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miércoles, 4 de febrero de 2026

Escapes. Nuestros conflictos con la vida y los seres vivos.

                                                                                                          IGUANA ISLEÑA, por Hugo Betancur

ESCAPES


Hugo Betancur


Todo lo que no resolvemos o que nos negamos a aceptar, posiblemente quede en nuestras mentes como un archivo de informaciones tortuosas y discordantes que pueden retornar: se quedan estancadas y latentes –con vida- aunque las ignoremos o creamos que ya no tienen trascendencia.


Según la dinámica de la vida, la acción y el movimiento ocurren en el ahora –el presente evidente para los sentidos- y es allí donde podemos hacer pesquisas internas a través de la meditación –no buscando afuera sino en la sabiduría de nuestro ser. Si logramos enfocarnos en lo sucedido con una mente y un corazón sinceros, podremos comprender que somos parte del todo y que nuestras experiencias humanas hacen parte de una trama donde interactuamos con otros cumpliendo vivencias de aprendizaje que tienen propósitos y causas anteriores. 


No somos víctimas del azar y las hojas llevadas por el viento ya cumplieron su ciclo en el árbol que previamente llenaron de verdor. Tras esos procesos relajados y serios de meditación podemos alcanzar la comprensión y la liberación de los yugos, y podremos soltar todo aquello que nos enganchó conflictivamente a personas y situaciones.


No resolvemos muchos conflictos porque nos empeñamos en mantener intactas nuestras creencias y las imágenes que formamos sobre los acontecimientos. Escapamos hacía el espacio restringido de nuestras subjetivas personalidades y nos parece que allí estamos refugiados y protegidos.


Sin embargo, esta obstinación en sustentar un modelo ideal del mundo y de los demás corresponde a las mentes infantiles dependientes, con sus necesidades de provisión y de asistencia y plagadas de ilusiones.


Esas mentes infantiles reaccionan con frustración y malestar si los demás no sacian sus requerimientos: explotan hostiles o depresivas y elaboran sus dramas exclusivos de opresión, marginamiento y pugna con otros.


Con esas actitudes, el paisaje de la vida no parecerá amable y optimista. Cada pintor plasma en sus cuadros lo que percibe de la vida, con su perspectiva y sus colores particulares que lo definen a él más que al paisaje o a los ambientes y personajes que retrata.


Con los escapes eludimos la resolución de las situaciones en que participamos y nos vamos rezagando. Nos desactualizamos porque nuestras mentes quedan apegadas a lo que ya pasó. Nos volvemos anacrónicos y distraídos y descuidamos a los seres vivos con quienes podemos establecer relaciones gratas y constructivas.


Perdonar el pasado es simplemente deshacer la mentalidad de víctimas que conformamos bajo distintas denominaciones metafóricas que pretendemos imponer como reales –sentirnos “heridos”, con el corazón “destrozado” o “despedazado”- lo que sólo son imágenes extractadas del ideario colectivo o “frases hechas”, que utilizamos para definir nuestras interpretaciones egoístas y subjetivas.


Cada uno es lo que es en este mundo de actores circunstanciales y escenarios pasajeros. Cuando decidimos comprender a los demás, quizás podamos entender su vulnerabilidad -parecida a la nuestra en la común condición humana- y practicar la consideración de Dante Alighieri en su Divina Comedia “Probarás cómo sabe a sal el pan ajeno y que duro trance es subir y bajar por las escaleras del prójimo”.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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Las ilusiones de nuestras mentes

                                                                                         Observatorio en Paris. Carlos Andres Betancur.

MIRANDO HACIA LEJOS    

 

Hugo Betancur

 

Nuestras mentes proyectan hacia el futuro nuestras ilusiones -lo que no ha sucedido y que imaginamos con la ambición de lograrlo o alcanzarlo para nuestra complacencia y fortuna. Tanto nuestras ilusiones como el futuro en que deberán ocurrir son figuraciones. Solo los profetas de las historias de la Biblia conjeturaron algunos hechos que acaecerían y solo los astrónomos ven algo del pasado en el brillo lejano de algunas estrellas que ya se extinguieron.

 

En nuestro ahora, las ilusiones son espejismos, intangibles e inciertas, y las convertimos en valores y motivaciones esenciales.

 

Muchos de nuestros ideales sobre otros seres humanos, no alcanzados, o por alcanzar –y probablemente inalcanzables-, en ocasiones se convierten en obsesiones persistentes y frustrantes para nosotros y en yugos para ellos, son algo parecido a una camisa de fuerza que nos ajustamos o que ponemos a nuestros relacionados, son la barrera que nos separa y no el vínculo que nos une.

