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domingo, 29 de marzo de 2026

¿Podemos aprender de nuestras vivencias tormentosas?

                                                                                           Fotografía por Diana Valderrama B.

LA DISPOSICION A RECONOCERNOS EN NUESTRAS RELACIONES Y EN LOS AUTORRETRATOS QUE HACEMOS.


Hugo Betancur

 

Una percepción sana e inteligente que podemos desplegar en nuestras relaciones con otros seres humanos consiste en que consideremos sus comportamientos o errores -y los nuestros- como algo inevitable, a veces útil y adecuado para llevarnos a una transición inaplazable.

 

El conflicto aparece como una señal de advertencia: ¡Has llegado al escabroso reino de la rutina tediosa! ¡Aléjate. No sigas ahí porque estás perdiendo tus motivaciones optimistas y tu libre albedrío!

 

Los personajes de la historia y nuestros sentimientos han cambiado. Mientras representábamos nuestros papeles nos fuimos disociando paulatinamente hasta llegar al hastío compartido. Es el momento de cambiar los guiones y los escenarios.


Ninguna evasión es apropiada. Cada conflicto trae la ocasión propicia para explorar nuestras mentes y hacer nuestras indagaciones sobre lo que somos y sobre las relaciones inarmónicas que nos agobian. 


Sobran en cada ahora las culpas, las acusaciones y las justificaciones –la vida se justifica a sí misma-; todo está dispuesto para que liberemos las ataduras y reflexionemos sobre la jornada recorrida.


Podemos hacer una pausa para observar en silencio y quietud nuestra mente: qué juicios hacemos, cómo nos sentimos, qué reprochamos, qué des-cubrimos. Hacemos una pesquisa sobre nosotros mismos, un proceso de autoconocimiento, que nos lleva a un umbral de consciencia. 

Somos inteligentes si logramos aprender de nuestros errores y somos afortunados si podemos corregirlos.

Si valoramos a las personas con quienes nos hemos relacionado, adoptamos un propósito de entendimiento y de trascendencia sobre las vivencias comunes: todo sucedió según las personalidades y las opciones de elección posibles para los participantes; el agua solo pudo fluir a lo largo del cauce descendente excavado en la tierra. 

Solo podemos reconformar la vida en el presente. Lo pasado sólo nos sirve como experiencia para deconstruir1 o para transformar. Todo lo que hicimos dejó alguna huella y todo lo que dejamos de hacer también (las acciones no realizadas también nos retratan ante los demás). 

Muchas veces hemos definido las relaciones que atravesamos como destructivas o muy conflictivas y desgastadoras, lo que nos ha llevado a las crisis -las manifestaciones en el tiempo de inestabilidad en nuestras historias particulares- que nos indican que debemos hacer cambios. Y si hacemos parte de esas relaciones discordantes no estamos allí por azar sino con un designio que nuestro limitado intelecto no alcanza a descifrar y que debe ser resuelto en un proceso de comprensión y aceptación.

Durante esas crisis podemos pasar de una extrema emocionalidad y agitación a una condición aparentemente pasiva o evasiva; podemos absolvernos y justificarnos mientras culpamos a otros o podemos reprocharnos y experimentar malestar por la interacción vivida. 

Esas actitudes son egocéntricas y disociadoras. Son sólo reacciones habituales y previsibles. 

Esas crisis tienen para nosotros dos componentes: cómo nos sentimos –la percepción subjetiva- y cómo lo expresamos –nuestras emociones.

Una vez que menguan nuestras emociones básicas, especialmente la ira2 y la aflicción, tras la situación o relación truncada que las hicieron surgir, podemos enfocar nuestra atención en la culpa y el rechazo, emociones secundarias, tal vez, o en la reflexión constructiva y en la auto observación –¿cuál es mi responsabilidad?, ¿qué provecho puedo obtener de esta experiencia?

