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domingo, 27 de septiembre de 2026

Las mentes que sufren


Adaptación gráfica de la escultura «Europa», que forma parte del conjunto escultórico Los Cuatro Continentes creado por el artista Daniel Chester French entre 1903 y 1907, situada en Manhattan, Nueva York.


LAS MENTES QUE SUFREN

 

Hugo Betancur


 

Todos los eventos, relaciones y vivencias suceden circunstancialmente -tan inevitables como la caída de una rama cortada por el rayo que se desgaja estrepitosamente del árbol, como la muerte de un pájaro que choca contra el vidrio invisible de una ventana, como el marchitamiento de las flores cortadas.

 

Cada situación tiene su tiempo de ocurrencia propicio y su ambientación propia -como consecuencia, nuestras historias pueden tener visos alternados de tragedia, comedia y drama según los escenarios y según los episodios que los actores vamos representando.


Para que podamos hacer útiles las transiciones de nuestras historias personales, a semejanza de lo que  hacen en el cine los editores de las películas, nuestras mentes deben progresar en tiempo presente cumpliendo la activación de un modo de vida resolutivo constante y fluido -debemos ser oportunos acopiando los capítulos pasados, haciendo los cierres de las relaciones cumplidas que han perdido su vigencia y su afectuosidad, realizando los duelos por los que se van y por todo aquello que rotulamos como nuestras pérdidas.


Debemos actualizar nuestras definiciones sobre los fenómenos del mundo, sobre los seres vivos y sus actuaciones, sobre lo existente y sus atributos: que nuestras ideas y percepciones sean coherentes con lo que llamamos realidad -que encajen como las piezas troqueladas de un rompecabezas que vamos armando según una figura de muestra o según vamos acoplando las salientes y entrantes en las posiciones previstas por los fabricantes.


Experimentamos nuestras existencias inmersos en secuencias y procesos precipitados por fuerzas y causas previas incontenibles.


Los dolores del cuerpo son manifestaciones de enfermedades, o de lesiones o de alteraciones funcionales. Los sufrimientos de nuestras mentes son elaboraciones que hacemos frustrados o conmocionados porque los eventos y las relaciones no satisfacen nuestras expectativas: como sujetos psicológicos entramos en pugna con los hechos y con los comportamientos y acciones de otros -y a veces también con lo que hicimos.


Cuando entramos en conflicto, el placer –o, más explícitamente, la ilusión del placer- es lo que consideramos haber perdido, lo que se fue. El sufrimiento es lo que queda a cambio, lo que permanece como rezago o consecuencia del placer que ya no está más o que no logramos alcanzar.


Los objetos de placer o los personajes a quienes dimos la función de proveérnoslo aparecen brevemente en el panorama que podemos tener ante nosotros para luego disiparse como la niebla de la mañana a la salida del sol.


Todas las filosofías humanistas han destacado la impermanencia como una ley de la existencia: es indetenible la transformación del observador y de lo observado en todo momento.

  

Podemos liberarnos de nuestro sufrimiento acogiéndonos a la comprensión y a la conciliación, aceptando los acontecimientos, transigiendo, dándonos cuenta que nuestra resistencia y nuestro malestar sustentan nuestra infelicidad.

 

Hugo Betancur

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viernes, 18 de septiembre de 2026

La religión del ego.

                                                                                     

                                                                                            

LA RELIGIÓN DEL EGO

 

Hugo Betancur

 

 

La religión más extendida en el mundo es la del ego. Sus oficiantes se erigen a sí mismos como individuos excepcionales que promueven el culto a su personalidad, o a su comunidad religiosa, o a su cultura -asumen que los otros deberán ensalzar y reverenciar su identidad particular o la colectividad a la que pertenecen y exaltan un yo o un nosotros que establecen como mejor que los demás. 

 

La religión del ego también dispone  de prodigiosas construcciones subsidiarias: elevadas iglesias y templos, con sus afiladas torres que cortan las nubes y el cielo; magnificentes  mezquitas construidas sobre plazas de mármol, con sus domos dorados o plateados -en esos escenarios, las masas de creyentes se regodean celebrando sus ritos bajo la orquestación de los maestros de ceremonias (los que más saben y los que más poder han conquistado) quienes debutan enfundados en sus hábitos costosos y exclusivos, en ocasiones ribeteados con hilos dorados y bordados con imágenes o símbolos que magnifican sus potestades mundanas.

