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jueves, 3 de septiembre de 2026

Psiquiatras y sus pacientes: encuentro de mentes.





PSIQUIATRAS Y SUS PACIENTES:

 

ENCUENTRO DE MENTES.

 

Hugo Betancur

 

 

Drogas “psiquiátricas”

 

Las denominadas “drogas psiquiátricas” no tienen efecto sobre la psiquis de los pacientes que las toman sino sobre su organismo físico y sobre su cerebro. Son sustancias toxicas para el sistema nervioso, que embotan tanto su percepción sensorial como su desempeño habitual, y que bloquean las áreas del cerebro relacionadas con las manifestaciones anormales de los pacientes -esto impide que ellos expresen sus comportamientos discordantes y desconcertantes. Sin embargo, esos fármacos no resuelven la condición clínica diagnosticada –los silencia o los pasma bioquímicamente mientras dura su acción, por lo que deben consumirlos regularmente para ahuyentar sus síntomas.

 

Trastornos del cuerpo versus trastornos de la mente

 

La experiencia médica y psicológica nos enseña que los trastornos de personalidad denominados "trastornos afectivos, trastornos de ansiedad, trastornos depresivos..." son distorsiones de los contenidos de la mente que perturban las relaciones con otros seres humanos y no enfermedades del cerebro ni del cuerpo.

 

Otras condiciones diagnosticadas como enfermedades psiquiátricas, corresponden a procesos aberrantes de la mente (esquizofrenia, trastorno de personalidad múltiple, demencias...) y nos advierten que hay procesos de la vida de los pacientes que los afectan psíquicamente -tienen una historia asociada y unos antecedentes afectivos y de dificultades en sus relaciones que los hacen vulnerables a esa ruptura con la normalidad que padecen.

 

La terapia requerida en estos casos debe profundizar en las causas previas que conmocionaron a los pacientes: ¿qué personalidad o evento del pasado afecta sus mentes tan dramáticamente que sus comportamientos parecen desatinados o caóticos, incoherentes y confusos; ¿qué relación o influencia inusitada los lleva a expresarse fuera del contexto o entorno en que se desenvuelven, muchas veces con interpretaciones o ideas incomprensibles para quienes les rodean?; ¿qué fenómeno afecta su percepción o qué motiva sus alucinaciones y las distorsiones que relatan de lo que otros vemos como real?

 

Las drogas psiquiátricas no modifican ni cambian la mentalidad de las personas: solo tienen efectos bioquímicos en el organismo sin cambiar las creencias que conformaron sus síntomas psicológicos.

 

Los procesos de la mente solo cambian con acciones de comprensión y de aprendizaje de los pacientes sobre sus condiciones de vida, sus relaciones y la utilidad de aceptar y soltar la carga de sus amarguras, sus frustraciones y su incertidumbre. Estos pacientes deben ser asistidos porque se sienten marginados y enfermos. Y la medicina óptima es aquella que los retorne a la normalidad, no la que los adormece y los postra. Es imprescindible remover o resolver las causas para que los efectos cesen. El mayor requerimiento de estos seres humanos agobiados y perturbados es la liberación de sus mentes que les permita realizar un cambio en sus acciones, en su entendimiento de la vida y en sus relaciones.

 

Hemos comprobado que a través de algunos de estos pacientes diagnosticados como dementes o “psiquiátricos” se manifiestan o comunican otros seres diferentes a ellos -sus gestos, ademanes y actuaciones parecen corresponder a otras personalidades: ¿cómo otra u otras mentes han invadido la suya?, ¿podemos explicar esto físicamente y atribuírselo a un irregular funcionamiento de su sistema nervioso?, ¿O podemos intuir que las mentes de muchos humanos pueden ser permeables a las de otros que se manifiestan y hacen presencia a través de sus semejantes? 

 

Obviamente, nuestra medicina occidental monótonamente orgánica no ha podido encontrar un proceso bioquímico o neuronal que explique por qué o cómo estos pacientes conforman una personalidad distinta, con una información ajena a su experiencia particular y a su cultura y con un discurso que no parece adecuado para su formación y vivencias.

 

(Curiosamente, cuando logramos interactuar con algunos de estos pacientes por medio de la hipnosis clínica, ellos entran en un estado alterado de conciencia donde revelan situaciones y caracteres que interpretamos como pertenecientes a existencias o identidades distintas a las de la historia actual de cada uno y que ellos asumen como propias, con sus dificultades, sentimientos y emociones inherentes; tendemos a interpretar estos acontecimientos como algo que pareciera estar sucediendo en dimensiones paralelas a las que sus mentes pueden acceder representando o asumiendo parcialmente vivencias e impresiones de otras personalidades.)

