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domingo, 6 de septiembre de 2026

Sanación y enfermedad.

       

SANACIÓN DE LAS ENFERMEDADES

 

Hugo Betancur


 

Las enfermedades son procesos que se manifiestan en el cuerpo y que ocurren en una sucesión de tiempo. Las enfermedades representan estados de desequilibrio en nuestras relaciones de vida. 


Podemos preguntarnos ¿Cuándo empecé a sentir los síntomas de esta enfermedad? y ¿Qué estaba pasando en mi vida y en lo relacionado conmigo en ese tiempo?


En bastantes ocasiones, la mayoría de las lecciones y cambios que nos depara cada instante presente las dejamos pasar de largo, no las asimilamos ni las aprendemos porque estamos distraídos en pensamientos basados en nuestros arraigados sistemas de creencias -lo que fue establecido en el pasado- o en nuestros planes de vida subjetivos y en nuestras expectativas –“lo que será”.


Y nuestro poder está sólo en el presente, el ahora, que es donde nuestra atención puede captar la realidad transitoria. Aquí y ahora podemos fluir con los requisitos de aprendizaje y acción, precursores del panorama que conformamos en nuestras mentes, en una secuencia progresiva, para lo que será después la realización.


Muchas veces en el trabajo con mis pacientes me parece que su posesión más preciada es todo aquello que está cargado de negatividad, destructividad y abatimiento. Sus enfermedades han surgido de sus procesos de vida tormentosos y difíciles y de sus ambientes y relaciones hostiles o frustrantes para ellos. 


Cuando acumulamos temores, emociones sombrías y conflictos no resueltos, nuestros dramas y tragedias de autocompasión y desdicha se extienden en el tiempo y nos perdemos el espectáculo exuberante de la vida que nos muestra lo que hay que hacer y cambiar para salir de nuestro encierro y de nuestro pesimismo. Nos ponemos en riesgo de enfermedad porque nos sentimos atrapados por las circunstancias.


Siempre sabemos qué es lo que hay que cambiar: todo aquello que nos hace sentir infelices, inseguros, conflictivos o simplemente confundidos: aquello que nos lleva a trasmitir malestar a otros y a experimentar malestar.


Las verdades armoniosas que nos depara la Vida son aquellas que nos hacen sentirnos valiosos, útiles, llenos de energía y confiados en nuestras fuerzas y acciones.


Esa confianza, el optimismo y la esperanza son nuestros más firmes soportes en las transiciones en que la abundancia y el bienestar parecen esquivos. Entonces es prudente y sabio que reaprendamos nuestra paz. "Mi paz os dejo, mi paz os doy. No la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón. No tengáis miedo", nos enseñó el Maestro Jesús hace 20 siglos. [Juan, 14:2]


Nuestra paz interior es la disposición flexible y afable que nos permite contemplar las tormentas y los desastres sin sobresaltos.


La paz del mundo es la paz obtenida por intercambios o concesiones: "a cambio de ______ te doy un trato respetuoso", "a cambio de ______me dispongo a tener unas consideraciones de afecto o de tolerancia contigo" -es la paz negociada o condicionada o la relación de intercambios.


 Nuestros estados de violencia, de pugna y de resistencia propician el desequilibrio en nuestros cuerpos físicos. Todos podemos aprender a resolverlos a través de los cambios, si ese es nuestro propósito; o, por una vía contraria, podemos evadirnos dejando todo congelado, estático y represado a través de la oposición y de la negativa a cambiar –lo que podemos llamar las deudas pendientes.


Desde la posición intelectual o racional egoísta, la exigencia que hacemos a otros ante los conflictos es parcializada y demandante: "¡Cambia tú primero para ver qué puedo hacer yo como compensación!"

 

Desde la dimensión del corazón, en la actitud amorosa que no está dirigida a nuestro provecho ulterior, la decisión y las acciones que emprendemos son fluidas y proyectadas hacia nuestro bienestar y el bienestar de quienes nos rodean y a la relación solidaria y considerada con ellos.


Cuando nos mostramos reactivos y persistentes en los conflictos, es probable que estemos en lucha con otros, identificándolos en nuestras mentes como adversarios –en esas relaciones, compartimos la adversidad, atributo no amoroso.