 

Desde sus sitiales egóicos, estos jerarcas recitan o promulgan mensajes apuntados en sus libros sagrados provenientes del pasado -de esos manuscritos, pergaminos, códices, interpretan las doctrinas que profesan adaptándolas a su modo personal, a sus intereses, a   la funcionalidad y utilidad de sus predicaciones: se proclaman a sí mismos  como emisarios de sus dioses y como sus delegados supremos.

 

En las religiones del ego también hacen sus representaciones públicas o desde sus palacios los encumbrados políticos, los fieros e implacables dictadores, los condecorados generales que deciden a quien intimidar y a quien atacar -todos ellos se rotulan como salvadores de la civilización, de sus países, de las instituciones que manejan a su modo para su lucro y para saciar su codicia.

 

También los ególatras ejercen sus métodos de avasallamiento en sus hogares, en sus recintos privados, en sus relaciones afectivas, sociales y de trabajo o empresa. Personifican ese ego y lo exaltan ante otros especialmente en los eventos públicos donde destacan y magnifican su exigua importancia personal y su agigantado narcisismo.

 

La doctrina de esta religión del ego está fundamentada en los pilares imperiosos de la autoridad incontrovertible, de la culpa, del castigo, de la dualidad éxito y fracaso, y de la separación -bajo los dogmas que aplica el ego, la integración no es posible y la afinidad entre seres humanos es una utopía que derriba el paso del tiempo.

 

Los ególatras pregonan la existencia de  dos categorías de seres humanos: los que dominan, escalan y lideran, voceando que se han hecho triunfadores por sí mismos, gracias a su inteligencia, a sus esfuerzos y a su personalidad arrolladora -aunque otros les hayan aportado sus recursos y su energía para catapultarlos hacia sus cimas- y los demás, los elementales que superviven sin mentores, con una educación precaria que limita su acceso a trabajos y posiciones privilegiadas y rentables, minimizados por quienes los emplean como sus trabajadores aunque los tratan como sus sirvientes.

 

Los instrumentos de los devotos de esta doctrina del ego, son la supremacía, las imposiciones, los chantajes y los condicionamientos; el ambicionado dominio sobre otros ha de ser alcanzado llevándolos a la sumisión y al sacrifico.

 

Los súbditos del ego se acogen a sus preceptos básicos: alguien debe prevalecer y alguien tiene que asumir el papel de víctima, alguien debe mandar o ser mandado, alguien debe pagar una penalización por su acciones -lo que equivale al pecado y castigo establecido por las otras religiones-, muchos deben ser obedientes a la voluntad de quien remonta alturas para hacerse ver y admirar, alguien debe maquinar y alguien debe permitirlo.

 

Como los demonios clásicos llevan a sus infiernos al final de sus vidas a quienes han obrado mal en su nombre, el ego recompensa a sus adoradores con malestar y frustraciones -siempre resultan insuficientes las conquistas de cada uno y no es posible realizar las ilusiones que las mentes persiguen obsesivamente pues cada quien manifiesta y elabora con desmesurada avidez sus objetivos, lo que en muchas ocasiones crea pugnas y adversarios que frustran los planes particulares.

 

Sin embargo, las ambiciones de estos ególatras practicantes presentan demasiados obstáculos en este mundo enmarañado: es demasiado difícil atesorar sin la provisión de otros y las ganancias genuinas y justas no llegan por la aplicación de pensamientos positivos e ideales de visualización sino porque tengamos méritos para recibirlas o porque en función del destino de cada uno sea posible lograrlas.

 

No hay felicidad en las relaciones interesadas y aventureras de los egos, porque los planes  de progreso están asentados sobre el despojo a otros, o sobre la lucha para superarlos, o sobre la utilidad que nos brindan satisfaciendo lo que llamamos nuestras necesidades -algunas las nombramos necesidades básicas humanas, lo orgánico y lo material, y otras constituyen lo psicológico, que nos aprovisionarán otros: "te necesito", necesito que me des tu amor", "sólo tú puedes darme lo que me falta" (aprovisionamiento, compañía, cuidados, protección, asistencia, seguridad, placer).

 

La felicidad que el ego persigue aparece fugazmente y luego se esfuma como la llama de una cerilla. Es sustituida por formas mentales agobiantes: el sufrimiento, el autosaboteo, la infelicidad, la incertidumbre. 