 

Los psiquiatras requieren adicionar a su saber un entrenamiento psicológico amplio y una empatía generosa con sus pacientes, lo que les permitirá  comprender los procesos emocionales, familiares y culturales que los hacen vulnerables a los conflictos y los desajustes, experimentando crisis de interacción de sus personalidades con el entorno y con los demás -que los lleva a la  percepción de sentirse fuera de contexto. En un ejercicio inteligente de su profesión podrán tratarlos como seres humanos involuntariamente disociados e incongruentes y con esta comprensión podrán asistirlos aplacando sus ímpetus con medicamentos de contención que les lleven a armonizar apaciblemente con sus ambientes y relacionados.

 

Los fármacos llamados “drogas psiquiátricas” intoxican el organismo y producen graves trastornos funcionales en el sistema nervioso central -a medida que pasa el tiempo, con un consumo regular de esas sustancias, los pacientes van perdiendo su habilidad para las actividades habituales de sus vidas: se tornan torpes, lentos, pasmados, planos en las expresiones de sus emociones, apagados y fatigados.

 

Estos químicos tornan a los pacientes dóciles, obedientes y robóticos -como dice eufemísticamente un amigo terapeuta: "los sacan de la circulación".

 

Mientras tanto, los trastornos de su mentalidad no resueltos, siguen presentes, aunque hayan sido velados por el embotamiento producido por las sustancias químicas que les han sido recetadas y que siguen consumiendo.

 

Sólo unos pocos trastornos mentales tienen causas orgánicas, por lo que podemos considerarlos como enfermedades físicas que al afectar el cerebro son reflejadas en los comportamientos de los pacientes; sin embargo, el diagnóstico de estas es posible por medio de exámenes paraclínicos -si responden al tratamiento médico, los síntomas desaparecen y las personas pueden retornar a sus vidas normales.

 

Con indicaciones clínicas y prácticas pertinentes, en los servicios de urgencias usamos algunos de estos fármacos con acción sobre el sistema nervioso central cuando nuestros pacientes ingresan en estados anormales  de agitación psico-motora, por lo que es adecuado sedarlos, disminuir su ansiedad y llevarlos a un estado de relajación muscular con el propósito de aliviarlos y asistirlos.  Sin embargo, la causa de sus trastornos es lo que debemos tratar y resolver con todos los pacientes, pues los efectos son solo la advertencia de que su equilibrio ha sido afectado por algo o por alguien -todo efecto tiene sus antecedentes y ninguna acción previa carece de consecuencias. Las sustancias químicas no pueden transformar sus mentes: sólo ellos pueden hacerlo, con acciones de cambio sobre sus hábitos y sobre las percepciones e informaciones conflictivas que los sacuden. Y es preciso ayudarles a liberarse de aquello que han “incorporado” a sus mentes y que propicia todas esas perturbaciones que les han quitado la autonomía de sus vidas.

 

Hugo Betancur (Colombia) 

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Circula en Internet un libro relacionado con este tema “La invención de trastornos mentales” escrito por un biólogo y un psicólogo reconocidos:

https://dn760005.eu.archive.org/0/items/23977895-la-invencion-de-enfermedades-mentales-hector-gonzalez-pardo-marino-perez/23977895-La-invencion-de-enfermedades-mentales-Hector-Gonzalez-Pardo-Marino-Perez.pdf


Para ver listado de diagnósticos de “Trastornos mentales y del comportamiento” del CIE 10 (Clasificación Internacional de Enfermedades) publicado por la Organización Mundial de la Salud, ir a:

 

wiki-CIE-10-Capitulo-V-Trastornos_mentales_y_del_comportamiento

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lunes, 31 de agosto de 2026

Historias clausuradas.


                                                                                   

HISTORIAS CLAUSURADAS

Hugo Betancur

 

Podemos evidenciar nuestras vidas como seres humanos con nuestra presencia y nuestro desempeño en el mundo, protagonizando historias que van sucediendo. Y podemos definir la muerte como seres humanos como el ausentamiento del mundo, con la clausura de nuestro personaje y el cierre de la historia respectiva.

 

Deshacemos día a día el tiempo disponible para nuestras vidas estableciendo relaciones, experimentando situaciones, haciendo aprendizajes.