A veces consideramos nuestras rutinas algo así como un refugio seguro y confiable; nos quedamos estáticos, aunque la vida nos advierte continuamente que estamos postergando los aprendizajes y las soluciones -nuestros rostros están ausentes del presente y nos mostramos preocupados, distraídos, irritables, infelices. 

Las relaciones que emprendemos con actitudes egoístas (los ‘proyectos de vida’ que trazamos a otros para que nos den felicidad) nos hacen muy vulnerables; los intereses, los anhelos y los atractivos que conforman ese entramado utilitario nos ligan más a los resultados que a las personas y nos obligan a mantener una dualidad truculenta ante ellas –quizá fingiendo que lo afectivo es lo esencial entre ellas y nosotros, o posiblemente involucrándonos en un auto engaño que las prioridades no obtenidas nos obligan a des-velar.

En cambio, las relaciones que emprendemos con actitudes altruistas, libres de ansiedad y codicia, reflejan nuestra fortaleza. Lo mismo ocurre con aquellas relaciones donde nuestra afectividad es espontánea y franca: no forzamos las situaciones y podemos apreciar a las personas como son sin entrar en pugna con ellas, más dispuestos a consentirlas que a censurarlas, y más solidarios con sus dificultades.

Nuestros juicios negativos son una trampa y un lastre porque provienen de nuestros egos y de sistemas de creencias que conservamos inmodificados y rígidos en nuestra memoria mientras la vida va pasando. 

Las personas que nos aman permanecen cerca, aunque hayan ido muy lejos. Nos sentimos unidos a los amigos viejos y a los recientes sin las barreras de los protocolos sociales, económicos o culturales. Nuestras manos y nuestros abrazos comunican alegría, protección y confianza. No nos hacen falta las simulaciones ni las cartas marcadas bajo las mangas. 

Las relaciones interrumpidas muestran simplemente el término o cierre de un drama donde los actores estaban disgregados: cada uno recitaba las líneas del personaje representado –conquistador, soñador de su sueño exclusivo que el otro debía llenar, avaricioso y ensimismado. Las funciones repetidas y monótonas en los escenarios cambiantes llenaron de fatiga y frustración a los actores por lo que la separación les parece una conclusión inevitable y redentora según el sistema evaluador del ego.

El amor y la amistad cumplen dos requisitos: crecen a medida que pasa el tiempo y soportan las tormentas que sacuden sus cimientos. Lo demás son ilusiones, tan frágiles como un papel quemado y tan irrecuperables como las palabras voceadas en el aire. Y se desvanecen tan volátiles como parecieron formarse, a pesar de los pesares y del sufrimiento que dejaron como indicio.

Podemos deducir que las situaciones y relaciones agradables que evocamos con nostalgia y gratitud son aquellas en que logramos una aproximación sincera y una integración equilibrada. Nos sentimos regocijados con la presencia y acciones de otros y fuimos correspondidos; sabemos que no participamos en intercambios de conveniencias -basadas en necesidades, adquisiciones o accesos que nos producían ganancias secundarias-, ni en conquistas –donde alguien debió ser avasallado o sometido para que otro u otros obtuvieran sus trofeos y su tributo de placer. 

No son las experiencias intensas y obsesivas, ni la avidez impetuosa que debió ser saciada, ni los excesos vividos en los altares y rituales de los sentidos lo que nos llega como recuerdo amoroso a medida que avanzamos en nuestros caminos. Todo eso no es más que la resaca –un nudo en la garganta, niebla sobre el pasado confuso- que nos queda como vestigio amargo.

Cuando nuestra visión nos trae imágenes alegres de la jornada cumplida nos damos cuenta que recorrimos el itinerario adecuado y que los viajeros que nos acompañaban siguieron siendo nuestros amigos, aunque sus siluetas y sus voces se hubieran perdido en la distancia.


