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viernes, 18 de septiembre de 2026

La religión del ego.

                                                                                     



                                                                                            

LA RELIGION DEL EGO

 

Hugo Betancur

 

La religión más extendida en el mundo es la del ego. Sus oficiantes se erigen a sí mismos como individuos excepcionales que promueven el culto a su personalidad, o a su comunidad religiosa, o a su cultura -asumen que los otros deberán ensalzar y reverenciar su identidad particular o la colectividad a la que pertenecen y exaltan un yo o un nosotros que establecen como mejor que los demás. 

 

Las religiones del ego también disponen de inmensas y suntuosas construcciones que son sus iglesias, sus templos, sus mezquitas, sus plazas, donde masas de creyentes se regodean celebrando sus ritos bajo la orquestación de los maestros de ceremonias -los que más saben y los que más poder han conquistado- quienes debutan enfundados en sus hábitos costosos y exclusivos, en ocasiones ribeteados con hilos dorados y bordados con imágenes o símbolos que magnifican sus jerarquías mundanas.

 

Recitan o promulgan mensajes provenientes de sus libros sagrados o adaptados a la funcionalidad de sus predicaciones y se declaran emisarios de sus dioses.

 

En las religiones del ego también hacen sus representaciones públicas o desde sus palacios los encumbrados políticos, los fieros e implacables dictadores, los condecorados generales que deciden a quien intimidar y a quien atacar -todos ellos se rotulan como salvadores de la civilización, de sus países, de las instituciones que manejan a su modo para su lucro y para saciar su codicia.

 

También los ególatras ejercen sus métodos de avasallamiento en sus hogares, en sus recintos privados, en sus relaciones afectivas, sociales y de trabajo o empresa. Personifican ese ego y lo exaltan ante otros especialmente en los eventos públicos donde destacan y magnifican su exigua importancia personal y su agigantado narcisismo.

 

La doctrina de esta religión del ego está fundamentada en los pilares imperiosos de la culpa, el castigo, la dualidad éxito y fracaso, y la separación -bajo los dogmas que aplica el ego, la integración no es posible y la afinidad entre seres humanos es una utopía que derriba el paso del tiempo.

 

Los ególatras pregonan la existencia de  dos categorías de seres humanos: los que dominan, escalan y lideran, voceando que se han hecho triunfadores por sí mismos, gracias a su inteligencia, a sus esfuerzos y a su personalidad arrolladora -aunque otros les hayan aportado sus recursos y su energía para catapultarlos hacia sus cimas- y los demás, los elementales que superviven sin mentores, con una educación precaria que limita su acceso a trabajos y posiciones privilegiadas y rentables, minimizados por quienes los emplean como sus trabajadores aunque los tratan como sus sirvientes.

 

Los instrumentos de los devotos de esta doctrina del ego, son la supremacía, las imposiciones, los chantajes y los condicionamientos; el ambicionado dominio sobre otros ha de ser alcanzado llevándolos a la sumisión y al sacrifico.

 

Los súbditos del ego se acogen a sus preceptos básicos: alguien debe prevalecer y alguien tiene que asumir el papel de víctima, alguien debe mandar o ser mandado, alguien debe pagar una penalización por su acciones -lo que equivale al pecado y castigo establecido por las otras religiones-, muchos deben ser obedientes a la voluntad de quien remonta alturas para hacerse ver y admirar, alguien debe maquinar y alguien debe permitirlo.

 

Como los demonios clásicos llevan a sus infiernos al final de sus vidas a quienes han obrado mal en su nombre, el ego recompensa a sus adoradores con malestar y frustraciones -siempre resultan insuficientes las conquistas de cada uno y no es posible realizar las ilusiones que las mentes persiguen obsesivamente pues cada quien manifiesta y elabora con desmesurada avidez sus objetivos, lo que en muchas ocasiones crea pugnas y adversarios que frustran los planes particulares.

 

Sin embargo, las ambiciones de estos ególatras practicantes presentan demasiados obstáculos en este mundo enmarañado: es demasiado difícil atesorar sin la provisión de otros y las ganancias genuinas y justas no llegan por la aplicación de pensamientos positivos e ideales de visualización sino porque tengamos méritos para recibirlas o porque en función del destino de cada uno sea posible lograrlas.

