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lunes, 13 de abril de 2026

Jeff Foster: "Divino suicidio".

 


Jeff Foster


“DIVINO SUICIDIO:

una caída depresiva como llamada a un despertar”.

 

[Por favor compartan este ensayo con cualquiera que crean pueda beneficiarse con esta perspectiva distinta respecto a la depresión, el suicidio y el despertar].

 

“Llévame hacia Cypress Hill en mi auto. Escucharemos hablar a los muertos. Es allá donde hablan. Murmuran como pájaros en Cypress Hill, pero todo lo que dicen es una palabra, y esa palabra es "vivir" dicen "¡vivir, vivir, vivir, vivir, vivir!" eso es todo lo que han aprendido, es el único consejo que pueden dar. Sólo vivir. ¡Sencillo! Una instrucción muy sencilla..."

                          De 'Orpheus Descending', Tennessee Williams

 

* * * * * * *

Recientemente estuve hablando con una mujer que planeaba su propio suicidio. Había pasado las últimas semanas resolviendo sus finanzas, pagando sus deudas y tratando de encontrar padres adoptivos para su pequeña hija, quien se quedaría huérfana tras el suicidio de su madre. Muchas personas trataban de intervenir, pero ella ya estaba resuelta. Definitivamente iba a morir. Había estado dando amenazas tiempo atrás, pero esta vez era real.

 

Sus amigos y familiares entraron en pánico. Yo acordé hablar con ella.

 

"Eso es todo. Yo ya terminé aquí. Mi tiempo en la tierra terminó." me dijo desde un principio, al comienzo de nuestra primera sesión. Todo se había tornado en un pesar para ella -su trabajo, sus supuestos amigos, sus relaciones fallidas, su brillante pero sobre-activa mente, hasta su propia hija-.

 

Era simple y sencillamente demasiado. Se encontraba con tanto dolor, totalmente agotada, cansada y exhausta de tratar de ayudar a la gente todo el tiempo sin recibir nada a cambio. Siempre era ella quien daba todo a todos, ¿pero quién le daba a ella? ¿Dónde estaba la gratitud, el amor? Hasta su hija era "tomar, tomar, tomar", sus demandas eran incesantes. La única salida de este infierno era la muerte. El suicidio era la única solución lógica al problema de vivir. Su seguro de vida dejaría lo suficiente a su familia.

 

Le permití hablar y hablar. Tenía mucho que decir, y yo sólo dije muy poco. Simplemente me puse de su lado, vi y sentí todo lo que hizo, le permití experimentar lo que ella esperaba, y permití que su experiencia se convirtiera en la mía también. Fue fácil ya que yo ya conocía ese ambiente de cansancio total, ese "he tratado tan duro de salvar a los demás y nunca he recibido nada" esa desesperación por morir (o al menos por terminar el pesar de la vida). Y también, comprendía la sensación de culpa y horrible tristeza que emergía al imaginar a mis seres queridos tratando de seguir sin mí.

 

Me mantuve cerca, sin jugar el papel del "maestro espiritual" o "experto en prevención de suicidios" o siquiera de "terapeuta”. Ciertamente no le hablé sobre el no dualismo o la ausencia del "yo", o sobre la perfección de la presencia o la ausencia del ego. No nos involucramos en discusiones intelectuales sobre lo Absoluto, y lo Relativo, sobre la ilusión del libre albedrío o las entradas y salidas de la Unidad. No traté de arreglarla o consolarla, o siquiera de "salvarla". Simplemente la escuché. Quería aprender de ella y no enseñarle nada, ni alimentarla con nuevas creencias. ¿Dónde era exactamente que se encontraba en este instante?

 

Me uní al club de "Nuestras Vidas Son Agotadoras Y Queremos Liberarnos Ahora", éramos los agotados, los no amados, los que nadie aprecia, los feos, los gordos, los que estaban al borde del colapso, los que queríamos morir. Los que nadie entendía. Me pregunto si alguien ha estado realmente ahí.

