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viernes, 31 de julio de 2026

Juzgar: nuestra tara y nuestra reacción más conflictiva.


   Juzgar negativamente, discriminar, sopesar: 

¿es necesario, es justo, es útil?

 

Hugo Betancur

 

Nuestros juicios son complementos triviales ante las acciones de otras personas, son nuestra interpretación particular. Todas nuestras percepciones son subjetivas y corresponden al estado transicional de nuestras mentes. Y nuestras mentes expresan nuestras creencias y nuestro entendimiento de la vida.

 

Cuando hablamos de la “realidad objetiva” o de “hechos objetivos” solo nos referimos a lo que nuestra subjetividad califica como “real” y “objetivo”. Cada observador describe lo que percibe.

 

Para juzgar lo que otros hacen, lo que es una calificación o apreciación particular, debemos considerar el estado o condición del ser humano que obra y sobre quien enfocamos nuestra atención.

 

Si no sentimos afecto por aquellos a quienes juzgamos, nuestra opinión tendrá características de censura moralista y de crítica fustigante.

 

No es necesario juzgar a aquellas personas a quienes amamos, porque todo aquello que amamos nos revela sus secretos. Si las amamos, podemos mostrarnos respetuosos y no egoístas con ellas -esas son las consideraciones óptimas del amor.

 

Sin los juicios negativos, que nos impiden ver cómo son esas personas porque superponemos una imagen de rechazo, podemos comprenderlas y aceptarlas sin esfuerzo.

 

¿Cómo podemos juzgar con justicia a aquellos a quienes no amamos? ¿Cómo podemos juzgarlos cuando el desamor nos aísla contra ellos? Al juzgar nos ponemos en una posición de separación y de exclusión –y quizá de prepotencia, de aparente superioridad-; los otros se convierten en objetivos de ataque de nuestras mentes cuando elegimos fragmentos negativos o conflictivos de sus vidas para evaluarlos como si representaran una totalidad mientras desdeñamos sus valores y los episodios gratos que han compartido.


La balanza de la justicia tiene dos platillos que debemos utilizar simultáneamente, sin cargarnos hacia un solo lado, evitando desechar aquello que puede establecer el equilibrio y permitirnos una amplia perspectiva. Si nos atrevemos a evaluar los defectos, los errores y las limitaciones de los demás, debemos también acoger sus cualidades positivas, sus aciertos y sus fortalezas. 

 

Cada uno de nosotros puede identificar sus propias limitaciones, sus errores, su confusión y distorsiones: todas estas condiciones producen infelicidad, insatisfacción, conflictos, sufrimiento, culpas, lo que nos indica que estamos actuando bajo los requisitos de nuestros egos.

 

En cambio, nuestras fortalezas, nuestras cualidades positivas, nuestros aciertos, nos producen satisfacción, estados de paz y armonía, lo que nos indica que obramos desde la sabiduría del corazón. Cuando cometemos un error y no logramos aceptarlo ni descubrirlo, añadimos otro error al primero; si nos damos a la tarea de justificarnos para defendernos y mantener nuestra posición, agregamos un error más.

 

Si tenemos la prudencia y la sabiduría de reparar nuestros errores y nuestros comportamientos disociadores, nuestras relaciones se acercan a la normalidad; mientras no hagamos la corrección que nos corresponde quedamos en deuda con aquellas personas a quienes afectamos con nuestras acciones. Y lo mismo sucede cuando otras personas nos afectan negativamente, por ignorancia, egoísmo o simplemente por menosprecio -tal vez porque no satisfacemos sus intereses o sus sistemas de creencias-: si no reparan estos comportamientos quedan en deuda con nosotros en sus mentes.

 

Probablemente la mayoría de los seres humanos hemos juzgado negativamente a otros muchas veces. ¿Eso nos ha hecho mejores? ¿Nos ha traído bienestar? ¿Hicimos nuestros juicios porque nos habían afectado a nosotros con sus acciones o fue una inútil y arbitraria intromisión que hicimos en sus procesos de interacción particulares? 

