sea para nosotros más sano y altruista que hagamos homenajes reiterados al esplendor de nuestras relaciones y crónicas, a las biografías de nuestros allegados, a la prodigiosa fecundidad de sus  actos: así retornan a nuestras mentes con un halo de optimismo, de alegría y de gratitud esos seres vivos que animaron nuestros destinos. 

Hugo Betancur (Colombia)

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El compositor colombiano José Benito Barros Palomino (El Banco, Magdalena, 21 de marzo de 1915 - Santa Marta, 12 de mayo de 2007), nos dice en su pasillo “Pesares” escrito para su segunda esposa, Amelia Caraballo:

“¿Qué me dejó tu amor

que no fueran pesares?

¿Acaso tú me diste

tan solo un momento de felicidad? 

¿Qué me dejó tu amor?,

mi vida se pregunta

y el corazón responde:

pesares, pesares;

y el corazón responde:

pesares, pesares”.

Encontramos en el repertorio de los tangos alusiones reiteradas a la nostalgia, con evocaciones o quejas literarias expresadas por los compositores. 

Extracto de "Nostalgias", composición de  Enrique Domingo Cadícamo y Juan Carlos Cobian:

“Quiero emborrachar mi corazón

para olvidar un loco amor

que más que amor es un sufrir”.

“Si su amor fue flor de un día,

¿por qué causa siempre es mía

esa cruel preocupación?”

[Lo que aquí llaman amor es solo el bosquejo de alguna relación romántica que fue truncada porque esos dos no lograron empatizar sus propósitos y sus acciones en un nexo sano y vital, y quien lamenta su frustración hace un culto a una pena que ha cargado y sustentado en su mente].

Nostalgia en psicología es acotado como un sentimiento. La RAE define así esta palabra:  “Nostalgia. f. Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida”. [Más que dicha, fue solo una ilusión más].

El término ‘nostalgia’ fue acuñado en 1688 por el médico suizo Johannes Hofer en su tesis en la universidad de Basilea. Aludía descriptivamente al estado o comportamiento psicológico de los pacientes  cuando estaban lejos de sus seres o lugares amados, o a sus sentimientos de perdida cuando evocaban episodios gratos de su pasado que ya no estaban vigentes.El término ‘nostalgia’ fue acuñado en 1688 por el médico suizo Johannes Hofer en su tesis en la universidad de Basilea. Aludía descriptivamente al estado o comportamiento psicológico de los pacientes  cuando estaban lejos de sus seres o lugares amados, o a sus sentimientos de perdida cuando evocaban episodios gratos de su pasado que ya no estaban vigentes.

Para conformar esta expresión, nostalgia, utilizó los vocablos griegos νόστος nostos (regreso) y λγος algos (dolor), que significaba inicialmente pesadumbre por no poder regresar a los eventos  vivenciados.

El Diccionario de la lengua española -RAE- define nostalgia como “Sustantivo femenino. Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida”.

Nostalgia La palabra en español procede del latín moderno «nostalgia», y este del griego «nóstos» 'regreso' y «-algía» '-algia' ('dolor').

La nostalgia es en su origen el dolor que produce no poder regresar a los acontecimientos que protagonizamos.

[“Neuralgia” (del latín moderno neuralgia, de neur- nervio, y algia, sufrimiento, dolor, y usado primero en el francés névralgie) hace referencia al “dolor intenso en las conducciones nerviosas].

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