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sábado, 24 de octubre de 2026

El placer y el sufrimiento, nuestras percepciones contrastantes.



EL PLACER QUE NO PERDURA

Hugo Betancur 


El placer alcanzado siempre es insuficiente. Cada uno de nosotros valoramos nuestras experiencias según la manera como las hemos percibido, según el significado que le dimos o según las expectativas que tuvimos. La conformidad o inconformidad que expresemos dependerá de un resultado previsto.

El placer es una sensación y una percepción que nuestras mentes interpretan según nuestra subjetividad. Cada uno de nosotros aplicamos enfoques y archivos de memoria diferentes para evaluar nuestras vivencias. Como observadores vemos lo que podemos ver y lo juzgamos desde nuestras posiciones. No podemos ver más allá de lo que alcanza nuestra visión y nuestra comprensión.

El placer y el sufrimiento son afines. Cuando pretendemos conservar o mantener el placer encontramos la limitación para experimentarlo como lo concebimos inicialmente, con el esplendor con que lo imaginamos, con la emotividad exultante con que nos dispusimos a vivirlo. Es entonces cuando el sufrimiento empieza a manifestarse en nuestras mentes, porque los objetos de placer o los personajes a quienes dimos la función de proveérnoslo aparecen brevemente en el panorama que podemos tener ante nosotros para luego disiparse, como nuestras palabras de cada instante a pesar de nuestra elocuencia, etéreos, insustanciales, escurridizos.

Las vivencias de placer atrapan nuestras mentes mientras experimentamos las sensaciones pertinentes, para quedar solo como un recuerdo después, cada  vez que el movimiento de la vida nos impulsó hacia otras acciones y relaciones. Esas vivencias ocurren súbitamente y se hacen ineludibles para cada uno porque nos sentimos forzados a participar en su realización: estamos inmersos en el juego de la vida y nos toca replicar a nuestros semejantes para que las escenas tengan sentido y los actores hagamos nuestras representaciones según nuestros atributos y nuestra versatilidad.

A veces desempeñamos nuestros papeles con una teatralidad excesiva, tal vez memorable por el énfasis que ponemos; en otras ocasiones somos actores precarios con un discurso plano e insuficiente. Podemos quedar atrapados en la trampa del placer porque lo alcanzamos en alguna medida o porque sólo sigue siendo un objetivo de nuestras mentes. Se nos convierte en una obsesión, evidente o disimulada, que nos llena de avidez o de frustración.

Todo lo que puede proveernos de placer está sujeto a los cambios contundentes de la vida. Todas las filosofías humanistas han destacado la impermanencia como una ley de la existencia: la transformación del observador y de lo observado en todo momento. Y el placer es demasiado volátil, inconsistente, inestable. El placer que derivamos de nuestras relaciones con la vida es algo así como el néctar que toman los colibríes picoteando velozmente cada flor, sin saborearlo y llevándoselo consigo –tal vez puedan repetir una acción parecida miles de veces y quizá sea el néctar lo que los atraiga; sin embargo, el ritual es efímero y corresponde a la energía del momento y a los recursos disponibles que cambian continuamente.

“Sólo nos pertenece o permanece con nosotros aquello que no puede sernos arrebatado”. La experimentación exhaustiva de las situaciones placenteras nos lleva al agotamiento o a la monotonía, al hastío o al desdén, lo que significa sufrimiento para nosotros. También lo que consideramos la pérdida del objeto de placer o de la posibilidad de repetir los eventos placenteros nos produce sufrimiento: nos sentimos despojados de una pertenencia que asumíamos como permanente y nos mostramos desdichados volviendo a la condición de niños necesitados y dependientes.

En ocasiones, empeñados en obtener las experiencias de placer quizá nos comportamos como los animales que persiguen a su presa sin percatarse del cazador que los acecha desde su escondite con su arma preparada (porque a veces las circunstancias de placer parecen algo así como una trampa montada por quien corre tras el placer o por quien lo ofrece esperando una retribución –y a veces me parece que la misma naturaleza de la vida ha posibilitado la trampa del placer para lograr la perpetuación de la especie humana valiéndose de los acercamientos y contactos sexuales que culminan en la procreación.