 

CÓMO DESCONFORMAR Y RESOLVER LAS ENFERMEDADES

 

Debemos deshacer nuestras deudas poniéndolas al día: liberándonos de nuestros hábitos perjudiciales y destructivos; reparando por nuestra parte aquellas situaciones en que causamos daño a otros, con la intención de hacerlo o por ignorancia, y perdonando o liberando a los demás de las deudas que les impusimos –las culpas y condenas que les cargamos y los resentimientos, emociones de ira acumuladas y las obsesiones de venganza que nos cargamos nosotros. Estas acciones reconciliadoras nos permiten liberar la tensión física –asumimos una respiración más rítmica y tranquila, disponemos de menos adrenalina en circulación para que nuestro corazón palpite normalmente, de más serotonina en el sistema nervioso para que nuestros hábitos alimenticios y de sueño y vigilia se ajusten a los ritmos circadianos naturales, y nos acogemos a un flujo de información más eficiente entre el cerebro y el cuerpo, proveniente de una mente en paz.


Una vez que lanzamos un juicio negativo nos sentimos de alguna manera superiores a otros, o mejores que ellos, con capacidad de calificar sus acciones, lo cual ni es útil, ni es necesario, ni es adecuado, porque nuestros juicios siempre provienen de lo que somos y representamos, de la separación que elegimos respecto a los demás seres humanos.


  ¡Qué gran vanidad y que gran torpeza creer que los demás deben acomodarse a nuestros moldes de comportamiento y a nuestras exigencias! Eso es imposible porque ellos tienen su propia personalidad, sus propias tareas de vida y su libre albedrío o autonomía. Y muchas veces pueden comportarse tan estúpidamente como muchos de nosotros lo hicimos a lo largo de nuestras vidas en situaciones que a través del tiempo nos han dejado un ingrato recuerdo y algún amargo auto reproche.


Muchas veces nos hemos quejado de los actos de otras personas a quienes decimos amar –nuestros allegados o nuestra pareja, y hemos lanzado conceptos negativos o de acusación y reproche demasiado duros. ¿Qué amor podremos tener hacia ellas si el solo hecho de juzgarlas con resentimiento indica que no las hemos aceptado con sus errores y limitaciones? ¿Cómo podemos reclamar el amor que no sabemos dar a través de nuestra comprensión y nuestra tolerancia?


En fin, podemos meditar, orar y disponernos a encontrar en nuestras mentes los eventos y relaciones que asumimos como tormentosas y dolorosas y que sembramos como raíces de amargura porque de estos crecieron y fructificaron a través del tiempo las enfermedades, los conflictos o las depresiones que padecemos. Es necesario que podamos entender nuestros propios procesos de resistencia y evasión para que logremos sanarnos y trasmitir nuestro bienestar a otros.


Muchos médicos no nos pueden decir esto porque no lo saben -quizá ni intuyen que sea posible-; probablemente están en las etapas tempranas y precarias de la medicina en que tienden a creer, por su formación o por su intelecto restringido, que el cuerpo se enferma por sí mismo y que hay que tratarlo con cosas tan materiales como lo que representa en su estructura orgánica y física.


Las enfermedades son un grito de pedido de amor o una manifestación de culpa y de temor que hacemos, como si quisiéramos mostrar con ellas al mundo cómo "nos ha dejado" o qué “nos hizo” algo que sucedió o alguien con quien interactuamos. Estas enfermedades se originan de procesos disociadores y turbulentos de nuestras mentes. 


Las enfermedades agudas y crónicas son causadas por las angustias, temores, resistencias y cargas que hemos asumido.


Como médico he podido apreciar dolorosas percepciones, juicios y expectativas frustradas -cercanas o lejanas- que tienen mis pacientes más enfermos y que conservan como si fueran sus más valiosas pertenencias.


Por eso es esencial nuestra comprensión de las situaciones vividas y el ejercicio regular de la meditación en oración -la oración que nace del corazón, no la que hace parte de los rituales ni de los procesos de nuestra memoria mecánica.

