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sábado, 29 de agosto de 2026

Más comprensión, menos medicación.


MAS COMPRENSIÓN  Y CONCILIACIÓN,      

MENOS MEDICACIÓN.


Hugo Betancur

 

El pasado es la parte de la historia que ya ha sido cumplida –la historia de cada uno de los presentes y los ausentes, la historia humana, la historia de la naturaleza.

 

El pasado es inmodificable: hace parte de un entramado que fue revelándose paulatinamente -como ocurría en el cuarto oscuro con las imágenes de los antiguos negativos de fotografía sumergidos en el tanque con químico revelador-. Ese pasado fue presente que adquirió forma, contenidos y atributos, funcionalidad, y que luego se fue diluyendo, desplazado por un presente progresivo igualmente efímero.

 

Captamos con nuestros sentidos los hechos y los interpretamos con nuestra mentalidad del momento. Elegimos una de dos visiones posibles para afrontarlos:  dejándolos estáticos y disecados, o asumiéndolos como transiciones y circunstancias dinámicas y temporales.

 

Todo lo que aceptamos lo incorporamos a nuestra biografía acoplándonos a su ritmo y a su movimiento. Lo que nos resistimos a aceptar nos pone en posición de adversarios o de personajes adversos respecto a los actos de otros o a las situaciones que ocurren; sin embargo, lo sucedido es inalterable -como en una vieja fotografía en papel, las imágenes quedan fijadas en nuestras mentes, y lo mismo que los retratos revelados de las cámaras analógicas, se van volviendo borrosas y deslucidas con el paso del tiempo.

 

Nuestra aceptación de las situaciones es lo que les confiere una trascendencia pasable: transigimos con los eventos, con las relaciones rotas, con la ausencia de los seres vivos queridos o amados que dejan de estar junto a nosotros, con la pérdida o deterioro de las cosas que valorábamos o que nos eran útiles.

 

Cuando transigimos con lo que llamamos realidad nos liberamos de la tiranía de la culpa, de la victimización, de los duros juicios que elaboramos, del resentimiento con que reaccionamos, de la nostalgia abrumadora y de los apegos obsesivos, de la frustración porque la vida y los vivientes no obedecieron nuestros deseos, nuestros sueños, nuestros ideales.

 

Las películas de nuestras existencias simplemente suceden según las circunstancias de cada uno: nuestros escenarios están dispuestos para nosotros y para nuestros relacionados y las escenas a representar corresponden a los libretos que nos conciernen a todos que a mi parecer son elaborados por las almas de los debutantes -siempre primerizos, desprevenidos, enganchados, desconocedores de la evolución de la trama que nos convoca.

 

Cuando permitimos que todo suceda cómo es posible, nuestras mentes sobrepasan la conmoción y emprenden el proceso de entendimiento y conciliación con los episodios de nuestras historias.

 

A mayor transigencia y adaptación, alcanzamos más paz, mansedumbre, libertad. La meditación con el propósito de definir nuestros conflictos y de sobrepasar nuestra incertidumbre nos lleva al umbral de la resolución. La comprensión que alcancemos nos trae sosiego. Cuando establecemos estados de pugna con los eventos en que actuamos, con nuestras reacciones añadidas de confusión y de tristeza persistente, quedamos atrapados en los diagnósticos médicos y psiquiátricos y en el consumo de fármacos que solo vencemos cuando nuestras mentes fluyen con esa realidad exterior: al asumir la conciliación logramos prescindir de la medicación -o al menos la disminuimos en una forma significativa.

 

Por la naturaleza de la vida, nuestras relaciones con otros seres y con las cosas tienen sus periodos de duración y su impermanencia inherente o correspondiente.

 

[Los fármacos utilizados para tratar las llamadas enfermedades mentales tienen acción sobre el cerebro, el comando nervioso del cuerpo, y no sobre los procesos psicológicos, no cambian las mentes que sufren -aunque nos alivian parcialmente mientras logramos atravesar las crisis que afrontamos].

 

Las mentes que elaboran los conflictos son las mismas mentes que deben elaborar las soluciones.

 

Hugo Betancur (Colombia).

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Relaciones de pareja: conflictos que separan.


Parejas en conflicto:

¿en qué nos equivocamos?  

Hugo Betancur

 

Si las relaciones afectivas entre dos personas son establecidas sobre los atractivos de belleza de una o de otra, o sobre los rasgos de personalidad, o sobre intereses, es posible que con el transcurso del tiempo se conviertan en nexos frágiles e insostenibles.

