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lunes, 27 de abril de 2026

Manías y maníacos



MANÍAS

(Cuando damos más importancia a nuestras actividades y creencias que a las relaciones reciprocas concertadas).

 

Hugo Betancur

 


Las manías son ideas fijas; quienes las padecen hacen un culto rutinario a su ejecución precisa e inaplazable.

 

Necesariamente los seres humanos maniacos actúan conflictivamente.  Los demás deben cumplir rígidamente las condiciones que ellos les imponen.

 

Vemos a los maniacos empeñadas en un riguroso ordenamiento de objetos y ambientes, y en una actitud constante de voraz vigilancia sobre los demás.

 

Cuando alguien actúa en una forma diferente a la que los maniacos han establecido como aceptable o adecuada, estos se muestran inconformes y hostiles.

 

Normalmente, como una característica destacada de su personalidad, los maniacos se consideran a sí mismos como autoridades; por  esa razón intentan oprimir a otros exigiéndoles que se ajusten a sus normas y pretensiones. (Si los maniacos ocupan una jerarquía superior dentro de la rutina social o laboral, su autoritarismo se desmanda).

 

Si los maniacos no pueden imponer sus condiciones porque en su escenario otros tienen un rango más elevado que el suyo, entonces protestan veladamente, o se sienten víctimas de ellos, o adoptan estrategias para convencerlos sobre los valores y conveniencias de su particular estricta elección.

 

En su extremado celo por preservar sus manías, se tornan previsivos y pedagógicos y aleccionan a los posibles infractores de sus requisitos, advirtiéndoles sobre los riesgos que podrían afrontar si no proceden en la forma que ellos consideran correcta.   Les ilustran claramente sobre cómo proceder para evitarles frustraciones y enojos.

 

     Los maniacos adquieren rasgos de inflexibilidad en defensa de sus obsesiones.  Se tornan intolerante y recelosos, y tienden a recordar con resentimiento, amargura o expresiones de reproche las acciones de los demás que no se ajustaron a los moldes de sus expectativas -y pueden llegar al extremo de tomar venganza como reacción de castigo contra los transgresores de sus demandas. 

Sus relaciones se tornan tirantes.  Quienes rodean a estos seres humanos caprichosos adoptan conductas imprevistas: algunas veces, tolerantes como estrategia para una interrelación cordial; otras veces, fingidamente obedientes; ocasionalmente, abiertamente reactivos y de franca oposición cuando las circunstancias parecen caóticas. 

Siempre los maniacos restringen las actividades de quienes comparten sus espacios con ellos.  Traen del pasado una carga de rituales obligatorios en sus mentes.  Se niegan sistemáticamente la opción de fluir libre y espontáneamente con su prójimo en relaciones de respeto, solidaridad, comprensión y entendimiento equitativo.  

Objetivos y creencias parecen volverse tan prioritarias para ellos que responden a las manifestaciones de otras personas con ademanes y expresiones disociadoras y desdeñosas –hasta con actitudes arrogantes y desafiantes cuando su vano ego se desenfrena. 

Cada situación que atraviesan y cada manía que repiten alteran su desempeño. 

Ninguna persona cambia si no ha establecido ese propósito en su mente.   Normalmente, las personas aquejadas por este padecimiento carecen de una consciencia autocrítica que les permita verse a sí mismas en sus relaciones, o son demasiado egocéntricas, o tienen un bloqueo hacia la comunicación y rehúsan el diálogo constructivo con los demás. Con frecuencia encontramos en estas personas una sobrevaloración inadecuada de sí mismas y un complejo de superioridad –que realmente es solo jactancia- que las lleva a exigir el culto a sus personalidades y un reconocimiento adulador de los demás. 

Con el transcurso del tiempo, la infelicidad ensombrece las vidas de los seres humanos que adoptan esta monótona y deplorable tendencia maníaca, lo que obliga a sus allegados a interactuar cautelosa y prudentemente junto a ellos. 

Cuando se vuelven incontrolables y perturbadores, los maniacos, por su voluntad o por la presión de sus allegados, acuden a una evaluación médica. Inevitablemente son diagnosticados con alguno de los ítems previstos en el capítulo de trastornos afectivos y del comportamiento. Posiblemente reciban una prescripción de fármacos que actúan sobre el cerebro para bajarles el ímpetu y refrenar las expresiones desaforadas que sus mentes no lograron resolver con ecuanimidad.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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CLASIFICACIÓN DE ENFERMEDADES MENTALES CIE-10

F30-39 Trastornos del humor (afectivos)

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domingo, 26 de abril de 2026

Atención, quietud, aprendizaje dinámico.