 

Las acciones y comportamientos de todo ser humano parecen inevitables en cada situación: las condiciones de cada personalidad y las condiciones del momento nos llevan a hacer lo que hacemos impulsivamente, aunque haya otras opciones ideales -que solo un observador no involucrado logra enumerar, pues “quien hace” está sometido ya a su elección particular-, (esas opciones ideales quizá nos evitarían el malestar y las culpas que después nos acosan).

 

La vida y los seres vivos estamos esencialmente fusionados. Todo es una relación, una relativización, y lo que ocurre siempre tiene dos polaridades que debemos sopesar para que la balanza de la justicia funcione en equilibrio.

 

La separación que establecen nuestras mentes no logra deshacer ese nexo profundo de las relaciones humanas que ya está creado en la dimensión del Espíritu, donde todos somos uno, y donde siempre afectamos a otros o somos afectados por sus acciones. Si lo entendemos en el ahora, el fugaz instante presente, podemos cambiar nuestros enfoques y relacionarnos en esa unidad. Si no logramos hacerlo porque nuestros sistemas de creencias no lo contemplan así, esa comprensión queda relegada al paso del tiempo porque no podemos evitarla: no hay atajos en nuestra evolución para evadir nuestras relaciones y tareas de vida.

 

El viajero que recorre la tierra buscando su razón de ser siempre regresa a lo que él es. La meta de nuestras vidas es siempre el retorno a sí mismo, el autoconocimiento que nos trae a la paz. Una vez que el actor abandona el escenario puede recordar su actuación y el papel o los papeles que representó y evaluar sus vivencias.

 

Desde esa paz que asumimos vemos el mundo en equilibrio. Estar en paz significa sanar la mente y acogernos a los ritmos de la vida.

 

 

No es posible esconderse de sí mismo; no hay lugares, ni métodos, ni opciones para hacerlo.

 

Todo conflicto y enfermedad que progresan nos dicen que hemos perdido el rumbo. A través de la meditación –en reposo o en movimiento- y de la oración interior (no de la que repite mecánicamente palabras de rezos rituales memorizados) podemos de nuevo asumir la autonomía. Otras personas no pueden hacer esa tarea por nosotros porque no es posible anular nuestro libre albedrío y responsabilidades ni los de los demás y cada uno debe representar su propia vida.

 

Todo juicio es una ilusión, una trampa que colocamos en el sendero por donde hemos de pasar de nuevo en la oscuridad.

 

Todo rechazo a juzgar negativamente es una protección que nos concedemos a nosotros mismos: nada que lamentar, ninguna deuda por saldar, ninguna corrección posterior que hacer.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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sábado, 25 de julio de 2026

Lo que vemos


    
  Escultura en bronce, en Chicago, titulada "Be Welcoming" del artistaTimothy Schmalz, representa a un ángel personificando a un ser humano sin hogar, sentado  en un banco.


        LO QUE VEMOS

   Hugo Betancur

 

Nuestra visión de la vida y de los seres vivos es siempre un fenómeno subjetivo, lo que percibimos o interpretamos desde nuestras mentes.

 

Lo que llamamos objetivo es simplemente aquello que puede ser acomodado a un patrón de observación, o de definición, o a unas leyes de comportamiento derivadas de la experiencia –leyes aplicables a seres humanos, a seres animales, a las manifestaciones de conformación de la energía (desde lo más etéreo y sutil velado a los sentidos hasta lo más denso y concreto perceptible con estos).

 

Llamamos objetivo a todo aquello que nosotros consideramos real y que sigue las condiciones impuestas por nuestras mentes: observadores diferentes pueden expresar percepciones y conceptos diferentes sobre el mismo evento o fenómeno contemplado.

 

Varios observadores pueden relatarnos las acciones y eventos que contemplan. Pueden ser muy minuciosos o muy precarios en la descripción. Según sus datos y según nuestras mentes, podemos imaginarnos o representarnos lo que ellos nos cuentan verbalmente. Los cuadros que ellos pintan con sus palabras pueden parecernos confusos o muy ricos en detalles, según sus condiciones o según nuestras condiciones.