 


En esa meditación -reflexión en silencio con un propósito de autoconocimiento y entendimiento- podemos vislumbrar que nadie hace nada contra nosotros, que no somos víctimas de nada ni de nadie, porque todos actuamos con una gran ignorancia al relacionarnos con otros -hijos, padres, cónyuges, hermanos, amigos, vecinos, compañeros de trabajo- o que procedemos a comportarnos impulsiva o impetuosamente, o que actuamos siguiendo intereses, deseos o expectativas y al hacerlo podemos afectar adversamente otras vidas. Sin embargo, la intención original de la acción no es dañar a otros sino obtener algo para nosotros. Obviamente, si actuamos sin amor, nuestros actos están contaminados por nuestros egos y vamos a ir en pos de nuestra comodidad y ventaja, y no con la intención de acercarnos a los demás ni de proyectar nuestra disposición de unidad hacia ellos. 

 

Podemos inventariar nuestras viejas heridas psicológicas mientras enfocamos la atención de nuestras mentes en descubrir su fuente -cada uno de nosotros se sintió herido por algo o alguien, o al menos lo interpretamos así; enseguida elegimos elaborar recuerdos negativos y los asociamos con esas vivencias, dotándolos además de resentimiento, reproches y rencores, rabia y odio, frustración e ideas de venganza. 

 

Todas las heridas que urdimos, y las que los otros urdieron, fueron una interpretación personalizada que hicimos de los sucesos en que participamos -acostumbramos a decir: "me siento herido/a" o "me siento menospreciado/a" o "me siento atropellado/a" o "me siento utilizado, manipulado", etc.

Esas "heridas" fueron el resultado de nuestras valoraciones o juicios (que provienen de nuestros sistemas de creencias y de nuestras tradiciones sociales o familiares) o de nuestras percepciones acerca de algo o alguien.

 

Y al juzgar caímos en nuestra propia trampa: decidimos que alguien era culpable y debía ser castigado o condenado, o simplemente odiado y rechazado; y que al mismo tiempo alguien era inocente –nosotros- y debía ser vengado, o resarcido. Nos sentimos víctimas y empezamos a sustentar y a mantener ese guion de dolientes.

 

Y claro, al ponernos en esa posición, decidimos que otros son responsables de lo que nos pasa y que no nos corresponde cambiar. Como víctimas, nuestro papel es representar el sufrimiento y la amargura, no la vitalidad emprendedora que resuelve nuestras dificultades particulares y nos permite afianzar nuestra fortaleza.

 

Resulta que ninguno es culpable por la simple razón de que en el momento de obrar está guiado por las condiciones de su propia personalidad y por las condiciones del momento. Al actuar "siente o piensa" que debe hacer lo que hace. Y su decisión es algo así como un impulso inevitable, la única elección coherente con su libre albedrío y sus circunstancias. 

 

Muchas acciones de nuestras vidas o de las de otros tendemos a juzgarlas muy duramente después de ocurridas, cuando recogemos todos los elementos en nuestras mentes y consideramos que no fue adecuado ni correcto lo que hicimos o lo que otros hicieron. 

 

Claro, juzgar a posteriori es muy fácil, pues ya podemos ver desde lejos lo ocurrido –el paisaje se ve mejor desde la distancia. Sin embargo, siempre nuestros juicios están limitados por lo que somos o contaminados por las actitudes negativas y destructivas que adoptamos contra otros -y muchas veces contra nosotros mismos. Un aforismo antiguo enseña: "debes haber recorrido los senderos de aquellos a quienes pretendes juzgar para poder comprender las acciones de sus vidas".

 

Ya no es posible cambiar las situaciones del pasado, ya las vivimos. 

 

Ahora con sabiduría podemos comprender y liberar las cargas que asumimos.

 

No nos corresponde juzgar situaciones ni acciones personales. Juzgar y amar son dos manifestaciones que no van de la mano. Si decidimos juzgar excluimos la actitud amorosa; si decidimos amar nos negamos a juzgar: el que ama no juzga porque es guiado por la sabiduría de sus sentimientos.