Hugo Betancur (Colombia)

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1.   ­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­Deconstruir: desarmar nuestros conceptos y creencias para lograr trascenderlos.

Deconstruir [RAE]. Desmontar un concepto o una construcción intelectual analizándolo. Es un proceso mental aplicado filosófica y literariamente -posiblemente también sea útil en sociología.

2.   Ira: una emoción primaria que se presenta cuando un organismo es bloqueado o frustrado en la consecución de una meta o en la obtención o satisfacción de una necesidad.

El artículo "Anger and fear" (Ira y miedo) de H. B. Danesh, publicado en The American Journal of Psychiatry en 1977, argumenta que ambas emociones son mecanismos de defensa innatos movilizados ante amenazas percibidas. El trabajo explica que estos mecanismos suelen estar acompañados de ansiedad.

Puntos Clave de Danesh (1977):

Defensa Innata: La ira y el miedo no son solo emociones, sino respuestas defensivas fundamentales.

Percepción de Amenaza: Ambas se activan cuando el individuo siente que su seguridad, valores o integridad están en riesgo.

Relación con la Ansiedad: La ansiedad actúa a menudo como un componente acompañante o subyacente de estas respuestas. APA PsycNet

Este artículo clínico es un análisis psiquiátrico sobre cómo las emociones primarias manejan las amenazas al individuo. APA PsycNet

 [Izard -1977] Danesh (1977) e Izard (1984) consideraron que los organismos responden ante la percepción de una amenaza con un impulso de ataque -la ira-, o con un impulso de huida, propio del temor y la ansiedad. Rothenburg (1971) argumentó que en seres vivos sociables la ira era una reacción y un mensaje en contextos de relaciones significativas.

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lunes, 23 de marzo de 2026

Realidades

Altar en la iglesia fortificada de Saintes-Maries-de-la-Mer en el sur de Francia.


REALIDADES

Hugo Betancur

 

Las condiciones de lo que llamamos realidad pueden ser distintas para observadores distintos y siempre subjetivas para cada uno.

 

Sustentamos esa realidad en versiones, imágenes y documentos que utilizamos para armar un retrato o un testimonio, y pretendemos que tenga la misma riqueza de detalles de una filmación en que la cámara capta la acción, los personajes con sus voces y el ambiente donde estos interactúan.

 

Podemos también historiar sobre esa realidad y sobre los sucesos si hemos asistido como participantes o espectadores –podremos rememorar quiénes estaban en el lugar, qué hacían, qué decían, cómo eran sus gestos y ademanes, qué ubicación tenían, y hasta qué indumentarias vestían.

 

Definimos esa realidad según los datos disponibles y de acuerdo a nuestras mentes. Elegimos que consideración aplicar según nuestra idiosincrasia y nuestras creencias. La realidad más confiable es la que trasmite quien conoce aquello que describe y es sincero en su relato.

 

Cada aparente realidad se torna borrosa e imprecisa cuando la información es insuficiente o cuando quien la enuncia muestra sólo los aspectos que favorecen sus intereses mientras oculta los que le desfavorecen.

 

Las realidades que describimos o contamos pueden estar empañadas o veladas por nuestros sentimientos de aprecio o rechazo a lo que representan, y esto puede llevarnos a optar por omisiones o tergiversaciones utilitarias para embaucar a nuestro auditorio, lo que nos encuadra como farsantes –improvisamos realidades sustitutas e inciertas y las desplegamos como acontecimientos verídicos.

 

Cúmulos de creencias diversas asimiladas por grandes masas son velos que les impiden percatarse de muchos fenómenos reales porque estos son incompatibles con sus esquemas mentales -que adoptaron o que asimilaron de sus sociedades y sus culturas (un ejemplo extremo de estos yugos es el adoctrinamiento férreo que los ideólogos y jerarcas del islamismo imponen desde la niñez a su multitud de adeptos). La percepción y aceptación de otras visiones o interpretaciones les ha sido vetada por sus tradiciones rígidas  y su educación distinta.