 

Como seres humanos, nuestra percepción corresponde al estado de evolución de nuestras mentes y al conocimiento que tengamos de lo que vemos. Nuestras personalidades nos limitan o nos permiten una comprensión adecuada de las manifestaciones de la vida y de nuestras relaciones. Somos seres subjetivos en nuestras expresiones y en nuestro entendimiento; lo que hacemos procede de lo que somos.

 

Una triada clásica nos plantea tres enfoques sobre nuestras vidas particulares:

 

1. Como nos mostramos a los demás o como nos ven ellos.

2. Como nos vemos nosotros.

3. Como somos.

 

Las dos primeras opciones consideran lo que aparentamos. La tercera considera lo que somos –el ser de cada uno.

 

La disciplina de la psicología ha identificado patrones comunes de comportamiento que tenemos como especie humana (muchos de estos compatibles con las respuestas y conductas de los mamíferos) lo que nos induce a pensar que tenemos hábitos y reacciones particulares que nos asocian y nos identifican como colectividad (los miembros de ese conjunto actuamos con pautas comunes en eventos y relaciones sucedidos en tiempo y espacios diferentes, como si la información utilizada para representar nuestros papeles proviniera de una mentalidad masiva).

 

Existe también comportamientos paralelos muy particulares y conflictivos que nos muestran el predominio de egos muy absorbentes y caprichosos en seres humanos arrogantes y utilitaristas o ignorantes -lo subjetivo resalta en sus relaciones con otros a quienes desdeñan y discriminan pretendiendo obtener de ellos un culto a sus personalidades competitivas y disociadas.

 

Bajo la dualidad del mundo podemos vivir como seres integrados, conscientes de que el daño que causemos a los demás nos lo causamos a nosotros mismos y que el beneficio que aportamos a los demás nos lo aportamos a nosotros mismos; o podemos vivir como seres separados que perseguimos nuestros propios intereses y ambiciones, que ignoramos las consecuencias de nuestras acciones y negamos nuestra responsabilidad cuando afectamos destructivamente las vidas de otros.

 

La integración nos congrega en la dimensión del ser, con sus atributos de respeto y valoración; la separación pertenece a la dimensión del ego, con sus mañas peculiares y sus estrategias de manipulación y menosprecio.

 

Mientras más sabemos acerca de algo o de alguien, nuestro entendimiento es mayor. Ese saber debe estar ajustado a los rasgos y características de la situación o de la persona que evaluamos o pretendemos juzgar.

 

Nuestras opiniones proceden de suposiciones o presunciones, por lo que podemos caer bajo los espejismos de la apariencia o de lo posible; nuestros conceptos proceden de evidencias y están más acoplados a los sucesos y al ámbito de lo probable.

 

Sin embargo, estamos siempre limitados por los contenidos de nuestras memorias e intelectos y por nuestras creencias cuando intentamos definir o entender el movimiento de la vida. Vemos desde lo que somos y desde las posiciones que ocupamos transitoriamente -y muchas de las situaciones y acciones que nos permitirían una sabia comprensión del conjunto están fuera del campo de visión de nuestras mentes.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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lunes, 20 de julio de 2026

¿Qué utilidad tienen nuestras vidas?


Reloj del Padre Tiempo, en el Edificio de Joyeros de 1926, en Chicago. Tiene abajo un letrero con la palabra “TIEMPO” y adosada encima una estatua del propio Padre Tiempo, sosteniendo su guadaña y un reloj de arena.

          ¿QUÉ UTILIDAD TIENEN NUESTRAS            VIDAS?


HUGO BETANCUR

 

¿Qué tan útiles son nuestras vidas? ¿Qué acciones realizamos para el bienestar de los demás y para nuestro bienestar? ¿Nos acogemos a nuestros destinos o nos mostramos disconformes con sus atributos y con la incertidumbre que percibimos al afrontarlos?

¿Qué tanto nos resistimos a la ocurrencia de nuestras relaciones y a los eventos que cobran realidad frustrando nuestras expectativas? ¿Por qué nos sentimos victimizados porque los otros actúan según su idiosincrasia y no siguiendo nuestros requerimientos? Son solo preguntas   y nuestras respuestas retratan nuestra personalidad mostrando que tan desmedidos pueden ser nuestros egos o que tan sanamente influyen en nuestro comportamiento y nuestras interacciones.