 

No hay felicidad en las relaciones interesadas y aventureras de los egos, porque los planes  de progreso están asentados sobre el despojo a otros, o sobre la lucha para superarlos, o sobre la utilidad que nos brindan satisfaciendo lo que llamamos nuestras necesidades -algunas las nombramos necesidades básicas humanas, lo orgánico y lo material, y otras constituyen lo psicológico, que nos aprovisionarán otros: "te necesito", necesito que me des tu amor", "sólo tú puedes darme lo que me falta" (aprovisionamiento, compañía, cuidados, protección, asistencia, seguridad, placer).

 

La felicidad que el ego persigue aparece fugazmente y luego se esfuma como la llama de una cerilla. Es sustituida por formas mentales agobiantes: el sufrimiento, el autosaboteo, la infelicidad, la incertidumbre. 

 

El sufrimiento es la recompensa paradójica que el ego ofrece a sus masas de fervientes seguidores.

 

La religión del ego no se parece en nada a las religiones inspiradas desde el Cielo, basadas en el amor y la unidad.

 

La del ego es la religión de la tierra, fundada sobre el ataque, la separación, el culto a la personalidad y los dogmas, la negatividad, la destructividad, la depredación.

 

La del ego es una religión de amos y sirvientes, de ganadores y perdedores, de sombrías y fanáticas jerarquías que imperan en sus territorios de poder con sus instituciones y recursos de control -algunas se tornan vitalicias y las demás son removidas por otras que las superan en astucia y en pactos de mutuo favorecimiento.

 

Todas las demás religiones instauradas aportan sus líderes y sus masas crédulas y doblegadas a la religión del ego que las supera y las subyuga.

 

La espiritualidad de cada uno, con nuestro libre albedrío y nuestra evolución a través de las existencias, trasciende todas las ilusiones de los personajes que representamos, de los escenarios donde nos consumimos sacudidos por nuestros egos y de los tiempos con que medimos nuestras historias.

 

Hugo Betancur

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sábado, 12 de septiembre de 2026

La vida que deja de fluir.

                                                                                                                              Fotografía por Diana Valderrama


MENTES ESTANCADAS

 

Hugo Betancur




Los sistemas de creencias rígidos, provenientes de ambientes sociofamiliares muy lánguidos y tradicionalistas mantienen estancadas las mentes de los seres humanos que los acogen –sus acciones y expresiones verbales se tornan previsibles y reiterativas.

 

Nuestros aprendizajes -cuando los hacemos-, nos permiten hacer cambios en nuestra mentalidad, lo que significa aprender y desaprender a la vez. Nuestros cambios nos permiten una relación más fluida y más inteligente con los demás; nos disponen a comprender a otros y a ser más benévolos respecto a sus actos y comportamientos.

 

Las mentes que cambian son abiertas, receptivas y ágiles. Las mentes que no cambian son cerradas, reticentes y lentas.

 

El aprendizaje constante nos permite acomodarnos a los ritmos de la vida –nos hace más flexibles, más tolerantes y atentos.

 

La adhesión a las rutinas y la conformidad con lo conocido nos margina de los ritmos de la vida –nos hace vulnerables a los conflictos, más intolerantes y retraídos.

 

Cuando no logramos cambiar día a día nos volvemos acompañantes tediosos y lentos –poco confiables para asistir a otros en sus dificultades porque nuestras respuestas y reflexiones no se acomodan a sus requerimientos sino a nuestras interpretaciones y juicios restringidos.

 

La vida es movimiento y cambio. Cuando nuestras mentes se estancan e interrumpen los procesos de aprendizaje nos retrasamos en nuestra jornada y retrasamos el progreso de la sociedad, especialmente de las personas vinculadas a nosotros.

 

Lo que llamamos realidad solo cambia por nuestras acciones. Para poder cambiar culturas establecidas estériles y obsoletas y las estructuras sociales que las mantienen, una masa grande de seres humanos debe cambiar sus creencias y modificar su culto al pasado y su obediencia temerosa a los grupos que las impusieron.