 

Me pregunto si las personas con las que había hablado sobre su deseo de morir a lo largo de los años -su terapeuta, sus amigos, su familia- habían estado tratando de salvarla, de cambiarla, tratando de convencerla a vivir y seguir viviendo del mismo modo, en lugar de acompañarla y conocerla en su dolor y desesperación, tratando de darle valor a su experiencia del momento presente. ¿Había alguien que en algún momento la hubiese realmente conocido? ¿O todos habían sido alejados por la pena y enojo que ella sentía, o quizás sus propias incomodidades y deseos frustrados de ayudar?

 

Hablamos por tres horas. Cuanto más hablábamos, más me ponía en sus zapatos, escuchando y viendo las cosas desde su perspectiva, acompañándola sin tratar de repararla o juzgarla en lo correcto o incorrecto. Cuanto más hacia esto, más se relajaba, abriéndole las puertas a sus verdaderos deseos y sueños ocultos. Lo que se hizo claro fue esto: secretamente, lo último que quería era morir. En el fondo, ella sabia quién era realmente -la consciencia misma- no puede morir. Ella sabia que sólo lo falso podía morir. Que sólo su imagen podía morir. Que sólo los sueños podían morir.


Lo que realmente deseaba no era una muerte física, no la muerte del cuerpo, no el cesar de su respiración o de su latir; quería la muerte de su falsa identidad, la muerte de la pretensión, de la falta de autenticidad... Del "yo" limitado que pretendía ser. La reina de bienes raíces, la mujer caritativa, la que "encajaba" con los demás, la de mente brillante, era meramente falsa. Su vida y la manera en la que se desarrollaba la estaba sofocando, y hasta este momento, la única salida que veía estaba en las pólizas de seguros de vida, las casas hogar, la ayuda psicológica y últimamente en la muerte.

 

Pronto se hizo evidente que esta mujer, aunque "muriendo" por fuera, por dentro tenía una rica y creativa esencia que simplemente no había tenido la oportunidad de expresarse. Por dentro estaba llena de vida, tan abierta, tan sensible a todo lo que le rodeaba, tan "amplia" como ella lo describió, "conectada con todo y todos".

 

Era una fuerza de la naturaleza, un libre y salvaje espíritu que se había limitado totalmente a través de los años. Se había aprisionado para encajar en una idea de segunda mano sobre lo que se consideraba normal, correcto, apropiado o verdadero. Había vivido "la vida incorrecta" por así decirlo. Una muerta y agotada vida de dinero, números y predicciones que estaba destruyendo a la exploradora, aventurera, poeta, visionaria que llevaba dentro... Esta buscadora espiritual... Esta peregrina de gran corazón que realmente era.

 

La parte limitada de ella quería morir, pero el "Gran Yo", como dijo ella, deseaba ser liberado.

 

Y a pesar de que este no es mi lenguaje (rara vez hablo de un "Gran Yo" o de estar Alineado con El Universo) sabia que quería realmente conocerla. Tenía que entrar en su mundo, en su lenguaje... Y quedarme ahí. Sin parpadear por un instante.


Cuanto más entendida, escuchada y no juzgada se sentía, más se relajaba y más hablaba abiertamente sobre sus deseos secretos de viajar, de explorar, de transitar en lo desconocido sin un mapa.

 

Hablaba con una pasión creciente sobre momentos en los que se había sentido libre, viva y despreocupada. Había una aspiración de regresar a la simplicidad. Había un fuego en ella que ardía del amor que había sido sofocado por los intentos de "encajar".

 

Su depresión suicida había sido un aviso a la vida. El dolor causado al oír la sofocación le había parecido un desesperado deseo por morir. Pero realmente no lo era, ¿o si? ¡Era el deseo de vivir! ¡Un deseo de más vida!

 

Deseaba vivir, verdaderamente vivir. Ya no quería sofocarse bajo el peso de una falsa imagen. Sólo alguien desesperado por vivir podría experimentar la desesperación por morir. Cada célula de su cuerpo deseaba terminar la pretensión, la falsedad y los sueños vividos a medias. Querían abrirse a la vida, a su escorzo y belleza. No quería morir, quería vivir de una manera real.