Lo de la naturaleza es dispensarnos sustento y recursos que son fundamentales para nuestra supervivencia y progreso: nos prodiga el sol, el agua, los vientos, los frutos de la tierra y de los mares, el aire ilimitado que nos acerca a la más lejana estrella.

La vida sucede como una coreografía cambiante que todos los participantes ejecutamos según nuestras posibilidades y propósitos. No ocurre al azar porque tiene causas anteriores y efectos actuales. Las manifestaciones de todos los eventos van pasando, lentas o rápidas, previstas o imprevistas, celebradas o lamentadas, favorecedoras o adversas -siempre incontenibles y contundentes como un relámpago que destella en el cielo durante la tormenta.

Cada uno de nosotros hace una interpretación y un relato de los hechos a la manera que le es propia.

Ante los acontecimientos, podemos asumir una actitud de observadores atentos y silenciosos de la realidad que percibimos -nos quedamos quietos y reflexivos como los transeúntes que se guarecen mientras arrecia la lluvia sobre las calles y los techos-, o nos acoplamos a los ritmos de la vida emparejándonos con las trayectorias de los demás tal como lo hacen los conductores mientras manejan sus vehículos por las autopistas.

¿Podemos relacionarnos con otros, asistiéndolos oportunamente en las dificultades y situaciones difíciles que afrontan y que no pueden resolver por sí mismos?

¿Qué tan útiles son nuestras acciones cuando nos confían sus carencias y sus conflictos, su vulnerabilidad y su impotencia para liberarse de lo que los agobia y restaurar su tranquilidad -disponiendo de lo que a ellos les falta, ¿nos hacemos presentes asistiéndolos generosa y oportunamente o nos apartamos dejándolos sumidos en su sufrimiento?

 

Hugo Betancur (Colombia)

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UTILIDADES

En informática, una utilidad o programa utilitario es una herramienta de software diseñada para realizar tareas específicas de mantenimiento, optimización, diagnóstico y gestión del sistema operativo, el hardware o los archivos de una computadora. A diferencia de las aplicaciones de usuario (como los videojuegos o los procesadores de texto), las utilidades no crean un producto final, sino que aseguran el correcto funcionamiento, la eficiencia y la seguridad del entorno informático. [1, 2, 3, 4, 5]

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viernes, 17 de julio de 2026

Del presente efímero


Escultura en bronce "The Garment Worker", 1984, de Judith Weller,   Distrito de la Confección de Manhattan en Nueva York.

DIAS QUE PASAN Y ALLEGADOS QUE SE VAN

Hugo Betancur

 

       Cuando la vida apaga sus ímpetus en la ancianidad, el viejo rey ya no puede mantener erguido el cuello para retar o someter a quienes le sirvieron en sus roles de cortesanos a él y a su decadente reino: se ha consumido su otrora vigoroso corazón y falla su memoria -ha olvidado muchas de las cosas que hizo contra otros mientras quienes le rodean recuerdan minuciosamente cada detalle de su ominosa biografía-; ya no le es posible cambiar los acontecimientos y faltan la alegría y la satisfacción en su rostro. Habrá de despedirse cansado y enfermo y será recordado sin nostalgia.

     ¿Tenemos paz en nuestras mentes a medida que descontamos los días de nuestra fugaz existencia como seres humanos? ¿Han sido óptimas las semillas que sembramos; ha sido exuberante la cosecha después de tanto esfuerzo y de tantas dificultades afrontadas?


      En un momento de uno de estos días que van pasando, me encontré con un médico amigo a quien hacía muchos años no veía. Me relató que inusitadamente se habían reunido algunos exalumnos de la universidad en un restaurante con el propósito de dialogar y compartir recuerdos. Revisé la escasa información disponible en mi mente: algunos de los asistentes habían alcanzado posiciones de renombre y otros cumplían roles anónimos y de bajo perfil; algunos habían acumulado jugosos recursos económicos y habían acrecentado su soberbia; otros subsistían modestamente y eso les excusaba de vanas presunciones y exhibiciones inapropiadas.


