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viernes, 16 de octubre de 2026

Amor: libertad e integración recíprocas.

                       Adaptacion como dialogantes de Astrónomo y Cronista del Reloj Astronómico de Praga.


EL AMOR NO RECONOCE YUGOS

 

Hugo Betancur



El amor nos retribuye satisfacciones y alegrías duraderas; el egoísmo nos trae amarguras y pesares también duraderos.

 

El amor nos impulsa en su movimiento por el sendero de la unidad; el egoísmo nos estanca en algún punto del camino donde nos separamos de los otros viajeros porque damos más prioridad a nuestra avaricia que al privilegio de compartir.

 

El amor nos permite acoger los valores de la amistad; el egoísmo nos llena de adversarios resentidos o de cómplices exigentes que nos acompañan mientras reciben las dádivas que sus intereses han establecido.

 

El amor hace de nuestro hogar un oasis de paz y de cálida generosidad; el egoísmo nos ofrece solo una vivienda donde guarecernos: allí la competencia y las pugnas agotan las relaciones familiares y las parejas languidecen desesperanzadas.

 

El amor nos permite perdonar y olvidar lo que consideramos como ofensas recibidas; el egoísmo nos lleva a hacer inventarios de errores, culpas y deficiencias que achacamos a otros y nos demanda venganza y castigo contra ellos.

 

El amor nos integra en la comunicación sincera y espontánea; el egoísmo nos condiciona a la comunicación ambiciosa y restringida, haciéndonos esclavos de las utilidades, de las jerarquías y de la influencia de las cosas –el valor de cada uno es tasado según su capacidad adquisitiva o según lo que pueda ofrecer.

 

El amor nos une y nos permite relacionarnos como iguales en nuestros aprendizajes compartidos, nos lleva a sentirnos integrados progresivamente mientras la vida transcurre; el egoísmo nos aísla y nos mantiene confundidos acerca de las funciones y relaciones que podemos realizar para disponer nuestra paz y nuestra consciencia de cambio.

 

El amor es nuestro tesoro de alegría y armonía; el egoísmo nos somete a sus ínfimas contiendas subjetivas o dirigidas contra otros, el temor es su trofeo y su más caro recurso de subyugamiento.

 

El amor nos libera; el egoísmo nos vuelve esclavos auto justificados y truculentos.

 

Uno –el amor- es un don, con la libertad como su joya más emblemática; el otro –el temor- es un estigma, con la soledad como su más escabroso botín.

 

Cuando nuestra visión examina el oscuro sistema de creencias que rige las supuestas leyes del ego, puede mostrarnos las incongruencias y trampas que ha urdido ese tan endeble amo para aprisionar a sus súbditos.

 

Solo afirmando nuestra consciencia podemos desarmar los más intrincados montajes de melodrama preparados por el ego para sus esclavizados sirvientes -que parecen divertirse con el sufrimiento y sentirse conformes con el abatimiento creciente que los acosa después de cada función.

 

Para el ego, la psicología funciona al revés y sus recompensas también: la tristeza debe ser tomada como imagen de una mente sensible y las relaciones rotas como sinónimo de triunfo y exaltación que deberán ser mostradas con arrogancia.

 

Sin embargo, la vida con su sol incontenible y sus paisajes magnificentes nos muestra la perspectiva equilibrada y protectora de la paz: bajo sus cálidos colores y sentimientos, lo sombrío desaparece o es relegado como un contraste fatigoso para los sentidos, mientras representamos con nuestras voces y nuestros actos fusionados la coreografía de seres congregados que contribuimos a evolucionar la creación. 

 

Hugo Betancur (Colombia)

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lunes, 12 de octubre de 2026

Morir, morirse, una transición cíclica.

 

                                                                                       
                                                                                                             *Reloj astronómico de Praga.

MORIR, MORIRSE, UNA TRANSICION CÍCLICA.

Hugo Betancur


 “Dicen que la muerte comienza en el cerebro

y termina en los pies:

por eso uno se muere caminando,

con la cabeza gacha

y los ojos abiertos a la vida".

“Dicen que el viejo Nicolás

tiene los pies pesados y las manos,

que son de muerto

sus ojos y sus pasos…”

    [Escribió por 1980 mi alter ego Hugo Cuervo].

 

La muerte de los seres vivos es el término de su existencia como entidad biológica. La muerte física es una transición -el organismo vivo cambia de un estado de manifestación reactivo e interactivo a un estado distinto de inercia e inacción y de disgregación. Cuando ocurre la muerte, la estructura material se desorganiza y pierde su autonomía.


La muerte** física significa la desintegración del hálito vital o alma de su vehículo o instrumento biológico de expresión y relación con el entorno y consigo mismo. El alma anima la forma física sólo hasta el momento de la muerte de los organismos -las células y los tejidos que conformaban un conjunto funcional languidecen y se desintegran-: lo que fue un ser humano o animal, con sus rasgos de personalidad y sus comportamientos, o lo que fue una fértil planta, se descomponen hasta secarse.


