LO QUE LOS CUERPOS OFRECEN (los usos del cuerpo humano).
Hugo
Betancur
El cuerpo
físico y el personaje que lo anima son la representación individual que cada
uno asume como un “yo” -enunciando a los demás “yo soy…”, “yo me llamo…”,
agregando su nombre de pila a la frase.
El cuerpo
humano es un organismo biológico que sigue evolucionando como los demás seres
vivos -animales y plantas- a medida que el tiempo transcurre. Empieza a
envejecer desde el nacimiento, atravesando etapas de maduración, plenitud y
declinación. Es un organismo perecedero y deletéreo en sus funciones y en su
constitución física que languidece y va caducando implacablemente.
Cada mente
dispone los objetivos de vida que pretende alcanzar o cumplir y las tareas que
el cuerpo deberá realizar utilizando sus sentidos y su capacidad de
operatividad. Los cuerpos son instrumentos de acción y de relación con los
demás y con los entornos.
Los deseos
y las ambiciones que el cuerpo expresa provienen de la mente -también los
temores de cada uno, su incertidumbre, su confusión.
¿Qué pueden
ofrecer los cuerpos? Tal vez el placer que puedan brindar o propiciar, el servicio o la
obediencia a otros -el sacrificio de ofrecerse a sus exigencias y a ser
utilizados con propósitos determinados por quienes se los apropian privándoles
de su libertad.
Los cuerpos
pueden hacer asociaciones que les representen bienestar y satisfacción, o
pueden convertirse en presas de los caprichos y planes de otros.
Pueden
tener su gracia y su exuberancia natural o pueden ser sometidos a
procedimientos estéticos artificiales que cambien sus formas y sus contornos
para hacerlos deseables y exhibibles ostentando una belleza improvisada por los
cirujanos plásticos y los materiales cosméticos.
A cambio de
compromisos y prebendas, los cuerpos pueden ser ofrendados en los aposentos de
sensualidad y complacencias, lo que constituye una transacción riesgosa para
las partes, tal vez condicionada a la ganancia mutua y a la preservación del
trato establecido.
Como personajes actuando los roles escogidos podemos canjear algunos usos de nuestros cuerpos vivos por la presencia y acciones de otros a quienes asignamos la tarea de menguar o suplir nuestra soledad, o nuestra baja autoestima, o nuestra insuficiencia, o nuestros sentimientos de infelicidad -esto seria mas o menos un trueque desigual de la libre utilización que cada uno deberá hacer de su cuerpo por el aprovechamiento que esos otros decidan para su usufructo, lo que nos convertiría en sus sirvientes y subordinados.
Los cambios
físicos que modifiquen la forma y la apariencia de los cuerpos no logran vencer
su obsolescencia ni su transitoriedad.
Podemos
hacer nuestros rituales de culto a la belleza de los cuerpos -a la simetría y
turgencia de las formas y al erotismo que imaginamos contemplándolos-; sin
embargo, ese encanto perturbador que percibimos es tan evanescente como el
tiempo que lo añeja y lo va desvirtuando. Los reflectores iluminan a los ejemplares que desfilan por las pasarelas contoneándose, exhibiendo hechizadoramente sus figuras erguidas mientras representan su espectáculo en el tiempo previsto; cuando termina la función ellos se van y los espectadores del auditorio dejan vacías sus sillas.
Mientras
cuidamos el bienestar de los cuerpos con actividades, dietas y hábitos
provechosos, es probable que la más sabia aplicación e integración de
conocimientos debamos hacerlos en las mentes, en procesos continuos de cambio,
aprendizajes y empatía, que cada ser humano asuma consigo mismo y con las
criaturas vivas con las que comparte su destino, en los escenarios comunes del
ancho y prodigioso mundo.
Hugo
Betancur (Colombia)
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