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domingo, 4 de octubre de 2026

Itinerarios posibles


ITINERARIOS POSIBLES

Hugo Betancur

 

       [Otro encuentro con Ensí, una pitonisa del presente].

Descanso otra tarde de domingo liberado del yugo del trabajo. Llevo un largo rato recostado en una silla mecedora del patio de la casa y he estado repasando el episodio del encuentro con Ensí, la pitonisa del presente. Paulatinamente me voy sumergiendo en un estado de sueño profundo.

Es un día de sol y camino otra vez por la calle empedrada y estrecha del pueblo que visité antes. Me cruzo con un transeúnte que avanza sin prisa.

-Amigo -le digo en tono de saludo mientras inclino la cabeza como señal de respeto.

- ¿Cómo se llama este pueblo? -le pregunto.

-Imaginario -responde con gesto sonriente y acogedor.

Me dirijo a la casa de Ensí y me planto frente al portón pirograbado con el árbol de ramas profusas y raíces abundantes, con sus figuras de pájaros revoloteando alrededor. Observo otra vez el nombre elaborado en hierro forjado: ENSÍ PITONISA, las dos palabras separadas por una línea ondulada horizontal, con una leyenda debajo “Leemos el presente”.

Antes que golpee con los nudillos, la puerta se abre y aparece Ensí, enfundada en su bata color violeta, hermosa y simpática, con su cabello negro enmarcando su rostro amistoso.

¡Vamos a caminar! -me propuso.

En las afueras del pueblo llegamos a una bifurcación de caminos, uno descendía hacia un valle y el otro ascendía hacia una montaña.

-Te propongo una metáfora -me dijo. Imaginamos estos dos caminos como una encrucijada: uno lleva al bienestar, a la calma, al conocimiento a medida que el viajero lo recorre y afronta los retos y dificultades presentes; el otro lleva al malestar, a la confusión a la preservación de la ignorancia, a medida que el viajero entra en pugna con su destino y escapa de los retos y dificultades acogiéndose a los caprichos y la conformidad de su ego.

-Los observadores no podemos conjeturar sobre cuál pueda ser uno u otro: solo al transitarlos podemos descubrir las situaciones y las relaciones que podemos experimentar en cada tramo del trayecto.

-Cada observador que sincroniza su mente con lo exterior puede ir afirmando su progreso y sus aprendizajes mientras cuando va contemplando alternativamente sus percepciones y lo que percibe en el entorno.

-Los observadores que miran solo hacia afuera quedan atrapados en el espejismo que sus ojos ansían ver: como los viajeros extraviados en el desierto que caminan desforzados y desorientados bajo el sol abrazador, ven imágenes desenfocadas que solo son reales para ellos.

-En el viaje de su existencia, vamos desplegando las acciones cotidianas como los tendedores de redes desenrrollan de los enormes carreteles los cables que conducirán la corriente eléctrica. Podemos cumplir las acciones que nos corresponden o podemos acumularlas sin resolverlas, dejándolas apiladas como los muebles y las cosas que depositamos en el cuarto útil o cuarto de los rebujos (lo que en  Colombia llamamos el cuarto de los reblujos de las casas viejas.

-Los viajeros que rehúsan reflexionar sobre si mismos y sobre sus actos y que solo juzgan lo que ven afuera sin cotejarlo con los contenidos de sus mentes solo alcanzan a vislumbrar la apariencia de los hechos y de las cosas.

-Es posible que quien alcance un conocimiento mas completo y mas cercano a la realidad sea quien alterna la visión interior con la visión exterior, la visión sobre sí mismo y la visión sobre el mundo.

Ensí me invito a subir por el camino de la montaña. En una colina intermedia nos paramos a divisar el paisaje

 

Hugo Betancur (Colombia)

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sábado, 3 de octubre de 2026

¡Sólo sueños...!



SOLO SUEÑOS

 

Hugo Betancur

 

Nuestros sueños son imágenes que forjamos en nuestras mentes. Son ideas fantasiosas acerca de algo: metas por alcanzar, relaciones que pretendemos establecer, cosas que queremos conseguir. No tenemos aquello que soñamos y proyectamos apropiárnoslo en el tiempo por venir y en nuestras mentes: esperamos que suceda como lo hemos concebido y en muchas ocasiones emprendemos acciones encauzadas a realizarlo.