 

El sufrimiento es la recompensa paradójica que el ego ofrece a sus masas de fervientes seguidores.

 

La religión del ego no se parece en nada a las religiones inspiradas desde el Cielo, basadas en el amor y la unidad.

 

La del ego es la religión de la tierra, fundada sobre el ataque, la separación, el culto a la personalidad y los dogmas, la negatividad, la destructividad, la depredación.

 

La del ego es una religión de amos y sirvientes, de ganadores y perdedores, de sombrías y fanáticas jerarquías que imperan en sus territorios de poder con sus instituciones y recursos de control -algunas se tornan vitalicias y las demás son removidas por otras que las superan en astucia y en pactos de mutuo favorecimiento.

 

Todas las demás religiones instauradas aportan sus líderes y sus masas crédulas y doblegadas a la religión del ego que las supera y las subyuga.

 

La espiritualidad de cada uno, con nuestro libre albedrío y nuestra evolución a través de las existencias, trasciende todas las ilusiones de los personajes que representamos, de los escenarios donde nos consumimos sacudidos por nuestros egos y de los tiempos con que medimos nuestras historias.


Hugo Betancur (Colombia)

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sábado, 12 de septiembre de 2026

La vida que deja de fluir.

                                                                                                                              Fotografía por Diana Valderrama


MENTES ESTANCADAS

 

Hugo Betancur




Los sistemas de creencias rígidos, provenientes de ambientes sociofamiliares muy lánguidos y tradicionalistas mantienen estancadas las mentes de los seres humanos que los acogen –sus acciones y expresiones verbales se tornan previsibles y reiterativas.

 

Nuestros aprendizajes -cuando los hacemos-, nos permiten hacer cambios en nuestra mentalidad, lo que significa aprender y desaprender a la vez. Nuestros cambios nos permiten una relación más fluida y más inteligente con los demás; nos disponen a comprender a otros y a ser más benévolos respecto a sus actos y comportamientos.

 

Las mentes que cambian son abiertas, receptivas y ágiles. Las mentes que no cambian son cerradas, reticentes y lentas.

 

El aprendizaje constante nos permite acomodarnos a los ritmos de la vida –nos hace más flexibles, más tolerantes y atentos.

 

La adhesión a las rutinas y la conformidad con lo conocido nos margina de los ritmos de la vida –nos hace vulnerables a los conflictos, más intolerantes y retraídos.

 

Cuando no logramos cambiar día a día nos volvemos acompañantes tediosos y lentos –poco confiables para asistir a otros en sus dificultades porque nuestras respuestas y reflexiones no se acomodan a sus requerimientos sino a nuestras interpretaciones y juicios restringidos.

 

La vida es movimiento y cambio. Cuando nuestras mentes se estancan e interrumpen los procesos de aprendizaje nos retrasamos en nuestra jornada y retrasamos el progreso de la sociedad, especialmente de las personas vinculadas a nosotros.

 

Lo que llamamos realidad solo cambia por nuestras acciones. Para poder cambiar culturas establecidas estériles y obsoletas y las estructuras sociales que las mantienen, una masa grande de seres humanos debe cambiar sus creencias y modificar su culto al pasado y su obediencia temerosa a los grupos que las impusieron.

 

Cuando esto ocurra habrá una "Masa Crítica", un gran número de seres humanos inconformes y conscientes que pueda integrar sus mentes para crear una realidad diferente.

 

De hecho, esto sucederá imperativamente. Dos eventos fundamentales, la degradación de la vida y la devastación del planeta que habitamos, han creado las condiciones óptimas para empujarnos a la instauración de un equilibrio ecológico inaplazable para nuestros ritmos biológicos y humanos.

 

De acuerdo a la evolución, los seres vivos y la naturaleza establecen los cambios necesarios a pesar de los obstáculos momentáneos y a pesar de la pasividad de muchos seres humanos que se resisten a expresar otra realidad diferente porque no han alcanzado ni su autonomía ni una conciencia plena de su valía.

 

Al alcanzar esa consciencia sus percepciones y sus creencias podrán cambiar.

 

Esa consciencia nos lleva a los cambios liberando nuestra voluntad, la energía que nos impulsa a la acción.

 

Esa diada de consciencia y energía conforma una matriz eficiente y adecuada para transformar la realidad conocida.

 

 

Hugo Betancur (Colombia)

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