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domingo, 5 de abril de 2026

La religión del ego


                                                                                            

LA RELIGION DEL EGO

 

Hugo Betancur

 

La religión más extendida en el mundo es la del ego. Sus oficiantes se erigen a sí mismos como individuos excepcionales que promueven el culto a su personalidad, o a su comunidad religiosa, o a su cultura -asumen que los otros deberán ensalzar y reverenciar su identidad particular o la colectividad a la que pertenecen y exaltan un yo o un nosotros que establecen como mejor que los demás. 

 

Las religiones del ego también disponen de inmensas y suntuosas construcciones que son sus iglesias, sus templos, sus mezquitas, sus plazas, donde masas de creyentes se regodean celebrando sus ritos bajo la orquestación de los maestros de ceremonias -los que más saben y los que más poder han conquistado- quienes debutan enfundados en sus hábitos costosos y exclusivos, en ocasiones ribeteados con hilos dorados y bordados con imágenes o símbolos que magnifican sus jerarquías mundanas.

 

Recitan o promulgan mensajes provenientes de sus libros sagrados o adaptados a la funcionalidad de sus predicaciones y se declaran emisarios de sus dioses.

 

En las religiones del ego también hacen sus representaciones públicas o desde sus palacios los encumbrados políticos, los fieros e implacables dictadores, los condecorados generales que deciden a quien intimidar y a quien atacar -todos ellos se rotulan como salvadores de la civilización, de sus países, de las instituciones que manejan a su modo para su lucro y para saciar su codicia.

 

También los ególatras ejercen sus métodos de avasallamiento en sus hogares, en sus recintos privados, en sus relaciones afectivas, sociales y de trabajo o empresa. Personifican ese ego y lo exaltan ante otros especialmente en los eventos públicos donde destacan y magnifican su exigua importancia personal y su agigantado narcisismo.

 

La doctrina de esta religión del ego está fundamentada en los pilares imperiosos de la culpa, el castigo, la dualidad éxito y fracaso, y la separación -bajo los dogmas que aplica el ego, la integración no es posible y la afinidad entre seres humanos es una utopía que derriba el paso del tiempo.

 

Los ególatras pregonan la existencia de  dos categorías de seres humanos: los que dominan, escalan y lideran, voceando que se han hecho triunfadores por sí mismos, gracias a su inteligencia, a sus esfuerzos y a su personalidad arrolladora -aunque otros les hayan aportado sus recursos y su energía para catapultarlos hacia sus cimas- y los demás, los elementales que superviven sin mentores, con una educación precaria que limita su acceso a trabajos y posiciones privilegiadas y rentables, minimizados por quienes los emplean como sus trabajadores aunque los tratan como sus sirvientes.

 

Los instrumentos de los devotos de esta doctrina del ego, son la supremacía, las imposiciones, los chantajes y los condicionamientos; el ambicionado dominio sobre otros ha de ser alcanzado llevándolos a la sumisión y al sacrifico.

 

Los súbditos del ego se acogen a sus preceptos básicos: alguien debe prevalecer y alguien tiene que asumir el papel de víctima, alguien debe mandar o ser mandado, alguien debe pagar una penalización por su acciones -lo que equivale al pecado y castigo establecido por las otras religiones-, muchos deben ser obedientes a la voluntad de quien remonta alturas para hacerse ver y admirar, alguien debe maquinar y alguien debe permitirlo.

 

Como los demonios clásicos llevan a sus infiernos al final de sus vidas a quienes han obrado mal en su nombre, el ego recompensa a sus adoradores con malestar y frustraciones -siempre resultan insuficientes las conquistas de cada uno y no es posible realizar las ilusiones que las mentes persiguen obsesivamente pues cada quien manifiesta y elabora con desmesurada avidez sus objetivos, lo que en muchas ocasiones crea pugnas y adversarios que frustran los planes particulares.

