HISTORIAS CLAUSURADAS
Hugo Betancur
Podemos
evidenciar nuestras vidas como seres humanos con nuestra presencia y
nuestro desempeño en el mundo, protagonizando historias que van sucediendo. Y
podemos definir la muerte como seres humanos como el ausentamiento del mundo,
con la clausura de nuestro personaje y el cierre de la historia respectiva.
Deshacemos día a
día el tiempo disponible para nuestras vidas estableciendo relaciones,
experimentando situaciones, haciendo aprendizajes.
La felicidad es
una ilusión que imaginamos y mantenemos esperanzados, a pesar de los obstáculos
y las frustraciones. La felicidad es una proyección de nuestras mentes hacia el
tiempo presente y hacia el tiempo por venir resumida en una frase ideal “quiero
ser feliz” -hay un “yo” que representamos que traza ese objetivo o plan que
deberemos realizar y que muchas veces parece excluyente porque no contempla el
pronombre nosotros, más generoso y solidario.
La vida de cada
uno de nosotros es intransferible, obligatoria, inevitable, perecedera.
La vida es
movimiento, acción, integración, participación, expansión.
La muerte es
quietud, inacción, desintegración, contracción.
El cuerpo humano
es un compuesto de materia y energía; también es un conjunto de órganos y
sistemas que producen un estado de salud y bienestar cuando funcionan
armónicamente.
La energía del
cuerpo proviene de los nutrientes y del entorno. La energía de la vida es más
sutil e inclasificable, permanente e indestructible en su esencia, invisible a
los ojos y omnipresente.
Cuando ocurre la
muerte del cuerpo, la energía sutil del alma -que moldeó y conformó el cuerpo
desde el vientre materno- se repliega hacia el plano sublime del Espíritu,
llevándose los conocimientos aprendidos y las vivencias cumplidas -que son
parte de la memoria atemporal. El cuerpo muerto pierde su identidad y la
memoria neuronal se deshace.
Por mis
experiencias en terapias de hipnosis y como asistente a las sesiones
espontaneas de médiums diferentes, concluyo que una vez terminada cada una de
nuestras existencias planeadas para evolucionar, nuestras almas deshabitan
los cuerpos que utilizamos para representar y caracterizar nuestros personajes.
Elisabeth
Kübler-Ross, psiquiatra suiza, estudiosa del fenómeno de la muerte humana,
propuso una elaboración de duelo por los supervivientes en cinco etapas:
negación y aislamiento, ira, conciliación, depresión y, finalmente, aceptación.
La muerte humana
es una transición como lo es el nacimiento, ambos eventos propician cambios y
ajustes.
Cuando acaece la
muerte del cuerpo, cesan las dos fases de la respiración y el corazón deja de
latir; las sensaciones y las percepciones cesan también. Los sentimientos y
emociones que son manifestaciones de nuestros personajes mientras actuamos
nuestros papeles en los escenarios, se extinguen con ellos cuando mueren los
cuerpos.
Ese cuerpo que
fue el instrumento de las vivencias y de la comunicación con otros pierde
su hálito de vida y su conciencia y se disgrega.
Cada vida tiene
su idiosincrasia, su subjetividad, su manera de ser y de expresarse. Cada vida
que culmina deja su historia, provechosa, útil y admirable, o estéril, opaca y
trivial.
Es posible que
la muerte sea una liberación para quienes experimentan sufrimiento,
insatisfacción, conflictos. Tal vez la muerte no sea bienvenida para
quienes viven sus existencias con agrado y motivación y realizando acciones
constructivas para si mismos y para los demás.
La vida es
siempre la manifestación cambiante de esplendor y aventura, plena de contrastes
y paradojas. Como viajeros, recorremos su geografía y establecemos nuestras
relaciones con avidez y curiosidad con el propósito de conocer, comprender y
progresar según nuestros méritos y nuestras mentes.
Cuando los
personajes conocidos por nosotros clausuran sus biografías con la muerte del
cuerpo, habitualmente hacemos nuestras reflexiones, nuestros juicios y nuestros
inventarios particulares; nos preguntamos: ¿Cuáles fueron sus obras y sus
acciones? ¿Qué trascendencia tuvieron sus vidas para ellos y para los demás?
La huella de los
que se han ido queda grabada en nuestras mentes con imágenes persistentes
resumidas en una frase simple, como interrogante o como exclamación: ¿Cómo los
recordamos?; ¡Cómo los recordamos!
Hugo Betancur (Colombia)
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