La existencia de cada ser humano es temporal, riesgosa y vulnerable ante los eventos y relaciones en que deba participar.


El poeta colombiano Jorge Artel nos decía “no es la muerte, es el morir lo que nos causa angustia y sufrimiento, es el proceso de contemplar como perdemos la vida sin que podamos hacer nada para evitarlo y sin aceptar la forma como sucede”.


A mi parecer, cada uno de nosotros muere según corresponda a su destino: estamos expuestos a las consecuencias de nuestros actos y de los de otros y experimentamos nuestras vivencias y relaciones limitados por la dualidad posible e imposible que se nos presenta en cada circunstancia -como en las partidas de ajedrez, las jugadas sucesivas tienen unas previsiones y pautas establecidas que restringen o habilitan los movimientos que cada participante puede hacer.


Estamos sometidos a los riesgos y beneficios de las elecciones que asumimos. Según mi entendimiento, nuestras existencias lo mismo que las de la vida general están regidas por la incertidumbre y por la impermanencia (los cambios inevitables, la transitoriedad).


La muerte* de nuestros relacionados nos aparta de ellos por lo que consideramos que los hemos perdido o que nos han sido arrebatados.


La psiquiatra suiza Elisabeth Kübler-Ross (1926 –2004) identificó cinco etapas psicológicas que podemos atravesar para hacer un duelo sano por la muerte de los seres queridos:


1) Negación y aislamiento: es más o menos una resistencia forzante a aceptar los sucesos –“no acepto esto”, “es injusto que me pase esto” (En los días próximos al acontecimiento, todas las explicaciones que otros puedan dar son insuficientes y poco convincentes).


2) Ira: a la negación le sigue el enojo y el resentimiento, afloran en la mente los “¿por qué?”: - “¿Por qué la vida me arrebató a esta persona tan especial para mí?, ¿por qué tiene que pasarme a mí? (La percepción de victimización surge y no es posible soltarla).


3) Negociación o conciliación. La dificultad de afrontar la realidad está fundamentada en la carga de crisis que trae la situación. El conflicto debe ser resuelto liberando todas las culpas y los juicios de valor que cada uno hace según sus creencias.


4) Depresión. Los sobrevivientes entienden que son infructuosas la negación, las culpas, los lamentos, las protestas, las evasiones -no traen bienestar y paz. Aparece la tristeza como un sentimiento abrumador y penoso que debe ser vivenciado y que debe arder -es algo parecido a esperar y observar como la leña de una fogata se consume cumpliendo la función de calentar o preparar algo sobre las brasas en un recipiente.


El sufrimiento experimentado y la impotencia son el umbral de la última fase o etapa de transición:


5) Aceptación: Nos damos cuenta que no es posible deshacer los eventos y nos disponemos a hacer las paces con la vida tal como se manifiesta. Nuestros apoyos fundamentales son la esperanza, la comprensión, la disipación de las culpas y los juicios.


El viajero cansado reconoce los obstáculos y las penurias del sendero recorrido y se acoge a las tareas del presente.


Quizá sea útil vislumbrar la muerte de los otros con la misma visión de celebración y satisfacción con que contemplamos a los niños que nacen: unos cumplieron ya la compleja construcción de sus historias y deben cerrar sus ciclos de existencia y los otros apenas empiezan a explorar y tantear el mundo tropezando, cayendo, flaqueando, acoplándose a los obstáculos y entrenamientos que les permitan crecer y ubicarse en el nicho disponible para ellos.


Las certezas y los imprevistos nos acosan a medida que avanzamos en nuestros senderos.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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             *RELOJ ASTRONÓMICO DE PRAGA

El Reloj Astronómico de Praga es el reloj medieval más famoso del mundo. Fue construido en 1410 por el maestro relojero Hanus y perfeccionado por Jan Taborsky en el siglo XVI.

Las figuras de la imagen corresponden a la Muerte (representada como un esqueleto) y a la Vanidad o los Placeres Terrenales (representado como un hombre con un turbante tocando un laúd), ubicadas en los costados del famoso Reloj Astronómico de Praga (Pragský orloj) en la República Checa. [1, 2, 3, 4, 5]

Detalles de las figuras:

·           El Esqueleto (la Muerte): Sosteniendo un reloj de arena y una cuerda o campana, simboliza el paso inexorable del tiempo y recuerda que la muerte llega para todos (memento mori). [1, 2, 3]

·           El Turco / La Vanidad: Vestido con un turbante verde y tocando un instrumento de cuerda (laúd), simboliza la vanidad, la avaricia o los placeres mundanos. En el movimiento mecánico del reloj, esta figura suele mover la cabeza en señal de negación cuando la Muerte tira de la cuerda

En el idioma español abundan las expresiones coloquiales y populares irónicas o burlonas para hacer referencia a la muerte de alguien con frases alegóricas.

