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viernes, 3 de abril de 2026

Lo que cada uno puede ver y definir.



PERSPECTIVAS DE CADA UNO 

Hugo Betancur

 

[-No me distraigan que voy de prisa -dijo la tortuga.

-Son muy pequeños los hombres y muy cortos sus caminos -dijo el águila.

-Tenemos fama de sabios -dijo el búho-; sin embargo, sólo practicamos el hábito de observar todo con mucha atención mientras  reflexionamos en silencio sobre lo que vemos].

 

Somos espectadores y actores de los sucesos de la vida. Hacemos nuestras representaciones en los escenarios o  miramos lo que pasa desde afuera.

 

Interpretamos los eventos según los datos y creencias de nuestras mentes.

 

Los seres humanos más afortunados seguimos nuestras percepciones, nuestras intuiciones y nuestras reflexiones: con todo esto hacemos un retrato de los personajes y de las situaciones y como los pintores plasmamos después nuestras impresiones en imágenes verbales, en argumentaciones, en interpretaciones.


Logramos protagonizar nuestras historias sabiamente si decidimos aceptar nuestros destinos particulares como vayan ocurriendo, con una disposición constante a emprender los cambios y los aprendizajes convenientes, aplicando una mentalidad resolutiva en las ocasiones en que nos sea posible hacerlo.

 

La saga de nuestro personaje tiene unas asignaturas por cumplir que a mi parecer son obligatorias, inevitables e intransferibles. Y confrontamos en cada instante de nuestra existencia las dos condiciones esenciales de la vida: la incertidumbre y la impermanencia -transcurren imprevisibles las circunstancias y suceden transitorios los eventos, a pesar de nuestras esperanzas y expectativas de que no sea así.

 

Trascendemos todos los retos y dificultades cuando asumimos actitudes de empatía y compasión en nuestras relaciones -como en las películas que vemos, todo va apareciendo y desapareciendo a medida que el tiempo corre: las escenas pasan, los actores cambian de escenario, los tiempos reales y psicológicos se entremezclan, el presente desvirtúa el pasado donde nuestros roles se van diluyendo inexorablemente.

 

Nuestros juicios, ¿traen paz y bienestar a nuestras mentes?, ¿nos permiten comprender que las tramas del destino son únicas, hiladas para cada uno a su manera tal como las arañas tejen sus redes en sus espacios disponibles y para la funcionalidad que les corresponde.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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Los yugos mentales: 1. Las relaciones infelices.

              
                                                                                          PANOPLIA. Fotografía por Elizabeth Betancur
                                                   

CONFLICTOS EN LAS RELACIONES

 

Hugo Betancur

 

Todos los conflictos psicológicos provienen de condiciones de las relaciones. Somos afectados por las acciones de otros o afectamos a otros con nuestras acciones. Y lo que pasó antes en nuestra medida del tiempo va causando sus efectos en la posteridad: está presente un nexo de continuidad entre antecesores o predecesores y sucesores –el antes y el ahora acoplados certeramente y propiciando los fenómenos dinámicos de la vida.


Los conflictos son situaciones de desequilibrio, una pugna de fuerzas por eventos sucedidos o por expectativas no satisfechas: algo debe ser resuelto para disolver el conflicto y alguien debe ser resarcido.


Los conflictos provienen de sistemas de creencias: quien oprime, quien asume algún objetivo respecto a otros es guiado por ideas -despojarlos de algo, imponerles algo, dominarlos o controlarlos; o también, sentirse víctima de otros o sentirse atropellado o menospreciado.


De las creencias, de los patrones, o moldes, o premisas mentales, se derivan los sentimientos de cada uno.  Los sentimientos son extensiones de las creencias y de la personalidad, y son manifestaciones o impresiones particulares. También las emociones provienen de las creencias.


Cuando nos es posible cambiar la mentalidad, los sentimientos y las emociones que expresamos adquieren otras tonalidades. Psicológicamente podemos decir que muchos seres humanos conflictivos y con tendencias ofensivas están estancados porque repiten comportamientos y acciones que repercuten en su desasosiego o en su inestabilidad afectiva, y probablemente en la de otros allegados.


De las mismas acciones y relaciones surgen situaciones y contiendas parecidas a los que sucedieron previamente en la línea de tiempo. Un dicho popular contempla esta monotonía que ejecutan los actores cotidianos: “Ahí están los mismos con las mismas” –refiriéndose a personajes que no han cambiado significativamente sus comportamientos previsibles y reiterados.


Las opciones de cambio son umbrales de conocimiento. Los vemos si hemos accedido al inconformismo en nuestros procesos de vida; los atravesamos si hemos decidido superar lo que nos parece conocido y si queremos trascenderlo con nuestra participación. Son un arco iris nítido en nuestras mentes que nos anuncia la primavera con su señal luminosa.