 

La felicidad es una ilusión que imaginamos y mantenemos esperanzados, a pesar de los obstáculos y las frustraciones. La felicidad es una proyección de nuestras mentes hacia el tiempo presente y hacia el tiempo por venir resumida en una frase ideal “quiero ser feliz” -hay un “yo” que representamos que traza ese objetivo o plan que deberemos realizar y que muchas veces parece excluyente porque no contempla el pronombre nosotros, más generoso y solidario.

 

La vida de cada uno de nosotros es intransferible, obligatoria, inevitable, perecedera.

 

La vida es movimiento, acción, integración, participación, expansión.

 

La muerte es quietud, inacción, desintegración, contracción.

 

El cuerpo humano es un compuesto de materia y energía; también es un conjunto de órganos y sistemas que producen un estado de salud y bienestar cuando funcionan armónicamente.

 

La energía del cuerpo proviene de los nutrientes y del entorno. La energía de la vida es más sutil e inclasificable, permanente e indestructible en su esencia, invisible a los ojos y omnipresente.

 

Cuando ocurre la muerte del cuerpo, la energía sutil del alma -que moldeó y conformó el cuerpo desde el vientre materno- se repliega hacia el plano sublime del Espíritu, llevándose los conocimientos aprendidos y las vivencias cumplidas -que son parte de la memoria atemporal. El cuerpo muerto pierde su identidad y la memoria neuronal se deshace.

 

Por mis experiencias en terapias de hipnosis y como asistente a las sesiones espontaneas de médiums diferentes, concluyo que una vez terminada cada una de nuestras existencias planeadas para evolucionar, nuestras almas deshabitan los cuerpos que utilizamos para representar y caracterizar nuestros personajes.

 

Elisabeth Kübler-Ross, psiquiatra suiza, estudiosa del fenómeno de la muerte humana, propuso una elaboración de duelo por los supervivientes en cinco etapas: negación y aislamiento, ira, conciliación, depresión y, finalmente, aceptación.

 

La muerte humana es una transición como lo es el nacimiento, ambos eventos propician cambios y ajustes.

 

Cuando acaece la muerte del cuerpo, cesan las dos fases de la respiración y el corazón deja de latir; las sensaciones y las percepciones cesan también. Los sentimientos y emociones que son manifestaciones de nuestros personajes mientras actuamos nuestros papeles en los escenarios, se extinguen con ellos cuando mueren los cuerpos.

 

Ese cuerpo que fue el instrumento de las vivencias y de la comunicación con otros pierde su hálito de vida y su conciencia y se disgrega. 

 

Cada vida tiene su idiosincrasia, su subjetividad, su manera de ser y de expresarse. Cada vida que culmina deja su historia, provechosa, útil y admirable, o estéril, opaca y trivial.

 

Es posible que la muerte sea una liberación para quienes experimentan sufrimiento, insatisfacción, conflictos.  Tal vez la muerte no sea bienvenida para quienes viven sus existencias con agrado y motivación y realizando acciones constructivas para si mismos y para los demás.

 

La vida es siempre la manifestación cambiante de esplendor y aventura, plena de contrastes y paradojas. Como viajeros, recorremos su geografía y establecemos nuestras relaciones con avidez y curiosidad con el propósito de conocer, comprender y progresar según nuestros méritos y nuestras mentes.

 

Cuando los personajes conocidos por nosotros clausuran sus biografías con la muerte del cuerpo, habitualmente hacemos nuestras reflexiones, nuestros juicios y nuestros inventarios particulares; nos preguntamos: ¿Cuáles fueron sus obras y sus acciones? ¿Qué trascendencia tuvieron sus vidas para ellos y para los demás?

 

La huella de los que se han ido queda grabada en nuestras mentes con imágenes persistentes resumidas en una frase simple, como interrogante o como exclamación: ¿Cómo los recordamos?; ¡Cómo los recordamos! 

 

Hugo Betancur (Colombia)

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sábado, 29 de agosto de 2026

Más comprensión, menos medicación.


MAS COMPRENSIÓN  Y CONCILIACIÓN,      

MENOS MEDICACIÓN.

 

Hugo Betancur

 

El pasado es la parte de la historia que ya ha sido cumplida –la historia de cada uno de los presentes y los ausentes, la historia humana, la historia de la naturaleza.

