UNA VISIÓN AMABLE
Hugo Betancur
Repasamos continuamente los entramados de
nuestra memoria. Regresamos a las situaciones vividas y a las relaciones
cumplidas. Calificamos e interpretamos habitualmente nuestros actos y los de
quienes afectaron o favorecieron nuestras historias.
A la distancia en la línea del tiempo
condenamos las conductas de otros que nos causaron sufrimiento, malestar,
conflictos. Pasamos por alto muchas veces, en esa obsesiva revisión del pasado,
los momentos y las relaciones gratas, los cuidados y los generosos presentes de
nuestros padres y parientes, las instrucciones y guías de nuestros mayores y de
quienes espontánea y generosamente se constituyeron en nuestros tutores –una
larguísima lista de nombres de personajes que dieron valor y trascendencia a nuestras
vidas y que hemos olvidado negligentemente a pesar de sus méritos y de la
grandeza de sus acciones.
Quien mira hacia lejos no ve con nitidez
porque el escenario es demasiado extenso y no le es posible enfocar los
detalles del conjunto. Quien mira con atención lo cercano, lo actual, sin la
distracción de su ego y sin el filtro de sus creencias, puede descubrir los
matices de la realidad que solo son visibles en el presente –es algo parecido a
contemplar en algún instante excepcional un arco iris en el cielo, o los
colores del horizonte al despuntar el día o al atardecer, o un ave que se posa
en una rama frente a nosotros -y talvez escuchar su melodioso canto-,
maravillas efímeras de gracia y de color en el espectáculo cotidiano de la vida.
Lo que sabemos de otros es lo que
imaginamos según nuestras percepciones, nuestras creencias y nuestros juicios.
Es probable que en numerosas ocasiones nuestro retrato de ellos no se ajuste a
la realidad de lo que son sino a nuestro parecer -cada juez aplica a los demás
sus particulares consideraciones y unos criterios que le son inherentes y
cada observador contempla desde su posición.
El requisito esencial de la sabiduría, o de
la realidad, o de lo que consideremos similar a esos conceptos, es el
entendimiento de la subjetividad de cada vida, la idiosincrasia que la
distingue de las demás, su naturaleza original que la hace única -admirable y
bondadosa, desapacible y mezquina, descollante y visible, o llanamente simple y
marginada, según las categorizaciones usuales.
Tal vez la pregunta más rutinaria y
agobiante ante los desenlaces adversos que cada uno afronta sea: ¿por qué me
sucede esto a mí? (¡La misma pregunta no surge ante los eventos favorables!).
Muchas veces nuestras ilusiones se
materializan como realidades aparentes que luego se convierten en desilusiones
-las pesadillas ocurren también en nuestros sueños y los prodigios de los magos
en el escenario desaparecen cuando acaba la función.
Nuestros actos y comportamientos como seres
humanos están determinados por los contenidos de nuestras mentes -una suma de
la personalidad, las creencias y los cambios que cada uno haya logrado según
sus experiencias y según las relaciones cumplidas.
La masificación de identidades semejantes
solo es aplicable a los robots, máquinas sin voluntad que responderán a un
patrón de acciones determinado por sus programadores.
Podemos hacer un retrato de otros
enfocándonos en sus acciones y en la identidad que representan, definiendo sus
rasgos psicológicos y sus biografías.
Una visión amable de otros y de nuestro
mundo es posible cuando adoptamos una actitud comprensiva y ecuánime
interpretando las circunstancias inevitables que impregnan cada vida
en su singular historia.
En esa visión amable sobran las
asignaciones de las culpas y los resentimientos y condenas derivados de
nuestros veredictos tajantes. Para liberarnos de pugnas, podemos establecer un
axioma de entendimiento que nos libere de conflictos y yugos: cada uno es lo
que es y no puede ser diferente a sí mismo.
Hugo Betancur (Colombia)
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