La pertenencia a masas humanas es una barrera contra realidades que no son congruentes con la condición de rebaño de los miembros o con las prohibiciones y dogmas que les han sido cargados. Proliferan las multitudes enganchadas y adoctrinadas por sus religiones, por sus bandos políticos, por sus culturas regionales o planetarias. Estas masas son cautivadas por sus líderes fanáticos y astutos que las encadenan a sus ambiciones y a sus iconos separatistas, arrastrándolas a la servidumbre, a las guerras o a la violencia como turbas desechables y reemplazables.

 

Para todos los personajes en su roles, la representación de su realidad será distinta también: las mujeres bellas y sus depredadores, los jueces y sus reos, los predicadores y sus seguidores, los políticos y sus partidarios, los generales y sus huestes…

 

Somos debutantes de un mundo abigarrado donde sopesamos nuestras opciones experimentando, eligiendo intuitivamente nuestras acciones y relaciones, avanzando con optimismo o incertidumbre, equivocándonos desde nuestros codiciosos egos o acertando desde la sabiduría del corazón.

 

 

Hugo Betancur (Colombia)

 

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domingo, 22 de marzo de 2026

Adictos a la ilusión del amor que viene de afuera

 


ADICTOS AL "AMOR" QUE LLEGA DE AFUERA

Hugo Betancur

 

Muchos mandamientos que hemos recibido desde la infancia, provenientes de las creencias de nuestros ascendientes  y de los entornos familiares y sociales en que crecemos, nos amarran a comportamientos y elecciones disfuncionales o conflictivas, por ejemplo: "debes encontrar una pareja que te complemente, que se ocupe de ti, que atienda tus necesidades, que cumpla tus expectativas" -estos mandatos destacan como primordial  el cumplimiento de roles de cuidadores y de sirvientes de la pareja que aprobemos como la más conveniente -como los contratantes de empleados, fijamos nuestra pesquisa más en las cualidades y ventajas del candidato al cargo que en los beneficios mutuos de la relación a establecer. 

La obsesión por acceder a una pareja que nos sea provechosa y duradera, o a las parejas que vayan reemplazando progresivamente a las que no cumplieron nuestros estándares de evaluación, nos muestra como adictos a las ilusiones del amor que llega de afuera y como dependientes funcionales de otros. Perdemos nuestra autonomía y nuestra libertad -y comprometemos las de nuestro cónyuge temporal- cuando imponemos nuestros requisitos y nuestras limitaciones. Quizá podamos aplicar a estos adictos la metáfora de quien escoge en un enorme  supermercado de una abundante variedad de botellas de agua la marca que va a comprar para satisfacer su sed del momento; es posible que su elección le parezca acertada al beberla y que acoja el mismo  producto después o que pueda rechazarlo y deba seguir ensayando con otros disponibles con la esperanza de saciar su sed (es claro que traigo como ejemplo un elemento vivo de la naturaleza, consumible y canjeable) -sin embargo, la avidez respecto a las parejas representa una complejidad infinitamente mayor lo mismo que la empatía que los dos relacionados definan.

Esa adicción a las ilusiones del amor de afuera es un objetivo fantasioso de las mentes que conlleva a dependencia o esclavitud de algo o de alguien que deberá darle sentido y valores a las existencias de quienes persiguen ese idilio.

La clasificación “adicción al amor” que la psicología adoptó para estos nexos me parece artificiosa (estas relaciones de pareja son amoríos, sustituciones circunstanciales del amor). Mas bien podemos encajar a estos seres humanos, que reemplazan a sus parejas o que las relegan, en otro ítem: “adictos a las ilusiones de amor”. Quienes califican para pertenecer a este apartado son generalmente egocentrados y tienen su guion estructurado para sí y para los otros -estos deberán obedecer sus planes y sus demandas, y deberán proveerles sentimientos, emociones y atenciones que les den satisfacciones y percepciones de ganancia constantes y abundantes que podrán interpretar como realización del amor de pareja que persiguen.