Los conflictos son situaciones de separación, de disociación. Cuando entramos al campo de batalla vamos al encuentro contra nuestros adversarios. Atacamos o somos atacados. ¿Quién tiene las armas más poderosas y las estrategias más aniquiladoras? ¿Quién muestra una mayor fortaleza para vencer a su ocasional enemigo? ¿Es el contrario aquel a quien atacamos? ¿O es la persona que decimos amar, o valorar, o apreciar el objetivo de nuestra ira, de nuestras ofensivas?


A veces lo que parecía un hermoso y poético jardín de flores vivas e iridiscentes pasa a ser un desolado espacio de confrontación donde los contendientes miden su fiereza y capacidad de causar daño.


Como seres humanos atravesamos las experiencias de las guerras y las campañas homicidas creyendo que fundaríamos imperios invencibles. Todos esos vanos reinos y dinastías fueron pasando; sus temibles ejércitos fueron aniquilados progresivamente; y sus generales, dictadores y emperadores fueron consumidos junto con sus huestes de adeptos, gregarios e idolatras medrosos.  Sin embargo, llegaron otros que no atendieron las viejas lecciones, las atroces campañas vencidas, a protagonizar nuevas historias de terror e intimidación, a causar lutos, dolor y devastación –para sembrar otra vez las semillas de deudas generacionales y venganzas vigentes.


Posiblemente de esa necrología reciente o lejana provenga nuestra adicción o tendencias a los conflictos. Cuando nos encontramos con nuestros conocidos y les preguntamos cómo están, nos responden mecánicamente: “Ahí en la lucha”, como si percibieran que sus existencias fueran una confrontación habitual y perentoria.


Como en las vivencias de combates y luchadores, a veces nuestras vidas adquieren esa significación.


Si nos referimos a las relaciones llamadas “de pareja”, las “relaciones especiales” –donde la disparidad resalta frecuentemente-, vemos que la conflictividad persiste como un componente parásito y disociador.  Los implicados aparecen como dos que no logran aunarse. Dos extraños que compiten por la primacía en el debut, por el papel del actor principal que pretende que otro le secunde –uno de los dos debe atraer la atención, el primer plano, mientras el otro permanece en la sombra, en la penumbra del escenario.


Sin embargo, nos apegamos a las relaciones con un sentido de posesión o de sujeción –creyendo que algo o alguien nos pertenece o que le pertenecemos-.


Ese apego puede restringir nuestra libertad o puede limitar la de otros y podría significar más o menos: “Nuestras vidas están enlazadas; si te alejas o si me alejo habrá sufrimiento; prefiero el sufrimiento de tenerte con los conflictos que protagonizamos los dos a perderte y sufrir porque no estás a mi lado”.


Todo conflicto es una situación de violencia y divergencia psicológica. ¿Qué intereses o propósitos tienen quienes propician el conflicto o quienes reaccionan conflictivamente?  ¿Qué mentalidad o que objetivos animan a quienes persisten en el conflicto adoptando actitudes de hostilidad o sintiéndose oprimidos o amenazados por otros?


Podemos liberarnos de muchas circunstancias o personas conflictivas simplemente rehusándonos a interactuar con ellas. Esto es posible cuando habíamos establecido relaciones afectivas, de acercamiento y cordialidad que se fueron convirtiendo en relaciones de rivalidad y oposición. Luego del entusiasmo inicial, las imágenes de decepción y hastío reemplazan a las de optimismo y confianza. Cuando nuestro relacionado o relacionada esgrime comportamientos agresivos y mantiene su disposición a la discordia, reaccionamos con enojo o contrariedad. Nuestra respuesta puede ser exaltada y retadora o apagada y derrotista.


Es sólo el enfoque que tengamos al relacionarnos lo que atrae el panorama que nuestras mentes vayan a contemplar. Podemos elegir con qué nos quedamos de todas las opciones posibles que podamos encontrar: seguimos dando vueltas como las mariposas en torno a la bombilla encendida en la noche, deslumbrados y atrapados en una rutina, o emprendemos nuestro vuelo en la oscuridad como las luciérnagas con nuestra propia luz, realizando otras acciones que nos permitan descubrir nuestra autonomía y nuestra armonía.


Somos afectados por todos los eventos de la vida. Podemos decidir qué impresión dejar en nuestras mentes: la de la paz y la conciliación o la de la frustración y el resentimiento.


Y los demás seguirán inmersos en su propia película, siguiendo fielmente el argumento y actuando momento a momento según sus presentimientos y sus elecciones.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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domingo, 29 de marzo de 2026

¿Podemos aprender de nuestras vivencias tormentosas?

