Escultura en bronce "The Garment
Worker", 1984, de Judith Weller, Distrito de la Confección de
Manhattan en Nueva York.
DIAS QUE PASAN Y ALLEGADOS QUE SE VAN
Hugo Betancur
En un momento de uno de estos días que
van pasando, me encontré con un médico amigo a quien hacía muchos años no veía.
Me relató que inusitadamente se habían reunido algunos exalumnos de la
universidad en un restaurante con el propósito de dialogar y compartir
recuerdos. Revisé la escasa información disponible en mi mente: algunos de los
asistentes habían alcanzado posiciones de renombre y otros cumplían roles
anónimos y de bajo perfil; algunos habían acumulado jugosos recursos económicos
y habían acrecentado su soberbia; otros subsistían modestamente y eso les
excusaba de vanas presunciones y exhibiciones inapropiadas.
Me contó que habían repasado nombres y anécdotas, celebrando lo que
tenía tintes humorísticos y también los eventos que para ellos tenían alguna
relevancia. Habían hecho un recuento sobre los colegas médicos de nuestra
promoción que habían muerto ya y de las causas de ello.
Reflexioné y pensé que efectivamente esos seres humanos ya habían
cumplido su ciclo de vida. Se me ocurrió también que así como ellos se habían
ido ya, posiblemente muchos de nosotros apenas estábamos viviendo, o
sobreviviendo, quizá con las cargas de nuestros hábitos o de nuestras
tradiciones y rutinas.
¿Qué podía faltar para que no fuera así?
Dentro de nuestras relaciones y actividades sociales o de trabajo,
muchas veces nuestras acciones y representaciones siguen una secuencia monótona
y previsible, una reiteración de circunstancias y rituales cumplidos en los
mismos escenarios. Son la manifestación de nuestras historias particulares, de
nuestros nexos laborales y familiares, a veces intrincados y a veces simples.
De todo este archivo de situaciones recordamos aquello que tuvo una gran
intensidad en alguno de los extremos de la dualidad: lo que nos pareció muy
triste o lo que nos pareció muy alegre; lo que nos pareció grato o ingrato, lo
que nos sacudió felizmente o lo que nos conmovió con su sombrío significado
–que simplemente dependió de nuestra percepción y de nuestras creencias
subjetivas.
¿En cuáles momentos de ese viaje hicimos nuestro mejor acto, aquel por
el que seremos recordados como personas excepcionales? ¿En cuáles momentos
fuimos llevados por nuestros egos irascibles y conflictivos y dejamos una
imagen deplorable y dolida en otros?
Todo lo que fue dejó sus huellas, las evidencias para otros que permiten
reconstruir lo sucedido de una manera precaria y siempre subjetiva –según sea
la mentalidad y según sean los enfoques de quien se dedique a rearmar o narrar
ese pasado inamovible-.
¿Qué recuerdo queremos dejar en otros? ¿Cuál es el mejor relato que
podemos obtener de nuestro paso por este mundo controversial y avasallante?
¿Nos sentimos unidos a otros y a sus procesos vivenciales en esa aventura
compartida, en su afán de trascender y de aprender? ¿O solo fuimos hambrientos
comensales de paso por sus mesas servidas generosamente, por sus espacios
dispuestos amablemente, buscando calmar nuestros apetitos fugazmente para luego
partir con un apagado agradecimiento verbal, sin dejar a cambio nada más que
nuestra prisa y nuestra ambición.
Como viajeros en movimiento, quizá seamos recordados por alguna acción
que haya impresionado las mentes y los corazones de otros. Esa acción, ¿tuvo
rasgos de humanidad y bondad?, ¿tuvo rasgos de egoísmo y jactancia? ¿Nos
creímos mejores que otros o superiores a ellos? ¿O nos sentimos sus semejantes
y solidarios en las tareas comunes?
Cuando la vida apaga sus ímpetus en la ancianidad, el viejo rey ya no
puede mantener erguido el cuello para retar o someter a quienes le sirvieron en
sus roles de cortesanos a él y a su decadente reino: se ha consumido su otrora
vigoroso corazón y falla su memoria -ha olvidado muchas de las cosas que hizo
contra otros mientras quienes le rodean recuerdan minuciosamente cada detalle
de su ominosa biografía-; ya no le es posible cambiar los acontecimientos y
faltan la alegría y la satisfacción en su rostro. Habrá de despedirse cansado y
enfermo y será recordado sin nostalgia.
¿Tenemos paz en nuestras mentes a medida que descontamos los días de
nuestra fugaz existencia como seres humanos? ¿Han sido óptimas las semillas que
sembramos; ha sido exuberante la cosecha después de tanto esfuerzo y de tantas
dificultades afrontadas?
A medida que reconocemos los tramos recorridos y resumimos las
características de nuestros acompañantes y de las interacciones realizadas
podemos saber qué importancia tuvo lo vivido, si actuamos espontánea y
fluidamente o si fuimos arrastrados azarosamente por lo que consideramos un
cruel destino. Podemos des-cubrir la trama de los acontecimientos y evaluar
nuestros comportamientos. Tal vez fungimos como víctimas pesarosas y auto
limitadas; quizá debutamos como pequeños y temibles villanos causando desgracia
a otros -lo que al cabo del tiempo se convertiría en nuestra propia desgracia,
una vez que la invisible rueda de la justicia diera la vuelta para equilibrar
todo el drama humano en que estábamos involucrados.
Podemos darnos cuentas sobre como tratamos a otros y cómo nos tratamos
en esos episodios en que la vida nos congregó. Podemos definir si actuamos
desde la posición demandante y absorbente de nuestros egos desbordados o desde
la considerada y ecuánime sabiduría de nuestro ser.
Hugo Betancur (Colombia)
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