 

Habitualmente, los seres humanos elaboramos un libreto sobre nuestras historias particulares. Lo iniciamos en la infancia y lo vamos llenando de datos, de normas de comportamiento, de requisitos, de decepciones, de recuerdos contrastantes, agradables o ingratos, de juicios y de justificaciones.

 

En ese libreto que se va volviendo voluminoso, pesado y complejo, caracterizamos nuestro personaje: lo hacemos impetuoso o aplacado, sutil o rudo, sincero o engañoso, acogedor o retraído, generoso o avaro.

 

Elegimos nuestros papeles: podemos representar personajes fanáticos y presumidos, o personajes ecuánimes y solidarios. Podemos volvernos celebrantes jubilosos del prodigio de la vida con su alternancia de ventura e infortunio; o podemos volvernos hacedores de monumentos y altares a lo que nos causó desdicha y sufrimiento.

 

Nuestros más preciados sueños tienen a otros seres humanos como protagonistas en unas relaciones que rotulamos como especiales: deberán darnos acompañamiento, cuidados, diversión, distracción, fidelidad, amor, exclusiva entrega. En el plano de la realidad no sucede así.

 

Excepcionalmente, alguno de esos sueños de rutilante felicidad parece cobrar vida por momentos y nos sorprende; sin embargo, su duración es limitada: a medida que pasan los días, el encantamiento se deshace como un papel quemado azotado por la lluvia, porque no era un amoroso sueño compartido sino un amorío banal con argumento de pesadilla (la interacción resulta desastrosa y Cupido* emprende su vuelo espantado).

 

Otros sueños cumplidos son apenas fragmentos de los sueños originales, y sus endebles realizadores debutan apagados, monótonos, desprovistos de optimismo, desesperanzados, languidecen tratando infructuosamente de completarlos -actúan tan desatinadamente como alguien que trata de introducir una pieza cuadrada en una mortaja circular pretendiendo que sus lados encajen ajustando todos sus bordes.

 

Solo los soñadores que han alcanzado algo de paz en sus mentes y en sus corazones pueden crear sueños con desenlaces felices que alegren sus vidas y les permitan trascender los límites de la rutina y de la soledad. Quizá dispongan de un estado de armonía no egoísta que posibilite la conformación de una relación mutua donde dos se hacen uno en sus propósitos y en su trato afectuoso sin ceder su libertad a cambio.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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jueves, 1 de octubre de 2026

Cambios y aprendizajes versus rutinas y estancamiento.





CAMBIAR O NO CAMBIAR:

¡he ahí el dilema!

 

Hugo Betancur


 

Los procesos de percepción pueden ser afectados por la fijación de nuestras mentes en ideas, creencias preestablecidas o en lo que llamamos "nuestros proyectos de vida".

 

Empecinados en mantener las imágenes o expectativas adoptadas previamente como un esquema o un guion en nuestras mentes, podemos desdeñar o ignorar lo que aparece ante nuestros ojos o lo que nos trae el presente. O podemos pretender que las manifestaciones de la vida cambien para que se acomoden a nuestros moldes y requisitos.

 

Sin embargo, nuestras acciones y relaciones del pasado ya conformaron unas situaciones como consecuencia. Y es lo que experimentamos, aunque no lo hubiéramos previsto y a pesar de que pueda causarnos pesadumbres, sufrimiento o conflictos.

 

La vida es movimiento incesante y nuestras representaciones en su escenario son sólo los papeles transitorios que realizamos en nuestra interacción con los demás actores. 

 

Asumimos nuestros papeles o roles sin darnos cuenta o con una atenta conciencia sobre lo que hacemos y sobre lo que otros hacen; y los interpretamos  tan vertiginosamente que después no podemos recuperar su huella en nuestra memoria, o tan lentamente que a medida que transcurre el tiempo tendemos a retraerlos como fragmentos o porciones de episodios inacabados que intentamos reconstruir en nuestras mente cuando ya no es posible porque los otros acompañantes han abandonado los escenarios comunes y no pueden regresar.

 

Muchas de nuestras vivencias las hemos perdido en la bruma del pasado. Sin embargo, los momentos o eventos de transición en que hemos logrado establecer cambios son habitualmente para nosotros referencias o señales que podemos avizorar y distinguir desde la distancia mientras descontamos el trayecto que hemos venido a recorrer.

