PASMADOS
Hugo Betancur
No actuamos con sensatez cuando nos
quedamos pasmados mientras la vida sucede ante nosotros. Debemos avanzar y
progresar asimilando las situaciones imprevisibles en que participamos.
El transeúnte que camina afuera y ve
que la lluvia se desata tempestuosa sobre él debe correr a buscar refugio.
El espectador que observa un paisaje
tras un largo invierno y de pronto se da cuenta que la montaña enfrente de él
se derrumba debe alejarse para no ser sepultado por la tierra.
Quien ve que en el lugar donde se
halla se prende un incendio creciente que lo amenaza debe también alejarse. (Lo
mismo debe hacer quien observa de cerca a un loco furioso en la calle
agrediendo con un garrote a los presentes).
Quien se queda pasmado sin reaccionar
resolutivamente ante las circunstancias, va a sufrir por lo que está
experimentando, y debe liberarse para recuperar su equilibrio y su
centro.
Un buen observador que analice
detalladamente nuestros comportamientos claudicantes ante los incidentes que
afrontamos (y ante eventos psicológicos de mayor gravedad que nos conmocionan)
nos aconsejará de inmediato: "¡Quítate de ahí! ¡Abandona ese escenario y
ese rol que estás representando! ¡Recupera tu libre albedrío y tu calma!".
Somos certeros y lógicos cuando
contemplamos nuestras relaciones y vivencias con mentes indulgentes que acatan
las manifestaciones de la vida y las atraviesan con fortaleza y optimismo -todo
lo que ocurre es incontenible y actuamos según nuestras opciones (lo que somos
en cada secuencia realizable y lo que podemos o decidimos hacer).
La vida requiere nuestras acciones de
restauración y de ajustamiento al presente. Cuando escapamos hacia la pasividad
y la autocompasión somos atrapados por el pasado y la maraña de acontecimientos
que reciclamos con su lastre de culpas, resentimiento, tristeza,
arrepentimientos, nostalgia y sufrimiento –cuando nos sometemos a ese martirio
desvaloramos los episodios alegres y gratamente memorables de nuestras
biografías que son nuestros reales tesoros.
El sufrimiento es nuestro maestro
provisional y no una flagelación* vitalicia que debamos auto infligirnos día a
día imitando a los penitentes que durante varios siglos han practicado el azote
con los flagrum** esperando que el Cielo les conceda el perdón de sus
pecados mundanos y la redención como
premio.
Hugo Betancur (Colombia)
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[*La autoflagelación psicológica podemos definirla
como el sufrimiento que nos causamos nosotros mismos al interpretar como
penosos e insuperables los sucesos de nuestras existencias y negarnos a
transigir con su ocurrencia].
Invocando una condición conveniente de
representación de sus exclusivos dioses, algunas corporaciones religiosas han
otorgado a sus funcionarios la potestad de juzgar comportamientos y acciones de
otros seres humanos para que puedan concederles un perdón si muestran contrición o
asignarles unas penitencias que podrán redimirlos de las culpas y los castigos.
Cuando estos funcionarios decretan la condenación de sus reos, estos son desterrados
o inmolados para mostrar que tan poderosas son las doctrinas y jerarquías terrenales
de sus ejecutores.
JIDDU KRISHNAMURTI CONTANDO CHISTES.
“Encontraron a un mendigo harapiento orando en la
Capilla Sixtina, la capilla del Papa, decorada con frescos de Miguel Ángel y
otros pintores. El Papa notó enseguida la presencia del mendigo y de inmediato
manifestó su fastidio. «¿Quién es ese hombre que está ahí arrodillado? No lleva
la ropa adecuada». El Papa ordenó al mendigo que abandonara de inmediato la
Capilla Sixtina. El hombre tuvo que obedecer.
“El mendigo se sintió decepcionado por el rechazo
del Papa, pues para él, que era muy devoto, aquello casi equivalía a haber sido
excomulgado de la Iglesia Católica.
“Regresó a la sórdida habitación que ocupaba en un
barrio bajo de Roma. Y en la soledad y el silencio de su cuarto se arrodilló
para rezar. De repente, Dios se le apareció en persona. El pobre hombre no daba
crédito a sus ojos al ver al Todopoderoso en todo Su esplendor. Dios se dirigió
a él amorosamente y le preguntó:
«¿Cuál es tu problema?»
«Mi problema» le contestó, «es que me echaron del
Vaticano».
«No te preocupes» le dijo Dios, «porque a mí
tampoco me dejan entrar».
La palabra "religioso" proviene del latín religiōsus, derivada de religio (religión). Ha sido compuesta con el prefijo re (intensidad/reiteración), ligare (ligar, atar) y el sufijo -oso (abundancia), significando originalmente alguien escrupuloso, ligado a la divinidad o que mantiene un vínculo firme con alguna iglesia y con los dogmas que esta pregona.
[**Un
flagelo o flagrum es un accesorio utilizado para azotar, compuesto de varias
cuerdas anudadas y atadas a un mango de madera].
Un flagrum
(plural: flagra o flagella) es un instrumento de tortura romano,
similar a un látigo o azote con múltiples tiras de cuero anudadas o atadas a un
mango, usado para infligir castigo corporal severo y doloroso, a menudo con
fines de disciplina o penitencia, y es el origen de palabras como “flagelación”.
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