Me refiero a las ‘relaciones especiales’ que habitualmente llamamos ‘de pareja’, o de ‘enamorados’ o de cónyuges, donde uno de los participantes –o ambos- han establecido su vínculo por cualidades físicas o materiales, o por condiciones psicológicas que atribuyen al otro. Quizá la persistencia de esas características previstas mantenga el enlace conformado durante un lapso de tiempo, con el requisito de que se cumplan los planes trazados. 

Llega un momento en que esas relaciones están agotadas, han sido consumidas, ya no pueden seguir como antes.

 Como todos los eventos de la vida, son sólo relaciones pasajeras. Las diferencias que antes pasaron desapercibidas aparecen ahora como demasiado notorias y perturbadoras. Los miembros de la pareja han llegado a la tormentosa circunstancia de la crisis. Esas relaciones dispares tienen un exaltado período de inicio, un intervalo de esplendor aparente y un momento en que ya han cumplido su propósito -y cada uno de los participantes debe seguir su propio camino. 

Ese momento de transición lo hemos llamado momento de ruptura. Quizá asumimos que algo que estaba entero se rompe, o que algo que parecía unido se desune. 

Tendemos a sentirnos culpables o a culpar; aparecen los reproches, las quejas, las dolidas expresiones de impotencia y desdicha, o las justificaciones para respaldar nuestra decisión de separarnos. 

Sin embargo, esas relaciones han atravesado el período de tiempo que les corresponde. Ya no son vigentes.

Podemos enfocar nuestra atención en lamentarnos y sentirnos víctimas de las circunstancias. O podemos abrirnos a un entendimiento de las vivencias que compartimos: valorar lo que hayamos recibido, agradecer el acompañamiento en ese trayecto recorrido y quitar los amarres o levantar las anclas para poder seguir el viaje. 

Porque ocurre frecuentemente que nos atamos a otros seres humanos en algunas relaciones o los atamos a ellos a nuestras vidas. Nuestras acciones representan de alguna manera una pérdida de autonomía y de libertad: recordemos que tanto el carcelero como el preso tienen que permanecer en la prisión.

A veces, cercamos a las personas que se relacionan con nosotros, les marcamos horarios o pautas a las que deben someterse, les establecemos comportamientos ideales a los que deben acogerse. Parece que les diéramos un decreto de obligatorio cumplimiento: “Me gusta que seas así como espero que seas”. 

Lo que no es posible. ¿Cómo podemos ser lo que no somos? ¿Fingiéndolo, sacrificándonos, anulando nuestras personalidades para agradar a otros? Al cabo del tiempo nos sentimos violentos representando esa farsa y de alguna manera nos rebelamos contra quien pretende cambiar nuestras manifestaciones acomodándolas a los moldes particulares de sus preferencias. 

Bajo esas condiciones, no nos es posible manifestar un sentimiento que parezca amoroso sino todo lo contrario: reacciones conflictivas y hostiles. Muchas personas interpretan el control sobre su pareja como algo que les asegura su fidelidad y aseguramiento. ¿Podemos tener seguridad de que alguien no cambie en un mundo siempre cambiante? ¿Podemos tener la certeza de su perpetua compañía “hasta que la muerte nos separe”?

Otras personas seguirán a nuestro lado durante un largo trecho del camino solo si se sienten a gusto junto a nosotros, cuando los sentimientos de unidad son sólidos y no hacen falta las palabras ni las exigencias de compromisos férreos; cuando fluimos como iguales o pares en una relación mutua de confianza, valoración e integración. 

Quienes nos aman sinceramente están cerca de nosotros, aunque se encuentren a un continente de distancia. No hacen falta las promesas, ni los reclamos, ni los reportes regulares de nuestra ubicación o nuestras actividades. No hacen falta tampoco los celos –vigilancia estricta basada en temores de que nuestra pareja elija otra u otras personas con el propósito de establecer una relación afectiva que podría desplazarnos.

El amor, como una expresión de acercamiento y de armonía tiene varias cualidades básicas que lo definen plenamente: respeto a otro ser humano –o a otros-  y a su autonomía y libertad, valoración positiva, comprensión y entendimiento, disposición de servicio desinteresado y apoyo incondicional.