 

Cuando esto ocurra habrá una "Masa Crítica", un gran número de seres humanos inconformes y conscientes que pueda integrar sus mentes para crear una realidad diferente.

 

De hecho, esto sucederá imperativamente. Dos eventos fundamentales, la degradación de la vida y la devastación del planeta que habitamos, han creado las condiciones óptimas para empujarnos a la instauración de un equilibrio ecológico inaplazable para nuestros ritmos biológicos y humanos.

 

De acuerdo a la evolución, los seres vivos y la naturaleza establecen los cambios necesarios a pesar de los obstáculos momentáneos y a pesar de la pasividad de muchos seres humanos que se resisten a expresar otra realidad diferente porque no han alcanzado ni su autonomía ni una conciencia plena de su valía.

 

Al alcanzar esa consciencia sus percepciones y sus creencias podrán cambiar.

 

Esa consciencia nos lleva a los cambios liberando nuestra voluntad, la energía que nos impulsa a la acción.

 

Esa diada de consciencia y energía conforma una matriz eficiente y adecuada para transformar la realidad conocida.

 

 

Hugo Betancur (Colombia)

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domingo, 6 de septiembre de 2026

Sanación y enfermedad.

       

SANACIÓN DE LAS ENFERMEDADES

 

Hugo Betancur


 

Las enfermedades son procesos que se manifiestan en el cuerpo y que ocurren en una sucesión de tiempo. Las enfermedades representan estados de desequilibrio en nuestras relaciones de vida. 


Podemos preguntarnos ¿Cuándo empecé a sentir los síntomas de esta enfermedad? y ¿Qué estaba pasando en mi vida y en lo relacionado conmigo en ese tiempo?


En bastantes ocasiones, la mayoría de las lecciones y cambios que nos depara cada instante presente las dejamos pasar de largo, no las asimilamos ni las aprendemos porque estamos distraídos en pensamientos basados en nuestros arraigados sistemas de creencias -lo que fue establecido en el pasado- o en nuestros planes de vida subjetivos y en nuestras expectativas –“lo que será”.


Y nuestro poder está sólo en el presente, el ahora, que es donde nuestra atención puede captar la realidad transitoria. Aquí y ahora podemos fluir con los requisitos de aprendizaje y acción, precursores del panorama que conformamos en nuestras mentes, en una secuencia progresiva, para lo que será después la realización.


Muchas veces en el trabajo con mis pacientes me parece que su posesión más preciada es todo aquello que está cargado de negatividad, destructividad y abatimiento. Sus enfermedades han surgido de sus procesos de vida tormentosos y difíciles y de sus ambientes y relaciones hostiles o frustrantes para ellos. 


Cuando acumulamos temores, emociones sombrías y conflictos no resueltos, nuestros dramas y tragedias de autocompasión y desdicha se extienden en el tiempo y nos perdemos el espectáculo exuberante de la vida que nos muestra lo que hay que hacer y cambiar para salir de nuestro encierro y de nuestro pesimismo. Nos ponemos en riesgo de enfermedad porque nos sentimos atrapados por las circunstancias.


Siempre sabemos qué es lo que hay que cambiar: todo aquello que nos hace sentir infelices, inseguros, conflictivos o simplemente confundidos: aquello que nos lleva a trasmitir malestar a otros y a experimentar malestar.


Las verdades armoniosas que nos depara la Vida son aquellas que nos hacen sentirnos valiosos, útiles, llenos de energía y confiados en nuestras fuerzas y acciones.


Esa confianza, el optimismo y la esperanza son nuestros más firmes soportes en las transiciones en que la abundancia y el bienestar parecen esquivos. Entonces es prudente y sabio que reaprendamos nuestra paz. "Mi paz os dejo, mi paz os doy. No la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón. No tengáis miedo", nos enseñó el Maestro Jesús hace 20 siglos. [Juan, 14:2]


Nuestra paz interior es la disposición flexible y afable que nos permite contemplar las tormentas y los desastres sin sobresaltos.