 

Sin embargo, las ambiciones de estos ególatras practicantes presentan demasiados obstáculos en este mundo enmarañado: es demasiado difícil atesorar sin la provisión de otros y las ganancias genuinas y justas no llegan por la aplicación de pensamientos positivos e ideales de visualización sino porque tengamos méritos para recibirlas o porque en función del destino de cada uno sea posible lograrlas.

 

No hay felicidad en las relaciones interesadas y aventureras de los egos, porque los planes  de progreso están asentados sobre el despojo a otros, o sobre la lucha para superarlos, o sobre la utilidad que nos brindan satisfaciendo lo que llamamos nuestras necesidades -algunas las nombramos necesidades básicas humanas, lo orgánico y lo material, y otras constituyen lo psicológico, que nos aprovisionarán otros: "te necesito", necesito que me des tu amor", "sólo tú puedes darme lo que me falta" (aprovisionamiento, compañía, cuidados, protección, asistencia, seguridad, placer).

 

La felicidad que el ego persigue aparece fugazmente y luego se esfuma como la llama de una cerilla. Es sustituida por formas mentales agobiantes: el sufrimiento, el autosaboteo, la infelicidad, la incertidumbre. 

 

El sufrimiento es la recompensa paradójica que el ego ofrece a sus masas de fervientes seguidores.

 

La religión del ego no se parece en nada a las religiones inspiradas desde el Cielo, basadas en el amor y la unidad.

 

La del ego es la religión de la tierra, fundada sobre el ataque, la separación, el culto a la personalidad y los dogmas, la negatividad, la destructividad, la depredación.

 

La del ego es una religión de amos y sirvientes, de ganadores y perdedores, de sombrías y fanáticas jerarquías que imperan en sus territorios de poder con sus instituciones y recursos de control -algunas se tornan vitalicias y las demás son removidas por otras que las superan en astucia y en pactos de mutuo favorecimiento.

 

Todas las demás religiones instauradas aportan sus líderes y sus masas crédulas y doblegadas a la religión del ego que las supera y las subyuga.

 

La espiritualidad de cada uno, con nuestro libre albedrío y nuestra evolución a través de las existencias, trasciende todas las ilusiones de los personajes que representamos, de los escenarios donde nos consumimos sacudidos por nuestros egos y de los tiempos con que medimos nuestras historias.

 

Hugo Betancur

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viernes, 3 de abril de 2026

Lo que cada uno puede ver y definir.



PERSPECTIVAS DE CADA UNO 

Hugo Betancur

 

[-No me distraigan que voy de prisa -dijo la tortuga.

-Son muy pequeños los hombres y muy cortos sus caminos -dijo el águila.

-Tenemos fama de sabios -dijo el búho-; sin embargo, sólo practicamos el hábito de observar todo con mucha atención mientras  reflexionamos en silencio sobre lo que vemos].

 

Somos espectadores y actores de los sucesos de la vida. Hacemos nuestras representaciones en los escenarios o  miramos lo que pasa desde afuera.

 

Interpretamos los eventos según los datos y creencias de nuestras mentes.

 

Los seres humanos más afortunados seguimos nuestras percepciones, nuestras intuiciones y nuestras reflexiones: con todo esto hacemos un retrato de los personajes y de las situaciones y como los pintores plasmamos después nuestras impresiones en imágenes verbales, en argumentaciones, en interpretaciones.


Logramos protagonizar nuestras historias sabiamente si decidimos aceptar nuestros destinos particulares como vayan ocurriendo, con una disposición constante a emprender los cambios y los aprendizajes convenientes, aplicando una mentalidad resolutiva en las ocasiones en que nos sea posible hacerlo.

 

La saga de nuestro personaje tiene unas asignaturas por cumplir que a mi parecer son obligatorias, inevitables e intransferibles. Y confrontamos en cada instante de nuestra existencia las dos condiciones esenciales de la vida: la incertidumbre y la impermanencia -transcurren imprevisibles las circunstancias y suceden transitorios los eventos, a pesar de nuestras esperanzas y expectativas de que no sea así.