                                                                                           Fotografía por Diana Valderrama B.

LA DISPOSICION A RECONOCERNOS EN NUESTRAS RELACIONES Y EN LOS AUTORRETRATOS QUE HACEMOS.


Hugo Betancur

 

Una percepción sana e inteligente que podemos desplegar en nuestras relaciones con otros seres humanos consiste en que consideremos sus comportamientos o errores -y los nuestros- como algo inevitable, a veces útil y adecuado para llevarnos a una transición inaplazable.

 

El conflicto aparece como una señal de advertencia: ¡Has llegado al escabroso reino de la rutina tediosa! ¡Aléjate. No sigas ahí porque estás perdiendo tus motivaciones optimistas y tu libre albedrío!

 

Los personajes de la historia y nuestros sentimientos han cambiado. Mientras representábamos nuestros papeles nos fuimos disociando paulatinamente hasta llegar al hastío compartido. Es el momento de cambiar los guiones y los escenarios.


Ninguna evasión es apropiada. Cada conflicto trae la ocasión propicia para explorar nuestras mentes y hacer nuestras indagaciones sobre lo que somos y sobre las relaciones inarmónicas que nos agobian. 


Sobran en cada ahora las culpas, las acusaciones y las justificaciones –la vida se justifica a sí misma-; todo está dispuesto para que liberemos las ataduras y reflexionemos sobre la jornada recorrida.


Podemos hacer una pausa para observar en silencio y quietud nuestra mente: qué juicios hacemos, cómo nos sentimos, qué reprochamos, qué des-cubrimos. Hacemos una pesquisa sobre nosotros mismos, un proceso de autoconocimiento, que nos lleva a un umbral de consciencia. 

Somos inteligentes si logramos aprender de nuestros errores y somos afortunados si podemos corregirlos.

Si valoramos a las personas con quienes nos hemos relacionado, adoptamos un propósito de entendimiento y de trascendencia sobre las vivencias comunes: todo sucedió según las personalidades y las opciones de elección posibles para los participantes; el agua solo pudo fluir a lo largo del cauce descendente excavado en la tierra. 

Solo podemos reconformar la vida en el presente. Lo pasado sólo nos sirve como experiencia para deconstruir1 o para transformar. Todo lo que hicimos dejó alguna huella y todo lo que dejamos de hacer también (las acciones no realizadas también nos retratan ante los demás). 

Muchas veces hemos definido las relaciones que atravesamos como destructivas o muy conflictivas y desgastadoras, lo que nos ha llevado a las crisis -las manifestaciones en el tiempo de inestabilidad en nuestras historias particulares- que nos indican que debemos hacer cambios. Y si hacemos parte de esas relaciones discordantes no estamos allí por azar sino con un designio que nuestro limitado intelecto no alcanza a descifrar y que debe ser resuelto en un proceso de comprensión y aceptación.

Durante esas crisis podemos pasar de una extrema emocionalidad y agitación a una condición aparentemente pasiva o evasiva; podemos absolvernos y justificarnos mientras culpamos a otros o podemos reprocharnos y experimentar malestar por la interacción vivida. 

Esas actitudes son egocéntricas y disociadoras. Son sólo reacciones habituales y previsibles. 

Esas crisis tienen para nosotros dos componentes: cómo nos sentimos –la percepción subjetiva- y cómo lo expresamos –nuestras emociones.

Una vez que menguan nuestras emociones básicas, especialmente la ira2 y la aflicción, tras la situación o relación truncada que las hicieron surgir, podemos enfocar nuestra atención en la culpa y el rechazo, emociones secundarias, tal vez, o en la reflexión constructiva y en la auto observación –¿cuál es mi responsabilidad?, ¿qué provecho puedo obtener de esta experiencia?

A veces consideramos nuestras rutinas algo así como un refugio seguro y confiable; nos quedamos estáticos, aunque la vida nos advierte continuamente que estamos postergando los aprendizajes y las soluciones -nuestros rostros están ausentes del presente y nos mostramos preocupados, distraídos, irritables, infelices. 

Las relaciones que emprendemos con actitudes egoístas (los ‘proyectos de vida’ que trazamos a otros para que nos den felicidad) nos hacen muy vulnerables; los intereses, los anhelos y los atractivos que conforman ese entramado utilitario nos ligan más a los resultados que a las personas y nos obligan a mantener una dualidad truculenta ante ellas –quizá fingiendo que lo afectivo es lo esencial entre ellas y nosotros, o posiblemente involucrándonos en un auto engaño que las prioridades no obtenidas nos obligan a des-velar.

