Adaptación gráfica de la escultura «Europa», que forma parte del
conjunto escultórico Los Cuatro Continentes creado por el artista Daniel
Chester French entre 1903 y 1907, situada en Manhattan, Nueva York.
LAS MENTES QUE SUFREN
Hugo Betancur
Todos los eventos, relaciones y vivencias suceden
circunstancialmente -tan inevitables como la caída de una rama cortada por el
rayo que se desgaja estrepitosamente del árbol, como la muerte de un pájaro que
choca contra el vidrio invisible de una ventana, como el marchitamiento de las
flores cortadas.
Cada situación tiene su tiempo de ocurrencia
propicio y su ambientación propia -como consecuencia, nuestras historias pueden
tener visos alternados de tragedia, comedia y drama según los escenarios y
según los episodios que los actores vamos representando.
Para que podamos hacer útiles las transiciones de
nuestras historias personales, a semejanza de lo que hacen en el cine los
editores de las películas, nuestras mentes deben progresar en tiempo presente
cumpliendo la activación de un modo de vida resolutivo constante y fluido
-debemos ser oportunos acopiando los capítulos pasados, haciendo los cierres de
las relaciones cumplidas que han perdido su vigencia y su afectuosidad,
realizando los duelos por los que se van y por todo aquello que rotulamos como
nuestras pérdidas.
Debemos actualizar nuestras definiciones sobre los
fenómenos del mundo, sobre los seres vivos y sus actuaciones, sobre lo
existente y sus atributos: que nuestras ideas y percepciones sean coherentes
con lo que llamamos realidad -que encajen como las piezas troqueladas de un
rompecabezas que vamos armando según una figura de muestra o según vamos
acoplando las salientes y entrantes en las posiciones previstas por los
fabricantes.
Experimentamos nuestras existencias inmersos en
secuencias y procesos precipitados por fuerzas y causas previas incontenibles.
Los dolores del cuerpo son manifestaciones de
enfermedades, o de lesiones o de alteraciones funcionales. Los sufrimientos de
nuestras mentes son elaboraciones que hacemos frustrados o conmocionados porque
los eventos y las relaciones no satisfacen nuestras expectativas: como sujetos
psicológicos entramos en pugna con los hechos y con los comportamientos y
acciones de otros -y a veces también con lo que hicimos.
Cuando entramos en conflicto, el placer –o, más
explícitamente, la ilusión del placer- es lo que consideramos haber perdido, lo
que se fue. El sufrimiento es lo que queda a cambio, lo que permanece como
rezago o consecuencia del placer que ya no está más o que no logramos alcanzar.
Los objetos de placer o los personajes a quienes
dimos la función de proveérnoslo aparecen brevemente en el panorama que podemos
tener ante nosotros para luego disiparse como la niebla de la mañana a la
salida del sol.
Todas las filosofías humanistas han destacado la impermanencia como una ley de la existencia: es indetenible la transformación del observador y de lo observado en todo momento.
Podemos liberarnos de nuestro sufrimiento
acogiéndonos a la comprensión y a la conciliación, aceptando los
acontecimientos, transigiendo, dándonos cuenta que nuestra resistencia y
nuestro malestar sustentan nuestra infelicidad.
Hugo Betancur
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