LA ATENCION

 

Hugo Betancur

 

La atención es un proceso posible en tiempo presente para nuestras mentes que observan, contemplan, analizan.

 

La atención es una acción subjetiva. Enfocamos selectivamente nuestra mente en algo con el propósito de examinarlo, definirlo, interpretarlo, alcanzar una comprensión que nos permita trascender su apariencia.

 

[El  sustantivo atención procede del latín attentio, -ōnis, y el verbo atender proviene del latín attendĕre. En la palabra latina attentio se encuentra el origen etimológico del término atención, vocablo compuesto de tres partes: el prefijo “ad”– que es sinónimo de “hacia”, el verbo” tendere” que podemos traducir como “estirar” y el sufijo –ción que es equivalente a “acción y efecto”.]

 

La atención es un estado de alerta de nuestras mentes en el ahora sobre eventos que suceden, o sobre seres vivos, o sobre fenómenos y cosas. Nuestra atención sobre lo que ocurre en tiempo actual nos permite captar sus características con una definición más evidente.

 

Cuando reflexionamos sobre circunstancias y relaciones del  pasado, nuestra atención está limitada por la incertidumbre de la memoria o por huellas de las imágenes que conformamos según la impresión o afectación que los hechos dejaron en nuestras mentes.

 

Podemos equiparar un estado de atención plena con la meditación: como un acuarelista frente al paisaje, elaboramos un retrato según las formas y colores que percibimos, y plasmamos en nuestras mentes versiones fragmentadas de la vida según lo que somos y según lo que experimentamos en nuestras relaciones.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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El amor une. Lo suyo no es atar ni subyugar.

                                                                                                                                   Foto por Juan Castillo

RELACIONES NO AMOROSAS

 

Hugo Betancur

 

Para establecer relaciones amorosas armoniosas es fundamental que hayamos alcanzado un estado de paz y comprensión con las vivencias que hemos atravesado.

 

¿Cuál es la primera señal de que las personas inician una relación no amorosa?

 

Quienes inician la relación no amorosa expresan: ¡Esta relación va a darme felicidad! ¡Esta persona me trae todo lo que me hacía falta y me permitirá cumplir mis sueños!

 

Sus mentes están enfocadas en lo que van a obtener más que en lo que pueden aportar o prodigar.

 

Para ellas, sus expectativas predominan sobre las opciones concretas que la interacción puede atraer: dos que se relacionan súbitamente con objetivos de emparejarse establecen unas manifestaciones posibles, según sus personalidades, sus actitudes y sus limitaciones, y no pueden establecer unas manifestaciones ideales que no coincidan con lo que ellos son –sabemos que cada planta produce sus peculiares frutos y semillas y no otros.

 

La frase que retrata a quienes inician una relación no amorosa se resume en "¡Ahora sí voy a ser feliz!". Su esperanza se dirige a lo que pretenden conquistar, ignorando o desdeñando sus propios méritos y las restricciones que puedan tener para poder alcanzar o realizar ese sueño ególatra.

 

Si estas personas eran no felices o infelices antes de esta relación en la que se montan como si fuera su tabla de náufragos, eso es lo que van a poner en el nexo que empiezan muy ilusionadas y desafiantes o autocomplacidas -todos los implicados habitualmente consideran estos enlaces repentinos como su más preciado y futuramente exitoso romance (aunque hayan conocido previamente situaciones de convivencia que definieron como fracasos, lo que atribuyen a las acciones de sus parejas, desdeñando su propia responsabilidad y sus desaciertos).

 

La infelicidad anterior no resuelta es una cuenta de cobro que les tiene la vida y que no saldaron oportunamente, y sus intereses acumulados representan conflictos abundantes a medida que los días corran y sus comportamientos turbios o disociadores vayan siendo expuestos inevitablemente en la relación que han emprendido.

 

Las pruebas que la vida les va presentando confrontan sus planes personales con las retribuciones que deben pagar y con las tareas que deben cumplir.

 

La felicidad no es un bien que pueda ser comprado ni negociado con trampas. No podemos echar atajos para lograrla sin recorrer el camino que nos corresponde atravesar. Solamente podemos acceder a esa condición de armonía desde un estado de paz interior y desde una disposición altruista y sincera.