Los cambios son nuestras decisiones transformadas en acciones. Podemos entender que los realizamos debido a un propósito previo y a un ejercicio de la voluntad –y tal vez porque aplicamos algún destello de conciencia que nos impulsa.

Muchos predicadores y mensajeros de utopía nos han insistido en que cambiemos nuestros pensamientos de negativos a positivos, de pesimistas a optimistas, de conformistas a progresistas.  Sólo es posible cambiar nuestros pensamientos si cambiamos nuestra mentalidad, la información que utilizamos para relacionarnos con la vida.

Podemos recordar que las aguas estancadas se tornan turbias. Nuestras mentes estancadas también. Podemos aprender de los ritmos de la naturaleza en sus procesos de cambio y reorganización; y podemos emprender nuestros cambios imperativos cuando nos descubrimos lánguidos, fatigados, rutinarios e infelices porque todas esas manifestaciones nos advierten que no hemos cumplido los aprendizajes adecuados ni la sincronicidad vitalizante.


Hugo Betancur (Colombia)

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domingo, 27 de septiembre de 2026

Las mentes que sufren

                                                                                     

Adaptación gráfica de la escultura «Europa», situada en Manhattan, nueva York, que forma parte del conjunto escultórico Los Cuatro Continentes creado por el artista Daniel Chester French entre 1903 y 1907.


LAS MENTES QUE SUFREN

 

Hugo Betancur


 

Todos los eventos, relaciones y vivencias suceden circunstancialmente -tan inevitables como la caída de la rama talada por un rayo que se desgaja estrepitosamente del árbol, como la muerte de un pájaro que choca contra el vidrio invisible de una ventana, como el marchitamiento de las flores cortadas.

 

Cada situación tiene su tiempo de ocurrencia provisorio y su ambientación propia -como consecuencia, nuestras historias pueden tener visos alternados de tragedia, comedia y drama, según los escenarios y según los episodios que los actores vamos representando.


Para que podamos hacer útiles las transiciones de nuestras historias personales, a semejanza de las que  hacen en el cine los editores de las películas, nuestras mentes deben progresar en tiempo presente cumpliendo la activación de un modo de vida resolutivo constante y fluido -debemos ser oportunos acopiando los capítulos pasados, haciendo los cierres de las relaciones cumplidas que han perdido su vigencia y su afectuosidad, realizando los duelos por los que se van y por todo aquello que rotulamos como nuestras pérdidas.


Debemos actualizar nuestras definiciones sobre los fenómenos del mundo, sobre los seres vivos y sus actuaciones, sobre lo existente y sus atributos: que nuestras ideas y percepciones sean coherentes con lo que llamamos realidad -que encajen como las piezas troqueladas de un rompecabezas que vamos armando según una figura de muestra o según vamos acoplando las salientes y entrantes en las posiciones previstas por los fabricantes.


Experimentamos nuestras existencias inmersos en secuencias y procesos precipitados por fuerzas y causas previas incontenibles.


Los dolores del cuerpo son manifestaciones de enfermedades, o de lesiones o de alteraciones funcionales. Los sufrimientos de nuestras mentes son elaboraciones que hacemos frustrados o conmocionados porque los eventos y las relaciones no satisfacen nuestras expectativas: como sujetos psicológicos entramos en pugna con los hechos y con los comportamientos y acciones de otros -y a veces también con lo que hicimos.


Sufrimos y nos mostramos deprimidos cuando nuestras relaciones afectivas o de pareja se tornan conflictivas o llegan a su término: somos despojados de la fuente de placer y de asistencia -la ilusión de placer se desvanece como el arcoíris efímero que los rayos del sol reflejan sobre las gotas de agua suspendidas en el cielo. El sufrimiento surge en nuestras mentes y nuestras voces solo hablan de nuestra soledad y de nuestra impotencia para aceptar lo que fue.


Los objetos de placer o los personajes a quienes dimos la función de proveérnoslo aparecen brevemente en el panorama que podemos tener ante nosotros para luego disiparse como la niebla de la mañana a la salida del sol.


Todas las filosofías humanistas han destacado la impermanencia como una ley de la existencia, lo que significa que es indetenible la transformación del observador y de lo observado en todo momento.

  

Podemos liberarnos de nuestro sufrimiento acogiéndonos a la comprensión y a la conciliación, aceptando los acontecimientos, transigiendo, dándonos cuenta que nuestra resistencia y nuestro malestar sustentan nuestra infelicidad.

 

Hugo Betancur

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