En cambio, las relaciones que emprendemos con actitudes altruistas, libres de ansiedad y codicia, reflejan nuestra fortaleza. Lo mismo ocurre con aquellas relaciones donde nuestra afectividad es espontánea y franca: no forzamos las situaciones y podemos apreciar a las personas como son sin entrar en pugna con ellas, más dispuestos a consentirlas que a censurarlas, y más solidarios con sus dificultades.

Nuestros juicios negativos son una trampa y un lastre porque provienen de nuestros egos y de sistemas de creencias que conservamos inmodificados y rígidos en nuestra memoria mientras la vida va pasando. 

Las personas que nos aman permanecen cerca, aunque hayan ido muy lejos. Nos sentimos unidos a los amigos viejos y a los recientes sin las barreras de los protocolos sociales, económicos o culturales. Nuestras manos y nuestros abrazos comunican alegría, protección y confianza. No nos hacen falta las simulaciones ni las cartas marcadas bajo las mangas. 

Las relaciones interrumpidas muestran simplemente el término o cierre de un drama donde los actores estaban disgregados: cada uno recitaba las líneas del personaje representado –conquistador, soñador de su sueño exclusivo que el otro debía llenar, avaricioso y ensimismado. Las funciones repetidas y monótonas en los escenarios cambiantes llenaron de fatiga y frustración a los actores por lo que la separación les parece una conclusión inevitable y redentora según el sistema evaluador del ego.

El amor y la amistad cumplen dos requisitos: crecen a medida que pasa el tiempo y soportan las tormentas que sacuden sus cimientos. Lo demás son ilusiones, tan frágiles como un papel quemado y tan irrecuperables como las palabras voceadas en el aire. Y se desvanecen tan volátiles como parecieron formarse, a pesar de los pesares y del sufrimiento que dejaron como indicio.

Podemos deducir que las situaciones y relaciones agradables que evocamos con nostalgia y gratitud son aquellas en que logramos una aproximación sincera y una integración equilibrada. Nos sentimos regocijados con la presencia y acciones de otros y fuimos correspondidos; sabemos que no participamos en intercambios de conveniencias -basadas en necesidades, adquisiciones o accesos que nos producían ganancias secundarias-, ni en conquistas –donde alguien debió ser avasallado o sometido para que otro u otros obtuvieran sus trofeos y su tributo de placer. 

No son las experiencias intensas y obsesivas, ni la avidez impetuosa que debió ser saciada, ni los excesos vividos en los altares y rituales de los sentidos lo que nos llega como recuerdo amoroso a medida que avanzamos en nuestros caminos. Todo eso no es más que la resaca –un nudo en la garganta, niebla sobre el pasado confuso- que nos queda como vestigio amargo.

Cuando nuestra visión nos trae imágenes alegres de la jornada cumplida nos damos cuenta que recorrimos el itinerario adecuado y que los viajeros que nos acompañaban siguieron siendo nuestros amigos, aunque sus siluetas y sus voces se hubieran perdido en la distancia.


Hugo Betancur (Colombia)

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1.   ­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­Deconstruir: desarmar nuestros conceptos y creencias para lograr trascenderlos.

Deconstruir [RAE]. Desmontar un concepto o una construcción intelectual analizándolo. Es un proceso mental aplicado filosófica y literariamente -posiblemente también sea útil en sociología.

2.   Ira: una emoción primaria que se presenta cuando un organismo es bloqueado o frustrado en la consecución de una meta o en la obtención o satisfacción de una necesidad.

El artículo "Anger and fear" (Ira y miedo) de H. B. Danesh, publicado en The American Journal of Psychiatry en 1977, argumenta que ambas emociones son mecanismos de defensa innatos movilizados ante amenazas percibidas. El trabajo explica que estos mecanismos suelen estar acompañados de ansiedad.

Puntos Clave de Danesh (1977):

Defensa Innata: La ira y el miedo no son solo emociones, sino respuestas defensivas fundamentales.

Percepción de Amenaza: Ambas se activan cuando el individuo siente que su seguridad, valores o integridad están en riesgo.

Relación con la Ansiedad: La ansiedad actúa a menudo como un componente acompañante o subyacente de estas respuestas. APA PsycNet

Este artículo clínico es un análisis psiquiátrico sobre cómo las emociones primarias manejan las amenazas al individuo. APA PsycNet

 [Izard -1977] Danesh (1977) e Izard (1984) consideraron que los organismos responden ante la percepción de una amenaza con un impulso de ataque -la ira-, o con un impulso de huida, propio del temor y la ansiedad. Rothenburg (1971) argumentó que en seres vivos sociables la ira era una reacción y un mensaje en contextos de relaciones significativas.

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