 

¿Cómo se vería en una vida real y sin miedos? Tenía una mente brillante y un corazón abierto que habían sido cubiertos y desperdiciado por los negocios de bienes raíces.

 

Comenzamos a explorar toda posibilidad realista para que vendiera su casa y se embarcara hacia lo desconocido con su amada hija ("mi ángel mandado del cielo"). Siempre había querido viajar a Nueva Zelanda, trabajar, construir una vida ahí. Vivir una existencia más simple y verdadera... Quería que su hija estuviera rodeada de gente, paisajes y posibilidades que enriqueciera su alma. ¿Podría hacerse realidad su sueño? ¿Sería eso posible?


Estaba claro que amaba a su hija. Estaba claro que quería que su hija viviera, creciera y aprendiera la verdad. Si fuese a poner a su hija en una casa hogar, y después cometer suicido -que había sido su plan por varios años hasta ahora- le hubiese estado enseñando meramente limitaciones a la persona que más amaba. Hubiese estado enseñando algo falso, algo irreal. Le hubiese estado enseñando a cerrar oportunidades en lugar de abrirlas. Hubiese estado enseñando muerte, en lugar de vida. No hubiese estado enseñándole la verdad.

 

El suicidio sería una enseñanza falsa, una manera irreal de vivir y de no vivir. Ella sabía esto en el fondo de su ser.

 

Si no se suicidaba, si dejaba que su cuerpo viviese, -y por otro lado mataba al yo irreal, dejando de pretender ser alguien que no era, dejando su trabajo y su vida actual que destruía su espíritu- y entonces se embarcaba en lo desconocido, abriéndole la puerta al misterio del universo, podría finalmente convertirse en la madre ( y hermana e hija y amiga y amante) que tanto había deseado ser, esa que enseñaba a vivir si miedos, a ser real, a no rendirse... hasta cuando uno está cansado .

 

Ya no estaba dispuesta a ser "la cansada, la que desea la libertad de toda responsabilidad". Ahora sería totalmente, completamente, increíblemente responsable -en todo el sentido de la palabra- capaz de responder a la vida, a su hija, a sí misma. Capaz de responder la llamada que rechazó por tanto tiempo.

 

Era el no hacerle caso a la vida lo que la estuvo lastimando todos esos años. El deseo de la muerte y la certeza del suicidio en realidad eran una llamada de la vida, gritando una y otra vez "¡vive, vive, vive!"

 

¿Escucharía esta llamada, ahora que casi todo estaba perdido?


De repente, todo se aclaró. Ya no había opción. Sabía que hacer. Sabía lo que la vida estaba tratando de decirle. Siempre lo había sabido. Si, se iba a matar, pero no en el sentido que su mente se había imaginado. Iba a matar a su yo viejo, a su yo limitado, a su yo falso. ¡Eso era el suicidio verdadero! ¡Eso era la vida llamándole!

Iba a terminar con una vida que se había convertido en vana, sin sentido, vacía... Y lo más importante, se había convertido en una vida incorrecta, para ella y para sus seres queridos. Una vida que la había convertido en algo que ella ya no soportaba. Ahora, se dirigía a lo desconocido con su amada hija, y con sus corazones abiertos a posibilidades. Esto ya no era una decisión mental. Esta no era una conclusión basada en el miedo. Esto era el alivio total. Esto era hundirse en la profunda realidad de sí misma... Esto era honrar la vida. Esto era un descanso profundo.

 

Su "mente brillante” sólo había podido llegar a la conclusión del suicidio. Había creído que había una opción entre la vida y la muerte, y había escogido la muerte. ¿Pero qué era lo que la mente sabía? La verdad de su ser sólo estaba diciendo: VIVE. La mente nunca hubiese podido comprender esto.


No había más opción que vivir.