Cuando entramos en conflicto, el placer –o, más explícitamente, la ilusión del placer- es lo que consideramos haber perdido, lo que se fue. El sufrimiento es lo que queda a cambio, lo que permanece como rezago o consecuencia del placer que ya no está más.

En nuestras mentes, entramos en choque y olvidamos agradecer las circunstancias y relaciones que nos han sido placenteras y amables. Como contraste, nos embelesamos en nuestros lamentos y nuestras crónicas tristonas y con eso le quitamos la calidez y el valor a las vivencias positivas que nos animaron y nos motivaron.

El juego de la vida nos invita a participar resueltamente apropiándonos de las situaciones y sintiéndonos parte de cada secuencia de la trama en ejecución. Cada uno de nosotros puede decidir qué impresión deja de su paso por esos ambientes donde recreamos los personajes que nos son permitidos y las historias que nos permitirán progresar en los aprendizajes de nuestro ser.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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viernes, 23 de octubre de 2026

Mente y mentalidad

 

MENTE Y MENTALIDAD

Hugo Betancur

 

Nuestras crisis y las crisis del mundo exterior nos confrontan con nuestro depósito de creencias, nuestro ideario particular. Nos llevan a descubrir o identificar cuáles son nuestras fortalezas, nuestros soportes, nuestras endebles certezas, nuestra adaptabilidad, nuestra disposición a los cambios y los aprendizajes -o nuestra negación a emprenderlos.

¿Qué podemos hacer cuando se presentan las situaciones nuevas, los retos imprevistos, la ruptura de relaciones, el abandono abrupto de nuestros ambientes habituales, la soledad que súbitamente nos confina, la lejanía de nuestros más queridos compañeros de convivencia o de viaje...?

Ahora nos instruyen nuestros Maestros: “Debes hacer frecuentes pausas para meditar en quietud, en soledad, sin ruido exterior, sin prisa, sin temor. Vuélvete hacia adentro, con los ojos cerrados y la respiración sosegada y rítmica, hacia lo profundo de la mente que percibe y retrata; desecha las imágenes que tu ego te ha impuesto como reales y valederas. Observa en ese silencio parecido a la somnolencia, las formas de pensamiento que surgen y se desvanecen, carentes de contornos y de masa, desprovistas de trascendencia. En ese presente de reflexión cada uno puede desconstruir su sistema de creencias anticuado y rearmar otro más coherente y  armonioso”.

Las preguntas de cada uno no son las de los otros -aunque tengan algún parecido. Y las respuestas correctas de cada uno son las que le llevan a la paz, a la comprensión, al entendimiento de la inevitabilidad de las experiencias y relaciones que muchas veces tienen su propósito por descubrir en las situaciones que  suceden -no en el pasado ni en el futuro que son tiempos brumosos donde sólo hay imágenes y no respuestas.

Cada uno de nosotros dispone de una mente y una mentalidad.

Nuestras mentes son instrumentos de percepción que reciben toda la información de nuestras vidas.

De todo lo que experimentamos o vivenciamos o percibimos nuestras mentes conforman una mentalidad. Todos los sucesos en la historia de nuestra existencia incentivan unas acciones de respuesta y unas deducciones, siempre subjetivas.

Muchas veces escuchamos expresiones como “mente bondadosa”, “mente brillante”, “mente creativa”, “mente perversa”, “mente conflictiva”, “mente violenta”. Posiblemente con esos calificativos rotulamos la mentalidad de otros luego de analizar sus comportamientos y actitudes. Si los adjetivos que aplicamos son desfavorables estigmatizamos a quienes son objeto de nuestros juicios.

Consideramos que una mentalidad recta o justa es propia de seres humanos equilibrados, virtuosos, sociables, de vidas sanas. Por contraste, consideramos que una mentalidad torcida o dañina es propia de individuos repulsivos, discriminadores, de vidas problemáticas.

Podemos proclamarnos exitosos e inteligentes si apreciamos prosperidad y bienestar en nuestras vidas; o proclamarnos fracasados si hay pobreza y malestar en nuestras vidas -en muchas ocasiones hay riqueza y malestar, otra condición funesta.  

