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viernes, 25 de agosto de 2023

Eligiendo: ¿paz o adversidad?

                                                                                                               Armonía, ideograma en chino.

NUESTRA PAZ 
O NUESTRA ADVERSIDAD

La paz que damos
es la paz que recibimos.

Nuestros actos violentos
retornan contra nosotros
al pasar el tiempo.

Como juzgamos a los demás

así seremos juzgados.


El malestar que causamos a otros

jamás nos atraerá felicidad.


La riqueza proveniente

de la miseria causada a otros

trae sólo un bienestar transitorio

y demasiadas deudas por pagar.

 

Algo más grave que engañar,

mentir, y obrar hipócritamente,

es acallar o tergiversar la realidad

cuando la conocemos.


                            Hugo  Betancur (Colombia)



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lunes, 7 de agosto de 2023

¿Podemos aprender de nuestras vivencias tormentosas?

                                                                                                    Puente sobre la autopista Sur en Medellín, Colombia.

LA DISPOSICION A RECONOCERNOS EN NUESTRAS RELACIONES

Hugo Betancur

 

Una percepción sana e inteligente que podemos desplegar en nuestras relaciones con otros seres humanos consiste en que consideremos sus comportamientos o errores -y los nuestros- como algo inevitable, a veces útil y adecuado para llevarnos a una transición inaplazable. 

El conflicto aparece como una señal de advertencia: ¡Has llegado al escabroso reino de la rutina tediosa! ¡No sigas ahí porque estás perdiendo tus motivaciones optimistas y tu libre albedrío! 

Los personajes de la historia y nuestros sentimientos han cambiado. Mientras representábamos nuestros papeles nos fuimos disociando paulatinamente hasta llegar al hastío compartido. Es el momento de cambiar los guiones y los escenarios.

Ninguna evasión es apropiada. Es la ocasión propicia para explorar nuestra mente y hacer nuestra indagación sobre lo que somos y sobre las relaciones disconformes. 

Sobran en cada ahora las culpas, las acusaciones y las justificaciones –la vida se justifica a sí misma-; todo está dispuesto para que liberemos las ataduras y reflexionemos sobre la jornada recorrida.

Podemos hacer una pausa para observar en silencio y quietud nuestra mente: qué juicios hacemos, cómo nos sentimos, qué reprochamos, qué des-cubrimos. Hacemos una pesquisa sobre nosotros mismos, un proceso de autoconocimiento, que nos lleva a un umbral de consciencia. 

Somos inteligentes si logramos aprender de nuestros errores y somos afortunados si podemos corregirlos.

Si valoramos a las personas con quienes nos hemos relacionado, adoptamos un propósito de entendimiento y de trascendencia sobre las vivencias comunes: todo sucedió según las personalidades y las opciones de elección posibles para los participantes; el agua solo pudo fluir a lo largo del cauce descendente excavado en la tierra. 

Solo podemos reconformar la vida en el presente. Lo pasado sólo nos sirve como experiencia para deconstruir1 o para transformar. Todo lo que hicimos dejó alguna huella y todo lo que dejamos de hacer también (las acciones no realizadas también nos retratan ante los demás). 

Muchas veces hemos definido las relaciones que atravesamos como destructivas o muy conflictivas y desgastadoras, lo que nos ha llevado a las crisis -las manifestaciones en el tiempo de inestabilidad en nuestras historias particulares- que nos indican que debemos hacer cambios. Y si hacemos parte de esas relaciones discordantes no estamos allí por azar sino con un designio que nuestro limitado intelecto no alcanza a descifrar y que debe ser resuelto en un proceso de comprensión y aceptación.

Durante esas crisis podemos pasar de una extrema emocionalidad y agitación a una condición aparentemente pasiva o evasiva; podemos absolvernos y justificarnos mientras culpamos a otros o podemos reprocharnos y experimentar malestar por la interacción vivida. 

Esas actitudes son egocéntricas y disociadoras. Son sólo reacciones habituales y previsibles. 

Esas crisis tienen para nosotros dos componentes: cómo nos sentimos –la percepción subjetiva- y cómo lo expresamos –nuestras emociones.