 

A la mañana siguiente, me di cuenta que su aventura ya había comenzado. Ya había estado empacando, haciendo arreglos, vendiendo cosas que ya no quería, preparándose para su nueva vida. Una vida de libertad, posibilidad y novedad. Ya no se preparaba para la morir si no, para vivir más. De algún modo, era suicidio todavía, -pero un tipo de suicidio divino- el suicidio de lo falso.

 

De cualquier manera, todavía le quedaban muchas cosas por hacer, tantas cosas que planear, tantas cosas que resolver -muy parecido a lo de antes- pero ahora ya no estaba cansada, ya no estaba deprimida por todo ese quehacer, ya que todos los quehaceres eran verdaderos. Estaba haciendo lo que quería, lo que amaba... Sin esperar que los demás le "dieran algo a cambio".

 

La relación con su hija cambió de la noche a la mañana. Ahora era obvio que su hija jamás fue un bloque contra su libertad o una coladera por donde se fuese su energía, mucho menos la razón de sus deseos de morir. Su hija era su acompañante, ¡una parte de este suicidio divino! Ahora, su hija ya no estaba "impidiéndole" vivir la vida que siempre había querido. Ahora, era parte de exactamente esa vida. . Ya no era "su vida" contra "la mía", ahora era simplemente Vida. Esta vida. Nuestra vida.

 

Yo no le enseñé nada a esta mujer. En realidad, no había "hecho" nada. Yo no tengo teorías psicológicas astutas. Simplemente la escuché profundamente, para así recordarle lo que ella siempre supo. Al escucharla, simplemente le reflejaba su propia realidad Y para que así pudiera escucharla por primera vez. Mediante la devastación y la destrucción total, se había creado un espacio para que su verdad emergiera.

 

Es interesante que la palabra "deprimido" en ingles (depressed) suena muy similar a un "descanso profundo" (deep rest). Podemos ver la depresión no como una enfermedad mental si no, en un nivel más profundo, como un estado de descanso al que se entra cuando estamos completamente exhaustos por el peso de una auto definición (falsa) de nuestra historia. Es una pérdida subconsciente de interés por lo superficial. El deseo de la falsedad por morir. Este deseo debe ser honrado en lugar de medicado, meditado o analizado.

 

Es impresionante lo que se puede desarrollar naturalmente cuando la depresión y el deseo de morir (que en realidad es un deseo de descanso) son verdaderamente honrados y acogidos, sin que se ignore o esquive el dolor.

 

Es increíble lo que puede ocurrir cuando uno escucha activamente a las personas, desde una lente amorosa y libre de juicio, simplemente aceptando la inteligencia de la vida misma, permitiendo que el divino suicidio despierte, teja su magia misteriosa.

 

Jeff Foster

Julio de 2012


Fuente de este texto:

https://www.facebook.com/100044075184150/posts/divino-suicidio-una-ca%C3%ADda-depresiva-como-llamada-a-un-despertar-por-favor-compar/373871616014380/


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domingo, 12 de abril de 2026

Jeff Foster: CÓMO SUCEDE LA VERDADERA SANACIÓN.



Jeff Foster:

CÓMO SUCEDE LA VERDADERA SANACIÓN


    “Si sacas lo que está dentro de ti, lo que sacas te salvará. Si no sacas lo que está dentro de ti, lo que no sacas te destruirá.”

                                                   Jesús, Evangelio de Tomás
 

En la niñez, a muchos nos enseñaron que ciertos sentimientos, ciertas sensaciones corporales, urgencias e impulsos “no estaban bien” sentirse o expresarse, y ni siquiera pensarse. Nos enseñaron que éramos pequeños, pecadores, culpables y que estábamos separados del Amor Divino; rotos, sucios y mortales. Y que debíamos purificarnos para volver a estar completos.

 

Siendo niñas quizás nos enseñaron que nuestro enojo, nuestros deseos poderosos, resistirnos o desafiar, o nuestros sentimientos sexuales no eran algo correcto, no eran naturales, estaban mal, o eran algo enfermo, o pecaminoso, peligroso, vergonzoso o “impropio de mujeres”. 

