LA RELIGION
DEL EGO
Hugo
Betancur
La religión
más extendida en el mundo es la del ego. Sus oficiantes se erigen a sí mismos
como individuos excepcionales que promueven el culto a su personalidad, o a su
comunidad religiosa, o a su cultura -asumen que los otros deberán ensalzar y
reverenciar su identidad particular o la colectividad a la que pertenecen y
exaltan un yo o un nosotros que establecen como mejor que los demás.
Las lideres,
alabados por sus siervos como carismáticos, utilizan sus religiones del ego como instituciones de
poder disponiendo de las inmensas y
suntuosas construcciones que son sus iglesias, sus templos, sus mezquitas, sus
plazas, donde masas de creyentes se regodean celebrando sus ritos bajo la
orquestación de esos astutos maestros de ceremonias -los que más saben y los
que más poder han conquistado- quienes debutan enfundados en sus hábitos
costosos y exclusivos, en ocasiones ribeteados con hilos dorados y bordados con
imágenes o símbolos que destacan sus jerarquías mundanas.
Recitan o
promulgan mensajes provenientes de libros a los que atribuyen una procedencia
sagrada o divina, o de los libros doctrinarios de sus religiones que
interpretan a su modo o acomodados a la funcionalidad de sus predicaciones y
discursos declarándose al unísono infalibles emisarios de sus dioses.
En las
religiones del ego, sus exponentes también hacen sus representaciones públicas
o desde los edificios de gobierno, o desde sus palacios, o desde sus búnkeres,
los encumbrados políticos, los fieros e implacables dictadores, los
condecorados generales que deciden a quien intimidar y a quien atacar -todos estos
personajes se rotulan como salvadores de la civilización, de sus países, de las
instituciones que manejan a su modo para su lucro y para saciar su codicia
(como el muñeco Bibendum de Michelin aparecen pletóricos y arrogantes en sus
discursos y en sus poses habituales).
También los
ególatras ejercen sus métodos de avasallamiento en sus hogares, en sus recintos
privados, en sus relaciones afectivas, sociales y de trabajo o empresa.
Personifican ese ego y lo exaltan ante otros especialmente en los eventos
públicos donde destacan y magnifican su exigua importancia personal y su
agigantado narcisismo.
La doctrina
de esta religión del ego está fundamentada en los pilares imperiosos de la
culpa, el castigo, la dualidad éxito y fracaso, y la separación -bajo los
dogmas que aplica el ego, la integración no es posible y la afinidad entre
seres humanos es una utopía que derriba el paso del tiempo.
Los
ególatras pregonan la existencia de dos categorías de seres humanos:
los que dominan, escalan y lideran, voceando que se han hecho triunfadores por
sí mismos, gracias a su inteligencia, a sus esfuerzos y a su personalidad
arrolladora -aunque otros les hayan aportado sus recursos y su energía para
catapultarlos hacia sus cimas- y los demás, los elementales que superviven sin
mentores, con una educación precaria que limita su acceso a trabajos y
posiciones privilegiadas y rentables, minimizados por quienes los emplean como
sus trabajadores aunque los tratan como sus sirvientes.
Los
instrumentos de los devotos de esta doctrina del ego, son la supremacía, las
imposiciones, los chantajes y los condicionamientos; el ambicionado dominio
sobre otros ha de ser alcanzado llevándolos a la sumisión y al sacrifico.
Los
súbditos del ego se acogen a sus preceptos básicos: alguien debe prevalecer y
alguien tiene que asumir el papel de víctima, alguien debe mandar o ser
mandado, alguien debe pagar una penalización por su acciones -lo que equivale
al pecado y castigo establecido por las otras religiones-, muchos deben ser
obedientes a la voluntad de quien remonta alturas para hacerse ver y admirar,
alguien debe maquinar y alguien debe permitirlo.
Como los
demonios clásicos llevan a sus infiernos al final de sus vidas a quienes han
obrado mal en su nombre, el ego recompensa a sus adoradores con malestar y
frustraciones -siempre resultan insuficientes las conquistas de cada uno y no
es posible realizar las ilusiones que las mentes persiguen obsesivamente pues
cada quien manifiesta y elabora con desmesurada avidez sus objetivos, lo que en
muchas ocasiones crea pugnas y adversarios que frustran los planes
particulares.
Sin
embargo, las ambiciones de estos ególatras practicantes presentan demasiados
obstáculos en este mundo enmarañado: es demasiado difícil atesorar sin la
provisión de otros y las ganancias genuinas y justas no llegan por la
aplicación de pensamientos positivos e ideales de visualización sino porque tengamos
méritos para recibirlas o porque en función del destino de cada uno sea posible
lograrlas.
No hay
felicidad en las relaciones interesadas y aventureras de los egos, porque los
planes de progreso están asentados sobre el despojo a otros, o
sobre la lucha para superarlos, o sobre la utilidad que nos brindan
satisfaciendo lo que llamamos nuestras necesidades -algunas las nombramos
necesidades básicas humanas, lo orgánico y lo material, y otras constituyen lo
psicológico, que nos aprovisionarán otros: "te necesito", necesito
que me des tu amor", "sólo tú puedes darme lo que me falta"
(aprovisionamiento, compañía, cuidados, protección, asistencia, seguridad,
placer).
La
felicidad que el ego persigue aparece fugazmente y luego se esfuma como la
llama de una cerilla. Es sustituida por formas mentales agobiantes: el
sufrimiento, el autosaboteo, la infelicidad, la incertidumbre.
El
sufrimiento es la recompensa paradójica que el ego ofrece a sus masas de
fervientes seguidores.
La religión
del ego no se parece en nada a las religiones inspiradas desde el Cielo,
basadas en el amor y la unidad.
La del ego
es la religión de la tierra, fundada sobre el ataque, la separación, el culto a
la personalidad y los dogmas, la negatividad, la destructividad, la
depredación.
La del ego
es una religión de amos y sirvientes, de ganadores y perdedores, de sombrías y
fanáticas jerarquías que imperan en sus territorios de poder con sus
instituciones y recursos de control -algunas se tornan vitalicias y las demás
son removidas por otras que las superan en astucia y en pactos de mutuo
favorecimiento.
Todas las
demás religiones instauradas aportan sus líderes y sus masas crédulas y
doblegadas a la religión del ego que las supera y las subyuga.
La
espiritualidad de cada uno, con nuestro libre albedrío y nuestra evolución a
través de las existencias, trasciende todas las ilusiones de los personajes que
representamos, de los escenarios donde nos consumimos sacudidos por nuestros
egos y de los tiempos con que medimos nuestras historias.
Hugo
Betancur
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