Una vez que menguan nuestras emociones básicas, especialmente la ira2 y la aflicción, tras la situación o relación truncada que las hicieron surgir, podemos enfocar nuestra atención en la culpa y el rechazo, emociones secundarias, tal vez, o en la reflexión constructiva y en la auto observación –¿cuál es mi responsabilidad?, ¿qué provecho puedo obtener de esta experiencia?

A veces consideramos nuestras rutinas algo así como un refugio seguro y confiable; nos quedamos estáticos, aunque la vida nos advierte continuamente que estamos postergando los aprendizajes y las soluciones -nuestros rostros están ausentes del presente y nos mostramos preocupados, distraídos, irritables, infelices. 

Las relaciones que emprendemos con actitudes egoístas (los ‘proyectos de vida’ que trazamos a otros para que nos den felicidad) nos hacen muy vulnerables; los intereses, los anhelos y los atractivos que conforman ese entramado utilitario nos ligan más a los resultados que a las personas y nos obligan a mantener una dualidad truculenta ante ellas –quizá fingiendo que lo afectivo es lo esencial entre ellas y nosotros, o posiblemente involucrándonos en un auto engaño que las prioridades no obtenidas nos obligan a des-velar.

En cambio, las relaciones que emprendemos con actitudes altruistas, libres de ansiedad y codicia, reflejan nuestra fortaleza. Lo mismo ocurre con aquellas relaciones donde nuestra afectividad es espontánea y franca: no forzamos las situaciones y podemos apreciar a las personas como son sin entrar en pugna con ellas, más dispuestos a consentirlas que a censurarlas, y más solidarios con sus dificultades.

Nuestros juicios negativos son una trampa y un lastre porque provienen de nuestros egos y de sistemas de creencias que conservamos inmodificados y rígidos en nuestra memoria mientras la vida va pasando. 

Las personas que nos aman permanecen cerca, aunque hayan ido muy lejos. Nos sentimos unidos a los amigos viejos y a los recientes sin las barreras de los protocolos sociales, económicos o culturales. Nuestras manos y nuestros abrazos comunican alegría, protección y confianza. No nos hacen falta las simulaciones ni las cartas marcadas bajo las mangas. 

Las relaciones interrumpidas muestran simplemente el término o cierre de un drama donde los actores estaban disgregados: cada uno recitaba las líneas del personaje representado –conquistador, soñador de su sueño exclusivo que el otro debía llenar, avaricioso y ensimismado. Las funciones repetidas y monótonas en los escenarios cambiantes llenaron de fatiga y frustración a los actores por lo que la separación les parece una conclusión inevitable y redentora según el sistema evaluador del ego.

El amor y la amistad cumplen dos requisitos: crecen a medida que pasa el tiempo y soportan las tormentas que sacuden sus cimientos. Lo demás son ilusiones, tan frágiles como un papel quemado y tan irrecuperables como las palabras voceadas en el aire. Y se desvanecen tan volátiles como parecieron formarse, a pesar de los pesares y del sufrimiento que dejaron como indicio.

Podemos deducir que las situaciones y relaciones agradables que evocamos con nostalgia y gratitud son aquellas en que logramos una aproximación sincera y una integración equilibrada. Nos sentimos regocijados con la presencia y acciones de otros y fuimos correspondidos; sabemos que no participamos en intercambios de conveniencias -basadas en necesidades, adquisiciones o accesos que nos producían ganancias secundarias-, ni en conquistas –donde alguien debió ser avasallado o sometido para que otro u otros obtuvieran sus trofeos y su tributo de placer. 

No son las experiencias intensas y obsesivas, ni la avidez impetuosa que debió ser saciada, ni los excesos vividos en los altares y rituales de los sentidos lo que nos llega como recuerdo amoroso a medida que avanzamos en nuestros caminos. Todo eso no es más que la resaca –un nudo en la garganta, niebla sobre el pasado confuso- que nos queda como vestigio amargo.

Cuando nuestra visión nos trae imágenes alegres de la jornada cumplida nos damos cuenta que recorrimos el itinerario adecuado y que los viajeros que nos acompañaban siguieron siendo nuestros amigos, aunque sus siluetas y sus voces se hubieran perdido en la distancia.