 

Trascendemos todos los retos y dificultades cuando asumimos actitudes de empatía y compasión en nuestras relaciones -como en las películas que vemos, todo va apareciendo y desapareciendo a medida que los minutos corren: las escenas pasan, los actores cambian de escenario, los tiempos reales y psicológicos se entremezclan, el presente desvirtúa el pasado donde nuestros roles se van diluyendo inexorablemente.

 

Nuestros juicios, ¿traen paz y bienestar a nuestras mentes?, ¿nos permiten comprender que las tramas del destino son únicas, hiladas para cada uno a su manera tal como las arañas tejen sus redes en sus espacios disponibles y para la funcionalidad que les corresponde?

 

Hugo Betancur (Colombia)

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Los yugos mentales: 1. Las relaciones infelices.

              
                                                                                          PANOPLIA. Fotografía por Elizabeth Betancur
                                                   

CONFLICTOS EN LAS RELACIONES

 

Hugo Betancur

 

Todos los conflictos psicológicos provienen de condiciones de las relaciones. Somos afectados por las acciones de otros o afectamos a otros con nuestras acciones. Y lo que pasó antes en nuestra medida del tiempo va causando sus efectos en la posteridad: está presente un nexo de continuidad entre antecesores o predecesores y sucesores –el antes y el ahora acoplados certeramente y propiciando los fenómenos dinámicos de la vida.


Los conflictos son situaciones de desequilibrio, una pugna de fuerzas por eventos sucedidos o por expectativas no satisfechas: algo debe ser resuelto para disolver el conflicto y alguien debe ser resarcido.


Los conflictos provienen de sistemas de creencias: quien oprime, quien asume algún objetivo respecto a otros es guiado por ideas -despojarlos de algo, imponerles algo, dominarlos o controlarlos; o también, sentirse víctima de otros o sentirse atropellado o menospreciado.


De las creencias, de los patrones, o moldes, o premisas mentales, se derivan los sentimientos de cada uno.  Los sentimientos son extensiones de las creencias y de la personalidad, y son manifestaciones o impresiones particulares. También las emociones provienen de las creencias.


Cuando nos es posible cambiar la mentalidad, los sentimientos y las emociones que expresamos adquieren otras tonalidades. Psicológicamente podemos decir que muchos seres humanos conflictivos y con tendencias ofensivas están estancados porque repiten comportamientos y acciones que repercuten en su desasosiego o en su inestabilidad afectiva, y probablemente en la de otros allegados.


De las mismas acciones y relaciones surgen situaciones y contiendas parecidas a los que sucedieron previamente en la línea de tiempo. Un dicho popular contempla esta monotonía que ejecutan los actores cotidianos: “Ahí están los mismos con las mismas” –refiriéndose a personajes que no han cambiado significativamente sus comportamientos previsibles y reiterados.


Las opciones de cambio son umbrales de conocimiento. Los vemos si hemos accedido al inconformismo en nuestros procesos de vida; los atravesamos si hemos decidido superar lo que nos parece conocido y si queremos trascenderlo con nuestra participación. Son un arco iris nítido en nuestras mentes que nos anuncia la primavera con su señal luminosa.


Los conflictos son situaciones de separación, de disociación. Cuando entramos al campo de batalla vamos al encuentro contra nuestros adversarios. Atacamos o somos atacados. ¿Quién tiene las armas más poderosas y las estrategias más aniquiladoras? ¿Quién muestra una mayor fortaleza para vencer a su ocasional enemigo? ¿Es el contrario aquel a quien atacamos? ¿O es la persona que decimos amar, o valorar, o apreciar el objetivo de nuestra ira, de nuestras ofensivas?


A veces lo que parecía un hermoso y poético jardín de flores vivas e iridiscentes pasa a ser un desolado espacio de confrontación donde los contendientes miden su fiereza y capacidad de causar daño.


