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domingo, 1 de marzo de 2026

La tristeza que debemos atravesar.

                          Van Gogh. Autorretrato. Museo Van Gogh de Amsterdam.                              

TRISTEZA, DEPRESION, AISLAMIENTO

Hugo Betancur


La tristeza es una emoción que manifestamos ante situaciones complejas de nuestras vidas que nos desconciertan y que alteran lo que consideramos normal.

La tristeza es un estado de ánimo, en ocasiones considerada también como un sentimiento. Es un estado de la mente que aflora incontenible y espontáneamente cuando nuestras expectativas no son satisfechas, cuando nuestras relaciones se agotan, cuando perdemos algo que considerábamos nuestro pero ha sido recuperado por sus dueños, cuando los seres queridos se van a otros lugares o al hogar de sus almas...

La tristeza es una reacción pasajera, temporal, que debemos liberar una vez identificamos qué la causó y cuál fue la interpretación que hicimos para asumirla.

La tristeza debe fluir como una emoción efímera y debe desvanecerse en nuestra perspectiva de observadores y en nuestro tiempo psicológico tal como desaparecen de nuestra vista los coloridos paisajes del mundo  que miramos al viajar.

Si persistimos en mantener la tristeza y le agregamos otros comportamientos como aislamiento, malestar, ideación de inutilidad o de culpa excesivas; pensamientos recurrentes de enojo, hostilidad y frustración, rumiación de pensamientos negativos, adopción de monólogos pesimistas silenciosos y revisión reiterativa de los eventos negativos que afrontamos -esa cascada de acciones nos puede llevar a conformar trastornos de ansiedad y depresión que requieren manejo médico.

La risa es una reacción de aceptación y de alegría, o simplemente de celebración por eventos graciosos o por relatos divertidos.  La felicidad en cambio, no es una percepción fluctuante ni esporádica sino un estado de nuestro ser en que la mente y el corazón perciben al unísono la vida y la asumen con actitudes gratas y plenitud optimista.

La felicidad no proviene de lo exterior –los seres vivos, las cosas, los eventos que ocurren y pasan- sino de la visión afable con que vemos los espectáculos del mundo como dramas desbordados, jocosos a veces y en ocasiones demasiado solemnes y sobreactuados y que los protagonistas representamos obligadamente siguiendo nuestros guiones, nuestros deseos, nuestras obsesiones, nuestras infantiles búsquedas de complementación y de halagos.

No perdemos aquello que no está destinado a permanecer con nosotros, simplemente coincidimos con los seres humanos o las cosas durante un lapso de tiempo, en relaciones cortas o largas que después quedarán desperdigadas en el pasado, y que volverán a nuestra memoria solo como imágenes imprecisas y evanescentes.

La vida siempre está a cargo, siempre estuvo a cargo, siempre estará a cargo, a pesar de nuestros apegos y nuestras infructuosas obsesiones de control.

La vida, intangible y perpetuamente presente, dispone los escenarios y las tramas, que en ocasiones empalman con las nuestras para nuestra complacencia. Sin embargo, las historias reales son esquivas a la felicidad -la tristeza y la incertidumbre aparecen en muchos capítulos, también la soledad y el desasosiego- y los sucesos van pasando, imprevisibles y puntuales, con nuestra aceptación o con nuestra resistencia.

Como transeúntes debemos acoplarnos a nuestros destinos que son nuestras brújulas   y debemos avanzar, prudentes, perseverantes y esperanzados.

De las circunstancias, de las relaciones y de nuestras acciones surgirán nuestras percepciones y las emociones de nuestros personajes.

Solo debemos volver nuestra atención hacia el pasado para rememorar y agradecer nuestros aprendizajes, los momentos de alegría y de celebraciones familiares y amistosas, las vivencias de bienestar físico y mental: todo eso traerá motivaciones optimistas y fortaleza a nuestras vidas y nos servirá como amuleto contra la tristeza y la desesperanza.

Hugo Betancur (Colombia)

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Formas mentales y castillos de arena.


FORMAS MENTALES Y CASTILLOS DE ARENA

 

Hugo Betancur

 

Las cimientos de los castillos de arena son endebles y fácilmente perecederos, tan inestables como las ilusiones que instituimos sobre lo que otros deben hacer para agradarnos y tan breves como las relaciones especiales que forjamos: el más leve oleaje los socava; los derrumba inexorablemente el viento que roza sus contornos y la lluvia ocasional que cae sobre la playa; son disgregados por el mar que salpica la tierra firme.