Hugo Betancur (Colombia)

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­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­        1. Deconstruir: cambiar nuestras ideas.

2. Ira: una emoción primaria que se presenta cuando un organismo es bloqueado o frustrado en la consecución de una meta o en la obtención o satisfacción de una necesidad. [Izard -1977] Danesh (1977) e Izard (1984) consideraron que los organismos responden ante la percepción de una amenaza con un impulso de ataque -la ira-, o con un impulso de huida, propio del temor y la ansiedad. Rothenburg (1971) argumentó que en seres vivos sociables la ira era una reacción y un mensaje en contextos de relaciones significativas.

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domingo, 6 de agosto de 2023

DESAFIO DEL CAMBIO. Jiddu Krishnamurti.


Educación, autoconciencia, autonomía de la mente.

El texto que sigue fue publicado originalmente en Perspectivas: revista trimestral de educación comparada (París. UNESCO: Oficina Internacional de Educación), vol. XXXI, n° 2, junio 2001, págs. 273-286 ©UNESCO: Oficina Internacional de Educación, 2001.

 Este documento puede ser reproducido sin cargo siempre que se haga referencia a la fuente:

https://www.ibe.unesco.org/sites/default/files/krishnamurtis.pdf

 

J. KRISHNAMURTI (1895–1986) Meenakshi Tapan*

La influencia del filósofo J. Krishnamurti en la idiosincrasia de la educación alternativa india ha sido inconmensurable, aunque muchas veces no se deje sentir en la educación secundaria formal.

 Krishnamurti no era un educador en el sentido estricto o formal de la palabra, ya que carecía de títulos oficiales que lo autorizaran a divulgar o promover objetivos de la educación o a fundar centros educativos. A todas luces, su preocupación por lo que él entendía como “buena educación” no obedecía al deseo de ofrecer soluciones temporales a los problemas de la sociedad, ni a un intento de paliarlos enseñando simplemente a la población a leer y escribir.

Se ha descrito a Krishnamurti como “un maestro revolucionario […] que trabajaba incansablemente para despertar a la gente, despertar su inteligencia, su sentido de la responsabilidad, despertar una chispa de descontento”, y su compromiso con este despertar de las conciencias se basaba indudablemente en una “fuerte pasión moral” (Herzberger y Herzberger, 1998), que fue el fundamento de su búsqueda incesante de una “buena sociedad”, fundamentada a su vez en los “valores correctos” y las “relaciones correctas”.

 Krishnamurti fue un filósofo cuya apasionada búsqueda de la “buena sociedad” no se basaba en ninguna tradición religiosa o política concretas. No pretendía seguir una vía determinada para infundir la “bondad” en los individuos y en la sociedad. Para ello no se apoyaba en ningún instrumento o medio externos, sino en un descubrimiento interior que debía trascender la materialidad del cuerpo y originar una “mutación” en la mente humana.1 Así pues, el cambio no podía venir por medios externos, ya fueran éstos revoluciones políticas o movimientos sociales, sino solamente a través de una transformación total de la conciencia humana que no requería prácticas de tipo mecánico, como ciertos ritos religiosos, ni la adhesión a ningún dogma.

Krishnamurti fomenta, por el contrario, la “mirada crítica” o el “conocimiento sin elección” como forma de autodescubrimiento (Martin, 1997, pág. xi), en lugar del “pensamiento crítico”, procedimiento más conocido. [79499 2]

La filosofía de Krishnamurti, que rechazaba todo apoyo espiritual o emotivo y que no admitía ningún apego psicológico o intelectual a la persona del maestro, no podía ser vista con buenos ojos en la India. Además, su tarea resultaba bastante difícil, sobre todo teniendo en cuenta que la tradición hindú de la India se basa en una fe inquebrantable al maestro y una devoción incondicional a su persona como medios para alcanzar el bienestar psicológico, espiritual y social.

La ruptura de Krishnamurti con la tradición y con toda forma de autoridad demuestra su gran fuerza como filósofo, pues de hecho fue como una bocanada de aire fresco para cuantos pugnaban por penetrar en las profundidades de la conciencia y la existencia por las vías tradicionales del entendimiento.