 

Escuchamos o presenciamos con frecuencia los reproches o reclamaciones de las parejas, de los padres, de los hijos, porque lo que llamamos realidad no les ha traído a esos otros con las cualidades y condiciones que ellos les fijaron como ideales.

 

Bajo un análisis estricto, no disponemos de esos seres humanos anhelados que puedan servirnos como robots funcionales y que tengan además virtudes humanas excelsas y cálidas (esos padres, hijos y parejas idealizados no existen).  

 

Todos los seres vivos nos movemos con nuestras sombras que la luz del día destaca y que la noche encubre.

 

A veces pretendemos modelar a otros como lo podemos hacer con una masa de plastilina, lo que no es posible porque ellos tienen sus propias mentes y personalidades a diferencia de la sustancia plástica colorida y blanda en nuestras manos que no tiene esos atributos.

 

Recordemos que la porción de  felicidad que podamos atesorar está fundamentada en nuestras relaciones armoniosas y en la apropiación de nuestros destinos, en la provisión de  asistencia, cuidados y presentes a otros, en agradecer y entender que cada quien tiene sus dones y sus taras a pesar de sí mismo: estas acciones nos vinculan afectivamente.

 

Cada uno es lo que es y no puede ser otro porque se lo exijamos o porque lo configuremos como “un ser especial” o como nuestro rescatador y sustentador. Lo de seres especiales es una fantasía de las mentes y siempre hay que tirarlo al río de lo imposible.

 

Los humanos perfectos no existen ni en los novelones de masas de televisión.

 

Recordemos que no tenemos la autoridad para ordenar a otros que nos den felicidad y recordemos que cuando asignamos a otros la tarea de hacernos felices creamos un conflicto duradero, por el imperativo en nuestras mentes y por la carga que les ponemos.

 

La felicidad es una construcción y siempre está fundamentada en la autonomía de cada uno, en el respeto a sí mismo y a los otros, en la valoración de todas las acciones y realizaciones nuestras y de otros que nos favorecen a todos, en la libertad de cada uno que no puede ser negada ni omitida en nuestras relaciones.

 

Las relaciones que establezcamos con otros basadas en “nuestras necesidades” son relaciones con un proveedor a quien le exigimos unos comportamientos y funciones que debe realizar para satisfacernos, agradarnos, obedecernos, lo que es una distorsión y un desconocimiento de su libertad.

 

Cuando alguien expresa “te necesito”, “debes hacerme feliz”, “te reprocho que no me das felicidad” está haciéndose una imposición a sí y a otros y esto no conduce al bienestar sino al establecimiento de un vínculo de sumisión y obligatoriedad que no es posible.

 

Dios nos dio el libre albedrio que es un don de vida y cada uno puede y debe acogerse a esa condición.

 

Podemos construir lo que llamamos felicidad con los que están y celebrando y homenajeando a los que se han ido: todos en sus almas siguen y seguirán presentes por los siglos de los siglos.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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[La palabra ilusión viene del latín illusio, -ionis 'engaño'. Cuando no se manifiesta aquello que fantaseamos como realizable, afirmamos con lucidez que nos sentimos desilusionados o desengañados -nos liberamos de la ilusión y sufrimos la frustración concerniente que nosotros mismos hemos causado].

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martes, 3 de febrero de 2026

La paz que podemos alcanzar


                                                                Geometría. Fotografía por Elizabeth Betancur

EL  ESTADO  DE  PAZ

 

Hugo  Betancur

 

Posiblemente pensemos en la paz como un estado de sosiego y armonía, de ausencia de conflictos, de ausencia de violencia.

En los períodos de armonía, la vida se nos presenta como una coreografía o una danza en que los participantes realizan sus movimientos sincronizadamente, integrados en las acciones y los propósitos.

Todo conflicto implica pugna, agitación, agresividad, reactividad, disociación.

Según las culturas y colectividades humanas diversas, los motivos de retaliación y castigo contra los oponentes siguen presentes por los antecedentes de violencia, vandalismo y homicidio que cada grupo sufrió en el pasado, cercano o remoto. Cada comunidad humana ha sido afectada en su historia y los eventos padecidos retornan regularmente como recuerdos ingratos y onerosos que deben ser enmendados aplicando a los culpables o a sus sucesores un castigo de proporciones iguales o mayores a las vivencias experimentadas por quienes se consideran sus víctimas.

