LA SABIDURÍA DEL AMOR
Hugo Betancur
El amor realizado no necesita de
palabras.
Puede ser expresado, viva y
graciosamente, con las acciones acogedoras que son su riqueza.
No requiere tampoco del tiempo, ni de
las ceremonias, ni de los decorados fastuosos.
No necesita ser explicado, ni
justificado, ni defendido.
El amor en sí es la fortaleza de
quien lo acoge y el don que puede prodigar.
El amor no se acaba, ni se pierde, ni
se va, porque es.
Y por ser permanece.
Y por permanecer elude sabiamente los
límites de las cronologías, de los espacios geográficos, de los cuerpos y de
las creencias.
Y no requiere los permisos del ego
para existir y manifestarse.
El ego ha creado su propio
sentimiento para imitar el sentimiento de amor que no puede sentir: lo
llama "el querer"1.
Ese amor ficticio que el ego ha improvisado
se nutre de palabras y embrollados conceptos que elabora esforzadamente, según
lo requieran la ocasión y los comediantes resguardados bajo el nexo
frágil y funcional que él ha definido como encantador. Sin embargo, es muy
pobre lo que el ego llama "su magia", deleznable ante el tiempo que
debería hacerla crecer y ante el espacio que debería permitirle expandirse -es
el efímero acto de ilusionismo que los asistentes creen percibir mientras el
mago los distrae, y que luego desaparece porque él debió irse.
Para su pantomima de amor, el ego
exige los compromisos que no está dispuesto a cumplir. Intenta imitar la
magnificencia propia del amor creando templos y ceremonias para sus rituales:
sus ambientes deben sugerir una atmosfera misteriosa, con un fondo musical
hechizante, de vagos olores aromáticos y sutiles que se evaporan una vez
aplicados, de gestos elocuentes y artificiosos que son desplazados por los
sentidos tan pronto los cuerpos desnudos se abrazan -y entonces todo es prisa
en el tiempo, y avidez, y fatiga (y tal vez una explosión apagada de los
genitales húmedos, sucedida por los roces flojos de las manos sobre la piel,
porque el deseo ha sido precariamente saciado, pero faltan las palabras
gentiles de arrullo y las tiernas caricias de gratitud).
Una vez ejecutados los rituales de
ese amor sustituto, la llama de los cirios es sofocada por los oficiantes que
el ego ha convocado ante sus altares. Un vapor como seda muy menuda agitándose
al viento escapa de las mechas humeantes. El escenario queda sombrío y los
sensuales amantes se ignoran en la penumbra, se mimetizan, menguan.
El ego exigirá después que se repitan
los encuentros y los intercambios con la esperanza de que el resultado sea
memorable siguiendo las mismas rutinas.
Una característica del sentimiento de
amor del ego que imita al amor, es su inestabilidad frente a sus más caros
instrumentos de subyugación, el tiempo y las palabras. No logra mantener
sólidas sus construcciones a medida que los días transcurren -se agrietan, son
sacudidas por el más leve viento y finalmente se derrumban. Y lo que intenta
decir con su tartamudeo ineludible no parece coherente, suena ficticio y
carente de vigor, es incompleto porque no logra convencer a sus oyentes cuando
la función avanza. Los aburre. La separación llega pronto. Los aprendices de
amantes que fueron aleccionados por tan inexperto maestro se alejan rabiosos. Y
califican lo vivido precisamente con los conceptos que su presumido instructor
les ha dado: orgullo herido, culpas, resentimientos, reproches,
justificaciones, condenas, quejas.
En tanto madura, el amor que ha
salido a la luz puede obrar tan impetuosamente como un niño que retoza y
explora la vida. Puede sentirse avasallador, exigente, vehemente. Puede
experimentar sus rabietas ocasionales. Sin embargo, su propia energía le hace
crecer rápido, conocerse y reconocer lo que le rodea. Se revela prematuramente
vigoroso y ansioso por crear afuera. Se ve a sí mismo, y eso le permite ver a
los otros. Se autodefine y puede descubrir sus errores, sus omisiones, sus
limitaciones. Y puede corregir y reparar todo eso porque su proyección es
sincera y armoniosa. Sin dificultad, restablece el equilibrio en el momento
presente porque es justo.
El ego que emula al amor no puede
hacer lo que su modelo, idealizado, pero no asumido, realiza espontáneamente.
Se ve a sí mismo como el soberano que debe ser satisfecho, y eso le impide ser
generoso con quienes le sirven. Se define según cualidades admirables que
pretende mostrar como suyas y no según lo que hace. Encubre sus errores, sus
omisiones y sus limitaciones. Él debe ser tolerado y no tolerar; él debe ser
comprendido y no comprender; él debe recibir y no corresponder. La palabra
reciprocidad ha sido excluida de su diccionario, excepto cuando su significado
puede ser aplicado a la venganza por lo que considera las heridas que otros le
han causado, a la indiferencia porque otros no se han sometido a sus
condiciones, y a la expulsión porque otros no le han obedecido. Y no puede
corregir ni reparar porque no es consciente del efecto que sus acciones
avariciosas producen en los demás.
Las relaciones de los seres vivos, en
su escenario natural del planeta Tierra, rico en colores y formas, hacen
posible las tramas de las historias representadas: una son gratas, sinceras y
simples en su alegría que destella a lo largo de las escenas cambiantes; las
otras son ingratas, fantasiosas y complejas en su amargura inevitable que
persiste. Los actores eligen qué personajes pueden representar y cómo lograrán
adecuarlos a sus talentos e inteligencia o cómo los sostendrán angustiados y
confusos a medida que van cerrando cada capítulo.
Las historias donde el ego es el
protagonista tienen un desenlace conflictivo, con visos de violencia y de
tragedia que él contribuyó a reforzar y que él mismo lamenta con muecas de
sufrimiento atribuyéndoselas a otros. En las nuevas relaciones el libreto
seguirá otra vez sus indicaciones hasta convertirlo en un engorroso compañero
de travesía. Entonces es posible que se haga a un lado, abatido y
condescendiente, y que deje expresarse al ser que le prestó su existencia para
experimentar. Las mentes podrán dirigir las relaciones como una aventura entre
iguales y los nichos secretos y privados de los cuerpos podrán ser clausurados
para que el amor reúna de nuevo en el espacio del corazón a los viajeros que el
ego había separado.
Hugo Betancur (Colombia)
________________________________________________________________
*Querer1 v. tr.
1. Tener
el deseo o la intención de hacer o conseguir algo: “quiero ir al centro de la
ciudad”; “quiero confiar en ti, pero no es posible”.
2. Sentir
afecto, cariño o deseo hacia un ser vivo o por alguna cosa.
________________________________________________________________________
Otras
ideas de vida en:
http://ideas-de-vida.blogspot.com/
http://pazenlasmentes.blogspot.com/
http://es.scribd.com/hugo_betancur_2
http://es.scribd.com/hugo_betancur_3
Este Blog:
http://hugobetancur.blogspot.com/
No hay comentarios:
Publicar un comentario