 

LA “BUENA SOCIEDAD”

En sus aspiraciones a una “buena sociedad”, Krishnamurti daba gran importancia a la relación del individuo con la sociedad y a la responsabilidad de cada cual en el advenimiento de esa “buena sociedad”: “Eres depositario de toda la humanidad. Tú eres el mundo y el mundo eres tú. Y si se produce un cambio radical en la estructura misma de la psique de un individuo, ese cambio afectará a toda la conciencia de la humanidad” (Krishnamurti, 1993, págs. 133-134).

En su afán de propiciarlo, Krishnamurti dio prueba a lo largo de toda su vida de una constante preocupación moral por la “buena” sociedad: Nos interesa una forma de vida diferente [...] una sociedad buena. El que os habla se interesa por lograr una sociedad buena, en la que reinen el orden, la paz, la seguridad, alguna forma de felicidad, y que sobrepase todo ello en su búsqueda de algo que es inconmensurable. Tenemos que conseguir [...] una sociedad que sea esencialmente buena [...] sin violencia, sin las contradicciones de tantos dogmas, creencias, ritos, dioses, sin divisiones económicas nacionales (Krishnamurti, Ojai, 1979, citado por Herzberger y Herzberger, 1998).

Está claro que en este tipo de sociedad no tendrían cabida las divisiones por castas, clases, lenguas ni regiones.

La importancia que Krishnamurti otorga a la “bondad” como piedra angular de esa nueva sociedad es su punto de partida para reclamar una sociedad sin contradicciones ni dicotomías de ningún tipo.

Una sociedad sin “divisiones económicas nacionales” implica indudablemente una sociedad sin clases y este aspecto del pensamiento de Krishnamurti pone de manifiesto su obvio interés por poner fin a las desigualdades económicas y sociales derivadas del poder material. Ahora bien, según Krishnamurti, nada de esto sería posible sin una renovación o transformación internas.

El descontento de Krishnamurti con el orden mundial vigente procedía de su entendimiento de la condición humana, que no permite al individuo ser realmente feliz, [79499 3] atrapado como está en un universo psicológico de penas, celos, dolor, ira, envidia y relaciones problemáticas.

Este torbellino interno, según Krishnamurti, no podía conducir a unas relaciones armoniosas, es decir, a una sociedad buena. Sólo podía ser fuente de conflictos y contradicciones, generadoras de división y caos, que daban lugar su vez a la explotación, la opresión y la guerra.

Este era el planteamiento de la búsqueda de Krishnamurti de un tipo de sociedad nueva y diferente que haría surgir la armonía y el bienestar entre personas y grupos.

La “sociedad buena”, tal y como Krishnamurti la veía, suponía ciertamente una forma de “ser” y “actuar” en este mundo y no un sueño lejano o un ideal utópico al que tratara de llegar por medio de un proceso gradual de cambio.

A menudo se le ha considerado, en su búsqueda de la “sociedad buena”, un idealista utópico en medio del torbellino social y el caos psicológico de nuestros tiempos.

Sin embargo, insistía mucho en afirmar que “en teoría podemos diseñar el modelo de una espléndida utopía, un mundo nuevo y feliz, pero [...] nuestros problemas existen en el momento presente y sólo se pueden resolver en el presente” (citado en Martin, 1997, pág. 11).

Se trata, pues, de una tarea urgente que hay que entender y acometer de inmediato.

La “urgencia del cambio” era un estribillo constante en las conferencias públicas de Krishnamurti y en sus charlas con los maestros y alumnos de las escuelas que fundó en la India, en Inglaterra y en los Estados Unidos.

No había en el anhelo de Krishnamurti de una buena sociedad el menor afán de conseguir ningún tipo de poder, autoridad o legitimidad por medio de la fundación de escuelas para la transformación del ser humano. De hecho, en 1929 abandonó las organizaciones oficiales y se abstuvo de todo intento de institucionalizar o formalizar la búsqueda de la buena sociedad, que sólo consideraba posible por medio de una renovación interna.