 

Cuando nos dominan nuestras ambiciones desmedidas y nuestros deseos arrebatadores en las relaciones que imponemos, el desenlace de las historias que armamos no será un final feliz, a pesar de nuestros pobres alardes de distinción y vanagloria que la vida desenmascara crudamente cuando menos lo esperamos.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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jueves, 23 de abril de 2026

Celos que provienen de creencias y tradiciones.



 LOS CELOS QUE NUESTRAS CREENCIAS 

Y APEGOS HACEN POSIBLES

 

Hugo Betancur


 En nuestra civilización occidental hemos sido educados según las tradiciones y creencias de nuestros grupos familiares y sociales. Muchas de esas características tienen sus fundamentos en las culturas judeocristianas que imponían la conformación monogámica en la relación de la pareja y que sancionaban drásticamente la desobediencia a este condicionamiento; basaban esta restricción en mandatos religiosos y en propósitos de unidad y progreso familiar.

 

Habitualmente en los períodos iniciales de las relaciones especiales, cada participante proyecta unas expectativas respecto al otro y le asigna unas funciones que debe cumplir. En ocasiones, esto es expresado verbalmente y con mucha claridad; otras veces, quien lo concibió presume o supone que sus aspiraciones serán cumplidas por su pareja espontáneamente y que no es necesario instruirla sobre esas condiciones y pautas de comportamiento que le ha fijado.

 

Esas relaciones preliminares tienen atributos y encantos peculiares para cada uno. Si la intención es romántica, los participantes entran en un estado de enamoramiento: son impresionados gratamente por quien aparece frente a ellos y se sienten embelesados por las situaciones plácidas que vislumbran.

 

El enamoramiento no es amor. Es una percepción de complacencia temporal que da paso a las expresiones de dualidad de cada uno de los actores. Las personalidades van mostrando poco a poco sus rasgos particulares, sus inclinaciones y preferencias, sus dones y sus limitaciones. Los días cálidos y coloridos son reemplazados por días nebulosos y lluviosos. No es posible la fusión de dos que son diferentes –ni siquiera de dos que parezcan identificados en torno a creencias y propósitos-; la vida solo permite los espejismos bajo ciertas condiciones transitorias y cada ser vivo debe acogerse a las alternativas de su propia existencia.

 

El enamoramiento cede su lugar a la realidad que retrata a cada uno tal como es a través de sus acciones y comportamientos. La luz abundante que entra por las ventanas descubre los aposentos que la noche ocultaba. Ahora se imponen como prioritarias las experiencias compartidas y los participantes evalúan los resultados.

 

Los seres humanos que conforman una relación como pareja son motivados por muchas razones, conveniencias, ideales, sentimientos, intereses, que a veces engloban erróneamente bajo la definición de amor.

 

Podemos entender que quien ama es respetuoso, acogedor, solidario, protector, tolerante, sincero; no subyuga al otro ni cede su libertad porque reconoce la sabiduría del libre albedrío.

 

El amor no tiene polaridades ni opuestos, solo es. Lo que llamamos sentimientos sí tiene sus contrastes: “hoy te quiero pero mañana podría no quererte”, “hoy me siento bien contigo pero mañana podría sentirme mal”, “hoy me gustas pero mañana podrías no gustarme”. Los sentimientos y los afectos dependen de nuestra satisfacción o de nuestra insatisfacción, de las circunstancias. Nuestras reacciones de agrado y conformidad son una manifestación de que hemos sido halagados o servidos.

 

Cuando las personas establecen sus relaciones de pareja emprenden una observación continuada mutua y pueden convivir o compartir más asiduamente; se tratan y se revelan o descubren para consolidar su vínculo progresivamente o para marchitarlo.

 

Los celos en las relaciones de pareja

 

El matrimonio es un nexo ante la sociedad en un ceremonial de iglesia o en una dependencia pública. Dos que se casan se comprometen a cumplir unos requisitos de moralidad entre los que destacan la monogamia y la fidelidad a la pareja –ambos conceptos se complementan (“fidelidad” viene de la palabra latina “fide” que significa lealtad). Dentro de la seriedad asumida con el vínculo, los dos se acogen a cumplir esos requisitos. Uno de ellos puede entrar en conflicto cuando se da cuenta que el otro los quebrantó -si ciertamente los incumplió y si es posible comprobarlo con evidencias, la respuesta anímica de malestar es normal. Psicológicamente podemos entender que esto motiva una reacción afectiva y emocional y que puede presentarse una crisis como consecuencia. Posiblemente esto sirva como precedente y quizá la relación tendrá modificaciones; el incidente los sacude y los obliga a reacomodar sus roles; ya no pueden seguir como antes porque algo imprevisto los confronta y debe ser resuelto por los dos. Quien se siente afectado por el evento puede sentir inestabilidad y manifestar incertidumbre.

