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domingo, 2 de agosto de 2026

Lo que es. Lo que hay.

 


El icónico Charging Bull (Toro de Wall Street) de 1989, escultura en bronce de Arturo Di Modica, con un peso de 3.2 toneladas, ubicada en el Distrito Financiero de Nueva York. 


LO QUE ES. LO QUE HAY.

Hugo Betancur

  

Lo que fue ya ocurrió en la marca de la línea del tiempo en que fue posible y efímero. La naturaleza y los protagonistas debutaron en los escenarios y representaron sus actos en solitario o ante una concurrencia ávida de espectáculos. Todos se alejaron después con sus historias que se volvieron recuerdo, nostalgia, olvido. El ruido y la pompa de las multitudinarias funciones se extinguió -y también se esfumaron en el aire las modestas audiciones ofrecidas a un público selecto y escaso.

Lo que es aparece como una situación donde personificamos nuestros papeles y desplegamos nuestra identidad psicológica en la interacción actoral.

Lo que es no se acomoda a nuestros ideales ni a nuestras ilusiones -ni a las de los otros- porque tiene una conformación resultante de causas anteriores; podemos verlo “como es” para lograr su comprensión o podemos entrar en conflicto porque no satisface nuestras expectativas o conveniencias. Las ilusiones solo cobran vida en las creaciones literarias y en el cine

Para alcanzar una visión de lo que llamamos real enfocamos la atención de nuestras mentes en sus atributos y manifestaciones: lo que vemos con veracidad podemos relatarlo o definirlo para otros con sus rasgos propios porque existe -pasa igual que cuando mostramos una fotografía y señalamos las cosas y los personajes captados, lo que los presentes pueden confirmar.

Lo que es, lo real, sucede según condiciones circunstanciales de tiempo, espacio y entorno, y según las causas y efectos propiciadores. En cuanto a la condición humana, las acciones y comportamientos de cada uno suceden según sus creencias, según el contenido de sus mentes, según su idiosincrasia singular.

Lo que es sobreviene incontenible, pasajero, destacándose con su masa, sus formas, sus colores, su movimiento y sus expresiones sonoras, sus acciones, con sus adjetivos de favorabilidad o de adversidad -ocurre instantáneo como el derrumbe de una ladera de montaña despoblada de vegetación y socavada por aguas subterráneas que precipitan su erosión.

Podemos alcanzar un estado inteligente de nuestras mentes que nos permita descubrir lo que es en cada momento a través de una observación atenta y racional que no sea contaminada por los requisitos y exigencias de nuestros infantiles egos.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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Extractos del libro “UN CURSO DE AMOR”, las enseñanzas de Jesús canalizadas por Marie Perron:

 “En todos los escenarios tú eres el hacedor de tu mundo, al que le atribuyes sus causas y efectos. Si esto puede ser así, el mundo no puede sino ser simbólico, y el significado de cada símbolo es elegido por ti y para ti. Nada es lo que es, sino solo lo que es para ti”. Capítulo 3. La primera lección. C:3.7

Solo cuando dejes de desear lo que no puede ser, podrás comenzar a ver lo que es. C:6.3

La verdad es lo que es. Lo que no es verdad es ilusión. C:31.31

La ilusión es simbólica. Y, lo que es más, ¡no simboliza nada porque no simboliza lo que es! T3:21.9

“Ningún día tiene que ser vivido luchando en contra de lo que trae. El poder de observar lo que es guarda relación con todo lo que existe contigo, incluidos los días que forman tu vida en el tiempo y el espacio. Observar lo que es te une con el presente porque te une con lo que es, en vez de con lo que tú percibes que es”.

T4:2.21

“…estas son las reglas básicas del arte del pensamiento: primero, experimentar lo que es, y reconocer lo que es, como un hecho de tu existencia como ser humano… T1:2.19

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viernes, 31 de julio de 2026

Juzgar: nuestra tara y nuestra reacción más conflictiva.

                                                                             

León de bronce. Custodia la entrada del Instituto de Arte de Chicago. Fue esculpido por Edward Kemeys, e instalado en 1894.

Son dos los leones colocados sobre pedestales frente al museo, esculpidos en poses dinámicas: el león del pedestal norte está "al acecho"; el otro, "en actitud desafiante", en el pedestal sur.


   Juzgar negativamente, discriminar, sopesar: 

¿es necesario, es justo, es útil?

 

Hugo Betancur

 

Nuestros juicios son complementos triviales ante las acciones de otras personas, son nuestra interpretación particular. Todas nuestras percepciones son subjetivas y corresponden al estado transicional de nuestras mentes. Y nuestras mentes expresan nuestras creencias y nuestro entendimiento de la vida.

 

Cuando hablamos de la “realidad objetiva” o de “hechos objetivos” solo nos referimos a lo que nuestra subjetividad califica como “real” y “objetivo”. Cada observador describe lo que percibe.

 

Para juzgar lo que otros hacen, lo que es una calificación o apreciación particular, debemos considerar el estado o condición del ser humano que obra y sobre quien enfocamos nuestra atención.