La paz del mundo es la paz obtenida por intercambios o concesiones: "a cambio de ______ te doy un trato respetuoso", "a cambio de ______me dispongo a tener unas consideraciones de afecto o de tolerancia contigo" -es la paz negociada o condicionada o la relación de intercambios.


 Nuestros estados de violencia, de pugna y de resistencia propician el desequilibrio en nuestros cuerpos físicos. Todos podemos aprender a resolverlos a través de los cambios, si ese es nuestro propósito; o, por una vía contraria, podemos evadirnos dejando todo congelado, estático y represado a través de la oposición y de la negativa a cambiar –lo que podemos llamar las deudas pendientes.


Desde la posición intelectual o racional egoísta, la exigencia que hacemos a otros ante los conflictos es parcializada y demandante: "¡Cambia tú primero para ver qué puedo hacer yo como compensación!"

 

Desde la dimensión del corazón, en la actitud amorosa que no está dirigida a nuestro provecho ulterior, la decisión y las acciones que emprendemos son fluidas y proyectadas hacia nuestro bienestar y el bienestar de quienes nos rodean y a la relación solidaria y considerada con ellos.


Cuando nos mostramos reactivos y persistentes en los conflictos, es probable que estemos en lucha con otros, identificándolos en nuestras mentes como adversarios –en esas relaciones, compartimos la adversidad, atributo no amoroso.

 

CÓMO DESCONFORMAR Y RESOLVER LAS ENFERMEDADES

 

Debemos deshacer nuestras deudas poniéndolas al día: liberándonos de nuestros hábitos perjudiciales y destructivos; reparando por nuestra parte aquellas situaciones en que causamos daño a otros, con la intención de hacerlo o por ignorancia, y perdonando o liberando a los demás de las deudas que les impusimos –las culpas y condenas que les cargamos y los resentimientos, emociones de ira acumuladas y las obsesiones de venganza que nos cargamos nosotros. Estas acciones reconciliadoras nos permiten liberar la tensión física –asumimos una respiración más rítmica y tranquila, disponemos de menos adrenalina en circulación para que nuestro corazón palpite normalmente, de más serotonina en el sistema nervioso para que nuestros hábitos alimenticios y de sueño y vigilia se ajusten a los ritmos circadianos naturales, y nos acogemos a un flujo de información más eficiente entre el cerebro y el cuerpo, proveniente de una mente en paz.


Una vez que lanzamos un juicio negativo nos sentimos de alguna manera superiores a otros, o mejores que ellos, con capacidad de calificar sus acciones, lo cual ni es útil, ni es necesario, ni es adecuado, porque nuestros juicios siempre provienen de lo que somos y representamos, de la separación que elegimos respecto a los demás seres humanos.


  ¡Qué gran vanidad y que gran torpeza creer que los demás deben acomodarse a nuestros moldes de comportamiento y a nuestras exigencias! Eso es imposible porque ellos tienen su propia personalidad, sus propias tareas de vida y su libre albedrío o autonomía. Y muchas veces pueden comportarse tan estúpidamente como muchos de nosotros lo hicimos a lo largo de nuestras vidas en situaciones que a través del tiempo nos han dejado un ingrato recuerdo y algún amargo auto reproche.


Muchas veces nos hemos quejado de los actos de otras personas a quienes decimos amar –nuestros allegados o nuestra pareja, y hemos lanzado conceptos negativos o de acusación y reproche demasiado duros. ¿Qué amor podremos tener hacia ellas si el solo hecho de juzgarlas con resentimiento indica que no las hemos aceptado con sus errores y limitaciones? ¿Cómo podemos reclamar el amor que no sabemos dar a través de nuestra comprensión y nuestra tolerancia?


En fin, podemos meditar, orar y disponernos a encontrar en nuestras mentes los eventos y relaciones que asumimos como tormentosas y dolorosas y que sembramos como raíces de amargura porque de estos crecieron y fructificaron a través del tiempo las enfermedades, los conflictos o las depresiones que padecemos. Es necesario que podamos entender nuestros propios procesos de resistencia y evasión para que logremos sanarnos y trasmitir nuestro bienestar a otros.


