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domingo, 21 de junio de 2026

Libre albedrio restringido



NUESTRA RESTRINGIDA LIBERTAD DE ELEGIR

 

Hugo Betancur


 

Cada uno de nosotros puede elegir entre las opciones que tenga en el presente, por lo que el libre albedrío obliga a cada uno a escoger solo alguna de las alternativas posibles.


Cuando llegamos a la bifurcación del camino debemos decidir qué ruta seguir para continuar nuestro itinerario.


De lo que está dispuesto para nosotros, elegimos según nuestros intereses o conveniencia, según nuestra apreciación de su utilidad o de su valor.

 

En ocasiones nuestras elecciones son apremiantes, complejas,  obligatorias y arriesgadas; otras veces son elecciones cotidianas y simples que no consideramos trascendentales y que las hacemos maquinalmente -acostarnos a dormir por fatiga, comer un alimento por hambre, recortar la compra en el supermercado porque el dinero escasea, aceptar un empleo avaramente retribuido…

 

Los bienes mayores que podemos aspirar a realizar son designios y presentes para nuestras mentes:  la paz, la bondad y la empatía hacia otros, la aceptación plena de nuestros destinos con todos sus retos y dificultades, la disposición a cambiar y aprender, la comprensión de las causas profundas que desatan los acontecimientos de la vida que afrontamos.

 

Todos estos bienes podemos alcanzarlos logrando un autoconocimiento veraz del personaje que representamos, haciéndonos conscientes de nuestra psicología personal que nos integra o nos aísla del mundo externo –“Conócete a ti mismo”.

 

Juzgamos la realidad que percibimos afuera cotejándola con nuestras creencias -nuestras mentes perciben según nuestros patrones de análisis y entendimiento.

 

(Repetimos como un axioma la frase: “cada uno actúa según sus creencias”; sin embargo, desaprobamos a quienes expresan ideas distintas a las nuestras).

 

Acopiamos nuestra cultura particular de las fuentes familiares y sociales que nos van sustentando.

 

Adherimos a credos y tradiciones de nuestros ancestros -las doctrinas de sus colectividades religiosas que nos fueron impartidas y los hábitos y normas familiares que nos fueron inculcados.

 

Somos continuadores de comportamientos estipulados y replicadores de discriminaciones y pugnas según las ideas que asimilamos y según las pautas que obedecemos y acatamos.

 

Nos vamos convirtiendo en monótonos oficiantes de rutinas y costumbres y etiquetamos todo eso como nuestros valores morales y nuestros fundamentos de convivencia y relacionamientos.

 

Nuestro yo subjetivo se nutre de todos esos rituales y acciones y nuestra realidad surge de esa ejecución reiterativa y agobiante que no nos propicia la consecución de los bienes armonizantes:  la paz, la bondad y la empatía hacia otros, la aceptación plena de nuestros destinos con todos sus retos y dificultades, la disposición a cambiar y aprender, la comprensión de las causas profundas que desatan los acontecimientos de la vida que afrontamos.

 

Sustentamos nuestros estados de irrealidad e ilusión, lo que nos genera infelicidad, confusión, incertidumbre, depresión: tal vez estas manifestaciones emocionales podremos resolverlas si identificamos sus causas y nos liberamos de sus yugos -lo que hagamos inteligentemente nos permitirá removerlas o gestionarlas positivamente (una actitud inteligente es una percepción coherente de la realidad).

 

Si justificamos la depresión, o si la disimulamos o la encubrimos, o si nos rendimos al alivio insuficiente de los fármacos y de la asistencia de los psicólogos, tendemos a mantenerla vigente y esclavizadora, y aplazamos o rechazamos su procesamiento.

 

Imaginemos el cogollo de un repollo con sus hojas que van creciendo por capas, las de afuera abrazando las más internas y apretándolas hasta formar un fruto que al madurar adopta una forma compacta y dura. Imaginemos nuestras vivencias, experiencias, traumas, frustraciones, sucediendo en el tiempo como capas que se van superponiendo, las más antiguas van siendo tapadas o cubiertas por las que ocurren después y vamos perdiéndolas en la memoria profunda, siguen causándonos malestar y amargura día a día: deberemos descubrirlas y examinarlas para comprenderlas y oportunamente dejarlas ir porque se convirtieron en nuestros recuerdos conflictivos y perturbadores.

 

Si nuestras acciones y nuestras elecciones afectivas nos atraen bienestar y satisfacción seguramente estamos acercándonos a la dimensión donde los bienes mayores manifiestan su esencia.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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