Fotografia por Diana ValderramaLA RELIGION DEL EGO
Hugo Betancur
La religión más
extendida en el mundo es la del ego. Sus adeptos no se reúnen
multitudinariamente en inmensos y suntuosos edificios llamados iglesias o
templos, ni siguen voluminosas biblias y libros antiguos con las doctrinas y
mensajes de su ídolo. Ellos ejercen sus ritos en sus recintos privados, en sus
relaciones afectivas, sociales y de trabajo o empresa. Personifican ese ego y
lo exaltan ante otros especialmente en los eventos públicos donde destacan y
magnifican su exigua importancia personal y su agigantado narcisismo.
La doctrina de esta
religión del ego está fundamentada en los pilares imperiosos de la culpa, el
castigo, la dualidad éxito y fracaso, y la separación -bajo los dogmas que
aplica el ego, la integración no es posible y la afinidad entre seres humanos
es una utopía que derriba el paso del tiempo.
Los ególatras
pregonan la existencia de dos categorías de seres humanos: los que
dominan, escalan y lideran, voceando que se han hecho triunfadores por sí
mismos, gracias a su inteligencia, a su esfuerzo y a su mentalidad positiva
-aunque otros les hayan aportado sus recursos y su energía para catapultarlos
hacia sus cimas- y los demás, los elementales que superviven sin mentores, con
una educación precaria que limita su acceso a trabajos y posiciones
privilegiadas y rentables, minimizados por quienes los emplean como sus
trabajadores aunque los tratan como sus sirvientes.
Los instrumentos de
los devotos de esta doctrina del ego, son la supremacía, las imposiciones, los
chantajes y los condicionamientos; el ambicionado dominio sobre otros ha de ser
alcanzado llevándolos a la sumisión y al sacrifico.
Los súbditos del
ego se acogen a sus preceptos básicos: alguien debe prevalecer y alguien tiene
que asumir el papel de víctima, alguien debe mandar o ser mandado, alguien debe
pagar una penalización por su acciones -lo que equivale al pecado y castigo
establecido por otras religiones-, muchos deben ser obedientes a la voluntad de
quien remonta alturas para hacerse ver y admirar, alguien debe maquinar y
alguien debe permitirlo.
Como los demonios
clásicos llevan a sus infiernos al final de sus vidas a quienes han obrado mal
en su nombre, el ego recompensa a sus adoradores con malestar y frustraciones
-siempre resultan insuficientes las conquistas de cada uno y no es posible
realizar las ilusiones que las mentes persiguen obsesivamente pues cada quien
manifiesta y elabora con desmesurada avidez sus objetivos, lo que en muchas
ocasiones crea pugnas y adversarios que frustran los planes particulares.
Sin embargo, las
ambiciones de estos ególatras practicantes presentan demasiados obstáculos en
este mundo salvaje: es demasiado difícil atesorar sin la provisión de otros y
las ganancias no llegan por la aplicación de pensamientos positivos e ideales
de visualización sino porque tengamos méritos para recibirlas o porque en
función del destino de cada uno sea posible lograrlas.
No hay felicidad en
las relaciones interesadas y aventureras de los egos, porque los
planes de progreso están asentados sobre el despojo a otros, o
sobre la lucha para superarlos, o sobre lo que llamamos necesidades
-algunas las nombramos necesidades básicas humanas, lo orgánico y lo material,
y otras constituyen lo psicológico, que nos aprovisionarán otros: "te
necesito", necesito que me des", "sólo tú puedes darme lo que me
falta" (aprovisionamiento, compañía, cuidados, protección, asistencia,
seguridad).
La felicidad que el
ego persigue aparece fugazmente y luego se esfuma como la llama de una cerilla.
Es sustituida por formas mentales agobiantes: el sufrimiento, el autosaboteo,
la infelicidad, la incertidumbre.
El sufrimiento es
la recompensa paradójica que el ego ofrece a sus masas de fervientes
seguidores.
La religión del ego
no se parece en nada a las religiones inspiradas desde el Cielo, basadas en el
amor y la unidad.
La del ego es la
religión de la tierra, fundada sobre el ataque, la separación, el culto a la
personalidad, la negatividad, la destructividad, la depredación.
La del ego es una
religión de amos y sirvientes, de ganadores y perdedores, de sombrías y
fanáticas jerarquías que imperan en sus territorios de poder con sus
instituciones y recursos de control -algunas se tornan vitalicias y las demás
son removidas por otras que las superan en astucia y en pactos de mutuo
favorecimiento.
Todas las demás
religiones instauradas aportan sus líderes y sus masas crédulas y doblegadas a
la religión del ego que las supera y las subyuga.
La espiritualidad
de cada uno, con nuestro libre albedrío y nuestra evolución a través de las
existencias, trasciende todas las ilusiones de los personajes que
representamos, de los escenarios donde nos consumimos sacudidos por nuestros
egos y de los tiempos con que medimos nuestras historias.
Hugo Betancur
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