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domingo, 22 de marzo de 2026

Adictos a la ilusión del amor que viene de afuera

 


ADICTOS AL "AMOR" QUE LLEGA DE AFUERA

Hugo Betancur

 

Muchos mandamientos que hemos recibido desde la infancia, provenientes de las creencias de nuestros ascendientes  y de los entornos familiares y sociales en que crecemos, nos amarran a comportamientos y elecciones disfuncionales o conflictivas, por ejemplo: "debes encontrar una pareja que te complemente, que se ocupe de ti, que atienda tus necesidades, que cumpla tus expectativas" -estos mandatos destacan como primordial  el cumplimiento de roles de cuidadores y de sirvientes de la pareja que aprobemos como la más conveniente -como los contratantes de empleados, fijamos nuestra pesquisa más en las cualidades y ventajas del candidato al cargo que en los beneficios mutuos de la relación a establecer. 

La obsesión por acceder a una pareja que nos sea provechosa y duradera, o a las parejas que vayan reemplazando progresivamente a las que no cumplieron nuestros estándares de evaluación, nos muestra como adictos a las ilusiones del amor que llega de afuera y como dependientes funcionales de otros. Perdemos nuestra autonomía y nuestra libertad -y comprometemos las de nuestro cónyuge temporal- cuando imponemos nuestros requisitos y nuestras limitaciones. Quizá podamos aplicar a estos adictos la metáfora de quien escoge en un enorme  supermercado de una abundante variedad de botellas de agua la marca que va a comprar para satisfacer su sed del momento; es posible que su elección le parezca acertada al beberla y que acoja el mismo  producto después o que pueda rechazarlo y deba seguir ensayando con otros disponibles con la esperanza de saciar su sed (es claro que traigo como ejemplo un elemento vivo de la naturaleza, consumible y canjeable) -sin embargo, la avidez respecto a las parejas representa una complejidad infinitamente mayor lo mismo que la empatía que los dos relacionados definan.

Esa adicción a las ilusiones del amor de afuera es un objetivo fantasioso de las mentes que conlleva a dependencia o esclavitud de algo o de alguien que deberá darle sentido y valores a las existencias de quienes persiguen ese idilio.

La clasificación “adicción al amor” que la psicología adoptó para estos nexos me parece artificiosa (estas relaciones de pareja son amoríos, sustituciones circunstanciales del amor). Mas bien podemos encajar a estos seres humanos, que reemplazan a sus parejas o que las relegan, en otro ítem: “adictos a las ilusiones de amor”. Quienes califican para pertenecer a este apartado son generalmente egocentrados y tienen su guion estructurado para sí y para los otros -estos deberán obedecer sus planes y sus demandas, y deberán proveerles sentimientos, emociones y atenciones que les den satisfacciones y percepciones de ganancia constantes y abundantes que podrán interpretar como realización del amor de pareja que persiguen.

Este amor ideal que proviene de afuera es una ilusión más, inalcanzable y siempre lejana como lo que llamamos futuro: ese modelo de pareja   superior que pueda brindar un desempeño sensual y una complementación afectiva y placentera continua e indeclinable no es posible en nuestro plano de realidad: nuestros atributos, nuestras condiciones, nuestras acciones solo alcanzan a suplir un mínimo porcentaje de ese patrón de perfección exigido por los buscadores de amores épicos y trascendentales.

La insuficiencia física, cultural y psicológica caracteriza al conjunto de seres humanos del planeta: nuestro cumulo de pertenencias y dones no alcanza a deslumbrar y subyugar a otros sino efímeramente -los adictos a las ilusiones de amor también están incluidos en esta población de criaturas vivas precarias y simples.

La personalidad perfecta, la belleza perfecta, la inteligencia perfecta (y por ende la pareja perfecta) son equivalentes a los símbolos supremos perpetuamente inaccesibles y remotos: la iluminación, la santidad, la sabiduría plena, la infalibilidad -solo quimeras que nuestra imaginación persigue infructuosamente y que tal vez sean nuestro logro cuando culminen las existencias que nos trajeron a evolucionar en este mundo. 