 Entonces, ¿por qué creía Krishnamurti que la clave del verdadero cambio, tanto para la revolución interior como para la sociedad, residía en la educación? O, cosa aún más curiosa, ¿por qué se empeñaba en fundar escuelas entendidas como comunidades de personas que trabajaban en colaboración, como un avance hacia la “iluminación” del ser humano?

La cuestión no es tan contradictoria como parece, porque el enfoque de Krishnamurti de una educación holística es esencial para una renovación interna capaz de llevar a cabo la transformación social y de culminar en el cambio social.

Datos biográficos de Krishnamurti

 Jidhu Krishnamurti nació el 11 de mayo de 1895 en Madanapalle, en el estado de Andhra Pradesh, en la India del sur, cerca del Centro de Educación de Rishi Valley, la institución que [79499 4] fundó en 1928. Su padre, funcionario en el Departamento Fiscal de la administración colonial, tenía otros cuatro hijos. Una vez jubilado de la administración pública, ofreció sus servicios a la Sociedad Teosófica de Chennai (entonces llamada Madrás) a cambio de alojamiento para él y para sus hijos.2

En 1909, la familia se trasladó a Adyar, Chennai (Lutyens, 1975, pág. 8).

En sus primeros años, Krishnamurti y su hermano Nityananda fueron adoptados por la Dra. Annie Besant, presidente de la Sociedad Teosófica, que vio en el muchacho algunas cualidades espirituales que lo distinguían de los demás y en las que más tarde se basarían Mrs. Besant y otros teosofistas para proclamar a Krishnamurti vehículo del Maestro Mundial que tenía que llegar, según decían, para salvar a la humanidad.

Con objeto de preparar al mundo para su advenimiento, en 1911 se fundó una organización llamada Orden de la Estrella de Oriente, dirigida por Krishnamurti. La función de Maestro Mundial y dirigente espiritual recayó sobre él a una edad relativamente temprana, y esta tremenda responsabilidad tuvo por fuerza que influir en su propia evolución psicológica. Sin embargo, este proceso no culminó con la llegada del Mesías Mundial ni llevó a Krishnamurti a anunciar o proclamar su superioridad sobre los demás. De hecho, tuvo el efecto contrario.

Aunque Krishnamurti recibió toda la formación y las enseñanzas propias de un futuro Maestro Mundial, desarrolló una visión independiente tanto sobre la naturaleza de la búsqueda como sobre el papel que a él mismo le correspondía en la constitución de la buena sociedad.

El 3 de agosto de 1929, en un discurso histórico y lleno de energía, Krishnamurti disolvió la Orden de la Estrella: Afirmo que la Verdad es una tierra sin caminos y no podéis alcanzarla por camino alguno, ni religión, ni secta [...] Como la Verdad no tiene límites y es incondicional e inalcanzable por ningún camino, no se puede organizar ni se debe fundar ninguna organización que lleve o fuerce a la gente por ningún camino concreto [...] Mi único interés es lograr que el hombre sea absoluta e incondicionalmente libre (Krishnamurti, 1929).

Krishnamurti, al romper con la Sociedad Teosófica y todo el aparato correspondiente, reafirmaba su independencia y sus “enseñanzas” se desplegaron, por así decirlo, por el resto de sus días. Krishnamurti no se autoproclamaba un Maestro de la Verdad cuyas enseñanzas había que seguir para alcanzar el Nirvana o el autoconocimiento. No creía que esa autoridad pudiera realmente ser el principio de la percepción y el cambio del individuo.

Así pues, el “viaje del entendimiento” tenía que hacerlo cada cual, lo que implica descartar toda forma de autoridad: “para ser una luz para nosotros mismos, hemos de liberarnos de toda tradición, de toda autoridad, comprendida la de quien habla, de manera que nuestras propias mentes puedan mirar, observar y aprender” (Krishnamurti, 1972, pág. 52). [79499 5]

Krishnamurti rechazaba la idea de que “la enseñanza” consiste en aprender primero algo para después ponerlo en práctica. Cuando se le preguntaba cuál era su enseñanza, respondía que se trataba de compartir, de participar, más que de dar o recibir algo. También hacía hincapié en lo instantáneo de la transformación: “no es algo que se vaya realizando gradualmente a base de esforzarse, buscar o ir adaptando paulatinamente la propia vida, la propia conducta y la forma de pensar a algún ideal” (Holroyd, 1980, pág. 35).

