LOS CELOS QUE NUESTRAS CREENCIAS
Y APEGOS HACEN POSIBLES
Hugo Betancur
En nuestra civilización occidental hemos sido educados según las tradiciones y creencias de nuestros grupos familiares y sociales. Muchas de esas características tienen sus fundamentos en las culturas judeocristianas que imponían la conformación monogámica en la relación de la pareja y que sancionaban drásticamente la desobediencia a este condicionamiento; basaban esta restricción en mandatos religiosos y en propósitos de unidad y progreso familiar.
Habitualmente en los
períodos iniciales de las relaciones especiales, cada participante proyecta
unas expectativas respecto al otro y le asigna unas funciones que debe cumplir.
En ocasiones, esto es expresado verbalmente y con mucha claridad; otras veces,
quien lo concibió presume o supone que sus aspiraciones serán cumplidas por su
pareja espontáneamente y que no es necesario instruirla sobre esas condiciones
y pautas de comportamiento que le ha fijado.
Esas relaciones preliminares
tienen atributos y encantos peculiares para cada uno. Si la intención es
romántica, los participantes entran en un estado de enamoramiento: son
impresionados gratamente por quien aparece frente a ellos y se sienten
embelesados por las situaciones plácidas que vislumbran.
El enamoramiento no es amor.
Es una percepción de complacencia temporal que da paso a las expresiones de
dualidad de cada uno de los actores. Las personalidades van mostrando poco a
poco sus rasgos particulares, sus inclinaciones y preferencias, sus dones y sus
limitaciones. Los días cálidos y coloridos son reemplazados por días nebulosos
y lluviosos. No es posible la fusión de dos que son diferentes –ni siquiera de
dos que parezcan identificados en torno a creencias y propósitos-; la vida solo
permite los espejismos bajo ciertas condiciones transitorias y cada ser vivo
debe acogerse a las alternativas de su propia existencia.
El enamoramiento cede su
lugar a la realidad que retrata a cada uno tal como es a través de sus acciones
y comportamientos. La luz abundante que entra por las ventanas descubre los
aposentos que la noche ocultaba. Ahora se imponen como prioritarias las experiencias
compartidas y los participantes evalúan los resultados.
Los seres humanos que
conforman una relación como pareja son motivados por muchas razones,
conveniencias, ideales, sentimientos, intereses, que a veces engloban
erróneamente bajo la definición de amor.
Podemos entender que quien
ama es respetuoso, acogedor, solidario, protector, tolerante, sincero; no
subyuga al otro ni cede su libertad porque reconoce la sabiduría del libre
albedrío.
El amor no tiene polaridades
ni opuestos, solo es. Lo que llamamos sentimientos sí tiene sus contrastes:
“hoy te quiero pero mañana podría no quererte”, “hoy me siento bien contigo
pero mañana podría sentirme mal”, “hoy me gustas pero mañana podrías no gustarme”.
Los sentimientos y los afectos dependen de nuestra satisfacción o de nuestra
insatisfacción, de las circunstancias. Nuestras reacciones de agrado y
conformidad son una manifestación de que hemos sido halagados o servidos.
Cuando las personas
establecen sus relaciones de pareja emprenden una observación continuada mutua
y pueden convivir o compartir más asiduamente; se tratan y se revelan o
descubren para consolidar su vínculo progresivamente o para marchitarlo.
Los celos en las relaciones de pareja
El matrimonio es un nexo
ante la sociedad en un ceremonial de iglesia o en una dependencia pública. Dos
que se casan se comprometen a cumplir unos requisitos de moralidad entre los
que destacan la monogamia y la fidelidad a la pareja –ambos conceptos se complementan
(“fidelidad” viene de la palabra latina “fide” que significa lealtad). Dentro
de la seriedad asumida con el vínculo, los dos se acogen a cumplir esos
requisitos. Uno de ellos puede entrar en conflicto cuando se da cuenta que el
otro los quebrantó -si ciertamente los incumplió y si es posible comprobarlo
con evidencias, la respuesta anímica de malestar es normal. Psicológicamente
podemos entender que esto motiva una reacción afectiva y emocional y que puede
presentarse una crisis como consecuencia. Posiblemente esto sirva como
precedente y quizá la relación tendrá modificaciones; el incidente los sacude y
los obliga a reacomodar sus roles; ya no pueden seguir como antes porque algo
imprevisto los confronta y debe ser resuelto por los dos. Quien se siente
afectado por el evento puede sentir inestabilidad y manifestar incertidumbre.