 

Hugo Betancur (Colombia)

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El ego y sus obsesiones de grandiosidad.

                                  Cúpula de la Nueva Catedral de Salamanca, plano vertical. España.


EL EGO Y SU GRANDIOSIDAD

Hugo Betancur

 

Si nuestras acciones no son amables,

nuestras palabras amables no son ciertas.

 

[Premisas del ego: “Dime lo que quiero oír”, “Has lo que quiero que hagas”, “Dame lo que quiero recibir”.]


De mis experiencias y aprendizajes con mis pacientes en sesiones de hipnosis, de mis privilegiadas relaciones con médiums y de mis diálogos con otros terapeutas, he sacado las conclusiones que expongo seguidamente.

 

Cada ser humano tiene una mente que dirige sus acciones en cada episodio pasajero de su existencia. Esta mente está asociada a una personalidad, y ambas progresan a través de la experiencia –la relación con la vida- y del aprendizaje. La mente con su registro de los hechos sobrevive a la muerte del cuerpo físico. Muere la mente neuronal o cerebro que hace parte del cuerpo físico, instrumento de representación en el drama planetario.

 

En cada proceso de vida, lo que denominamos yo es la percepción de cada existencia humana como particular, con rasgos y condiciones propias que la caracterizan como diferente. Decimos “yo pienso”, “yo considero”, “a mí me parece”, cuando queremos expresar las impresiones que ese yo ha elaborado.

Desde la conformación del feto en el vientre materno, se va conformando un ego que hace parte de la personalidad o que se incorpora a la personalidad. Ese ego o pequeño yo es algo así como una entidad o un programa de la personalidad que establece la individualidad o la separación respecto a los demás: “a mí me gusta”, “a mí no me gusta”, “yo quiero esto o aquello”. 

El ego o pequeño yo es competitivo, absorbente, selectivo. Considera la vida como como una lucha en la que hay que enfrentar adversarios y adversidades; en esa confrontación, ese ego separacionista y exigente debe ganar, poseer, conquistar, sin medir el costo ni las consecuencias que haya que asumir en el empeño de superar o aniquilar a otros.


El pasado del ego está lleno de afrentas y de batallas. En algunas le pareció vencer y en otras le pareció ser vencido: se siente orgulloso y jactancioso por la primera ilusión y resentido y con deseos de venganza por la segunda.

 

El ego está lleno de temores, de discriminaciones, de tergiversaciones, según sus presunciones, respecto a quienes no se acomodan a sus demandas y requisitos. Desde la estructura del ego y de sus fines e intereses son promovidas las guerras y la destrucción, las enfermedades incurables propias de cada uno, las pugnas interminables que atraviesan generaciones y culturas.

 

Desde esa condición egoica predominante, cuando interactuamos por primera vez con otros seres humanos, los sopesamos, los calibramos: ¿Qué representa esta persona para mí? ¿Qué utilidad tiene esta persona para mi vida? ¿Debo aceptar a esta persona cordialmente o debo prevenirme contra ella? El comportamiento egoico es una mezcla de recelo y cautela en esos encuentros iniciales (aunque a veces esos comportamientos persisten y se vuelven sistemáticos).

 

Según esas evaluaciones tácticas iniciales, el ego decide como actuar: amistosa y abiertamente, o despectiva y evasivamente.

 

En nuestras relaciones, cada vez que nos involucramos destructivamente en un conflicto hemos sido “enganchados” en las tramas de disociación del ego, que decide que alguien no cumplió una función o funciones que le fueron asignadas o que realizó unas funciones que no le fueron permitidas ni aceptadas, y en consecuencia debe pagar por ello.

 

El ego reacciona ante estas situaciones con hostilidad esgrimiendo sus armas o activando sus defensas. El ego establece la culpabilidad y también la sanción o castigo que debe recibir quien transgredió sus normas, y persiste en el conflicto hasta que sus requisitos sean satisfechos o hasta que sea obedecido y resarcido. El ego personifica las tendencias de cada uno a disfrutar la vida, a dominar, a obtener y poseer, a alcanzar un envidiable estado de grandeza y de éxito. El ego nace con el cuerpo físico y muere con él.