 

Los castillos de arena no son castillos habitables

 

Los castillos de arena son solo imitaciones, representaciones minúsculas de inmensas construcciones amuralladas levantadas para los poderosos gobernantes y señores feudales de una lejana  época medieval* ya vencida.

 

No fueron construidos con piedra y argamasa por decenas de peones que consumieron sus fuerzas y sus vidas elevándolos.

 

No tienen grandes estancias, ni corredores, ni pasadizos  secretos.

 

No son habitados por vanos monarcas con su corte de sirvientes y funcionarios categorizados según su utilidad y asignaciones.

 

Los castillos de arena son sólo copias de los imponentes castillos antiguos coronados por torres y almenas y resguardados tras enormes y gruesos portones y defensas que se mantienen en pie a pesar de la furia destructora de los elementos -porque fueron concebidos para durar sobre cimas y colinas y aunque los ocupantes de sus aposentos hayan sido arrastrados hacia la brumosa dimensión del pasado, prevalecen y nos recuerdan la fragilidad de los vulnerables soberanos prepotentes que se resguardaron y entronizaron allí.

 

Al paso del tiempo, de esos castillos de arena y de nuestros ideales solo queda una vaga imagen en nuestras mentes -la realidad que nos corresponde acaba por imponerse.

 

[Otras formas mentales mencionadas repetidamente en los escenarios culturales y políticos son imaginarias, solo alegorías y metáforas que aluden los ideales subjetivos de quienes las pregonan: los castillos en el aire y las torres de marfil -son los espacios psicológicos donde estos seres humanos tratan de eludir la realidad que los frustra mientras corre el calendario de sus existencias]. 

 

Hugo Betancur (Colombia)

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*La Edad Media, Medioevo o Medievo fue el período de la historia de Europa (y especialmente de Europa occidental) que comenzó con la caída del Imperio romano de Occidente en el año 476 y finalizó con la caída del Imperio bizantino en 1453 o con el descubrimiento europeo de América en 1492.

Sus mil años de duración se caracterizaron por cierta fragmentación política y por el predominio de la Iglesia católica, que rigió la cultura, puso límites al desarrollo de la filosofía y de las ciencias y ejerció una estricta vigilancia y persecución religiosa. Por esta razón, esta etapa fue muchas veces caracterizada como una época de oscurantismo religioso o “Edad Oscura”, aunque hoy en día se sabe que produjo importantes innovaciones técnicas y permitió el surgimiento de relevantes estilos artísticos.

 

La Edad Media recibió su nombre por ser considerada una etapa intermedia entre la Edad Antigua y la Edad Moderna. Durante este período, la sociedad se organizó principalmente de acuerdo a un orden feudal, esencialmente rural o campesino. Sin embargo, también experimentó un resurgimiento de las ciudades a partir del siglo XI y el nacimiento de una nueva clase social: la burguesía.

 

La vida medieval estuvo lejos de ser estática y uniforme. Fue escenario de numerosos desplazamientos humanos, epidemias (como la peste negra), guerras y nuevas formas políticas, incluida la formación y expansión de imperios más allá de las fronteras de Europa occidental, como los imperios musulmanes o el Imperio bizantino. Esto originó conflictos y conquistas, como la invasión musulmana de la península ibérica, las Cruzadas y la Reconquista española.

 

Fuente: https://concepto.de/edad-media/

 

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martes, 24 de febrero de 2026

El placer y el sufrimiento, nuestras percepciones contrastantes.

                                                                                                                           Fotografía por Hugo Betancur

EL PLACER QUE NO PERDURA

 

Hugo Betancur

 

El placer alcanzado siempre es insuficiente. Cada uno de nosotros valoramos nuestras experiencias según la manera como las hemos percibido, según el significado que le dimos o según las expectativas que tuvimos. La conformidad o inconformidad que expresemos dependerá de un resultado previsto.

El placer es una sensación y una percepción que nuestras mentes interpretan según nuestra subjetividad. Cada uno de nosotros aplicamos enfoques y archivos de memoria diferentes para evaluar nuestras vivencias. Como observadores vemos lo que podemos ver y lo juzgamos desde nuestras posiciones. No podemos ver más allá de lo que alcanza nuestra visión y nuestra comprensión.