El remedio más provechoso cuando nuestras vidas son tormentosas e ingratas puede ser un cambio de mentalidad. Sin embargo, ese cambio de mentalidad es realizable solo si alcanzamos   una consciencia sobre las desventuras de nuestra existencia que nos incite a idear unos propósitos y unas acciones de cambio. Esa consciencia, esos propósitos y esos cambios podemos o debemos realizarlos en el presente continuo -en el “momentum”* y en el “continuum”** de nuestras existencias (estas palabras latinas las considero óptimas, no dispongo de otras que tengan un significado tan conciso como éstas)-.

Nuestra mentalidad surge de una integración y procesamiento de la información que percibimos del mundo y de la vida. De esa mentalidad brota la aplicación o uso que hacemos luego al asumirla como un cohesionado archivo de creencias en nuestras relaciones.

El mundo que percibimos en nuestras mentes es el mundo que nos asusta, nos conmociona o nos maravilla. Todo está supeditado a la mentalidad que hayamos establecido.

Podemos cambiar la mentalidad cambiando la percepción. Si queremos un mundo acogedor podemos crearlo en nuestras mentes observándolo con una visión amable e interpretándolo como el mundo donde todo sucede, un espectáculo contrastante de luces y penumbra, de calidez y frío, de paz y adversidad, de alegría y tristeza, de soledad y acompañamiento.

Como espectadores somos afectados cuando escogemos alguna de las manifestaciones de la dualidad. No nos es posible percibir un mundo neutro; sin embargo, posiblemente la más sabia comprensión es la de definirlo como un escenario donde sucede una trama previamente dispuesta para los personajes, donde cada uno se ciñe a su rol y a su representación correspondiente. 

Cada espectador atento y sosegado puede ver el mundo tal como aparece ante sus ojos y puede distinguir los personajes como se representan a sí mismos; él no puede cambiar los papeles y elecciones que ellos protagonizan, solo puede cambiar o ajustar su enfoque y decidir cómo interpreta sus acciones. Nuestra visión y percepción depende de la mentalidad que apliquemos ante está abigarrada e impredecible película de la vida.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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*Momento, de la palabra latina 'momentum', viene de 'movimentum', es algo así como la manifestación en el  tiempo de algo que sucede y puede ser observado.

**Continuo, de la palabra latina 'continuus', que sucede sin interrupción en una línea imaginaria de tiempo.

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domingo, 18 de octubre de 2026

Chantaje emocional



CHANTAJE EMOCIONAL

Hugo Betancur

 

El chantaje emocional es una forma de manipulación psicológica en la que una persona utiliza las emociones, sentimientos y creencias de otras para someterlas a sus deseos -incita su emoción de miedo y sus percepciones morales de obligación y de culpa para forzarla a satisfacer sus exigencias (en psicología esto corresponde a la triada "FOG": miedo, obligación y culpa descrita por la psicoterapeuta estadounidense Susan Forward*).

Podemos hacer una metáfora de la vida imaginándola como una magnificente película donde cada uno de nosotros como autor desde el Plano creativo del Alma ha conformado su guion y su personaje y lo va integrando a los otros personajes y sus guiones.

De esa multitud de mentes en escena surge la trama de la película humana expandida a través de la línea del tiempo, que no tiene director dominante con sus libretos de obligatorio cumplimiento sino personajes distintos con sus propios libretos que entrecruzan en las múltiples relaciones del conjunto y que cada uno representa según su idiosincrasia, sus creencias y su psique individual.

A medida que actuamos nuestros papeles, la vida va avanzando incontenible y nuestros destinos se van deshaciendo.

Cada alma tiene su libre albedrio para crear y experimentar las historias particulares que suceden en las existencias progresivas. Nos es posible reformar la trama y nuestras acciones cuando decidimos cambios de nuestra mentalidad y nuestros enfoques: para desarticular ese yo conflictivo, frustrado y discordante debemos deshacernos de las tendencias caprichosas y demandantes de nuestro ego y adoptar actitudes de simpatía y empatía con los demás -trascendemos el ego infantil parasitario y aprovechado y logramos expandir nuestra comprensión y nuestra visión hacia la instauración de un ego adulto y beneficioso.

No nos es posible estancar los momentos y las relaciones que nos parecen felices -congelar una escena es quitarle movimiento y acción y convertirla en un cuadro fragmentario de aquello que sucedió y ya no es, y nos muestra como espectadores obsesivos y pasmados.