 

Como niños tal vez nos enseñaron que no estaba bien sentir tristeza, o expresar nuestra vulnerabilidad, nuestros miedos y dudas, nuestras angustias y anhelos. Que si lo hacíamos, si mostrábamos nuestro ser auténtico, seríamos castigados, o ridiculizados, comparados con otros; o simplemente rechazados, olvidados, que se burlarían de nosotros, o nos abandonarían.

 

Esconder nuestros sentimientos, convertirnos en algo que no somos, crear una “persona” para poder ganar amor o aprobación, se convirtió entonces en un asunto de supervivencia.

 

Así que de jóvenes, de una manera brillante y creativa hicimos lo que pudimos para empujar, reprimir, silenciar o destruir nuestros pensamientos y sentimientos ‘peligrosos, amenazantes, y negativos’, privando así a nuestro verdadero ser, y creando una falsa máscara para agradar al mundo y evitar el castigo y el ridículo.

 

Como un asunto de vida o muerte aprendimos a distraer a otros de la “oscuridad” de nuestra alma.  Los sentimientos de culpa, miedo y de odio hacia sí mismos no resueltos de nuestros padres fue internalizado en nosotros, y ahora, en un sentido más profundo, sentimos vergüenza de quien nosotros fuimos. 

 

Fingimos ser fuertes cuando nos sentíamos débiles. Fingimos ser positivos cuando nos sentíamos negativos. Seguros cuando teníamos dudas. Felices cuando sentíamos un profundo sentimiento de desesperación. Fingimos ser serios, maduros y llenos de dicha cuando en secreto nos sentíamos demasiado jóvenes e inocentes, con ganas de jugar y medio tontos por dentro.

 

Incluso hoy en día, tal vez sentimos que existe algo erróneo en nosotros, en lo más profundo. Los sentimientos ‘inaceptables y oscuros’ aún supuran dentro nuestro, en lo profundo del inconsciente, drenando nuestra energía vital y nuestro espíritu, haciendo que nos sintamos cansados, deprimidos, letárgicos, ansiosos y desconectados de la vida y de los demás. 

Los sentimientos no sentidos y reprimidos pueden resultar destructivos, y sembrar el caos en nuestro sistema inmune, alimentando todo tipo de enfermedades mentales y físicas, causando comportamientos inconscientes, adicciones, ansiedad, incluso depresión suicida. 

 

Quizás simplemente nos sentimos “muertos vivos” y no sabemos por qué. En el mismo grado en que huimos de nosotros, huimos también de la vida.

 

La sanación puede ocurrir cuando, en la presencia de un amigo con el que nos sentimos seguros, o un terapeuta, o la presencia de Dios, las montañas, la vastedad del océano, o incluso una mascota amiga, podemos encontrar el coraje de dejar que la persona se ‘quiebre’ y reconectar con las partes rechazadas de nosotros mismos. Cuando permitimos que esas energías divididas en las sombras salgan a la Luz de la Consciencia.

 

Tal vez tomemos el riesgo de sentirnos más incómodos, más temerosos, más rechazados e indignos, más enojados, y a sentir más caos que nunca. Tal vez tomamos el riesgo de vernos a nosotros mismos, y ser vistos también. A perder la imagen. A salir de nuestros escondite.

 

El caos reprimido, el desorden, la “víctima”, el niño perdido y sin amor, puede volver a fluir, y esta vez, en vez de ser recibido con culpa y juicios, ser ridiculizado y atacado, esta misma energía recibe amor, respiración, comprensión… le damos la bienvenida, y nuestra atención y curiosidad.

 

Todo el poder vital atrapado dentro de estas emociones reprimidas puede vertirse en nuestro cuerpo nuevamente; toda la creatividad del enojo, la angustia, la culpa… el miedo y la alegría ahora nos pueden energizar, inspirar, hacernos sentir completos, poderosos y vivos nuevamente. 

 

Las energías que antes amenazaban con destruirnos (nuestra rabia, miedos, pena, nuestros deseos más extraños y creativos) ahora pueden convertirse en nuestros más grandes maestros, amigos y guías, siendo nuestra fuente de nutrición.