El placer y el sufrimiento son afines. Cuando pretendemos conservar o mantener el placer encontramos la limitación para experimentarlo como lo concebimos inicialmente, con el esplendor con que lo imaginamos, con la emotividad exultante con que nos dispusimos a vivirlo. Es entonces cuando el sufrimiento empieza a manifestarse en nuestras mentes, porque los objetos de placer o los personajes a quienes dimos la función de proveérnoslo aparecen brevemente en el panorama que podemos tener ante nosotros para luego disiparse, como nuestras palabras de cada instante a pesar de nuestra elocuencia, etéreos, insustanciales, escurridizos.

Las vivencias de placer atrapan nuestras mentes mientras experimentamos las sensaciones pertinentes, para quedar solo como un recuerdo después, cada  vez que el movimiento de la vida nos impulsó hacia otras acciones y relaciones. Esas vivencias ocurren súbitamente y se hacen ineludibles para cada uno porque nos sentimos forzados a participar en su realización: estamos inmersos en el juego de la vida y nos toca replicar a nuestros semejantes para que las escenas tengan sentido y los actores hagamos nuestras representaciones según nuestros atributos y nuestra versatilidad.

A veces desempeñamos nuestros papeles con una teatralidad excesiva, tal vez memorable por el énfasis que ponemos; en otras ocasiones somos actores precarios con un discurso plano e insuficiente. Podemos quedar atrapados en la trampa del placer porque lo alcanzamos en alguna medida o porque sólo sigue siendo un objetivo de nuestras mentes. Se nos convierte en una obsesión, evidente o disimulada, que nos llena de avidez o de frustración.

Todo lo que puede proveernos de placer está sujeto a los cambios contundentes de la vida. Todas las filosofías humanistas han destacado la impermanencia como una ley de la existencia: la transformación del observador y de lo observado en todo momento. Y el placer es demasiado volátil, inconsistente, inestable. El placer que derivamos de nuestras relaciones con la vida es algo así como el néctar que toman los colibríes picoteando velozmente cada flor, sin saborearlo y llevándoselo consigo –tal vez puedan repetir una acción parecida miles de veces y quizá sea el néctar lo que los atraiga; sin embargo, el ritual es efímero y corresponde a la energía del momento y a los recursos disponibles que cambian continuamente.

“Sólo nos pertenece o permanece con nosotros aquello que no puede sernos arrebatado”. La experimentación exhaustiva de las situaciones placenteras nos lleva al agotamiento o a la monotonía, al hastío o al desdén, lo que significa sufrimiento para nosotros. También lo que consideramos la pérdida del objeto de placer o de la posibilidad de repetir los eventos placenteros nos produce sufrimiento: nos sentimos despojados de una pertenencia que asumíamos como permanente y nos mostramos desdichados volviendo a la condición de niños necesitados y dependientes.

En ocasiones, empeñados en obtener las experiencias de placer quizá nos comportamos como los animales que persiguen a su presa sin percatarse del cazador que los acecha desde su escondite con su arma preparada (porque a veces las circunstancias de placer parecen algo así como una trampa montada por quien corre tras el placer o por quien lo ofrece esperando una retribución –y a veces me parece que la misma naturaleza de la vida ha posibilitado la trampa del placer para lograr la perpetuación de la especie humana valiéndose de los acercamientos y contactos sexuales que culminan en la procreación.

Cuando entramos en conflicto, el placer –o, más explícitamente, la ilusión del placer- es lo que consideramos haber perdido, lo que se fue. El sufrimiento es lo que queda a cambio, lo que permanece como rezago o consecuencia del placer que ya no está más.

En nuestras mentes, entramos en choque y olvidamos agradecer las circunstancias y relaciones que nos han sido placenteras y amables. Como contraste, nos embelesamos en nuestros lamentos y nuestras crónicas tristonas y con eso le quitamos la calidez y el valor a las vivencias positivas que nos animaron y nos motivaron.

El juego de la vida nos invita a participar resueltamente apropiándonos de las situaciones y sintiéndonos parte de cada secuencia de la trama en ejecución. Cada uno de nosotros puede decidir qué impresión deja de su paso por esos ambientes donde recreamos los personajes que nos son permitidos y las historias que nos permitirán progresar en los aprendizajes de nuestro ser.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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domingo, 22 de febrero de 2026

La belleza de los seres vivos

                                                                                       Marilyn Monroe. Por Andy Warhol

LA BELLEZA DE LOS SERES VIVOS

(QUE TAMBIÉN VA PASANDO).