 

El pasado es inmodificable: hace parte de un entramado que fue revelándose paulatinamente -como ocurría en el cuarto oscuro con las imágenes de los antiguos negativos de fotografía sumergidos en el tanque con químico revelador-. Ese pasado fue presente que adquirió forma, contenidos y atributos, funcionalidad, y que luego se fue diluyendo, desplazado por un presente progresivo igualmente efímero.

 

Captamos con nuestros sentidos los hechos y los interpretamos con nuestra mentalidad del momento. Elegimos una de dos visiones posibles para afrontarlos:  dejándolos estáticos y disecados, o asumiéndolos como transiciones y circunstancias dinámicas y temporales.

 

Todo lo que aceptamos lo incorporamos a nuestra biografía acoplándonos a su ritmo y a su movimiento. Lo que nos resistimos a aceptar nos pone en posición de adversarios o de personajes adversos respecto a los actos de otros o a las situaciones que ocurren; sin embargo, lo sucedido es inalterable -como en una vieja fotografía en papel, las imágenes quedan fijadas en nuestras mentes, y lo mismo que los retratos revelados de las cámaras analógicas, se van volviendo borrosas y deslucidas con el paso del tiempo.

 

Nuestra aceptación de las situaciones es lo que les confiere una trascendencia pasable: transigimos con los eventos, con las relaciones rotas, con la ausencia de los seres vivos queridos o amados que dejan de estar junto a nosotros, con la pérdida o deterioro de las cosas que valorábamos o que nos eran útiles.

 

Cuando transigimos con lo que llamamos realidad nos liberamos de la tiranía de la culpa, de la victimización, de los duros juicios que elaboramos, del resentimiento con que reaccionamos, de la nostalgia abrumadora y de los apegos obsesivos, de la frustración porque la vida y los vivientes no obedecieron nuestros deseos, nuestros sueños, nuestros ideales.

 

Las películas de nuestras existencias simplemente suceden según las circunstancias de cada uno: nuestros escenarios están dispuestos para nosotros y para nuestros relacionados y las escenas a representar corresponden a los libretos que nos conciernen a todos que a mi parecer son elaborados por las almas de los debutantes -siempre primerizos, desprevenidos, enganchados, desconocedores de la evolución de la trama que nos convoca.

 

Cuando permitimos que todo suceda cómo es posible, nuestras mentes sobrepasan la conmoción y emprenden el proceso de entendimiento y conciliación con los episodios de nuestras historias.

 

A mayor transigencia y adaptación, alcanzamos más paz, mansedumbre, libertad. La meditación con el propósito de definir nuestros conflictos y de sobrepasar nuestra incertidumbre nos lleva al umbral de la resolución. La comprensión que alcancemos nos trae sosiego. Cuando establecemos estados de pugna con los eventos en que actuamos, con nuestras reacciones añadidas de confusión y de tristeza persistente, quedamos atrapados en los diagnósticos médicos y psiquiátricos y en el consumo de fármacos que solo vencemos cuando nuestras mentes fluyen con esa realidad exterior: al asumir la conciliación logramos prescindir de la medicación -o al menos la disminuimos en una forma significativa.

 

Por la naturaleza de la vida, nuestras relaciones con otros seres y con las cosas tienen sus periodos de duración y su impermanencia inherente o correspondiente.

 

[Los fármacos utilizados para tratar las llamadas enfermedades mentales tienen acción sobre el cerebro, el comando nervioso del cuerpo, y no sobre los procesos psicológicos, no cambian las mentes que sufren -aunque nos alivian parcialmente mientras logramos atravesar las crisis que afrontamos].

 

Las mentes que elaboran los conflictos son las mismas mentes que deben elaborar las soluciones.

 

Hugo Betancur (Colombia).

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Relaciones de pareja: conflictos que separan.


Parejas en conflicto:

¿en qué nos equivocamos?  

Hugo Betancur

 

Si las relaciones afectivas entre dos personas son establecidas sobre los atractivos de belleza de una o de otra, o sobre los rasgos de personalidad, o sobre intereses, es posible que con el transcurso del tiempo se conviertan en nexos frágiles e insostenibles.

Me refiero a las ‘relaciones especiales’ que habitualmente llamamos ‘de pareja’, o de ‘enamorados’ o de cónyuges, donde uno de los participantes –o ambos- han establecido su vínculo por cualidades físicas o materiales, o por condiciones psicológicas que atribuyen al otro. Quizá la persistencia de esas características previstas mantenga el enlace conformado durante un lapso de tiempo, con el requisito de que se cumplan los planes trazados. 