Muchos médicos no nos pueden decir esto porque no lo saben -quizá ni intuyen que sea posible-; probablemente están en las etapas tempranas y precarias de la medicina en que tienden a creer, por su formación o por su intelecto restringido, que el cuerpo se enferma por sí mismo y que hay que tratarlo con cosas tan materiales como lo que representa en su estructura orgánica y física.


Las enfermedades son un grito de pedido de amor o una manifestación de culpa y de temor que hacemos, como si quisiéramos mostrar con ellas al mundo cómo "nos ha dejado" o qué “nos hizo” algo que sucedió o alguien con quien interactuamos. Estas enfermedades se originan de procesos disociadores y turbulentos de nuestras mentes. 


Las enfermedades agudas y crónicas son causadas por las angustias, temores, resistencias y cargas que hemos asumido.


Como médico he podido apreciar dolorosas percepciones, juicios y expectativas frustradas -cercanas o lejanas- que tienen mis pacientes más enfermos y que conservan como si fueran sus más valiosas pertenencias.


Por eso es esencial nuestra comprensión de las situaciones vividas y el ejercicio regular de la meditación en oración -la oración que nace del corazón, no la que hace parte de los rituales ni de los procesos de nuestra memoria mecánica.

 


En esa meditación -reflexión en silencio con un propósito de autoconocimiento y entendimiento- podemos vislumbrar que nadie hace nada contra nosotros, que no somos víctimas de nada ni de nadie, porque todos actuamos con una gran ignorancia al relacionarnos con otros -hijos, padres, cónyuges, hermanos, amigos, vecinos, compañeros de trabajo- o que procedemos a comportarnos impulsiva o impetuosamente, o que actuamos siguiendo intereses, deseos o expectativas y al hacerlo podemos afectar adversamente otras vidas. Sin embargo, la intención original de la acción no es dañar a otros sino obtener algo para nosotros. Obviamente, si actuamos sin amor, nuestros actos están contaminados por nuestros egos y vamos a ir en pos de nuestra comodidad y ventaja, y no con la intención de acercarnos a los demás ni de proyectar nuestra disposición de unidad hacia ellos. 

 

Podemos inventariar nuestras viejas heridas psicológicas mientras enfocamos la atención de nuestras mentes en descubrir su fuente -cada uno de nosotros se sintió herido por algo o alguien, o al menos lo interpretamos así; enseguida elegimos elaborar recuerdos negativos y los asociamos con esas vivencias, dotándolos además de resentimiento, reproches y rencores, rabia y odio, frustración e ideas de venganza. 

 

Todas las heridas que urdimos, y las que los otros urdieron, fueron una interpretación personalizada que hicimos de los sucesos en que participamos -acostumbramos a decir: "me siento herido/a" o "me siento menospreciado/a" o "me siento atropellado/a" o "me siento utilizado, manipulado", etc.

Esas "heridas" fueron el resultado de nuestras valoraciones o juicios (que provienen de nuestros sistemas de creencias y de nuestras tradiciones sociales o familiares) o de nuestras percepciones acerca de algo o alguien.

 

Y al juzgar caímos en nuestra propia trampa: decidimos que alguien era culpable y debía ser castigado o condenado, o simplemente odiado y rechazado; y que al mismo tiempo alguien era inocente –nosotros- y debía ser vengado, o resarcido. Nos sentimos víctimas y empezamos a sustentar y a mantener ese guion de dolientes.

 

Y claro, al ponernos en esa posición, decidimos que otros son responsables de lo que nos pasa y que no nos corresponde cambiar. Como víctimas, nuestro papel es representar el sufrimiento y la amargura, no la vitalidad emprendedora que resuelve nuestras dificultades particulares y nos permite afianzar nuestra fortaleza.

 

Resulta que ninguno es culpable por la simple razón de que en el momento de obrar está guiado por las condiciones de su propia personalidad y por las condiciones del momento. Al actuar "siente o piensa" que debe hacer lo que hace. Y su decisión es algo así como un impulso inevitable, la única elección coherente con su libre albedrío y sus circunstancias. 