 

Hugo Betancur

 

Lo que calificamos como bello tiene para cada uno de nosotros unos atributos o manifestaciones que juzgamos según nuestros patrones mentales. En los seres vivos, apreciamos las formas, los colores y las estructuras físicas que nuestros sentidos captan como agraciados y armoniosos. Elaboramos razonamientos y conjeturas para expresar porque algo o alguien nos parece o no nos parece bello.

Nuestras consideraciones estéticas son propias del personaje que representamos, de nuestra idiosincrasia -en muchas ocasiones coinciden con las percepciones de otros respecto a la criatura que es objeto de nuestra atención.

Esa belleza que contemplamos afuera es una imagen cambiante de seres vivos expuestos al envejecimiento y a la caducidad que va siendo evidente para sí mismos y para los observadores -todo lo vivo va perdiendo su plenitud, su turgencia natural y sus colores esplendorosos: languidece y se va apagando, tan fugaz como las gotas de rocío mañaneras en las superficies de las hojas.

La vida es un proceso de expansión y contracción, de vigor y decadencia, de ágil y esbelta movilidad que se torna en anquilosamiento y obligada sedentariedad. Sin embargo, la acción de vivir es sinónimo de envejecer -son dos verbos afines que dan sentido a la exuberancia e incertidumbre de nuestras historias.

La existencia de los seres vivos es finita, lo que significa que nuestros organismos tienen una durabilidad limitada y que van declinando en medidas de tiempo correspondientes a sus condiciones y vulnerabilidad, a los acontecimientos y enfermedades experimentadas.

En los seres humanos, los aparatos o sistemas de nuestros cuerpos van caducando en sus funciones e integridad:  las células, tejidos y órganos languidecen -la piel tersa se arruga y las superficies prominentes y firmes se ablandan y cuelgan, la erguida columna vertebral se dobla y los sentidos van perdiendo su registro confiable de las evidencias que la vida esparce.

Según  la belleza física va menguando y se va volviendo más recuerdo que realidad, los cirujanos plásticos ofrecen restaurar o modificar el aspecto físico de los pacientes -promocionan un rejuvenecimiento de los rasgos faciales y de la anatomía externa con sus intervenciones, rellenando, seccionando  y estirando los tejidos añosos que han perdido su   turgencia y su lozanía-, y la industria cosmética ofrece sus productos de maquillaje para imitar la apariencia sana y rozagante de la piel -los resultados de estos sucedáneos de las sustancias naturales del cuerpo en ocasiones solo son paliativos de efecto transitorio que deben ser aplicados reiteradamente, lo que incentiva el mercado y las ilusiones de embellecimiento.

No es renovable la belleza que los organismos vivos ostentaron en su juventud y en los inicios de su edad adulta. Lo que fue atractivo y hermoso se va marchitando -los animales y los humanos debutamos transitoriamente en esa pasarela pública donde mostramos nuestras figuras apuestas y nuestros encantos -si es que los hemos tenido-, y el reino vegetal exhibe solo por unos días sus hermosas y coloridas flores que se mustian y palidecen sin remedio.

La aceptación de los fenómeno biológicos inherentes al envejecimiento libera a cada uno de las cargas psicológicas negativas -depresión,  baja autoestima, conflictividad, y nos permite acomodarnos a las situaciones que nuestros destinos nos van deparando.

En contraste con los cuerpos vivos, las mentes si pueden ser renovadas y cultivadas cuando asumimos propósitos y acciones de aprendizaje y de cambio -y pueden reverdecer nuestra creatividad y nuestras motivaciones. Imaginemos una gran bodega donde hemos acumulado cosas que dejamos de usar o que usamos ocasionalmente: tomamos la decisión de vaciar ese espacio sopesando la utilidad y el valor de lo que depositamos allí y al terminar esta selección nos deshacemos de todo lo que consideramos inservible y obsoleto. Así mismo podemos explorar nuestras mentes y clasificar nuestros archivos de creencias como útiles y prácticos o como complicados y disociadores.

Las mentes que se revitalizan a sí mismas nos permiten trascender la belleza externa y nos permiten fluir optimistas y confiados con las corrientes de la vida.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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