 

Si no sentimos afecto por aquellos a quienes juzgamos, nuestra opinión tendrá características de censura moralista y de crítica fustigante.

 

No es necesario juzgar a aquellas personas a quienes amamos, porque todo aquello que amamos nos revela sus secretos. Si las amamos, podemos mostrarnos respetuosos y no egoístas con ellas -esas son las consideraciones óptimas del amor.

 

Sin los juicios negativos, que nos impiden ver cómo son esas personas porque superponemos una imagen de rechazo, podemos comprenderlas y aceptarlas sin esfuerzo.

 

¿Cómo podemos juzgar con justicia a aquellos a quienes no amamos? ¿Cómo podemos juzgarlos cuando el desamor nos aísla contra ellos? Al juzgar nos ponemos en una posición de separación y de exclusión –y quizá de prepotencia, de aparente superioridad-; los otros se convierten en objetivos de ataque de nuestras mentes cuando elegimos fragmentos negativos o conflictivos de sus vidas para evaluarlos como si representaran una totalidad mientras desdeñamos sus valores y los episodios gratos que han compartido.


La balanza de la justicia tiene dos platillos que debemos utilizar simultáneamente, sin cargarnos hacia un solo lado, evitando desechar aquello que puede establecer el equilibrio y permitirnos una amplia perspectiva. Si nos atrevemos a evaluar los defectos, los errores y las limitaciones de los demás, debemos también acoger sus cualidades positivas, sus aciertos y sus fortalezas. 

 

Cada uno de nosotros puede identificar sus propias limitaciones, sus errores, su confusión y distorsiones: todas estas condiciones producen infelicidad, insatisfacción, conflictos, sufrimiento, culpas, lo que nos indica que estamos actuando bajo los requisitos de nuestros egos.

 

En cambio, nuestras fortalezas, nuestras cualidades positivas, nuestros aciertos, nos producen satisfacción, estados de paz y armonía, lo que nos indica que obramos desde la sabiduría del corazón. Cuando cometemos un error y no logramos aceptarlo ni descubrirlo, añadimos otro error al primero; si nos damos a la tarea de justificarnos para defendernos y mantener nuestra posición, agregamos un error más.

 

Si tenemos la prudencia y la sabiduría de reparar nuestros errores y nuestros comportamientos disociadores, nuestras relaciones se acercan a la normalidad; mientras no hagamos la corrección que nos corresponde quedamos en deuda con aquellas personas a quienes afectamos con nuestras acciones. Y lo mismo sucede cuando otras personas nos afectan negativamente, por ignorancia, egoísmo o simplemente por menosprecio -tal vez porque no satisfacemos sus intereses o sus sistemas de creencias-: si no reparan estos comportamientos quedan en deuda con nosotros en sus mentes.

 

Probablemente la mayoría de los seres humanos hemos juzgado negativamente a otros muchas veces. ¿Eso nos ha hecho mejores? ¿Nos ha traído bienestar? ¿Hicimos nuestros juicios porque nos habían afectado a nosotros con sus acciones o fue una inútil y arbitraria intromisión que hicimos en sus procesos de interacción particulares? 

 

Las acciones y comportamientos de todo ser humano parecen inevitables en cada situación: las condiciones de cada personalidad y las condiciones del momento nos llevan a hacer lo que hacemos impulsivamente, aunque haya otras opciones ideales -que solo un observador no involucrado logra enumerar, pues “quien hace” está sometido ya a su elección particular-, (esas opciones ideales quizá nos evitarían el malestar y las culpas que después nos acosan).

 

La vida y los seres vivos estamos esencialmente fusionados. Todo es una relación, una relativización, y lo que ocurre siempre tiene dos polaridades que debemos sopesar para que la balanza de la justicia funcione en equilibrio.

 

La separación que establecen nuestras mentes no logra deshacer ese nexo profundo de las relaciones humanas que ya está creado en la dimensión del Espíritu, donde todos somos uno, y donde siempre afectamos a otros o somos afectados por sus acciones. Si lo entendemos en el ahora, el fugaz instante presente, podemos cambiar nuestros enfoques y relacionarnos en esa unidad. Si no logramos hacerlo porque nuestros sistemas de creencias no lo contemplan así, esa comprensión queda relegada al paso del tiempo porque no podemos evitarla: no hay atajos en nuestra evolución para evadir nuestras relaciones y tareas de vida.

 

El viajero que recorre la tierra buscando su razón de ser siempre regresa a lo que él es. La meta de nuestras vidas es siempre el retorno a sí mismo, el autoconocimiento que nos trae a la paz. Una vez que el actor abandona el escenario puede recordar su actuación y el papel o los papeles que representó y evaluar sus vivencias.

 

Desde esa paz que asumimos vemos el mundo en equilibrio. Estar en paz significa sanar la mente y acogernos a los ritmos de la vida.

 

 

No es posible esconderse de sí mismo; no hay lugares, ni métodos, ni opciones para hacerlo.

 

Todo conflicto y enfermedad que progresan nos dicen que hemos perdido el rumbo. A través de la meditación –en reposo o en movimiento- y de la oración interior (no de la que repite mecánicamente palabras de rezos rituales memorizados) podemos de nuevo asumir la autonomía. Otras personas no pueden hacer esa tarea por nosotros porque no es posible anular nuestro libre albedrío y responsabilidades ni los de los demás y cada uno debe representar su propia vida.