Este amor ideal que proviene de afuera es una ilusión más, inalcanzable y siempre lejana como lo que llamamos futuro: ese modelo de pareja   superior que pueda brindar un desempeño sensual y una complementación afectiva y placentera continua e indeclinable no es posible en nuestro plano de realidad: nuestros atributos, nuestras condiciones, nuestras acciones solo alcanzan a suplir un mínimo porcentaje de ese patrón de perfección exigido por los buscadores de amores épicos y trascendentales.

La insuficiencia física, cultural y psicológica caracteriza al conjunto de seres humanos del planeta: nuestro cumulo de pertenencias y dones no alcanza a deslumbrar y subyugar a otros sino efímeramente -los adictos a las ilusiones de amor también están incluidos en esta población de criaturas vivas precarias y simples.

La personalidad perfecta, la belleza perfecta, la inteligencia perfecta (y por ende la pareja perfecta) son equivalentes a los símbolos supremos perpetuamente inaccesibles y remotos: la iluminación, la santidad, la sabiduría plena, la infalibilidad -solo quimeras que nuestra imaginación persigue infructuosamente y que tal vez sean nuestro logro cuando culminen las existencias que nos trajeron a evolucionar en este mundo. 

 

Hugo Betancur (Colombia)

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El ego y sus obsesiones de grandiosidad.

                                  Cúpula de la Nueva Catedral de Salamanca, plano vertical. España.


EL EGO Y SU GRANDIOSIDAD

Hugo Betancur

 

Si nuestras acciones no son amables,

nuestras palabras amables no son ciertas.

 

[Premisas del ego: “Dime lo que quiero oír”, “Has lo que quiero que hagas”, “Dame lo que quiero recibir”.]


De mis experiencias y aprendizajes con mis pacientes en sesiones de hipnosis, de mis privilegiadas relaciones con médiums y de mis diálogos con otros terapeutas, he sacado las conclusiones que expongo seguidamente.

 

Cada ser humano tiene una mente que dirige sus acciones en cada episodio pasajero de su existencia. Esta mente está asociada a una personalidad, y ambas progresan a través de la experiencia –la relación con la vida- y del aprendizaje. La mente con su registro de los hechos sobrevive a la muerte del cuerpo físico. Muere la mente neuronal o cerebro que hace parte del cuerpo físico, instrumento de representación en el drama planetario.

 

En cada proceso de vida, lo que denominamos yo es la percepción de cada existencia humana como particular, con rasgos y condiciones propias que la caracterizan como diferente. Decimos “yo pienso”, “yo considero”, “a mí me parece”, cuando queremos expresar las impresiones que ese yo ha elaborado.

Desde la conformación del feto en el vientre materno, se va conformando un ego que hace parte de la personalidad o que se incorpora a la personalidad. Ese ego o pequeño yo es algo así como una entidad o un programa de la personalidad que establece la individualidad o la separación respecto a los demás: “a mí me gusta”, “a mí no me gusta”, “yo quiero esto o aquello”. 

El ego o pequeño yo es competitivo, absorbente, selectivo. Considera la vida como como una lucha en la que hay que enfrentar adversarios y adversidades; en esa confrontación, ese ego separacionista y exigente debe ganar, poseer, conquistar, sin medir el costo ni las consecuencias que haya que asumir en el empeño de superar o aniquilar a otros.


El pasado del ego está lleno de afrentas y de batallas. En algunas le pareció vencer y en otras le pareció ser vencido: se siente orgulloso y jactancioso por la primera ilusión y resentido y con deseos de venganza por la segunda.