Llega un momento en que esas relaciones están agotadas, han sido consumidas, ya no pueden seguir como antes.

 Como todos los eventos de la vida, son sólo relaciones pasajeras. Las diferencias que antes pasaron desapercibidas aparecen ahora como demasiado notorias y perturbadoras. Los miembros de la pareja han llegado a la tormentosa circunstancia de la crisis. Esas relaciones dispares tienen un exaltado período de inicio, un intervalo de esplendor aparente y un momento en que ya han cumplido su propósito -y cada uno de los participantes debe seguir su propio camino. 

Ese momento de transición lo hemos llamado momento de ruptura. Quizá asumimos que algo que estaba entero se rompe, o que algo que parecía unido se desune. 

Tendemos a sentirnos culpables o a culpar; aparecen los reproches, las quejas, las dolidas expresiones de impotencia y desdicha, o las justificaciones para respaldar nuestra decisión de separarnos. 

Sin embargo, esas relaciones han atravesado el período de tiempo que les corresponde. Ya no son vigentes.

Podemos enfocar nuestra atención en lamentarnos y sentirnos víctimas de las circunstancias. O podemos abrirnos a un entendimiento de las vivencias que compartimos: valorar lo que hayamos recibido, agradecer el acompañamiento en ese trayecto recorrido y quitar los amarres o levantar las anclas para poder seguir el viaje. 

Porque ocurre frecuentemente que nos atamos a otros seres humanos en algunas relaciones o los atamos a ellos a nuestras vidas. Nuestras acciones representan de alguna manera una pérdida de autonomía y de libertad: recordemos que tanto el carcelero como el preso tienen que permanecer en la prisión.

A veces, cercamos a las personas que se relacionan con nosotros, les marcamos horarios o pautas a las que deben someterse, les establecemos comportamientos ideales a los que deben acogerse. Parece que les diéramos un decreto de obligatorio cumplimiento: “Me gusta que seas así como espero que seas”. 

Lo que no es posible. ¿Cómo podemos ser lo que no somos? ¿Fingiéndolo, sacrificándonos, anulando nuestras personalidades para agradar a otros? Al cabo del tiempo nos sentimos violentos representando esa farsa y de alguna manera nos rebelamos contra quien pretende cambiar nuestras manifestaciones acomodándolas a los moldes particulares de sus preferencias. 

Bajo esas condiciones, no nos es posible manifestar un sentimiento que parezca amoroso sino todo lo contrario: reacciones conflictivas y hostiles. Muchas personas interpretan el control sobre su pareja como algo que les asegura su fidelidad y aseguramiento. ¿Podemos tener seguridad de que alguien no cambie en un mundo siempre cambiante? ¿Podemos tener la certeza de su perpetua compañía “hasta que la muerte nos separe”?

Otras personas seguirán a nuestro lado durante un largo trecho del camino solo si se sienten a gusto junto a nosotros, cuando los sentimientos de unidad son sólidos y no hacen falta las palabras ni las exigencias de compromisos férreos; cuando fluimos como iguales o pares en una relación mutua de confianza, valoración e integración. 

Quienes nos aman sinceramente están cerca de nosotros, aunque se encuentren a un continente de distancia. No hacen falta las promesas, ni los reclamos, ni los reportes regulares de nuestra ubicación o nuestras actividades. No hacen falta tampoco los celos –vigilancia estricta basada en temores de que nuestra pareja elija otra u otras personas con el propósito de establecer una relación afectiva que podría desplazarnos.

El amor, como una expresión de acercamiento y de armonía tiene varias cualidades básicas que lo definen plenamente: respeto a otro ser humano –o a otros-  y a su autonomía y libertad, valoración positiva, comprensión y entendimiento, disposición de servicio desinteresado y apoyo incondicional.

En la elección de cónyuge, muchas personas se guían por las características negativas del padre o de la madre y escogen a alguien similar a uno de los dos creyendo erróneamente que ellas si podrán cambiar y dominar a su pareja como sus padres no pudieron hacerlo. Claro, ellas son distintas y también es distinta la relación que emprenden; sin embargo, se han trazado el objetivo de demostrar que aquella forma de convivir de sus progenitores sí podía ser modificada. Obviamente, fracasan en esta transferencia o superposición del pasado hacia el momento que viven. Ninguno puede ser cambiado en su personalidad si él mismo no ha decidido hacerlo y si no ha encontrado como imperativas otras actitudes y acciones. Cada uno cambia por sí mismo cuando despierta a la consciencia de su vida y puede aprender, cuando logra desprenderse de algo que ya no quiere y se apropia de algo que considera adecuado.

