MIRANDO HACIA LEJOS
Hugo Betancur
Nuestras mentes
proyectan hacia el futuro nuestras ilusiones -lo que no ha sucedido y que
imaginamos con la ambición de lograrlo o alcanzarlo para nuestra complacencia y
fortuna. Tanto nuestras ilusiones como el futuro en que deberán ocurrir son
figuraciones. Solo los profetas de las historias de la Biblia conjeturaron
algunos hechos que acaecerían y solo los astrónomos ven algo del pasado en el
brillo lejano de algunas estrellas que ya se extinguieron.
En nuestro
ahora, las ilusiones son espejismos, intangibles e inciertas, y las convertimos
en valores y motivaciones esenciales.
Muchos de
nuestros ideales sobre otros seres humanos, no alcanzados, o por alcanzar –y
probablemente inalcanzables-, en ocasiones se convierten en obsesiones
persistentes y frustrantes para nosotros y en yugos para ellos, son algo
parecido a una camisa de fuerza que nos ajustamos o que ponemos a nuestros
relacionados, son la barrera que nos separa y no el vínculo que nos une.
Escuchamos o
presenciamos con frecuencia los reproches o reclamaciones de las parejas, de
los padres, de los hijos, porque lo que llamamos realidad no les ha traído a
esos otros con las cualidades y condiciones que ellos les fijaron como ideales.
Bajo un análisis
estricto, no disponemos de esos seres humanos anhelados que puedan servirnos
como robots funcionales y que tengan además virtudes humanas excelsas y cálidas
(esos padres, hijos y parejas idealizados no existen).
Todos los seres
vivos nos movemos con nuestras sombras que la luz del día destaca y que la
noche encubre.
A veces
pretendemos modelar a otros como lo podemos hacer con una masa de plastilina,
lo que no es posible porque ellos tienen sus propias mentes y personalidades a
diferencia de la sustancia plástica colorida y blanda en nuestras manos que no
tiene esos atributos.
Recordemos que
la porción de felicidad que podamos atesorar está fundamentada en
nuestras relaciones armoniosas y en la apropiación de nuestros destinos, en la
provisión de asistencia, cuidados y presentes a otros, en agradecer y
entender que cada quien tiene sus dones y sus taras a pesar de sí mismo: estas
acciones nos vinculan afectivamente.
Cada uno es lo
que es y no puede ser otro porque se lo exijamos o porque lo configuremos como
“un ser especial” o como nuestro rescatador y sustentador. Lo de seres
especiales es una fantasía de las mentes y siempre hay que tirarlo al río de lo
imposible.
Los humanos
perfectos no existen ni en los novelones de masas de televisión.
Recordemos que
no tenemos la autoridad para ordenar a otros que nos den felicidad y recordemos
que cuando asignamos a otros la tarea de hacernos felices creamos un conflicto
duradero, por el imperativo en nuestras mentes y por la carga que les ponemos.
La felicidad es
una construcción y siempre está fundamentada en la autonomía de cada uno, en el
respeto a sí mismo y a los otros, en la valoración de todas las acciones y
realizaciones nuestras y de otros que nos favorecen a todos, en la libertad de
cada uno que no puede ser negada ni omitida en nuestras relaciones.
Las relaciones
que establezcamos con otros basadas en “nuestras necesidades” son relaciones
con un proveedor a quien le exigimos unos comportamientos y funciones que debe
realizar para satisfacernos, agradarnos, obedecernos, lo que es una distorsión
y un desconocimiento de su libertad.
Cuando alguien
expresa “te necesito”, “debes hacerme feliz”, “te reprocho que no me das
felicidad” está haciéndose una imposición a sí y a otros y esto no conduce al
bienestar sino al establecimiento de un vínculo de sumisión y obligatoriedad
que no es posible.
Dios nos dio el
libre albedrio que es un don de vida y cada uno puede y debe acogerse a esa
condición.
Podemos
construir lo que llamamos felicidad con los que están y celebrando y
homenajeando a los que se han ido: todos en sus almas siguen y seguirán presentes
por los siglos de los siglos.
Hugo Betancur (Colombia)
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[La palabra ilusión viene del latín illusio, -ionis
'engaño'. Cuando no se manifiesta aquello que fantaseamos como realizable,
afirmamos con lucidez que nos sentimos desilusionados o desengañados -nos
liberamos de la ilusión y sufrimos la frustración concerniente que nosotros
mismos hemos causado].
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