 

LAS DOS CARACTERÍSTICAS CONSTANTES DEL AMOR SON:

 

1. El amor no es egoísta.

2. El amor es acogedor -nos salimos de nosotros mismos para prodigarnos hacia otros, para dar. 

 

Los médicos tendemos a diagnosticar enfermedades a diestra y siniestra. Podemos tratar a nuestros pacientes, pero no podemos curar sus enfermedades porque ese privilegio y responsabilidad les corresponde a ellos –con cambios en su mentalidad y cambios en su modo de vida-. Las enfermedades parten de la mente hacia el cuerpo. El cuerpo solo no se enferma porque carece de voluntad por sí mismo, es sólo un instrumento de la mente que lo dirige. Cada paciente puede descubrir la distorsión, o carga, o conflicto, que originó su enfermedad y reparar el error o la consideración no amorosa que dio inicio a la enfermedad.

 

Toda curación viene de la unidad de nuestro ser con los demás y con nuestros escenarios de relación, a través de actos que restablecen la paz propia y el equilibrio afectado: cambios en nuestras acciones y hábitos del cuerpo y cambios en los procesos de la mente -la comprensión, el perdón, la reconciliación, la sabiduría de aceptar nuestra vulnerabilidad y la de los demás.

 

En esa paz que creamos así, podemos volver a estar sanos. Los medicamentos y procedimientos de la medicina y de los médicos son sólo "magia" transitoria que “algo alivia”. Nos corresponde como enfermos reparar nuestras relaciones y las situaciones de choque o de separación que permitieron la manifestación de cualquier enfermedad -porque si no lo hacemos persisten y se agravan los síntomas y el malestar para avisarnos que no hemos tratado la causa real y profunda de nuestro padecimiento. 

 

Merecemos "estar bien". Debemos valorar todas nuestras acciones y relaciones para encontrar nuestras recompensas de vida y de bienestar. 

 

Y debemos liberar, dejar atrás, dejar de nutrir todo aquello que nos amarra a eventos y personas con quienes compartimos un espacio de vida en el pasado, debemos absolver de culpas a quienes no se acomodaron a nuestros ideales, planes, proyectos o esperanzas tal como los concebimos. 

 

Podemos asumir nuestro poder, nuestra autonomía, nuestra fortaleza y decidir liberarnos de los diagnósticos enajenantes y de la dependencia respecto a los médicos y a los fármacos –sustancias que producen también efectos adversos en los organismos humanos.

 

Nadie más puede dirigir cada vida mejor que uno mismo. Es a cada uno de nosotros a quien le corresponde valorarse a sí mismo y amar las tareas y retos de su vida. Nadie más puede remplazarnos en esa responsabilidad.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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jueves, 3 de septiembre de 2026

Psiquiatras y sus pacientes: encuentro de mentes.





PSIQUIATRAS Y SUS PACIENTES:

 

ENCUENTRO DE MENTES.

 

Hugo Betancur

 

 

Drogas “psiquiátricas”

 

Las denominadas “drogas psiquiátricas” no tienen efecto sobre la psiquis de los pacientes que las toman sino sobre su organismo físico y sobre su cerebro. Son sustancias toxicas para el sistema nervioso, que embotan tanto su percepción sensorial como su desempeño habitual, y que bloquean las áreas del cerebro relacionadas con las manifestaciones anormales de los pacientes -esto impide que ellos expresen sus comportamientos discordantes y desconcertantes. Sin embargo, esos fármacos no resuelven la condición clínica diagnosticada –los silencia o los pasma bioquímicamente mientras dura su acción, por lo que deben consumirlos regularmente para ahuyentar sus síntomas.

 

Trastornos del cuerpo versus trastornos de la mente

 

La experiencia médica y psicológica nos enseña que los trastornos de personalidad denominados "trastornos afectivos, trastornos de ansiedad, trastornos depresivos..." son distorsiones de los contenidos de la mente que perturban las relaciones con otros seres humanos y no enfermedades del cerebro ni del cuerpo.

 

Otras condiciones diagnosticadas como enfermedades psiquiátricas, corresponden a procesos aberrantes de la mente (esquizofrenia, trastorno de personalidad múltiple, demencias...) y nos advierten que hay procesos de la vida de los pacientes que los afectan psíquicamente -tienen una historia asociada y unos antecedentes afectivos y de dificultades en sus relaciones que los hacen vulnerables a esa ruptura con la normalidad que padecen.