 

Lo que llamamos ego sano es el pequeño ego contenido y dirigido por la personalidad hacia unas relaciones equitativas y respetuosas donde reconocemos el libre albedrío de otros, sus cualidades, sus limitaciones, su idiosincrasia1*. Al reconocer lo que otros son en sus vivencias temporales, reconocemos también lo que nosotros somos.

 

Cuando nos replegamos hacia la dimensión de nuestro ser -el portal del alma-, la personalidad y el ego son relegados a un segundo plano. Desde esa dimensión mental vemos claramente que cada uno se representa a sí mismo en este plano de vida y nos damos cuenta de la vulnerabilidad o de la fortaleza, de la inteligencia o de la ignorancia, de la confusión o de la certeza que le corresponden a cada vida.

 

Desde esa dimensión de nuestro ser sabemos que no hay seguridad para quienes se atacan en el campo de batalla. Para el ser, la condición de vencedores y vencidos significa lo mismo, la misma deuda por saldar, los yugos comunes que debemos resolver a través del tiempo en relaciones de expiación y reparación, el mismo sufrimiento causado que debemos sanar.

 

Cuando experimentamos lo que otros experimentan podemos comprender cómo son sus vidas y que tan inminentes y únicas han debido ser sus decisiones y acciones de acuerdo a las circunstancias de momento y personalidad que atravesaron (aunque los observadores incidentales hubieran juzgado y asumido que hubo muchas opciones posibles, los observados sólo pudieron actuar desde las condiciones de sus mentes).

 

Al ubicarnos en la situación de los otros (lo que alude la frase “ponerse en los zapatos de otro”) podemos conocer sus percepciones y acomodarnos a la sentencia de Dante en la ‘Divina Comedia’: “Probarás cómo sabe a sal el pan ajeno y que duro trance es el subir y bajar por las escaleras del prójimo”2*.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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1* IDIOSINCRASIA. F. Del griego διοσυγκρασία -'temperamento particular'. Esta palabra define el conjunto de rasgos, temperamento, carácter, creencias y mentalidad que pueden ser distintivos y propios de un individuo o de una colectividad o de una cultura.

2* Dante Alighieri, en la “Divina Comedia”, en el Canto XVII.

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sábado, 21 de marzo de 2026

Aprendiendo, presenciando.

                 "Mujer reclinada" (Reclining Woman) del escultor  Fernando Botero, en Parque Botero, en Medellín.

APRENDIENDO

HUGO BETANCUR

La palabra aprender significa adquirir conocimientos sobre asuntos o destrezas. Lo que aprendemos lo agregamos a nuestra mente como información útil o utilizable en nuestras relaciones y desempeño de funciones.

Es posible que nuestros aprendizajes expandan la capacidad de nuestras mentes de comprender e integrarnos a los ritmos de la vida.

Si asumimos el propósito de aprender aplicamos nuestras mentes a pesquisas beneficiosas para nuestro progreso y percepción de la realidad -o de los enfoques que nos acerquen a una visión congruente con lo que llamamos realidad.

A medida que vamos atravesando nuestros aprendizajes vamos también emprendiendo los cambios de nuestra mentalidad -podemos remover los conflictos y la incertidumbre y apreciar con una tolerancia inteligente nuestros actos y los de otros y las vivencias compartidas.

Lo que pasó ya fue y el presente está desplegando constantemente sus eventos contrastantes -alegría o tristeza, bienestar o desasosiego, esperanzas o hastío, frustración o plenitud.

La actitud de atención del caminante sobre sí mismo y sobre los escenarios y personajes de afuera le permite afrontar mejor su confusión, sus dudas, su vulnerabilidad.

Posiblemente nuestra más sabia elección sea la de ir en todo momento aprendiendo, extendiendo la temporalidad interminada de esa palabra tal como corresponde a su significado gramatical -y ocurriendo en presente como nuestras existencias que algún día serán solo recuerdo e historias cumplidas, como las de las frágiles golondrinas migrando confiadas a través del espacioso cielo hasta el confín de su aliento y su vuelo.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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