 

Mientras tiene lugar la reintegración de la sanación, quizás gritemos, temblemos, lloremos, sudemos, digamos nuevas y sorprendentes palabras, o caigamos al suelo. Quizás parezcamos desastrosos, rotos, salvajes y “locos”. Quizás sintamos y pensemos cosas que parecen “no ser nosotros para nada”. Tal vez sintamos que estamos a punto de morir, o volvernos locos, o perdernos completamente. 

 

Las personas que imaginamos que eran nuestros amigos quizás huyan del caos, o lo culpen, o traten de “salvarnos” (para salvarse a sí mismos de su propia incomodidad). Nuevos amigos, nueva familia, nuevos amantes, tal vez lleguen para apoyarnos en nuestro proceso, para estar presentes con nosotros mientras nos quebramos y volvemos a unir nuestras partes, y nos enamoramos de nuestra parte salvaje nuevamente. Mientras volvemos al Paraíso.

 

En el medio de la crisis de sanación, sentimos nuestros pies en el suelo. Respiramos. Permitimos que antiguas y poderosas energías se muevan a través nuestro, como un cielo ancestral que contiene una tormenta. Confiamos en el cuerpo y sus misterios. Recordamos nuestra capacidad divina, cuánta vida podemos contener: lo doloroso y lo placentero, lo violento y lo amoroso, lo positivo y lo negativo, lo sagrado y lo profano. 

 

Todos los pensamientos y sentimientos tienen un hogar en nosotros. Todas las partes nuestras son dignas de amor, sagradas y naturales. Somos libres, poderosos y estamos completos, incluso cuando nos duele y nos sentimos pequeños. Nuestra vulnerabilidad nunca fue un pecado o un símbolo de ‘debilidad’.

 

“Supéralo” es la mentira más grande de todas. 


Sí, podemos abrazarlo todo, desde la alegría más grande hasta la desesperación más profunda: este es nuestro verdadero Poder. Como una madre sosteniendo a su recién nacido. Como la Tierra, sosteniéndonos ahora.

 

Jeff Foster

Fuente de este texto:

https://transformacion-interior.com/blog/jeff-foster-como-sucede-la-verdadera-sanacion

 

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El entramado de nuestras mentes

                                                                                          Graffiti en Amsterdam. Foto de Diana Valderrama. 

Razones, pretextos, elecciones…

 

EL ENTRAMADO DE NUESTRAS MENTES

 

Hugo Betancur

 

Es posible que nuestra percepción inmediata y directa de lo que vemos o experimentamos nos pueda permitir una comprensión temprana de “lo que es”, si somos consecuentes con los efectos y afectaciones que provoca en nuestras mentes -imágenes súbitas como una lluvia fuerte que se desata, como un trueno que escuchamos o como un rayo que vemos, como una situación o circunstancia que presenciamos o que nos es contada, o como los comportamientos o acciones de otros seres humanos.

 

Ese flash o imagen fugaz aviva nuestra percepción inicial. Esa imagen impresiona nuestra mente como una gran fotografía llena de detalles y de colores que captamos en su plenitud rotulándola con frases o palabras, contundentes o drásticas o trágicas para cualquiera de nosotros –“se murió”, “se fue”, “me dejó”, "la perdí” o "lo perdí”, “se terminó”-, o en contraste, con frases o palabras alegres, optimistas, motivadoras –“nació”, “regresó”, “está conmigo”.

 

En ese ínterin o umbral de la percepción al razonamiento podemos observar los sentimientos y emociones que cada incidente efímero suscitó en nosotros –los datos de la intuición que desechamos habitualmente- y podemos decidir inteligentemente nuestra comprensión ajustándonos a las situaciones. "Lo que fue" no podrá ser deshecho.

 

Sin embargo, acostumbramos a desplazar la resolución de "lo que es" en su momento y seguimos después un proceso de pensamiento inducido por “lo que fue” o “lo que pasó”, implicándonos en una revisión retrospectiva dispendiosa. Obstinados, resistiéndonos a transigir y a fluir, enfocamos la atención de nuestras mentes en lo sucedido -relaciones, seres vivos y móviles representándose a sí mismos, naturaleza, estructuras físicas- y dilatamos nuestro tiempo psicológico.