Respecto a las relaciones de
pareja entre un hombre y una mujer, podemos dar al término “celar” estos
significados: restringir, vigilar, ejercer control para comprobar que el otro o
la otra no se han involucrado en una relación distinta a la prevista.
Los celos reflejan
posesividad, apego, desconfianza. La otra persona ha sido incorporada en la
relación como un complemento requerido y le ha sido confiada la misión de
compañero exclusivo; no se le concede permiso ni opciones de apartarse del
proyecto trazado.
Los celos pueden aparecer
ocasionalmente sin causar desequilibrio y solo como un comportamiento
incidental poco significativo; o pueden persistir y volverse un rasgo obsesivo
y propiciador de desastres. Reitero: si no ha habido transgresión al compromiso
de fidelidad y monogamia, la actitud de quien cela por temores imaginarios es
una distorsión de la realidad. Esta fantasía debe ser entendida y desechada por
esa persona porque obstaculiza la relación armoniosa de la pareja.
Si los celos son una
respuesta ante hechos indiscutibles de una relación satélite actual y no
disuelta, con los mismos componentes de intimidad, sensualidad y galanteo en
otro escenario, los miembros de la pareja en conflicto deben decidir qué hacer
y realizar cambios que les permitan ahuyentar la hostilidad y la frustración
tormentosa que amenaza separarlos. Creativamente, deben restaurar el equilibrio
alterado, tanto si convienen proseguir la relación como si optan por romperla.
Sobran allí las culpas y las condenas –esos no son instrumentos del amor si
está presente y al ego solo le servirán como justificaciones y cargas que
tornan mezquinos a sus adeptos.
La solución no debe ser
pospuesta. Pueden atravesar la adversidad sin declararse adversarios. La
permanencia o la partida deben ser asumidas sin resentimiento, sin ideas de
venganza, con una disposición de comprensión y de liberación. Han llegado los
emparejados a una bifurcación del camino y deben decidir cuál de las rutas
tomar: no es posible caminar por dos senderos diferentes al mismo tiempo; allí
donde el amor no congrega, los seres humanos establecen sus conquistas
precarias y sus brumosos reinos de utopía.
Hugo
Betancur (Colombia)
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Comentario adicional: expongo como muestra de celotipia
un tema de una balada muy popular del siglo pasado:
“CELOS
Canción en la voz de Camilo Sexto
“Siento celos,
es seguro que son celos,
el amor es más tranquilo,
tan tranquilo como un beso.
Siento celos,
que es igual a decir miedo,
¿y por qué no?, tal vez sin celos
nuestro amor no sea completo.
Celos, de una sombra de tu pasado
que se acuesta a tu lado
entre mi amor y tu cuerpo.
Siento celos,
ni de macho ni cornudo,
simplemente de amor puro,
de tristeza y desconsuelo.
Celos de los ojos de mi amigo
del saludo de un vecino
y del forro de tu abrigo.
Celos, ese dulce sufrimiento
que te quema a fuego lento
que me hace tu enemigo
Siento celos,
y de ser un buen amante,
me he convertido en tu sombra,
en tu espía, en tu sabueso.
Siento rabia,
que es igual a sentir celos,
de que notes en mi cara
el maldito amor que siento.
Celos cuando escucho una llamada,
según tú, equivocada,
y me dices ahora vuelvo.
Celos de los ojos de mi amigo,
del saludo de un vecino
y del forro de tu abrigo.
Celos, ese dulce sufrimiento,
que me quema a fuego lento,
que me hace tu enemigo.
Celos de los ojos de mi amigo,
del saludo de un vecino
y del forro de tu abrigo.
Celos, ese dulce sufrimiento,
que me quema a fuego lento,
que me hace tu enemigo.
Siento celos...”
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[ILUSIÒN. La palabra ilusión viene del latín illusio, -ionis 'engaño'. Cuando no se manifiesta aquello que fantaseamos como realizable, afirmamos con lucidez que nos sentimos desilusionados o desengañados -nos liberamos de la ilusión y sufrimos la frustración concerniente que nosotros mismos hemos causado].
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