 

El ego está lleno de temores, de discriminaciones, de tergiversaciones, según sus presunciones, respecto a quienes no se acomodan a sus demandas y requisitos. Desde la estructura del ego y de sus fines e intereses son promovidas las guerras y la destrucción, las enfermedades incurables propias de cada uno, las pugnas interminables que atraviesan generaciones y culturas.

 

Desde esa condición egoica predominante, cuando interactuamos por primera vez con otros seres humanos, los sopesamos, los calibramos: ¿Qué representa esta persona para mí? ¿Qué utilidad tiene esta persona para mi vida? ¿Debo aceptar a esta persona cordialmente o debo prevenirme contra ella? El comportamiento egoico es una mezcla de recelo y cautela en esos encuentros iniciales (aunque a veces esos comportamientos persisten y se vuelven sistemáticos).

 

Según esas evaluaciones tácticas iniciales, el ego decide como actuar: amistosa y abiertamente, o despectiva y evasivamente.

 

En nuestras relaciones, cada vez que nos involucramos destructivamente en un conflicto hemos sido “enganchados” en las tramas de disociación del ego, que decide que alguien no cumplió una función o funciones que le fueron asignadas o que realizó unas funciones que no le fueron permitidas ni aceptadas, y en consecuencia debe pagar por ello.

 

El ego reacciona ante estas situaciones con hostilidad esgrimiendo sus armas o activando sus defensas. El ego establece la culpabilidad y también la sanción o castigo que debe recibir quien transgredió sus normas, y persiste en el conflicto hasta que sus requisitos sean satisfechos o hasta que sea obedecido y resarcido. El ego personifica las tendencias de cada uno a disfrutar la vida, a dominar, a obtener y poseer, a alcanzar un envidiable estado de grandeza y de éxito. El ego nace con el cuerpo físico y muere con él.

 

Lo que llamamos ego sano es el pequeño ego contenido y dirigido por la personalidad hacia unas relaciones equitativas y respetuosas donde reconocemos el libre albedrío de otros, sus cualidades, sus limitaciones, su idiosincrasia1*. Al reconocer lo que otros son en sus vivencias temporales, reconocemos también lo que nosotros somos.

 

Cuando nos replegamos hacia la dimensión de nuestro ser -el portal del alma-, la personalidad y el ego son relegados a un segundo plano. Desde esa dimensión mental vemos claramente que cada uno se representa a sí mismo en este plano de vida y nos damos cuenta de la vulnerabilidad o de la fortaleza, de la inteligencia o de la ignorancia, de la confusión o de la certeza que le corresponden a cada vida.

 

Desde esa dimensión de nuestro ser sabemos que no hay seguridad para quienes se atacan en el campo de batalla. Para el ser, la condición de vencedores y vencidos significa lo mismo, la misma deuda por saldar, los yugos comunes que debemos resolver a través del tiempo en relaciones de expiación y reparación, el mismo sufrimiento causado que debemos sanar.

 

Cuando experimentamos lo que otros experimentan podemos comprender cómo son sus vidas y que tan inminentes y únicas han debido ser sus decisiones y acciones de acuerdo a las circunstancias de momento y personalidad que atravesaron (aunque los observadores incidentales hubieran juzgado y asumido que hubo muchas opciones posibles, los observados sólo pudieron actuar desde las condiciones de sus mentes).

 

Al ubicarnos en la situación de los otros (lo que alude la frase “ponerse en los zapatos de otro”) podemos conocer sus percepciones y acomodarnos a la sentencia de Dante en la ‘Divina Comedia’: “Probarás cómo sabe a sal el pan ajeno y que duro trance es el subir y bajar por las escaleras del prójimo”2*.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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1* IDIOSINCRASIA. F. Del griego διοσυγκρασία -'temperamento particular'. Esta palabra define el conjunto de rasgos, temperamento, carácter, creencias y mentalidad que pueden ser distintivos y propios de un individuo o de una colectividad o de una cultura.

2* Dante Alighieri, en la “Divina Comedia”, en el Canto XVII.

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