 

La terapia requerida en estos casos debe profundizar en las causas previas que conmocionaron a los pacientes: ¿qué personalidad o evento del pasado afecta sus mentes tan dramáticamente que sus comportamientos parecen desatinados o caóticos, incoherentes y confusos; ¿qué relación o influencia inusitada los lleva a expresarse fuera del contexto o entorno en que se desenvuelven, muchas veces con interpretaciones o ideas incomprensibles para quienes les rodean?; ¿qué fenómeno afecta su percepción o qué motiva sus alucinaciones y las distorsiones que relatan de lo que otros vemos como real?

 

Las drogas psiquiátricas no modifican ni cambian la mentalidad de las personas: solo tienen efectos bioquímicos en el organismo sin cambiar las creencias que conformaron sus síntomas psicológicos.

 

Los procesos de la mente solo cambian con acciones de comprensión y de aprendizaje de los pacientes sobre sus condiciones de vida, sus relaciones y la utilidad de aceptar y soltar la carga de sus amarguras, sus frustraciones y su incertidumbre. Estos pacientes deben ser asistidos porque se sienten marginados y enfermos. Y la medicina óptima es aquella que los retorne a la normalidad, no la que los adormece y los postra. Es imprescindible remover o resolver las causas para que los efectos cesen. El mayor requerimiento de estos seres humanos agobiados y perturbados es la liberación de sus mentes que les permita realizar un cambio en sus acciones, en su entendimiento de la vida y en sus relaciones.

 

Hemos comprobado que a través de algunos de estos pacientes diagnosticados como dementes o “psiquiátricos” se manifiestan o comunican otros seres diferentes a ellos -sus gestos, ademanes y actuaciones parecen corresponder a otras personalidades: ¿cómo otra u otras mentes han invadido la suya?, ¿podemos explicar esto físicamente y atribuírselo a un irregular funcionamiento de su sistema nervioso?, ¿O podemos intuir que las mentes de muchos humanos pueden ser permeables a las de otros que se manifiestan y hacen presencia a través de sus semejantes? (Un ejemplo de esta psicopatología es el trastorno de identidad disociativo (TID), conocido popularmente como “Trastorno de personalidad múltiple”, que lleva a los pacientes a representar personajes distintos, en tiempos distintos, con comportamientos diferenciados -algo así como que un actor versátil personifique a dos o mas individuos que no muestran rasgos comunes al interpretar sus roles.

 

Obviamente, nuestra medicina occidental monótonamente orgánica no ha podido encontrar un proceso bioquímico o neuronal que explique por qué o cómo estos pacientes conforman una personalidad distinta, con una información ajena a su experiencia particular y a su cultura y con un discurso que no parece adecuado para su formación y vivencias.

 

(Curiosamente, cuando logramos interactuar con algunos de estos pacientes por medio de la hipnosis clínica, ellos entran en un estado alterado de conciencia donde revelan situaciones y caracteres que interpretamos como pertenecientes a existencias o identidades distintas a las de la historia actual de cada uno y que ellos asumen como propias, con sus dificultades, sentimientos y emociones inherentes; tendemos a interpretar estos acontecimientos como algo que pareciera estar sucediendo en dimensiones paralelas a las que sus mentes pueden acceder representando o asumiendo parcialmente vivencias e impresiones de otras personalidades.)

 

Los psiquiatras requieren adicionar a su saber un entrenamiento psicológico amplio y una empatía generosa con los pacientes, lo que les permitirá comprender sus procesos emocionales, familiares y culturales, sus conflictos y sus desajustes mentales, y su  interacción desacompasada con el entorno y con los demás -que los lleva a la  percepción de sentirse fuera de contexto. En un ejercicio inteligente de su profesión podrán tratarlos como seres humanos involuntariamente disociados e incongruentes y con esta comprensión podrán asistirlos aplacando sus ímpetus con medicamentos de contención que les lleven a armonizar apaciblemente con sus ambientes y relacionados.

