
“Justice” by Carole
Feuerman. Escultura pintada con tonalidad de bronce. Ubicada en Wrigley
Building, between 400 N. Michigan Ave., Chicago.
ALTARES, DUELOS, CAMBIOS POR HACER
Hugo
Betancur
Momento a momento, la imprevisible y compleja vida nos despliega su
repertorio de relaciones, tareas, aprendizajes. Nos confronta con los cambios
que ocurren afuera y que no podemos evitar y con los cambios imperativos que
nos corresponde hacer y que no logramos emprender. El inventario de lo
realizado y lo aplazado aumenta desmesuradamente y nos sobrepasa. Nuestros
conocimientos y acciones se tornan insuficientes y por momentos aspiramos a que
otros nos complementen o asuman nuestros asuntos, lo que no sucede porque ellos
tienen sus propias cargas y prioridades.
Muchos seres humanos conocidos o apreciados o amados por nosotros se
alejan geográfica o afectivamente, o llegan a la consumación de su personaje
que deja de existir, lo que nos compromete con duelos súbitos que extendemos en
el tiempo y que nos mostramos reacios a resolver y a liberar -en ocasiones
exageramos nuestras reacciones particulares de tristeza y negación, y asumimos
un sufrimiento amargo y elocuente porque nos parece apropiado y oportuno.
Talvez no logramos experimentar plenamente muchas de nuestras vivencias
en tiempo presente porque las atravesamos distraídos y no somos conscientes de
su transitoriedad y de su trascendencia -sólo las memorizamos fragmentariamente
para después evocarlas en tiempo pasado revistiéndolas de nostalgia para medio
rescatarlas del olvido.
Hacemos altares contrastantes: a nuestros ídolos religiosos y a los
personajes o historias o circunstancias que para nosotros son dignos de
reverencia y exaltación, o a todo aquello que nos dejó un vestigio de aflicción
y frustración. Sin embargo, podemos preguntarnos: ¿qué altares nos llevan a
estados de bienestar, de alegría, de optimismo, de cordialidad?; ¿qué altares
nos llevan a estados de malestar, de tristeza, de pesimismo, de conflicto?
Esos altares los establecemos en nuestras mentes, aunque también
disponemos un sitial exterior representativo donde apilamos cosas de viejos
ambientes o fotografías de estancias o retratos de los personajes que veneramos
o admiramos.
Simbólicamente nos postramos ante nuestros altares como devotos con la
esperanza de que llenen de energía y de luminosidad nuestras vidas.
Todos los altares son inertes y solo tienen la vitalidad que les
aportamos quienes los hemos erigido, o quienes adherimos a los propósitos y
motivos de otros que los establecieron.
Nuestras acciones son siempre retributivas y desencadenan efectos
equivalentes.
Posiblemente el altar mayor para muestras celebraciones y rituales sea
la vida con su gama de acontecimientos magníficos y de relaciones llenas de
afecto y de bondad -es un altar cambiante y dinámico donde las figuras aparecen
y desaparecen y donde nuestras interpretaciones son susceptibles de
modificaciones, de arreglos, de conciliaciones.
Somos seres humanos vivos que vamos muriendo y nuestras prioridades
mayores son la comprensión de los eventos y las relaciones y la liberación de
las culpas que creamos y atesoramos -y que a veces magnificamos como jueces
severos de los actos y comportamientos de otros.
En el discurrir de la vida, es probable que la mayoría de ideales y
expectativas que trazamos a las personas, o que nos trazan, no sean realizables
porque no somos amasijos de plastilina que otros puedan modelar a su antojo
sino seres vivos con nuestras virtudes admirables que son nuestros dones y con
nuestras limitaciones deplorables y nuestros errores que son nuestros yugos.
La concordia con todo y con todos es el ideal que debe prevalecer.
Ninguno de nosotros escapa al destino trazado por nuestras almas y solo la
visión amorosa y tolerante nos libera de la depresión y de los conflictos y nos
permite modificar nuestros guiones y roles.
Lo que la gente llama felicidad es una construcción mutua y no una
función o una provisión que otros nos proporcionen o nos provean como nuestros
sirvientes.
Podemos imaginar que somos amos de lo que comprendemos y amigos de
aquellos que ponderamos con benevolencia –o al menos nos eximimos de plantarnos
como sus contrincantes. Y tal vez seamos esclavos de los reproches que
elaboramos contra otros y contra nosotros mismos -que se convierten a la larga
en cargas o raíces de amargura y adversidad. La metáfora que nos sirve para
examinar los procesos psicológicos de la culpa es la del penitente o monje
fanático que se flagelaba y se mortificaba con un cilicio hasta sangrar con la
ilusión de obtener la redención de sus pecados con su ofrenda de dolor físico.
Muchos seres humanos mantienen y adornan sus altares de sufrimiento con
el relato de sus fracasos, de sus sueños frustrados y de las relaciones en que
se rotularon como víctimas porque otros u otras no obedecieron sus planes de
felicidad.
En la práctica médica identificamos muchos pacientes que han elaborado
guiones escabrosos de sus vidas que estructuran como patologías orgánicas que
tratamos formulándoles antidepresivos, sedantes y antipsicóticos -tenemos dos
diagnósticos aplicables en la “Clasificación Internacional de las Enfermedades”
para sus padecimientos, “Elaboración de síntomas físicos por causas
psicológicas” y “Trastornos de somatización”. Cotejando las historias que
cuentan y las que cuentan sus relacionados, descubrimos que estos pacientes han
distorsionado episodios significativos de su pasado para inculpar a otros de
haberles causado las heridas psicológicas que ellos mismos han elaborado y que
los muestran infelices y resentidos. Es posible que este guion de víctimas y
sufrientes lo hayan imitado de los comportamientos de allegados y parientes que
influyeron sobre ellos y que quizá experimentaron relaciones tortuosas reales o
que desvirtuaron la veracidad de los hechos para representar papeles de
autocompasión convenientes o lastimeros.
Considero que cada uno puede acogerse a su libre albedrío y que
ejecutará o cumplirá las acciones que considera pertinentes o coherentes según
su idiosincrasia -salvo que decida sacrificarse sirviendo los intereses y
mandatos de otros menoscabando su autonomía. En este mundo, solo los robots
pueden ser programados a cumplir mecánica y previsiblemente las funciones y
acciones cibernéticas determinadas por los ingenieros humanos.
Los conflictos y las guerras duran lo que determinen quienes se declaran
adversarios confrontando el ímpetu de sus egos, sus ambiciones, sus creencias
disociadoras o sus dogmas que presumen religiosos; también duran hasta la
derrota del oponente que pretende aniquilarlos para obtener su botín. Sólo
quien abandona el campo de batalla sin vencer y sin ser vencido puede descubrir
y manifestar el prodigio de su propia paz.
Hugo
Betancur (Colombia)
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