 “Hacerse” o “ser” no tienen sentido para Krishnamurti, pues se trata de un estado intemporal. La búsqueda de Krishnamurti del autoconocimiento o autodescubrimiento no aleja mucho al sujeto de sí mismo. En este sentido hay que entender la máxima que solía repetir Krishnamurti: “la enseñanza eres tú mismo”. Tampoco hay una culminación de este proceso de autodescubrimiento: “sólo existe el viaje. No hay un conocimiento total de uno mismo, sino más bien un proceso de conocerse a sí mismo que no termina nunca” (Jayakar, 1982, pág. 82).

LA BUENA EDUCACIÓN

La educación constituye el núcleo central de la visión del mundo de Krishnamurti. De hecho, dedicó toda su vida a proclamar que la educación era el agente no sólo de la renovación interna, sino también del cambio social. Por lo tanto, la educación representa los cimientos sobre los que habrá de edificarse la buena sociedad. Krishnamurti insistió siempre en la responsabilidad que incumbe al individuo en el orden social: “Tú eres el mundo”. Así pues, todo acto de un individuo afecta a los demás, porque “ser es ser en relación” (Krishnamurti, 1970, pág. 22) y, en este sentido, no hay conciencia individual, sino sólo una conciencia humana colectiva, lo que implica que el mundo no es algo independiente del sujeto. Su aspiración es el desarrollo armonioso del mundo interior y el mundo exterior de la persona: “lo que uno es interiormente dará lugar a la larga a una sociedad buena o al deterioro progresivo de las relaciones humanas”. Sin embargo, esta armonía “es posible que no llegue a producirse si nuestros ojos miran tan sólo el mundo exterior”.

El mundo interior es la “fuente y la continuación del desorden”, y para Krishnamurti corresponde a la educación transformar la fuente que es la persona, porque “son los seres humanos los que crean la sociedad, no los dioses del cielo” (Krishnamurti, 1981, págs. 93-94).

 Krishnamurti afirmaba que las escuelas que funcionaban bajo los auspicios de la Fundación India Krishnamurti (FKI), algunas de las cuales se fundaron durante su vida, no eran organizaciones dedicadas a adoctrinar a los niños, sino lugares “en los que alumnos y [79499 6] maestros pueden florecer, y en los que se puede preparar a la futura generación, porque las escuelas se fundaron para eso” (ibíd.).3

El concepto de “florecer” implica una apertura progresiva de la conciencia de los individuos en su interrelación en la praxis educativa. El desarrollo psicológico individual es tan importante como la adquisición de competencias y conocimientos académicos.

Las escuelas de la FKI no pretenden “ser excelentes desde el punto de vista académico, sino [...] fomentar el cultivo de la persona en su integridad” (ibíd., pág. 7), y “existen fundamentalmente para ayudar, tanto al alumno como al maestro, a florecer en la bondad, lo que requiere excelencia en la conducta, en la acción y en la relación. Este es nuestro objetivo y la razón de ser de nuestras escuelas; no producir meros profesionales, sino lograr la excelencia espiritual ” (ibíd., pág. 14-15).

En las charlas que daba en sus visitas anuales a los alumnos y maestros de las dos escuelas de la FKI en la India (la escuela Rishi Valley en Andhra Pradesh y el Centro de Educación Rajghat en Benarés), Krishnamurti solía hacer preguntas a los alumnos acerca del significado de la educación, la calidad de la educación que recibían, las funciones y actitudes de los maestros, y su propia contribución al proceso de aprendizaje. Debatía con ellos las finalidades de la educación – no sólo la de aprobar unos exámenes tras haber memorizado unos cuantos hechos y adquirido algunas competencias, sino la de entender la complejidad de la vida. Animaba a los alumnos a darse cuenta de la función que les correspondía en la creación de un mundo “nuevo”, sin temores, conflictos ni contradicciones. Esto sólo era posible si existía una “buena educación” en un ambiente de libertad, sin autoridad ni miedo, en el que pudieran cultivarse la inteligencia y la bondad.