Me contó que habían repasado nombres y anécdotas, celebrando lo que tenía tintes humorísticos y también los eventos que para ellos tenían alguna relevancia. Habían hecho un recuento sobre los colegas médicos de nuestra promoción que habían muerto ya y de las causas de ello.


Reflexioné y pensé que efectivamente esos seres humanos ya habían cumplido su ciclo de vida. Se me ocurrió también que, así como ellos se habían ido ya, posiblemente muchos de nosotros apenas estábamos viviendo, o sobreviviendo, quizá con las cargas de nuestros hábitos o de nuestras tradiciones y rutinas.


¿Qué pudo faltar para que no fuera así?


Dentro de nuestras relaciones y actividades sociales o de trabajo, muchas veces nuestras acciones y representaciones siguen una secuencia monótona y previsible, una reiteración de circunstancias y rituales cumplidos en los mismos escenarios. Son la manifestación de nuestras historias particulares, de nuestros nexos laborales y familiares, a veces intrincados y a veces simples.


De todo este archivo de situaciones recordamos aquello que tuvo una gran intensidad en alguno de los extremos de la dualidad: lo que nos pareció muy triste o lo que nos pareció muy alegre; lo que nos pareció grato o ingrato, lo que nos sacudió felizmente o lo que nos conmovió con su sombrío significado –que simplemente dependió de nuestra percepción y de nuestras creencias subjetivas.


¿En cuáles momentos de ese viaje hicimos nuestro mejor acto, aquel por el que seremos recordados como personas excepcionales? ¿En cuáles momentos fuimos llevados por nuestros egos irascibles y conflictivos y dejamos una imagen deplorable y dolida en otros?


Todo lo que fue dejó sus huellas, las evidencias para otros que permiten reconstruir lo sucedido de una manera precaria y siempre subjetiva –según sea la mentalidad y según sean los enfoques de quien se dedique a rearmar o narrar ese pasado inamovible-.


¿Qué recuerdo queremos dejar en otros? ¿Cuál es el mejor relato que podemos obtener de nuestro paso por este mundo controversial y avasallante? ¿Nos sentimos unidos a otros y a sus procesos vivenciales en esa aventura compartida, en su afán de trascender y de aprender? ¿O solo fuimos hambrientos comensales de paso por sus mesas servidas generosamente, por sus espacios dispuestos amablemente, buscando calmar nuestros apetitos fugazmente para luego partir con un apagado agradecimiento verbal, sin dejar a cambio nada más que nuestra prisa y nuestra ambición. 

 

Como viajeros en movimiento, quizá seamos recordados por alguna acción que haya impresionado las mentes y los corazones de otros. Esa acción, ¿tuvo rasgos de humanidad y bondad?, ¿tuvo rasgos de egoísmo y jactancia? ¿Nos creímos mejores que otros o superiores a ellos? ¿O nos sentimos sus semejantes y solidarios en las tareas comunes?


A medida que reconocemos los tramos recorridos y resumimos las características de nuestros acompañantes y de las interacciones realizadas podemos saber qué importancia tuvo lo vivido, si actuamos espontánea y fluidamente o si fuimos arrastrados azarosamente por lo que consideramos un cruel destino. Podemos des-cubrir la trama de los acontecimientos y evaluar nuestros comportamientos. Tal vez fungimos como víctimas pesarosas y auto limitadas; quizá debutamos como pequeños y temibles villanos causando desgracia a otros -lo que al cabo del tiempo se convertiría en nuestra propia desgracia, una vez que la invisible rueda de la justicia diera la vuelta para equilibrar todo el drama humano en que estábamos involucrados.


Podemos darnos cuentas sobre como tratamos a otros y cómo nos tratamos en esos episodios en que la vida nos congregó. Podemos definir si actuamos desde la posición demandante y absorbente de nuestros egos desbordados o desde la considerada y ecuánime sabiduría de nuestro ser.


Hugo Betancur (Colombia)

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