En la elección de cónyuge, muchas personas se guían por las características negativas del padre o de la madre y escogen a alguien similar a uno de los dos creyendo erróneamente que ellas si podrán cambiar y dominar a su pareja como sus padres no pudieron hacerlo. Claro, ellas son distintas y también es distinta la relación que emprenden; sin embargo, se han trazado el objetivo de demostrar que aquella forma de convivir de sus progenitores sí podía ser modificada. Obviamente, fracasan en esta transferencia o superposición del pasado hacia el momento que viven. Ninguno puede ser cambiado en su personalidad si él mismo no ha decidido hacerlo y si no ha encontrado como imperativas otras actitudes y acciones. Cada uno cambia por sí mismo cuando despierta a la consciencia de su vida y puede aprender, cuando logra desprenderse de algo que ya no quiere y se apropia de algo que considera adecuado.

 Dos aspectos nos revelan que tan acertadas son nuestras relaciones y acciones: la satisfacción o percepción de bienestar que sentimos al vivirlas y la apreciación posterior de que no nos han causado daño a nosotros ni a los demás.

En otras ocasiones, nuestra elección de pareja está condicionada por la forma como nuestros padres interactuaron. Nos sentimos marcados por nuestro pasado si alguno de ellos fue déspota, opresivo, desconsiderado; o si alguno asumió papeles dramáticos de superprotector, o de guía dominador o de controlador aferrado a las normas y a las tradiciones; o si alguno se sintió opacado por el otro y dedicó su vida a perfeccionar y representar el papel de víctima llenándose de autocompasión y amargura.   Por el contrario, podemos sentirnos confiados y optimistas si nuestros padres nos mostraban con el ejemplo una sociedad conyugal de respeto e igualdad que proyectaba   actitudes semejantes hacia su familia.

Podemos disponernos a la comprensión de las limitaciones y errores de nuestros padres, parientes y allegados para lograr liberar las cargas que nos echamos encima a partir de situaciones conflictivas y violentas.

Todos elegimos según la opción que consideramos más conveniente. Y podemos cometer errores.  O podemos acertar –lo que significa realizar la acción correcta, la que no nos cause daño a nosotros mismos ni a otros.

 Si cometemos errores, si afectamos negativamente o destructivamente a otros, nos exponemos a su resentimiento, a su malestar y rechazo, a sus intenciones o sentimientos de venganza y de odio en el peor de los casos.

Si alcanzamos alguna consciencia sobre esto, podemos reparar nuestros errores y los perjuicios causados a otros. Todo lo que reparamos puede ser útil de nuevo, o al menos puede recuperar un estado de normalidad gracias a nuestra intervención. 

Si no alcanzamos esa conciencia, aquellas personas afectadas deberán solucionar por si mismas las impresiones que dejaron en sus mentes: de maltrato sintiéndose impotentes; de percibir engaño habiendo confiado; de menosprecio y discriminación habiendo esperado reconocimiento y valoración.

Para dejar de juzgar y condenar a otros podemos entender que cada uno es lo que es y no lo que debería ser. Así como ellos, en cada situación que enfrentamos tenemos unas condiciones particulares de nuestra personalidad y unas condiciones externas. En cada vivencia, en cada momento actuamos siguiendo un impulso propio, a veces buscando satisfacer alguna expectativa o a veces siguiendo nuestros sistemas de creencias. Ocurre igual con todos los seres humanos. 

Un aforismo antiguo enseña: "Debes haber recorrido los senderos de aquellos a quienes pretendes juzgar para que puedas comprender las acciones de sus vidas".

Crecemos considerando a nuestros padres bondadosos o considerándolos crueles; sintiéndonos estimulados y apoyados por ellos o sintiéndonos atropellados. Según los recuerdos y la apreciación que conservemos tendremos un lazo de amor con ellos o un lazo de adversidad –también viéndolos como adversarios más que como aliados o amigos. 

Como resultado, las impresiones que hayamos grabado en nuestras mentes determinarán si esa presencia de nuestros padres –aunque ya se hayan ido- y sus actos, son una bendición para nosotros o si son una carga.

Nos es imposible modificar los actos del pasado. Ya transcurrieron. Y el propósito de aprendizaje que traían asociado ya se cumplió. Lo asumimos y resolvemos las contradicciones o nos resistimos a ello; lo aceptamos o nos evadimos. 

Si alcanzamos el privilegio y la lucidez de comprender seguimos nuestro trayecto livianos, esperanzados, confiados. Si nos sentimos víctimas, nos cargamos de dolor y frustración, nos confundimos con nuestros propios juicios, ponemos raíces de infelicidad en nuestros corazones.

En todo momento tenemos la posibilidad de cambiar, de aceptar que otros tienen grandes limitaciones como las tenemos nosotros, de absolverlos de las culpas que les cargamos y desmarcar sus errores como esperamos que los demás lo hagan con nosotros. 