En sus charlas con los alumnos, Krishnamurti repetía que lo que hace la educación normalmente es preparar a los alumnos para su adaptación a un “determinado modelo, es decir, un movimiento en una dirección predeterminada”, y esto es lo que la sociedad llama “entrar en la vida” (Krishnamurti, 1993, pág. 33).

Con una educación de este tipo, el alumno se encuentra con la vida, lo que viene a ser como “un riachuelo que se encuentra con el ancho mar” (ibíd., pág. 34). Sin embargo, esta educación no prepara necesariamente al alumno para afrontar las dificultades psicológicas ni las vicisitudes materiales de la existencia.

Misión fundamental de la educación es “despertar la inteligencia” y no limitarse a reproducir una máquina programada o un mono amaestrado, como decía Krishnamurti. Así pues, la educación no se puede reducir a aprender a leer y aprender después de los libros, sino que hay que aprender de la vida, y debe preparar a los alumnos a afrontar los problemas de la existencia en un mundo social complejo.

Pero las ideas de Krishnamurti sobre cómo lograr este propósito son extraordinarias por su simplicidad. Respondiendo, por ejemplo, a la [79499 7] pregunta de un alumno sobre cómo ser feliz en un mundo competitivo, Krishnamurti afirma, “Sólo podrás ser feliz en un mundo competitivo no siendo competitivo tú mismo” (ibíd.). Esta respuesta puede ser discutible, ya que puede parecer poco realista dada la complejidad de la sociedad, en la que alguien no competitivo sólo puede, en el mejor de los casos, sobrevivir, pero no realmente existir.

Ahora bien, el argumento de Krishnamurti es que “en la competencia radica la verdadera esencia de la violencia [...] Toda nuestra estructura social está basada en la competencia y lo aceptamos como algo inevitable” (ibíd.).

Como alternativa a la competencia de la vida diaria, Krishnamurti resalta el valor de la confianza, pero no la confianza en uno mismo, sino “un tipo de confianza totalmente distinto, en la que no exista el sentimiento de la propia importancia [...] una confianza sin más” (citado por Shirali, 1998).

La comparación entre los niños cobra importancia cuando continuamente se está juzgando y evaluando su rendimiento, y esta comparación provoca en ellos conflictos, temores y un sentimiento de inseguridad. Los maestros de las escuelas de la FKI tratan de poner fin a estas comparaciones en la escuela y en el aula, y de favorecer el desarrollo del talento sin caer en la trampa del ego.4

Krishnamurti analiza también la índole de los sentimientos humanos y afirma que, en realidad, no sabemos “sentir” nada. Y es importante experimentar sentimientos pues éstos son, de hecho, la “sustancia de la vida”, de modo que la función de la “buena educación” es lograr que el individuo sea `muy sensible a todo – no sólo a las matemáticas o a la geografía [...] porque la forma más elevada de sensibilidad es la forma más elevada de inteligencia” (ibíd., pág. 70).

Así pues, para Krishnamurti, la buena educación no se limita a producir ingenieros, médicos o científicos, sino “seres humanos vivos, vigorosos, inquietos [...] Si se es una persona no se es un especialista, sino una entidad completa” (ibíd., pág. 75).

Una “mente educada” es aquella que “piensa, es activa, está viva; es una mente que mira, observa, escucha y siente” (ibíd., pág. 76).

 Las charlas de Krishnamurti en los centros educativos gestionados por la FKI también iban dirigidas a los maestros, a los que consideraba elementos primordiales de la praxis de la educación. En ellas, Krishnamurti abordaba en realidad la cuestión más amplia de la dificultad humana para transformar la conciencia psicológica que, sin embargo, no es un acto aislado o individual. Este cambio no se basa tampoco en una especie de “abracadabra” psicológico o espiritual, como él solía destacar, sino en el importante elemento de “relación” entre los seres humanos, por el cual estamos comprometidos con la comunidad, así como con el entorno que nos rodea. Esta es la razón por la que las escuelas de la FKI se interesan mucho por los problemas relacionados con la ecología y las comunidades a las que afectan.

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