A veces no aparece como tangible una causa previa de vejación o daño asestado que sirva como motivo para atacar a otros. A cambio, quienes ejercen acciones violentas tienen convicciones y tradiciones que les llevan a creerse superiores y a oprimir sistemáticamente a quienes consideran sus inferiores, con una motivación segregacionista y avasalladora.

Es posible que como característica humana común tengamos arraigada la creencia en que la venganza y el castigo deban ser ejecutados rotundamente como actos de reparación y de ajuste.

Tal vez por esa razón, todo lo sucedido sigue vigente para la posteridad, condicionando relaciones y comportamientos y manteniendo una disgregación revanchista.

La paz no es posible mientras persistan los sentimientos de odio, de aversión y de auto victimización que expresamos como sujetos particulares o como colectividades, o mientras mantengamos vigentes  las ideas de separación con que rotulamos a otros como distintos e inmerecedores de nuestro aprecio y respeto.

El estado de paz es una decisión activa de excluirnos del campo de batalla y de las contiendas.

Todo ser humano violento se da demasiada importancia a sí mismo o le da demasiada importancia y prominencia a las creencias que esgrime o a los mandatos, tradiciones y creencias que prevalecen en los grupos a los que ha adherido. Desde esa mentalidad disociadora, se planta ante los demás como un luchador fanático y feroz que participa en las contiendas como un combatiente empeñado en vencer a sus adversarios. Arremete contra otros, especialmente cuando los ve vulnerables, cuando juzga que no corre riesgos, cuando presume que podrá obtener ganancias doblegándolos.

Quienes ejercen la violencia desde posiciones de mando institucionales o de grupos armados, tienen justificaciones, intereses, proyecciones mentales de ataque y defensa; se ven a sí mismos como muy poderosos, y a veces como invulnerables, lo que los hace sentirse invencibles y predestinados; se muestran desafiantes, soberbios, irreverentes.

Sin darse cuenta, o ignorándolo a propósito, aplican estrategias y hábitos propios de los personajes egoístas marginados y prepotentes empeñados en despojar y subyugar para dominar por medio de la fuerza bruta y los instrumentos de intimidación.

Los programas del ego son maquinaciones desintegradoras y destructivas que no le permiten a quien las practica vivir en paz y que van dirigidas contra la paz de los demás.

La realización de la paz nos lleva a un estado de serenidad y de indefensión en que damos primacía al respeto a los demás seres vivos y al entorno natural, nos tornamos comprensivos y compasivos, abandonamos los juicios  que nos obligaban a actuar como antagonistas.

 

El estado de paz es un estado de no-violencia que podemos alcanzar liberándonos del ego que nos tiraniza cuando seguimos sus mandatos de doblegar a otros y convertirlos en objetivos de placer, de aprovisionamiento, de sumisión. 

 

También alcanzamos nuestra paz cuando nos ponemos en paz con el pasado: damos fin y absolvemos todo lo que para nuestras mentes fue doloroso, hiriente, amargo, ofensivo,  destructivo, y que consideramos fue causado por otros  -en ese guion  en que nos rotulamos como víctimas y los culpamos a ellos como adversarios, y en que nos empecinamos en cobrar esa deuda de dolor, malestar e injusticia cargando y reviviendo a través del tiempo todas las circunstancias acaecidas; sin embargo, los roles de víctimas y victimarios son parte del drama cósmico, de las experiencias de evolución del alma en que afectamos a otros con nuestros actos o somos afectados por otros (muchos de los terribles hechos de homicidio y destrucción en la historia humana son causado  desde el estado de ignorancia y de inconsciencia de la mente disociada, la mente egocentrada que no logra prever cómo la dinámica de acción y retribución le traerá esas mismas consecuencias negativas como experiencia de expiación).

El perdón realizado es una reconciliación: dejamos a los muertos en sus tumbas y a los ejecutores de nuestros padecimientos en ese pasado común vencido y permitimos que nuestras historias particulares se disuelvan en ese espacio vital en que sucedieron. Contemplamos entonces el presente como actores y espectadores atentos y participantes, no distraídos ni atrapados en relaciones y eventos ya caducados.

La paz es una decisión de bienestar y de calma en que asumimos una actitud benigna y acogedora con los demás y con nosotros mismos; en ese estado cesan los conflictos y las contiendas y vemos el mundo como un escenario amable, hospitalario, gratificante. Y es posible que nuestros semejantes nos correspondan con una disposición solidaria congruente con las acciones y cambios reparadores que hayamos alcanzado.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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