 

Algunos de los fármacos llamados “drogas psiquiátricas” tienen efectos toxicos por el uso prolongado y pueden producir graves trastornos funcionales en el sistema nervioso central -a medida que pasa el tiempo, con un consumo regular de esas sustancias, los pacientes van perdiendo su habilidad para las actividades habituales de sus vidas: se tornan torpes, lentos, pasmados, planos en las expresiones de sus emociones, apagados y fatigados.

 

La toma habitual de uno o de varios  psicofármacos pueden tornar a los  pacientes dóciles, sedentarios, obedientes y robóticos -como dice eufemísticamente un amigo terapeuta: "estas drogas los sacan de la circulación".

 

Mientras tanto, los trastornos de su mentalidad no resueltos, siguen presentes, aunque hayan sido velados por el embotamiento producido por las sustancias químicas que les han sido recetadas y que siguen consumiendo.

 

Sólo unos pocos trastornos mentales tienen causas orgánicas -el sistema nervioso central, que incluye el cerebro, es afectado por lesiones debidas a enfermedades neurodegenerativas, a eventos vasculares, a traumatismos craneoencefálicos, a infecciones, que dañan los tejidos nerviosos o las redes neuronales. Estos trastornos orgánicos podemos considerarlos como enfermedades físicas que al afectar las estructuras neuronales son reflejadas en las percepciones aberrantes y en los comportamientos de los pacientes; el diagnóstico de estas patologías es posible por medio de exámenes paraclínicos -si responden al tratamiento médico instaurado, los síntomas desaparecen y las personas pueden retornar a sus vidas normales.


Los fármacos psicotrópicos prescritos por los psiquiatras y los médicos alteran los procesos bioquímicos del cerebro y pueden inducir cambios adaptativos -reversibles o irreversibles, benéficos o perjudiciales-según el tiempo de consumo, según la sustancia y su acción farmacológica o según las áreas diana terapéuticas donde producen sus efectos.

 

Con indicaciones clínicas y prácticas pertinentes, en los servicios de urgencias usamos algunos de estos fármacos con acción sobre el sistema nervioso central cuando nuestros pacientes ingresan en estados anormales  de agitación psico-motora, por lo que es adecuado sedarlos, disminuir su ansiedad y llevarlos a un estado de relajación muscular con el propósito de aliviarlos y asistirlos.  Sin embargo, la causa de sus trastornos es lo que debemos tratar y resolver con todos los pacientes, pues los efectos son solo la advertencia de que su equilibrio ha sido afectado por algo o por alguien -todo efecto tiene sus antecedentes y ninguna acción previa carece de consecuencias. Las sustancias químicas no pueden transformar sus mentes: sólo ellos pueden hacerlo, con acciones de cambio sobre sus hábitos y sobre las percepciones e informaciones conflictivas que los sacuden. Y es preciso ayudarles a liberarse de aquello que han “incorporado” a sus mentes y que propicia todas esas perturbaciones que les han quitado la autonomía de sus vidas.

 

Hugo Betancur (Colombia) 

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Circula en Internet un libro relacionado con este tema “La invención de trastornos mentales” escrito por un biólogo y un psicólogo reconocidos:

https://dn760005.eu.archive.org/0/items/23977895-la-invencion-de-enfermedades-mentales-hector-gonzalez-pardo-marino-perez/23977895-La-invencion-de-enfermedades-mentales-Hector-Gonzalez-Pardo-Marino-Perez.pdf


Para ver listado de diagnósticos de “Trastornos mentales y del comportamiento” del CIE 10 (Clasificación Internacional de Enfermedades) publicado por la Organización Mundial de la Salud, ir a:

 

wiki-CIE-10-Capitulo-V-Trastornos_mentales_y_del_comportamiento

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lunes, 31 de agosto de 2026

Historias clausuradas.


                                                                                   

HISTORIAS CLAUSURADAS

Hugo Betancur

 

Podemos evidenciar nuestras vidas como seres humanos con nuestra presencia y nuestro desempeño en el mundo, protagonizando historias que van sucediendo. Y podemos definir la muerte como seres humanos como el ausentamiento del mundo, con la clausura de nuestro personaje y el cierre de la historia respectiva.