 Dos aspectos nos revelan que tan acertadas son nuestras relaciones y acciones: la satisfacción o percepción de bienestar que sentimos al vivirlas y la apreciación posterior de que no nos han causado daño a nosotros ni a los demás.

En otras ocasiones, nuestra elección de pareja está condicionada por la forma como nuestros padres interactuaron. Nos sentimos marcados por nuestro pasado si alguno de ellos fue déspota, opresivo, desconsiderado; o si alguno asumió papeles dramáticos de superprotector, o de guía dominador o de controlador aferrado a las normas y a las tradiciones; o si alguno se sintió opacado por el otro y dedicó su vida a perfeccionar y representar el papel de víctima llenándose de autocompasión y amargura.   Por el contrario, podemos sentirnos confiados y optimistas si nuestros padres nos mostraban con el ejemplo una sociedad conyugal de respeto e igualdad que proyectaba   actitudes semejantes hacia su familia.

Podemos disponernos a la comprensión de las limitaciones y errores de nuestros padres, parientes y allegados para lograr liberar las cargas que nos echamos encima a partir de situaciones conflictivas y violentas.

Todos elegimos según la opción que consideramos más conveniente. Y podemos cometer errores.  O podemos acertar –lo que significa realizar la acción correcta, la que no nos cause daño a nosotros mismos ni a otros.

 Si cometemos errores, si afectamos negativamente o destructivamente a otros, nos exponemos a su resentimiento, a su malestar y rechazo, a sus intenciones o sentimientos de venganza y de odio en el peor de los casos.

Si alcanzamos alguna consciencia sobre esto, podemos reparar nuestros errores y los perjuicios causados a otros. Todo lo que reparamos puede ser útil de nuevo, o al menos puede recuperar un estado de normalidad gracias a nuestra intervención. 

Si no alcanzamos esa conciencia, aquellas personas afectadas deberán solucionar por si mismas las impresiones que dejaron en sus mentes: de maltrato sintiéndose impotentes; de percibir engaño habiendo confiado; de menosprecio y discriminación habiendo esperado reconocimiento y valoración.

Para dejar de juzgar y condenar a otros podemos entender que cada uno es lo que es y no lo que debería ser. Así como ellos, en cada situación que enfrentamos tenemos unas condiciones particulares de nuestra personalidad y unas condiciones externas. En cada vivencia, en cada momento actuamos siguiendo un impulso propio, a veces buscando satisfacer alguna expectativa o a veces siguiendo nuestros sistemas de creencias. Ocurre igual con todos los seres humanos. 

Un aforismo antiguo enseña: "Debes haber recorrido los senderos de aquellos a quienes pretendes juzgar para que puedas comprender las acciones de sus vidas".

Crecemos considerando a nuestros padres bondadosos o considerándolos crueles; sintiéndonos estimulados y apoyados por ellos o sintiéndonos atropellados. Según los recuerdos y la apreciación que conservemos tendremos un lazo de amor con ellos o un lazo de adversidad –también viéndolos como adversarios más que como aliados o amigos. 

Como resultado, las impresiones que hayamos grabado en nuestras mentes determinarán si esa presencia de nuestros padres –aunque ya se hayan ido- y sus actos, son una bendición para nosotros o si son una carga.

Nos es imposible modificar los actos del pasado. Ya transcurrieron. Y el propósito de aprendizaje que traían asociado ya se cumplió. Lo asumimos y resolvemos las contradicciones o nos resistimos a ello; lo aceptamos o nos evadimos. 

Si alcanzamos el privilegio y la lucidez de comprender seguimos nuestro trayecto livianos, esperanzados, confiados. Si nos sentimos víctimas, nos cargamos de dolor y frustración, nos confundimos con nuestros propios juicios, ponemos raíces de infelicidad en nuestros corazones.

En todo momento tenemos la posibilidad de cambiar, de aceptar que otros tienen grandes limitaciones como las tenemos nosotros, de absolverlos de las culpas que les cargamos y desmarcar sus errores como esperamos que los demás lo hagan con nosotros. 

Podemos obrar así ahora, o dentro de unos días, o dentro de unos años. Mientras mayor sea la demora en hacerlo mayor será el tributo de sufrimiento que tengamos que ofrendar. Tenemos la solución. Según nuestro propósito y voluntad podremos aplicarla, si no, la tarea no realizada queda pendiente.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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