No podemos atar a otros a nuestros ideales de éxito, ni declararnos fracasados si falta su acompañamiento motivador y permanente. Cuando hacemos esas exigencias, distorsionamos para nuestra conveniencia las funciones que los otros deben acatar y así pretendemos mantener nuestro anclaje a la vida gracias a su presencia que coartamos y a su sumisión condicionada que parece complementarnos o suplir nuestra desvalidez o desvalimiento:  los azuzamos y los hostigamos para que nos obedezcan y se ajusten a nuestras expectativas y demandas; nos apropiamos de otros y los cercamos obligándolos a permanecer en nuestros espacios y nuestras vidas porque "los necesitamos”.

Debemos más bien asociarnos a los otros en la consumación y progreso de su historia, en la apropiación de su libertad y en la ejecución de las acciones de su libre albedrio -son lícitas las que le provean bienestar y tranquilidad y no las que propicien desastres emocionales y malestar, que consecuentemente perturban y desquician la paz y armonía de sus allegados. 

Nuestras existencias suceden sanamente cuando establecemos relaciones solidarias donde manifestamos espontáneamente nuestros atributos contrastantes de bondad y alegría alternados con expresiones de vulnerabilidad y tristeza.

Vencemos nuestros episodios de depresión, de incertidumbre y de minusvalía cuando nos apropiamos de nuestros destinos y emprendemos la ejecución de las tareas, retos y aprendizajes: pasamos de un estado de pasividad y de retraimiento a un estado de actividad y resolución. 

Providencialmente, todos los personajes agotamos la trama de nuestras existencias. 

Solo el servicio y los cuidados que damos a otros nos reconcilian con la vida y sus criaturas vivientes y cambiantes. Y solo el amor que podamos manifestar nos permite mirar hacia el pasado y el presente con una comprensión amable y compasiva.

Podemos recordar que el presente es nuestro espacio dinámico para observar y vivir nuestro destino, liberándonos conscientemente del pasado plagado de sufrimientos y de pérdidas y del futuro como un panorama incierto y medroso.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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*En la psicología de las relaciones y la comunicación interpersonal, FOG es un acrónimo en inglés que se traduce como Miedo, Obligación y Culpa (Fear, Obligation, and Guilt). Esta tríada describe las herramientas básicas que utiliza una persona manipuladora para ejercer chantaje emocional:

• Miedo (Fear): Amenazas sutiles o directas sobre las consecuencias de no ceder (ej. romper la relación, represalias).

• Obligación (Obligation): Apelar al sentido del deber, la lealtad o "deudas" morales pasadas.

• Culpa (Guilt): Hacer sentir a la víctima responsable de la infelicidad, el enojo o los problemas del manipulador.

Este término fue popularizado por la psicoterapeuta Susan Forward y describe una dinámica relacional dañina. No considera los deseos ni el bienestar de la otra persona, anulando su libre voluntad mediante el control.

En la psicología, el concepto FOG es un acrónimo acuñado por la reconocida terapeuta y escritora estadounidense Susan Forward en su libro "Chantaje Emocional" (1997). [1, 2, 3]

La palabra fog significa "niebla" en inglés, lo cual funciona como una metáfora perfecta: la manipulación psicológica nubla la mente de la víctima, impidiéndole ver con claridad lo que está ocurriendo, pensar con lógica o defender sus propios límites.

 

EXPLICACION MÁS EXTENDIDA DEL ACRÓNIMO FOG:

 

El acrónimo representa las tres herramientas principales que utiliza un chantajista emocional para controlar a otra persona:

 

1. F - FEAR (MIEDO)

 

El manipulador utiliza amenazas explícitas o sutiles para generar temor. La víctima cede a las demandas por miedo a las consecuencias: miedo a que la pareja la abandone, miedo a provocar una explosión de ira, miedo a perder el empleo, o miedo a que se revele un secreto o un comportamiento disociador de algún allegado. El comportamiento de la víctima se vuelve sumiso para "evitar el desastre".

 

2. O - OBLIGATION (OBLIGACIÓN / DEBER)

 

Se apela fuertemente al sentido del deber, la lealtad o los roles familiares y culturales. El chantajista hace sentir a la víctima que "debe" actuar de cierta manera debido a todo lo que él ha hecho por ella ("Con todo lo que me he sacrificado por ti, lo mínimo que podrías hacer es..."). Se distorsiona el concepto de reciprocidad para crear una deuda impagable.

