Bansky-Ámsterdam, Holanda Septentrional, Países Bajos.
“Te
quiero mucho”; “ya no te quiero”.
Hugo
Betancur
El entramado en las relaciones
humanas empieza con un acercamiento que hacemos a otro u otros con algún
propósito circunstancial que ellos pueden atender propiciando que la trama vaya
ocurriendo en los escenarios y que la urdimbre prospere en el tiempo, o que
ellos pueden desatender frustrando nuestros planes.
Interpreto la existencia de cada uno
como la experimentación progresiva de relaciones, de tareas por hacer, de
dificultades, de conflictos y crisis por resolver.
Nuestras existencias suceden
sometidas a contrastes y altibajos que son imprevisibles y que vamos avizorando
y afrontando a medida que avanzamos. Los paisajes que divisamos son cambiantes
-aparece un sol abrazador en el cielo y después una lluvia copiosa; al calor y
resequedad del verano lo sigue un invierno lluvioso y frio que impregna de
humedad los entornos naturales y las cosas.
Asumo que el destino de cada uno
tiene tres condiciones: obligatorio, inevitable e intransferible; y que la vida
tiene dos preceptos perentorios: la impermanencia y la incertidumbre. Considero
que ese destino, el particular y el colectivo, tiene requisitos y acciones por
cumplir que se van manifestando según corresponda para que nuestras historias
pasen.
Todos los hechos y relaciones tienen
su justo momento y pertinencia; aunque interpretemos los eventos como
desventajosos y caóticos para nosotros, nos es imposible deshacerlos y
recomponerlos según nuestra conveniencia y esperanzas.
Asumimos nuestras vivencias con el
cúmulo de acciones cumplidas o incumplidas, con los cambios y aprendizajes
realizados o postergados, con los inventarios de bienes y desastres que hacemos
desmenuzando en nuestras mentes los episodios del pasado.
Psicológicamente enfocamos nuestra
atención en otros seres humanos que nos parecen atractivos físicamente y nos
guiamos por nuestros sentidos para imaginar una relación de pareja promisoria y
placentera que podamos establecer con ellos -talvez ansiamos acceder a un
acompañamiento que nos falta; quizá pretendamos conformar un nexo afectivo que
ahuyente nuestra soledad o nuestra marginación, o fantaseamos asociarnos con
alguien que nos reconozca y nos valide (porque nos consideramos incompletos y
conjeturamos que otro u otros deberán complementarnos).
Proponemos verbalmente en ese
preludio del encuentro un vínculo afectivo adulando a la otra parte o
asediándola -con las palabras tratamos de envolverla con nuestra charla
intencionada (como los pescadores de rio, lanzamos la atarraya para encerrar a
nuestra presa y atraparla, o como los entomólogos rodeamos a las
mariposas con las bolsas livianas de malla fina para cazarlas y hacernos dueños
de sus coloridos y leves cuerpos). Sin embargo, si ese otro u otra a quien
abordamos logra observarnos con plena atención, podría descubrir la disonancia
que hay entre nuestras palabras y nuestros gestos y ademanes no verbales -la
incongruencia entre la voz que dice y las
acciones y pantomimas que contradicen.
Probablemente hayamos vivido
situaciones alargadas en el tiempo en que otros seres humanos hayan sido el
objetivo por alcanzar -tal vez nuestro propósito haya estado enfocado en armar
algún nexo de emparejamiento obsesivo y gradual, o tal vez hayamos pretendido
instituir algún vínculo amistoso, o enlazado con nuestras aficiones o nuestras
pesquisas intelectuales, o nuestros oficios y acciones del momento.
Nuestra condición humana está
determinando continuamente nuestros intereses y perspectivas o nuestros planes
-lo que somos, las circunstancias de nuestras mentes, motivan lo que hacemos,
por lo que deducimos que nuestros actos no son accidentales ni espontáneos sino
guiados por nuestros propósitos y nuestra idiosincrasia.
Nuestros planes de relacionarnos con
otros sinceramente, honradamente, requieren que seamos francos expresando
nuestras intenciones y expectativas hacia ellos y que acatemos como esencial la
libertad de elección y de acción de cada uno.
Toda relación que iniciamos con
tretas o fingimiento está contaminada por nuestros egos y sus ambiciones y esos
“te quiero” que empezamos a manifestar reiteradamente solo significan “me
siento complacido y retribuido por lo que me das a cambio de mis representaciones
amañadas” -esas relaciones cordiales y generosas que fingimos son solo una
trampa que tendemos y que va haciéndose una trama tormentosa de conflictos y
des-engaños.
La disolución de esos dramas en que
la frase repetida “te quiero mucho” era desvirtuada por los hechos reales de
quien las enunciaba nos lleva a los limites psicológicos en que la liberación
propia se hace imperativa. Alguno de los protagonista de esas historias de
desamor -o los dos- deberá declarar “ya no te quiero”, para cerrar el ciclo de
esa fallida vinculación -como en las telenovelas o en las temporadas seriales
de las pantallas planas, la separación y las crisis son la culminación del
argumento escenificado por los actores (los emotivos y ruidosos “te quiero
mucho” son reemplazados por la frase tristona o resignada o claudicante “ya no
te quiero” en que la cantidad afectiva declamada es sustituida por
la carencia y la insuficiencia .
Las mentes oprimidas deberán por fin
liberarse de su yugo y la ilusión será deshecha cuando los desastres
experimentados revelen su entramado.
Hugo Betancur (Colombia)
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