Podemos obrar así ahora, o dentro de unos días, o dentro de unos años. Mientras mayor sea la demora en hacerlo mayor será el tributo de sufrimiento que tengamos que ofrendar. Tenemos la solución. Según nuestro propósito y voluntad podremos aplicarla, si no, la tarea no realizada queda pendiente.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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jueves, 27 de agosto de 2026

Frases punzantes: nuestro lenguaje ofensivo y discordante.

                                                                                


FRASES DESTRUCTIVAS

 

Hugo Betancur

 

 

Respecto a nuestras expresiones verbales, podemos considerar como consejo prudente y protector la frase clásica "¡Mejor no lo digas!, que nos previene sobre los riesgos de hablar impulsivamente y sin sopesar las consecuencias de nuestras palabras.

 

Los mensajes que usamos a diario establecen unos propósitos, unas expectativas y unos moldes para nuestras vidas; pueden ser provechosos para contribuir a nuestro bienestar y al de otras personas o pueden atraernos dificultades.

 

Las palabras y las frases que utilizamos proceden de nuestros pensamientos. Nuestros pensamientos provienen de las creencias que fuimos conformando o asimilando mientras crecíamos.

 

Pongo como ejemplo algunas frases que escuchamos con frecuencia:

 

“A mí todo me sale mal”.

“Nunca logro lo que quiero”.

“La vida es muy dura”

  ó “La vida es muy difícil”.

“No debemos confiar en nadie”.

“La vejez trae enfermedad 

  y  decadencia”.

“Estoy muy viejo

(o estoy muy vieja)                   

para  aprender otras cosas”.

“Usted me conoció así”.

“Loro viejo no aprende a hablar”. 

(Tiene algo de verdad esta última afirmación aplicada a los loros y a su capacidad de elaborar o imitar solo hasta 20 palabras, mas no es adecuada para los humanos que tenemos una mentalidad susceptible a los cambios, si los emprendemos.)

 

¿Qué pueden atraer las personas que repiten continuamente esas frases?

 

Seguramente en nuestro medio escuchamos muchas frases más de contenido pesimista o adverso. A veces identificamos a quienes las dicen y los asociamos con sus mensajes conflictivos. Con tales frases parecen querer justificar sus comportamientos o excusarse de participar en acciones de cambio.

 

En la mayoría de las ocasiones esas frases negativas son innecesarias e inútiles porque predisponen al malestar o a la pasividad subyugada.

 

Expongo un ejemplo para analizar el efecto de las palabras y las frases. Si alguien dice con frecuencia “¡Todo me sale mal!”, con certeza podemos deducir que efectivamente cada actividad o relación que emprenda esa persona estará contaminada con esa pauta de pensamiento predominante y opresora. Mentalmente, ella está predispuesta a fracasar en lo que proyecta o en lo que hace.

 

En todo momento podemos cambiar estas tendencias y elecciones negativas. Es una decisión inteligente y práctica que nos permite liberarnos de todas esas frases sombrías y nefastas y de sus efectos.

 

Como hacer esos cambios

 

Debemos identificar esas frases derrotistas que decimos o que dicen otros: son mensajes limitantes y perturbadores que predisponen a la frustración y causan desasosiego; no hacen gratas ni reconfortantes nuestras vidas. Podemos desecharlas y liberarnos de las imágenes que suscitan en nosotros y en los demás.

 

Y podemos acoger como convenientes las ideas y los mensajes optimistas, constructivos, agradables, conciliadores.

 

Sólo podemos expresar pensamientos positivos si tenemos en nuestras mentes esa disposición entusiasta y de confianza. Si nos damos cuenta que no está y queremos instaurarla, encontremos los motivos que debemos remover; si tenemos la intención de resolverlos nos corresponde actuar –en un proceso de aprender y desaprender, de modificar y deconstruir-.

 

Es muy contradictorio que nos propongamos hacer o decir algo que interpretamos o percibimos como inaceptable o inadecuado según nuestros subjetivos sistemas de creencias.

 

Podemos contemplar la vida con dos enfoques: uno tristón y claudicante, que nos lleve a sentirnos víctimas propiciatorias; otro alentador y esperanzado, que nos lleve a la satisfacción y a la integración en nuestras relaciones.

 

Aquello que valoremos y practiquemos será nuestro presente, flexible y optimista, o escabroso y tirante, según sea nuestra elección.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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