 

Todo juicio es una ilusión, una trampa que colocamos en el sendero por donde hemos de pasar de nuevo en la oscuridad.

 

Todo rechazo a juzgar negativamente es una protección que nos concedemos a nosotros mismos: nada que lamentar, ninguna deuda por saldar, ninguna corrección posterior que hacer.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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sábado, 25 de julio de 2026

Lo que vemos


    
  Escultura en bronce, en Chicago, titulada "Be Welcoming" del artistaTimothy Schmalz, representa a un ángel personificando a un ser humano sin hogar, sentado  en un banco.


        LO QUE VEMOS

   Hugo Betancur

 

Nuestra visión de la vida y de los seres vivos es siempre un fenómeno subjetivo, lo que percibimos o interpretamos desde nuestras mentes.

 

Lo que llamamos objetivo es simplemente aquello que puede ser acomodado a un patrón de observación, o de definición, o a unas leyes de comportamiento derivadas de la experiencia –leyes aplicables a seres humanos, a seres animales, a las manifestaciones de conformación de la energía (desde lo más etéreo y sutil velado a los sentidos hasta lo más denso y concreto perceptible con estos).

 

Llamamos objetivo a todo aquello que nosotros consideramos real y que sigue las condiciones impuestas por nuestras mentes: observadores diferentes pueden expresar percepciones y conceptos diferentes sobre el mismo evento o fenómeno contemplado.

 

Varios observadores pueden relatarnos las acciones y eventos que contemplan. Pueden ser muy minuciosos o muy precarios en la descripción. Según sus datos y según nuestras mentes, podemos imaginarnos o representarnos lo que ellos nos cuentan verbalmente. Los cuadros que ellos pintan con sus palabras pueden parecernos confusos o muy ricos en detalles, según sus condiciones o según nuestras condiciones.

 

Como seres humanos, nuestra percepción corresponde al estado de evolución de nuestras mentes y al conocimiento que tengamos de lo que vemos. Nuestras personalidades nos limitan o nos permiten una comprensión adecuada de las manifestaciones de la vida y de nuestras relaciones. Somos seres subjetivos en nuestras expresiones y en nuestro entendimiento; lo que hacemos procede de lo que somos.

 

Una triada clásica nos plantea tres enfoques sobre nuestras vidas particulares:

 

1. Como nos mostramos a los demás o como nos ven ellos.

2. Como nos vemos nosotros.

3. Como somos.

 

Las dos primeras opciones consideran lo que aparentamos. La tercera considera lo que somos –el ser de cada uno.

 

La disciplina de la psicología ha identificado patrones comunes de comportamiento que tenemos como especie humana (muchos de estos compatibles con las respuestas y conductas de los mamíferos) lo que nos induce a pensar que tenemos hábitos y reacciones particulares que nos asocian y nos identifican como colectividad (los miembros de ese conjunto actuamos con pautas comunes en eventos y relaciones sucedidos en tiempo y espacios diferentes, como si la información utilizada para representar nuestros papeles proviniera de una mentalidad masiva).

 

Existe también comportamientos paralelos muy particulares y conflictivos que nos muestran el predominio de egos muy absorbentes y caprichosos en seres humanos arrogantes y utilitaristas o ignorantes -lo subjetivo resalta en sus relaciones con otros a quienes desdeñan y discriminan pretendiendo obtener de ellos un culto a sus personalidades competitivas y disociadas.

 

Bajo la dualidad del mundo podemos vivir como seres integrados, conscientes de que el daño que causemos a los demás nos lo causamos a nosotros mismos y que el beneficio que aportamos a los demás nos lo aportamos a nosotros mismos; o podemos vivir como seres separados que perseguimos nuestros propios intereses y ambiciones, que ignoramos las consecuencias de nuestras acciones y negamos nuestra responsabilidad cuando afectamos destructivamente las vidas de otros.

 

La integración nos congrega en la dimensión del ser, con sus atributos de respeto y valoración; la separación pertenece a la dimensión del ego, con sus mañas peculiares y sus estrategias de manipulación y menosprecio.

 

Mientras más sabemos acerca de algo o de alguien, nuestro entendimiento es mayor. Ese saber debe estar ajustado a los rasgos y características de la situación o de la persona que evaluamos o pretendemos juzgar.

 

Nuestras opiniones proceden de suposiciones o presunciones, por lo que podemos caer bajo los espejismos de la apariencia o de lo posible; nuestros conceptos proceden de evidencias y están más acoplados a los sucesos y al ámbito de lo probable.

 

Sin embargo, estamos siempre limitados por los contenidos de nuestras memorias e intelectos y por nuestras creencias cuando intentamos definir o entender el movimiento de la vida. Vemos desde lo que somos y desde las posiciones que ocupamos transitoriamente -y muchas de las situaciones y acciones que nos permitirían una sabia comprensión del conjunto están fuera del campo de visión de nuestras mentes.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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