Los cambios psicológicos
versus los cambios en el intelecto
Hugo Betancur
Nuestras existencias son
jornadas que recorremos desde el vientre materno hasta la inevitable
exhalación con que nos despedimos de las experiencias y relaciones cumplidas.
Son procesos en que manifestamos nuestra personalidad en evolución con sus fortalezas
o debilidades, con sus actitudes de flexibilidad o de rigidez.
Nos expresamos desde niños con
acciones y palabras, impetuosos o reprimidos, expansivos o contenidos,
cordiales o antipáticos, cooperadores o remisos.
Realizamos nuestras experiencias
de vida fluidamente –adaptándonos al ritmo de los acontecimientos, a “lo que
es” y congeniando con otros-, o las realizamos antagónicamente -resistiéndonos
a los eventos y ciñéndonos a nuestros ideales particulares.
Si acogemos las experiencias,
atravesamos cada circunstancia sin recelos y sin atascamientos; si las
rechazamos, nos enredamos en conflictos por resolver –algo así como viajeros
que dejamos olvidada alguna pertenencia a la que damos algún valor en el alojamiento
de paso, lo que nos obliga a regresar, ocupando nuestra mente y el tiempo
cronológico en recuperar lo que ya quedó atrás.
Nuestros más significativos
yugos psicológicos son los apegos y las aversiones, aquello que queremos y
aquello que rechazamos.
Si mantenemos nuestras vidas
estáticas y resignadas, sin atender a nuestros sentimientos de infelicidad y
desasosiego –que tal vez nos anuncian que falta algo por cambiar o descubrir-,
entonces languidecemos y vamos siendo abatidos por nuestras vivencias
infructuosas y desafortunadas: nos enfundamos en nuestras poses de dolientes o
apabullados visitantes de museos y mausoleos donde sólo somos espectadores que
contemplamos los rezagos del pasado que alguna vez fue un presente vivo, sin
poder cambiar nada, siempre interpretando desde la condición pasmada de
nuestras mentes habituadas y dóciles.
Esa existencia humana en que
participamos puede ser para nosotros asombrosa, divertida, conmovedora,
gratificante, vivamente conmocionante en sus contrastes de extrema alegría o
extrema tristeza, como un concierto armonioso que presenciamos esperando que
sea duradero; o puede ser desalentadora, aburrida, exasperante, atiborrada de
eventos y relaciones que toleramos con hastío y desesperación con gestos
impacientes, esperando que pasen rápido como si fuéramos asistentes a un
espectáculo musical donde las voces desafinan y los músicos tocan sus
instrumentos desacoplados y desacompasados mientras los equipos de sonido
suenan estrepitosamente martirizando nuestros tímpanos.
¿Qué progresos hacemos en
nuestras vidas y nuestras relaciones? ¿Cómo afectamos a otros y cómo nos
afectamos nosotros mismos con nuestros actos?
¿La casa de nuestra mente
conserva todos sus elementos funcionales y decorativos inalterables y
estacionarios mientras va pasando el tiempo –como una vieja casa con sus viejos
muebles y cosas ocupando el mismo lugar en el espacio asignado inicialmente? ¿O
es una casa donde todo ha ido cambiando mientras nuestras experiencias,
conflictos y relaciones nos llevan a una comprensión más compasiva e
inteligente de todos los dramas e interacciones cumplidos?
El viajero que avanza en su
jornada, ¿se ha tornado silencioso y ensimismado, cada vez más inaccesible e
incomunicado con quienes le rodean?; ¿o se ha vuelto comunicativo, abierto a
contar sus vivencias sin jactancias y a escuchar las de otros con simpatía?
¿Son contradictorios nuestros
actos y nuestros discursos? ¿Nos vemos a nosotros mismos como nos ven los
demás? ¿Podemos trascender el velo de las apariencias y descubrir nuestra idiosincracia?
Hugo Betancur (Colombia)
____________________________________________________________________

No hay comentarios:
Publicar un comentario