Como seres humanos atravesamos las experiencias de las guerras y las campañas homicidas creyendo que fundaríamos imperios invencibles. Todos esos vanos reinos y dinastías fueron pasando; sus temibles ejércitos fueron aniquilados progresivamente; y sus generales, dictadores y emperadores fueron consumidos junto con sus huestes de adeptos, gregarios e idolatras medrosos.  Sin embargo, llegaron otros que no atendieron las viejas lecciones, las atroces campañas vencidas, a protagonizar nuevas historias de terror e intimidación, a causar lutos, dolor y devastación –para sembrar otra vez las semillas de deudas generacionales y venganzas vigentes.


Posiblemente de esa necrología reciente o lejana provenga nuestra adicción o tendencias a los conflictos. Cuando nos encontramos con nuestros conocidos y les preguntamos cómo están, nos responden mecánicamente: “Ahí en la lucha”, como si percibieran que sus existencias fueran una confrontación habitual y perentoria.


Como en las vivencias de combates y luchadores, a veces nuestras vidas adquieren esa significación.


Si nos referimos a las relaciones llamadas “de pareja”, las “relaciones especiales” –donde la disparidad resalta frecuentemente-, vemos que la conflictividad persiste como un componente parásito y disociador.  Los implicados aparecen como dos que no logran aunarse. Dos extraños que compiten por la primacía en el debut, por el papel del actor principal que pretende que otro le secunde –uno de los dos debe atraer la atención, el primer plano, mientras el otro permanece en la sombra, en la penumbra del escenario.


Sin embargo, nos apegamos a las relaciones con un sentido de posesión o de sujeción –creyendo que algo o alguien nos pertenece o que le pertenecemos-.


Ese apego puede restringir nuestra libertad o puede limitar la de otros y podría significar más o menos: “Nuestras vidas están enlazadas; si te alejas o si me alejo habrá sufrimiento; prefiero el sufrimiento de tenerte con los conflictos que protagonizamos los dos a perderte y sufrir porque no estás a mi lado”.


Todo conflicto es una situación de violencia y divergencia psicológica. ¿Qué intereses o propósitos tienen quienes propician el conflicto o quienes reaccionan conflictivamente?  ¿Qué mentalidad o que objetivos animan a quienes persisten en el conflicto adoptando actitudes de hostilidad o sintiéndose oprimidos o amenazados por otros?


Podemos liberarnos de muchas circunstancias o personas conflictivas simplemente rehusándonos a interactuar con ellas. Esto es posible cuando habíamos establecido relaciones afectivas, de acercamiento y cordialidad que se fueron convirtiendo en relaciones de rivalidad y oposición. Luego del entusiasmo inicial, las imágenes de decepción y hastío reemplazan a las de optimismo y confianza. Cuando nuestro relacionado o relacionada esgrime comportamientos agresivos y mantiene su disposición a la discordia, reaccionamos con enojo o contrariedad. Nuestra respuesta puede ser exaltada y retadora o apagada y derrotista.


Es sólo el enfoque que tengamos al relacionarnos lo que atrae el panorama que nuestras mentes vayan a contemplar. Podemos elegir con qué nos quedamos de todas las opciones posibles que podamos encontrar: seguimos dando vueltas como las mariposas en torno a la bombilla encendida en la noche, deslumbrados y atrapados en una rutina, o emprendemos nuestro vuelo en la oscuridad como las luciérnagas con nuestra propia luz, realizando otras acciones que nos permitan descubrir nuestra autonomía y nuestra armonía.


Somos afectados por todos los eventos de la vida. Podemos decidir qué impresión dejar en nuestras mentes: la de la paz y la conciliación o la de la frustración y el resentimiento.


Y los demás seguirán inmersos en su propia película, siguiendo fielmente el argumento y actuando momento a momento según sus presentimientos y sus elecciones.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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