 

Respecto a las relaciones de pareja entre un hombre y una mujer, podemos dar al término “celar” estos significados: restringir, vigilar, ejercer control para comprobar que el otro o la otra no se han involucrado en una relación distinta a la prevista.

 

Los celos reflejan posesividad, apego, desconfianza. La otra persona ha sido incorporada en la relación como un complemento requerido y le ha sido confiada la misión de compañero exclusivo; no se le concede permiso ni opciones de apartarse del proyecto trazado. 

 

Los celos pueden aparecer ocasionalmente sin causar desequilibrio y solo como un comportamiento incidental poco significativo; o pueden persistir y volverse un rasgo obsesivo y propiciador de desastres. Reitero: si no ha habido transgresión al compromiso de fidelidad y monogamia, la actitud de quien cela por temores imaginarios es una distorsión de la realidad. Esta fantasía debe ser entendida y desechada por esa persona porque obstaculiza la relación armoniosa de la pareja.

 

Si los celos son una respuesta ante hechos indiscutibles de una relación satélite actual y no disuelta, con los mismos componentes de intimidad, sensualidad y galanteo en otro escenario, los miembros de la pareja en conflicto deben decidir qué hacer y realizar cambios que les permitan ahuyentar la hostilidad y la frustración tormentosa que amenaza separarlos. Creativamente, deben restaurar el equilibrio alterado, tanto si convienen proseguir la relación como si optan por romperla. Sobran allí las culpas y las condenas –esos no son instrumentos del amor si está presente y al ego solo le servirán como justificaciones y cargas que tornan mezquinos a sus adeptos.

 

La solución no debe ser pospuesta. Pueden atravesar la adversidad sin declararse adversarios. La permanencia o la partida deben ser asumidas sin resentimiento, sin ideas de venganza, con una disposición de comprensión y de liberación. Han llegado los emparejados a una bifurcación del camino y deben decidir cuál de las rutas tomar: no es posible caminar por dos senderos diferentes al mismo tiempo; allí donde el amor no congrega, los seres humanos establecen sus conquistas precarias y sus brumosos reinos de utopía.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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Comentario adicional: expongo como muestra de celotipia 

un tema de una balada muy popular del siglo pasado:

CELOS

Canción en la voz de Camilo Sexto


“Siento celos,

es seguro que son celos,

el amor es más tranquilo,

tan tranquilo como un beso.

Siento celos,

que es igual a decir miedo,

¿y por qué no?, tal vez sin celos

nuestro amor no sea completo.

Celos, de una sombra de tu pasado

que se acuesta a tu lado

entre mi amor y tu cuerpo.

Siento celos,

ni de macho ni cornudo,

simplemente de amor puro,

de tristeza y desconsuelo.

Celos de los ojos de mi amigo

del saludo de un vecino

y del forro de tu abrigo.

Celos, ese dulce sufrimiento

que te quema a fuego lento

que me hace tu enemigo

Siento celos,

y de ser un buen amante,

me he convertido en tu sombra,

en tu espía, en tu sabueso.

Siento rabia,

que es igual a sentir celos,

de que notes en mi cara

el maldito amor que siento.

Celos cuando escucho una llamada,

según tú, equivocada,

y me dices ahora vuelvo.

Celos de los ojos de mi amigo,

del saludo de un vecino

y del forro de tu abrigo.

Celos, ese dulce sufrimiento,

que me quema a fuego lento,

que me hace tu enemigo.

Celos de los ojos de mi amigo,

del saludo de un vecino

y del forro de tu abrigo.

Celos, ese dulce sufrimiento,

que me quema a fuego lento,

que me hace tu enemigo.

Siento celos...”

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[ILUSIÒN. La palabra ilusión viene del latín illusio, -ionis 'engaño'. Cuando no se manifiesta aquello que fantaseamos como realizable, afirmamos con lucidez que nos sentimos desilusionados o desengañados -nos liberamos de la ilusión y sufrimos la frustración concerniente que nosotros mismos hemos causado].

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