Razones, pretextos, elecciones…
EL ENTRAMADO DE NUESTRAS MENTES
Hugo Betancur
Es posible que nuestra percepción inmediata y
directa de lo que vemos o experimentamos nos pueda permitir una comprensión
temprana de “lo que es”, si somos consecuentes con los efectos y afectaciones
que provoca en nuestras mentes -imágenes súbitas como una lluvia fuerte que se
desata, como un trueno que escuchamos o como un rayo que vemos, como una
situación o circunstancia que presenciamos o que nos es contada, o como los
comportamientos o acciones de otros seres humanos.
Ese flash o imagen fugaz aviva nuestra percepción
inicial. Esa imagen impresiona nuestra mente como una gran fotografía llena de
detalles y de colores que captamos en su plenitud rotulándola con frases o
palabras, contundentes o drásticas o trágicas para cualquiera de nosotros –“se
murió”, “se fue”, “me dejó”, "la perdí” o "lo perdí”, “se terminó”-, o
en contraste, con frases o palabras alegres, optimistas, motivadoras –“nació”,
“regresó”, “está conmigo”.
En ese ínterin o umbral de la percepción al
razonamiento podemos observar los sentimientos y emociones que cada incidente
efímero suscitó en nosotros –los datos de la intuición que desechamos
habitualmente- y podemos decidir inteligentemente nuestra comprensión
ajustándonos a las situaciones. "Lo que fue" no podrá ser deshecho.
Sin embargo, acostumbramos a desplazar la
resolución de "lo que es" en su momento y seguimos después un proceso
de pensamiento inducido por “lo que fue” o “lo que pasó”, implicándonos en una
revisión retrospectiva dispendiosa. Obstinados, resistiéndonos a transigir y a
fluir, enfocamos la atención de nuestras mentes en lo sucedido -relaciones,
seres vivos y móviles representándose a sí mismos, naturaleza, estructuras
físicas- y dilatamos nuestro tiempo psicológico.
Hacemos unas interpretaciones posteriores que
surgen de la información que tenemos, del archivo de la memoria, donde cada uno
de nosotros ha recopilado, o compendiado, o inventariado sus ideas, creencias y
recuerdos a su manera y lo ha adaptado a una identidad que presume como sí
mismo –“yo pienso”, “yo creo”, “yo siento”.
Esa identidad que conformamos en la línea de la
vida que nos corresponde y que constituimos como nuestro yo, es un personaje
que expresa, desde su condición humana, nuestros patrones mentales con que
pretendemos definir y captar lo exterior –y tal vez establecer o tratar de
imponer nuestra idiosincrasia y nuestras ideas particulares y exclusivas.
Filtramos o discriminamos las acciones de otros
según nuestros juicios y elecciones y determinamos qué debió o debe ser o pasar
según nuestros requisitos y designios. Muchas veces nos erigimos como
clasificadores y actuamos quizá como los porteros de los edificios y las
empresas, o como los agentes de aduanas, o como quienes programan reuniones,
calificando quienes cumplen nuestras normas para que puedan pasar nuestro
control y quienes deben ser excluidos porque carecen de los atributos exigidos.
Después de esa percepción instantánea que tenemos
de cada acontecimiento, establecemos nuestras interpretaciones mentales según
nuestros guiones de vida y nuestros planes o proyectos. Hacemos alguna de dos
elecciones: decidimos abrirnos a la comprensión propiciada por nuestra
percepción atenta o nos confinamos en los juicios, muy lentos, que
podrán culminar en nuestras sentencias absolutorias o condenatorias mas no en
una conciliación liberadora.
En ocasiones fragmentamos o distorsionamos o desmenuzamos
los hechos con la pretensión de cotejarlos con los moldes de realidad propia y
subjetiva que elaboramos y nos enredamos en un entramado de pensamiento conflictivo
que nos disocia de otros seres humanos y nos sumerge en crisis mentales que
cargamos con frustración, pugnas, quejas.
¿Qué podemos reclamar o reprochar a otros, que
también han elaborado minuciosa o rudimentariamente su personaje y que lo
representan con sus propios libretos y mentalidad, siguiendo sus ambiciones, o
sus metas, o los que denominamos ideales y sueños, o plantándose ante la vida
como conquistadores potenciales que deben vencer y superar a otros y volverlos
sus sirvientes y proveedores de placer, cuidados, obediencia ilimitada? ¿Qué
podemos reclamar o reprochar a quienes cumplen sus papeles de honrados y
sinceros seres humanos que resguardan celosamente su autonomía y su libertad y
que temen los compromisos? ¿Qué pueden otros reclamarnos o reprocharnos cuando
no nos ajustamos a sus expectativas e ilusiones?
Cada observador fija su mirada en el mundo de
afuera y lo asimila o lo reprueba según los contenidos de su mente y según sus
propósitos.
Podemos considerar que las realidades convenientes
que codiciamos alcanzar son inciertas por su carácter cambiante e inestable y
que también las ilusiones son inciertas porque son sólo fragmentos de
pensamiento, volátiles e insustanciales.
Nuestras relaciones nos acercan y asocian a otros
cuando las establecemos desde nuestra libertad, nuestra afectuosidad y nuestra
integridad -con la esperanza de obtener reciprocidad sincera. Las relaciones
que establecemos desde condiciones de necesidad y carencias nos llevan a
depender de otros y a experimentar la separación en cualquier momento
imprevisto.
Hugo
Betancur (Colombia)
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[La palabra ilusión viene del latín illusio, -ionis
'engaño'. Cuando no se manifiesta aquello que fantaseamos como realizable,
afirmamos con lucidez que nos sentimos desilusionados o desengañados -nos liberamos
de la ilusión y sufrimos la frustración concerniente que nosotros mismos hemos
causado].
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