LA BELLEZA DE LOS SERES VIVOS
(QUE TAMBIÉN VA PASANDO).
Hugo Betancur
Lo que
calificamos como bello tiene para cada uno de nosotros unos atributos o
manifestaciones que juzgamos según nuestros patrones mentales. En los seres
vivos, apreciamos las formas, los colores y las estructuras físicas que
nuestros sentidos captan como agraciados y armoniosos. Elaboramos razonamientos
y conjeturas para expresar porque algo o alguien nos parece o no nos parece
bello.
Nuestras
consideraciones estéticas son propias del personaje que representamos, de
nuestra idiosincrasia -en muchas ocasiones coinciden con las percepciones de
otros respecto a la criatura que es objeto de nuestra atención.
Esa belleza
que contemplamos afuera es una imagen cambiante de seres vivos expuestos al
envejecimiento y a la caducidad que va siendo evidente para sí mismos y para
los observadores -todo lo vivo va perdiendo su plenitud, su turgencia natural y
sus colores esplendorosos: languidece y se va apagando, tan fugaz como las
gotas de rocío mañaneras en las superficies de las hojas.
La vida es
un proceso de expansión y contracción, de vigor y decadencia, de ágil y esbelta
movilidad que se torna en anquilosamiento y obligada sedentariedad. Sin
embargo, la acción de vivir es sinónimo de envejecer -son dos verbos afines que
dan sentido a la exuberancia e incertidumbre de nuestras historias.
La
existencia de los seres vivos es finita, lo que significa que nuestros
organismos tienen una durabilidad limitada y que van declinando en medidas de
tiempo correspondientes a sus condiciones y vulnerabilidad a los
acontecimientos y enfermedades experimentadas.
En los
seres humanos, los aparatos o sistemas de nuestros cuerpos van caducando en sus
funciones e integridad: las células, tejidos y órganos languidecen
-la piel tersa se arruga y las superficies prominentes y firmes se ablandan y
cuelgan, la erguida columna vertebral se dobla y los sentidos van perdiendo su
registro confiable de las evidencias que la vida esparce.
Según
la belleza física va menguando y se va volviendo más recuerdo que
realidad, los cirujanos plásticos ofrecen restaurar o modificar el aspecto
físico de los pacientes -promocionan un rejuvenecimiento de los rasgos faciales
y de la anatomía externa con sus intervenciones, rellenando, seccionando
y estirando los tejidos añosos que han perdido su turgencia y
su lozanía-, y la industria cosmética ofrece sus productos de maquillaje para
imitar la apariencia sana y rozagante de la piel -los resultados de estos
sucedáneos de las sustancias naturales del cuerpo en ocasiones solo son
paliativos de efecto transitorio que deben ser aplicados reiteradamente, lo que
incentiva el mercado y las ilusiones de embellecimiento.
No es
renovable la belleza que los organismos vivos ostentaron en su juventud y en
los inicios de su edad adulta. Lo que fue atractivo y hermoso se va marchitando
-los animales y los humanos debutamos transitoriamente en esa pasarela pública
donde mostramos nuestras figuras apuestas y nuestros encantos -si es que los
hemos tenido-, y el reino vegetal exhibe solo por unos días sus hermosas y
coloridas flores que se mustian y palidecen sin remedio.
La
aceptación de los fenómeno biológicos inherentes al
envejecimiento libera a cada uno de las cargas psicológicas negativas
-depresión, baja autoestima, conflictividad, y nos permite acomodarnos a
las situaciones que nuestros destinos nos van deparando.
En
contraste con los cuerpos vivos, las mentes si pueden ser renovadas y
cultivadas cuando asumimos propósitos y acciones de aprendizaje y de cambio -y
pueden reverdecer nuestra creatividad y nuestras motivaciones. Imaginemos una
gran bodega donde hemos acumulado cosas que dejamos de usar o que usamos
ocasionalmente: tomamos la decisión de vaciar ese espacio sopesando la utilidad
y el valor de lo que depositamos allí y al terminar esta selección nos
deshacemos de todo lo que consideramos inservible y obsoleto. Así mismo podemos
explorar nuestras mentes y clasificar nuestros archivos de creencias como
útiles y prácticos o como complicados y disociadores.
Las mentes
que se revitalizan a sí mismas nos permiten trascender la
belleza externa y nos permiten fluir optimistas y confiados con las
corrientes de la vida.
Hugo
Betancur (Colombia)
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