 

Hacemos unas interpretaciones posteriores que surgen de la información que tenemos, del archivo de la memoria, donde cada uno de nosotros ha recopilado, o compendiado, o inventariado sus ideas, creencias y recuerdos a su manera y lo ha adaptado a una identidad que presume como sí mismo –“yo pienso”, “yo creo”, “yo siento”.

 

Esa identidad que conformamos en la línea de la vida que nos corresponde y que constituimos como nuestro yo, es un personaje que expresa, desde su condición humana, nuestros patrones mentales con que pretendemos definir y captar lo exterior –y tal vez establecer o tratar de imponer nuestra idiosincrasia y nuestras ideas particulares y exclusivas.

 

Filtramos o discriminamos las acciones de otros según nuestros juicios y elecciones y determinamos qué debió o debe ser o pasar según nuestros requisitos y designios.  Muchas veces nos erigimos como clasificadores y actuamos quizá como los porteros de los edificios y las empresas, o como los agentes de aduanas, o como quienes programan reuniones, calificando quienes cumplen nuestras normas para que puedan pasar nuestro control y quienes deben ser excluidos porque carecen de los atributos exigidos.

 

Después de esa percepción instantánea que tenemos de cada acontecimiento, establecemos nuestras interpretaciones mentales según nuestros guiones de vida y nuestros planes o proyectos. Hacemos alguna de dos elecciones: decidimos abrirnos a la comprensión propiciada por nuestra percepción atenta o nos confinamos en   los juicios, muy lentos, que podrán culminar en nuestras sentencias absolutorias o condenatorias mas no en una conciliación liberadora.

 

En ocasiones fragmentamos o distorsionamos o desmenuzamos los hechos con la pretensión de cotejarlos con los moldes de realidad propia y subjetiva que elaboramos y nos enredamos en un entramado de pensamiento conflictivo que nos disocia de otros seres humanos y nos sumerge en crisis mentales que cargamos con frustración, pugnas, quejas.

 

¿Qué podemos reclamar o reprochar a otros, que también han elaborado minuciosa o rudimentariamente su personaje y que lo representan con sus propios libretos y mentalidad, siguiendo sus ambiciones, o sus metas, o los que denominamos ideales y sueños, o plantándose ante la vida como conquistadores potenciales que deben vencer y superar a otros y volverlos sus sirvientes y proveedores de placer, cuidados, obediencia ilimitada? ¿Qué podemos reclamar o reprochar a quienes cumplen sus papeles de honrados y sinceros seres humanos que resguardan celosamente su autonomía y su libertad y que temen los compromisos? ¿Qué pueden otros reclamarnos o reprocharnos cuando no nos ajustamos a sus expectativas e ilusiones?

 

Cada observador fija su mirada en el mundo de afuera y lo asimila o lo reprueba según los contenidos de su mente y según sus propósitos.

 

Podemos considerar que las realidades convenientes que codiciamos alcanzar son inciertas por su carácter cambiante e inestable y que también las ilusiones son inciertas porque son sólo fragmentos de pensamiento, volátiles e insustanciales.

 

Nuestras relaciones nos acercan y asocian a otros cuando las establecemos desde nuestra libertad, nuestra afectuosidad y nuestra integridad -con la esperanza de obtener reciprocidad sincera. Las relaciones que establecemos desde condiciones de necesidad y carencias nos llevan a depender de otros y a experimentar la separación en cualquier momento imprevisto.

                                                                                       

  Hugo Betancur (Colombia)

 

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[La palabra ilusión viene del latín illusio, -ionis 'engaño'. Cuando no se manifiesta aquello que fantaseamos como realizable, afirmamos con lucidez que nos sentimos desilusionados o desengañados -nos liberamos de la ilusión y sufrimos la frustración concerniente que nosotros mismos hemos causado].

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