 

Deshacemos día a día el tiempo disponible para nuestras vidas estableciendo relaciones, experimentando situaciones, haciendo aprendizajes.

 

La felicidad es una ilusión que imaginamos y mantenemos esperanzados, a pesar de los obstáculos y las frustraciones. La felicidad es una proyección de nuestras mentes hacia el tiempo presente y hacia el tiempo por venir resumida en una frase ideal “quiero ser feliz” -hay un “yo” que representamos que traza ese objetivo o plan que deberemos realizar y que muchas veces parece excluyente porque no contempla el pronombre nosotros, más generoso y solidario.

 

La vida de cada uno de nosotros es intransferible, obligatoria, inevitable, perecedera.

 

La vida es movimiento, acción, integración, participación, expansión.

 

La muerte es quietud, inacción, desintegración, contracción.

 

El cuerpo humano es un compuesto de materia y energía; también es un conjunto de órganos y sistemas que producen un estado de salud y bienestar cuando funcionan armónicamente.

 

La energía del cuerpo proviene de los nutrientes y del entorno. La energía de la vida es más sutil e inclasificable, permanente e indestructible en su esencia, invisible a los ojos y omnipresente.

 

Cuando ocurre la muerte del cuerpo, la energía sutil del alma -que moldeó y conformó el cuerpo desde el vientre materno- se repliega hacia el plano sublime del Espíritu, llevándose los conocimientos aprendidos y las vivencias cumplidas -que son parte de la memoria atemporal. El cuerpo muerto pierde su identidad y la memoria neuronal se deshace.

 

Por mis experiencias en terapias de hipnosis y como asistente a las sesiones espontaneas de médiums diferentes, concluyo que una vez terminada cada una de nuestras existencias planeadas para evolucionar, nuestras almas deshabitan los cuerpos que utilizamos para representar y caracterizar nuestros personajes.

 

Elisabeth Kübler-Ross, psiquiatra suiza, estudiosa del fenómeno de la muerte humana, propuso una elaboración de duelo por los supervivientes en cinco etapas: negación y aislamiento, ira, conciliación, depresión y, finalmente, aceptación.

 

La muerte humana es una transición como lo es el nacimiento, ambos eventos propician cambios y ajustes.

 

Cuando acaece la muerte del cuerpo, cesan las dos fases de la respiración y el corazón deja de latir; las sensaciones y las percepciones cesan también. Los sentimientos y emociones que son manifestaciones de nuestros personajes mientras actuamos nuestros papeles en los escenarios, se extinguen con ellos cuando mueren los cuerpos.

 

Ese cuerpo que fue el instrumento de las vivencias y de la comunicación con otros pierde su hálito de vida y su conciencia y se disgrega. 

 

Cada vida tiene su idiosincrasia, su subjetividad, su manera de ser y de expresarse. Cada vida que culmina deja su historia, provechosa, útil y admirable, o estéril, opaca y trivial.

 

Es posible que la muerte sea una liberación para quienes experimentan sufrimiento, insatisfacción, conflictos.  Tal vez la muerte no sea bienvenida para quienes viven sus existencias con agrado y motivación y realizando acciones constructivas para si mismos y para los demás.

 

La vida es siempre la manifestación cambiante de esplendor y aventura, plena de contrastes y paradojas. Como viajeros, recorremos su geografía y establecemos nuestras relaciones con avidez y curiosidad con el propósito de conocer, comprender y progresar según nuestros méritos y nuestras mentes.

 

Cuando los personajes conocidos por nosotros clausuran sus biografías con la muerte del cuerpo, habitualmente hacemos nuestras reflexiones, nuestros juicios y nuestros inventarios particulares; nos preguntamos: ¿Cuáles fueron sus obras y sus acciones? ¿Qué trascendencia tuvieron sus vidas para ellos y para los demás?

 

La huella de los que se han ido queda grabada en nuestras mentes con imágenes persistentes resumidas en una frase simple, como interrogante o como exclamación: ¿Cómo los recordamos?; ¡Cómo los recordamos! 

 

Hugo Betancur (Colombia)

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