 

Muchas acciones de nuestras vidas o de las de otros tendemos a juzgarlas muy duramente después de ocurridas, cuando recogemos todos los elementos en nuestras mentes y consideramos que no fue adecuado ni correcto lo que hicimos o lo que otros hicieron. 

 

Claro, juzgar a posteriori es muy fácil, pues ya podemos ver desde lejos lo ocurrido –el paisaje se ve mejor desde la distancia. Sin embargo, siempre nuestros juicios están limitados por lo que somos o contaminados por las actitudes negativas y destructivas que adoptamos contra otros -y muchas veces contra nosotros mismos. Un aforismo antiguo enseña: "debes haber recorrido los senderos de aquellos a quienes pretendes juzgar para poder comprender las acciones de sus vidas".

 

Ya no es posible cambiar las situaciones del pasado, ya las vivimos. 

 

Ahora con sabiduría podemos comprender y liberar las cargas que asumimos.

 

No nos corresponde juzgar situaciones ni acciones personales. Juzgar y amar son dos manifestaciones que no van de la mano. Si decidimos juzgar excluimos la actitud amorosa; si decidimos amar nos negamos a juzgar: el que ama no juzga porque es guiado por la sabiduría de sus sentimientos.

 

LAS DOS CARACTERÍSTICAS CONSTANTES DEL AMOR SON:

 

1. El amor no es egoísta.

2. El amor es acogedor -nos salimos de nosotros mismos para prodigarnos hacia otros, para dar. 

 

Los médicos tendemos a diagnosticar enfermedades a diestra y siniestra. Podemos tratar a nuestros pacientes, pero no podemos curar sus enfermedades porque ese privilegio y responsabilidad les corresponde a ellos –con cambios en su mentalidad y cambios en su modo de vida-. Las enfermedades parten de la mente hacia el cuerpo. El cuerpo solo no se enferma porque carece de voluntad por sí mismo, es sólo un instrumento de la mente que lo dirige. Cada paciente puede descubrir la distorsión, o carga, o conflicto, que originó su enfermedad y reparar el error o la consideración no amorosa que dio inicio a la enfermedad.

 

Toda curación viene de la unidad de nuestro ser con los demás y con nuestros escenarios de relación, a través de actos que restablecen la paz propia y el equilibrio afectado: cambios en nuestras acciones y hábitos del cuerpo y cambios en los procesos de la mente -la comprensión, el perdón, la reconciliación, la sabiduría de aceptar nuestra vulnerabilidad y la de los demás.

 

En esa paz que creamos así, podemos volver a estar sanos. Los medicamentos y procedimientos de la medicina y de los médicos son sólo "magia" transitoria que “algo alivia”. Nos corresponde como enfermos reparar nuestras relaciones y las situaciones de choque o de separación que permitieron la manifestación de cualquier enfermedad -porque si no lo hacemos persisten y se agravan los síntomas y el malestar para avisarnos que no hemos tratado la causa real y profunda de nuestro padecimiento. 


Sin embargo, no será posible para muchos seres humanos sanar las enfermedades que padecen, aunque hayan sanado sus mentes, porque se han instalado en los tejidos del cuerpo y el sistema inmune es incompetente para  vencerlas.

 

Merecemos "estar bien". Debemos valorar todas nuestras acciones y relaciones para encontrar nuestras recompensas de vida y de bienestar. 

 

Y debemos liberar, dejar atrás, dejar de nutrir todo aquello que nos amarra a eventos y personas con quienes compartimos un espacio de vida en el pasado, debemos absolver de culpas a quienes no se acomodaron a nuestros ideales, planes, proyectos o esperanzas tal como los concebimos. 

 

Podemos asumir nuestro poder, nuestra autonomía, nuestra fortaleza y decidir liberarnos de los diagnósticos enajenantes y de la dependencia respecto a los médicos y a los fármacos –sustancias que producen también efectos adversos en los organismos humanos.

 

Nadie más puede dirigir cada vida mejor que uno mismo. Es a cada uno de nosotros a quien le corresponde valorarse a sí mismo y amar las tareas y retos de su vida. Nadie más puede remplazarnos en esa responsabilidad.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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