Respecto a la enfermedad grave o la agonía que preludia una muerte inevitable y próxima, acostumbramos a decir: “Cuando las patas se hinchan, la sepultura relincha”; “Tiene un pie en la tumba”; “Está dando los últimos pasos”; “La muerte le respira en el cuello”; “Ya viene la pelona”…

Respecto a la muerte que ocurre súbitamente, decimos: “Estiró las patas”; “Colgó los tenis (o los guayos”; “Se quedó tieso”; “Se fue p´al otro lado”; “Le llegó la hora”; “Pasó a mejor vida”; “Se petaquió”;

Dichos populares utilizados para  afrontar los duelos y proseguir las acciones y relaciones del destino de cada uno:

• "A rey muerto, rey puesto": nos enseña que lo pasado ha pasado y que debemos acoplarnos a las situaciones presentes.

También hemos escuchado la expresión “Kaput” (o “kaput”), es un adjetivo coloquial que significa “se terminó”, -aludimos al epílogo de una existencia, y por extensión nos referimos a que algo está roto, estropeado, destruido o que ya no funciona.

La frase latina clásica sobre la muerte dice:

“Mortus est qui non resollat et non patalare potest”. Muerto es quien no respira «resuella» ni se mueve «no puede patalear».

VISION PANORAMICA:

Son muchos los ejecutores de la muerte: las enfermedades crónicas que van menguando la vitalidad y que obligan a quien las padece a revisar lenta y pormenorizadamente su pasado; las enfermedades graves que llegan y cortan el hilo de la vida súbitamente, sin dar tiempo a reflexiones ni a cuidados que preserven la salud; el desgaste progresivo del cuerpo que agota la funcionalidad y la supervivencia; los desastres de la naturaleza que dañan las estructuras físicas; los fenómenos de violencia humana -el suicidio, los homicidios realizados por nuestros semejantes por motivaciones de ira, odio, fanatismo, venganza, discriminación, despojo de pertenencias, celos, defensa, guerras anunciadas como justas por sus promotores e instigadores (los que deben proteger sus vidas, sus propiedades y sus sistemas políticos de los ataques de otros; o los demás, los depredadores en el poder y los militares o los grupos que imponen sus intereses y razones con sus armas y acciones, todos convencidos vanamente de que la violencia que ejercen no se volverá contra ellos como un boomerang lanzado).

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Mentes robóticas versus mentes autónomas.

                                                                                                                             Fotografía por Diana Valderrama

MENTES ROBÓTICAS 

VERSUS MENTES AUTÓNOMAS

Hugo Betancur

 

Es posible que los grupos humanos estemos más congregados bajo los temores comunes o bajo los sistemas de creencias colectivas que bajo una inteligente relación donde sea lícito que cada uno de los integrantes exprese las ideas que ha derivado de su experiencia o de su conocimiento.

Los gobiernos y las elites han pretendido que todos sus subordinados tengan opiniones y comportamientos estandarizados y que obedezcan e idolatren a los dirigentes sin ninguna réplica ni manifestación de inconformidad. Las elites parasitan a sus masas que les dan sus vidas y su libertad como ofrenda. Es un intercambio desigual, inequitativo, vandálico.

Las mentes robóticas solo almacenan información masiva que las elites de control con sus programadores depredadores eligen -opiniones, historias, juicios-, todo lo que sea útil para someterlas, intimidarlas, mantenerlas en la ignorancia de su potencial poder autoliberador. Las mentes autónomas observan el mundo y deciden cómo interpretarlo, ese es su privilegio. Sin embargo, las mentes robóticas parecen carecer de la consciencia, la voluntad y los recursos requeridos para descubrirse a sí mismas y descubrir las claves de su progreso.  

Es probable que las mayores colectividades estén compuestas por mentes robóticas, por personalidades gregarias que alardean de tener ideas propias y que solo siguen a quienes fungen como sus mesías sin tener méritos ni acciones que los avalen.

Estas mentes robóticas son condicionadas por culturas y sistemas educativos que les imponen veladamente  las tradiciones y creencias que deben tener para hacerlas maleables, utilizables, sumisas. Estas mentes robóticas generan hogares, empresas y relaciones embrolladas, rutinas de vida fatigantes y desesperanzadoras, monotonía. Cualquiera de nosotros pudo tener en algún periodo de su existencia esa mente robótica que lo hizo parte de una inmensa maquinaria de piezas acopladas por algún astuto colocador que la aprovechó hasta el momento en que el movimiento de la piñonería social la expulsó de su obligado nicho –entonces esa mente robótica logró verse y realizarse como independiente.

Con un entendimiento comprensivo, podemos darnos cuenta que esas mentes robóticas están atadas a sus yugos y a sus presunciones de inteligencia que la realidad desdice en todo momento. Quizá nos aproximemos a una mentalidad de sabios si inquirimos sobre los hechos cotidianos y elaboramos nuestras deducciones y conclusiones por nosotros mismos sin acogernos a la aparente seguridad de la manada y de lo conocido.

Hugo Betancur (Colombia)

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