EL SER Y EL EGO: dos entes coexistentes.
Hugo Betancur
Un mundo que palpita al ritmo de la vida, cambiante, exuberante, fluido,
con olor a flores frescas y a frutos maduros, con voces cálidas y optimistas,
con risas sinceras y gestos tiernos, con presentes generosos y gratos: un mundo
perdonado y amoroso. Es el mundo del ser (nombrado como el ser interior, lo que
somos).
Hay otro mundo sombrío donde parece que la vida ha detenido su
movimiento, estático, precario, con olor a flores marchitas y a frutos rancios,
con voces apagadas, pesimistas o tormentosamente solemnes, con escenas
reiteradas de llanto, aflicción, resentimiento, culpas, juicios y ataques, con
pobladores lánguidos de gestos hoscos, lleno de museos y de panteones: un mundo
triste que espera su redención. Es el mundo del ego (lo que aparentamos).
A veces estos dos mundos se confunden momentáneamente sin lograr hacerse
uno.
Elegimos a cuál mundo queremos pertenecer según nuestra mentalidad.
El mundo que cada uno de nosotros contempla es una conformación de
imágenes e ideas en nuestras mentes -un panorama particular para cada uno que
contiene las informaciones y las percepciones a las que hemos dado atributos de
realidad-.
Experimentando con nuestras personalidades precarias, muchas veces
tendemos a desechar los aprendizajes que nos ayudan a construir y a integrarnos
al movimiento y a las relaciones de la vida, mientras albergamos tradiciones e
interpretaciones destructivas y disociadoras que no nos son útiles -el temor,
la incertidumbre, los juicios condenatorios y las creencias
discriminatorias...-, que nos confunden y distorsionan nuestras relaciones.
Todo eso nos detiene, nos estanca, en eventos y relaciones ya cumplidas
que debemos liberar y dejar en la niebla de lo realizado.
Cuando cambiamos nuestra mentalidad, las conformaciones de la vida
cambian para nosotros.
Por esa razón, podemos ser neuróticos y hostiles guardianes de museos o
de panteones, obsesionados con lo pasado y atados a lo que nos afectó, o
podemos ser asombrados y regocijados actores y espectadores de lo que ocurre en
los paisajes y escenarios en que debutamos a diario, en cada instante presente
y evanescente.
Todo lo que amamos existe al unísono en nuestras mentes y en nuestros
corazones por lo que nos mostramos dispuestos a procurar nuestros cuidados y
atenciones para su bienestar.
Todo lo que amamos nos revela su vulnerabilidad sus dones y sus
secretos.
Y todo aquello que nos ama nos corresponde con su reciprocidad.
Cuando el amor está presente no requerimos esfuerzos ni compromisos que
limiten la libertad de otros ni nuestra libertad.
Hugo Betancur (Colombia)
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