 

3. G - GUILT (CULPA)

 

La culpa es quizás el arma más poderosa de la niebla emocional. El chantajista se posiciona como la víctima y hace responsable a la otra persona de su propia infelicidad, frustración o malestar. Frases como "Si realmente me quisieras, no harías eso" o "Por tu culpa me siento así" logran que la persona ceda solo para aliviar el doloroso sentimiento de culpa.

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viernes, 16 de octubre de 2026

Amor: libertad e integración recíprocas.

                       Adaptacion como dialogantes de Astrónomo y Cronista del Reloj Astronómico de Praga.


EL AMOR NO RECONOCE YUGOS

 

Hugo Betancur



El amor nos retribuye satisfacciones y alegrías duraderas; el egoísmo nos trae amarguras y pesares también duraderos.

 

El amor nos impulsa en su movimiento por el sendero de la unidad; el egoísmo nos estanca en algún punto del camino donde nos separamos de los otros viajeros porque damos más prioridad a nuestra avaricia que al privilegio de compartir.

 

El amor nos permite acoger los valores de la amistad; el egoísmo nos llena de adversarios resentidos o de cómplices exigentes que nos acompañan mientras reciben las dádivas que sus intereses han establecido.

 

El amor hace de nuestro hogar un oasis de paz y de cálida generosidad; el egoísmo nos ofrece solo una vivienda donde guarecernos: allí la competencia y las pugnas agotan las relaciones familiares y las parejas languidecen desesperanzadas.

 

El amor nos permite perdonar y olvidar lo que consideramos como ofensas recibidas; el egoísmo nos lleva a hacer inventarios de errores, culpas y deficiencias que achacamos a otros y nos demanda venganza y castigo contra ellos.

 

El amor nos integra en la comunicación sincera y espontánea; el egoísmo nos condiciona a la comunicación ambiciosa y restringida, haciéndonos esclavos de las utilidades, de las jerarquías y de la influencia de las cosas –el valor de cada uno es tasado según su capacidad adquisitiva o según lo que pueda ofrecer.

 

El amor nos une y nos permite relacionarnos como iguales en nuestros aprendizajes compartidos, nos lleva a sentirnos integrados progresivamente mientras la vida transcurre; el egoísmo nos aísla y nos mantiene confundidos acerca de las funciones y relaciones que podemos realizar para disponer nuestra paz y nuestra consciencia de cambio.

 

El amor es nuestro tesoro de alegría y armonía; el egoísmo nos somete a sus ínfimas contiendas subjetivas o dirigidas contra otros, el temor es su trofeo y su más caro recurso de subyugamiento.

 

El amor nos libera; el egoísmo nos vuelve esclavos auto justificados y truculentos.

 

Uno –el amor- es un don, con la libertad como su joya más emblemática; el otro –el temor- es un estigma, con la soledad como su más escabroso botín.

 

Cuando nuestra visión examina el oscuro sistema de creencias que rige las supuestas leyes del ego, puede mostrarnos las incongruencias y trampas que ha urdido ese tan endeble amo para aprisionar a sus súbditos.

 

Solo afirmando nuestra consciencia podemos desarmar los más intrincados montajes de melodrama preparados por el ego para sus esclavizados sirvientes -que parecen divertirse con el sufrimiento y sentirse conformes con el abatimiento creciente que los acosa después de cada función.

 

Para el ego, la psicología funciona al revés y sus recompensas también: la tristeza debe ser tomada como imagen de una mente sensible y las relaciones rotas como sinónimo de triunfo y exaltación que deberán ser mostradas con arrogancia.

 

Sin embargo, la vida con su sol incontenible y sus paisajes magnificentes nos muestra la perspectiva equilibrada y protectora de la paz: bajo sus cálidos colores y sentimientos, lo sombrío desaparece o es relegado como un contraste fatigoso para los sentidos, mientras representamos con nuestras voces y nuestros actos fusionados la coreografía de seres congregados que contribuimos a evolucionar la creación. 

 

Hugo Betancur (Colombia)

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