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En este blog promuevo aprendizajes y cambios basados en la comprensión de nuestras relaciones, nuestras acciones de vida y nuestras creencias. La sabiduría de nuestras vidas está fundamentada en relaciones respetuosas y solidarias que podemos experimentar consciente y ecuánimemente, considerando las crisis y los conflictos como eventos pasajeros que podemos resolver y trascender, si es que hemos decidido hacerlo. Hugo Betancur (Colombia).
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PERMITAMOS
QUE TODO SUCEDA
Hugo
Betancur
Cuando alcanzamos
el entendimiento sobre las condiciones de lo que percibimos como real, nos
damos cuenta que los eventos suceden por una concordancia de causas y efectos -acciones
desencadenantes y consecuencias- lo que ha sido definido con el término
causalidad.
En tiempo
presente podemos abarcar los hechos como “lo que es” con sus condiciones y su conformación
eventuales que cada uno de nosotros interpretamos según las posibilidades de racionalización
y comprensión de nuestras mentes.
Si nuestra
actitud es “permitir que todo suceda”, posiblemente logremos contemplar y
percibir lo que ocurre con una mente estoica -aplacada y flexible ante los
acontecimientos.
Las
culturas y filosofías orientales nos instruyeron sobre la sensatez de fluir con
las situaciones y relaciones de nuestras vidas sin resistirnos, sin entrar en
conflicto, sin protagonizar dramas o tragedias personales de apego-posesión,
inculpación o victimización, sin aferrarnos a nuestras manifestaciones
psicológicas reactivas de ataque o defensa.
Se
propusieron enseñarnos sobre la violencia y negatividad que representan para
cada ser humano todos esos comportamientos egocéntricos basados en nuestros
planes particulares y en resultados que favorecieran nuestras expectativas o
que fueran convenientes a nuestros proyectos de éxito.
Nos
aleccionaron sobre nuestra aceptación de lo sucedido dándonos la imagen de
fluir como las aguas de los ríos o como el viento bordeando obstáculos y
avanzando hasta agotar su ímpetu. Nos exhortaron a que afrontáramos
confiadamente nuestros destinos deshaciendo pacientemente las relaciones y el
tiempo de nuestras existencias, sin quedarnos represados ni en situaciones ni
en guiones de sufrientes.
En la
cultura occidental nos advirtieron reiteradamente que “cada día trae su afán” y
que era insensato que nos desveláramos por las dificultades de ayer y las
conjeturas sobre un mañana inexplorable y evanescente.
Es justo y
pertinente que realicemos las acciones que nos corresponden para evitar que
muchos sucesos en que podemos intervenir se tornen destructivos contra nosotros
y los demás. Todo lo que hacemos se proyecta sobre el conjunto de la vida.
Nuestro
sufrimiento por lo que pasó o por lo que no pudo pasar es una disposición
inútil, es un error, es un estancamiento. Esa actitud tristona y patética nos
atrae incertidumbre, nos desgasta y consume nuestra energía. Es una carga
psicológica para quien asume el sufrimiento como su guion a interpretar y es
una carga para sus allegados.
Nuestro
sufrimiento no revive a los que cumplieron ya sus ciclos de existencias, no
deshace nuestras culpas ni nuestros desaciertos, no trae de nuevo a los que se
fueron abruptamente, no nos lleva de vuelta a las experiencias de complacencia
que ya pasaron. Nuestro sufrimiento es una obsesión demente, un capricho de
nuestros egos enganchándonos tercamente a seres humanos que ya no están o que
percibimos conflictivamente o a circunstancias consumadas.
Solo
nuestra aceptación de lo que fue nos puede liberar del sufrimiento y anclarnos
en el presente.
Cuando nos
hacemos uno con otros seres humanos o con las situaciones que vivimos, nos
manifestamos en la sabiduría del amor.
Nos hacemos
uno sin perder nuestra identidad ni nuestra autonomía, no fragmentándonos sino
integrándonos, sin apegos, sin apropiaciones, afirmando nuestra libertad y no
condicionándola a la vigilancia de quienes se pudieran considerar con una
mentalidad distorsionada nuestros amos o nuestros dueños.
Aunque sólo
sea por un momento, acogemos a esos seres humanos, o los eventos en que
participamos, con una disposición indulgente de aceptación y conciliación.
En esa
acción amorosa somos serios, sinceros, cordiales, respetuosos, protectores,
confiables.
Nos
comunicamos y honramos lo que otros representan para nosotros. Y nos honramos a
nosotros mismos. Participamos con una mentalidad desinteresada y ecuánime.
Nuestras
creencias pierden importancia porque predominan nuestros sentimientos de
integración y de comprensión-compasión, intensos, vitales, espontáneos.
Nos movemos
en un paisaje de lleno de luz y de colores fulgurantes, poblado por plantas
fértiles, por árboles vigorosos con sus follajes densos y sus frutos
abundantes, por seres vivos expresando su magnificencia recíproca y prodigiosa.
Todos los actos de amor son un presente en esa coreografía ejecutada.
Cuando no
logramos hacernos uno con aquello que percibimos como externo a nosotros, solo
establecemos relaciones fundamentadas en intereses, en sensaciones o placeres
ocasionales que se repiten previsiblemente, en planes de vida, en intercambios
afectivos o de acompañamiento mutuo, muchas veces desganado y competitivo, en
carencias propias que esperamos sean suplidas por otros y que toleramos
pasivamente con una mentalidad resignada de pobreza y desvalimiento. Otros
gobiernan, o dirigen, o condicionan nuestras vidas –o nosotros nos
condicionamos a lo que satisface o conforma a otros-, y entramos en la
dimensión del control recíproco, lo que es habitual en la dimensión del ego,
con sus axiomas predilectos y contradictorios “Busca, pero no halles; acércate,
pero permanece lejos; intenta cambiar pero permanece en la rutina; busca la
felicidad pero evita alcanzarla…”
Algo que
distingue esas relaciones no amorosas es la alternatividad en los sentimientos
de los implicados -altibajos de la alegría a la tristeza, de la conformidad a
la pugna, de la risa a los gestos de desagrado, de la cordialidad a la
hostilidad-, y el señalamiento de culpas –“soy infeliz por lo que haces o por
lo que no haces; no te preocupas por mí sino por ti; sólo me satisfaces cuando
te conviene...” y otra serie profusa de reclamos y quejas verbalizadas o
actuadas
Posiblemente
el amor permanezca ausente en esos nexos -muy efímeros o extendidos
precariamente a lo largo del tiempo-, y quizá algo llamado afecto, o cariño
agradecido, o complacencia, o dependencia, o necesidad, mantenga a los
relacionados en una cercanía obligada parecida a rutina o compromiso, donde la
alegría y la satisfacción aparecen de cuando en cuando para dar la ilusión de
integración y trascendencia, mientras la existencia va pasando…
Allí nos
movemos en un paisaje gris y brumoso, de árboles secos solo avivados por el
canto de pájaros solitarios que revolotean o se posan sobre sus ramas desnudas,
y poblado por seres vivos lánguidos y taciturnos que ambulan desorientados. En
ese espacio podemos inquirir para nuestro autoconocimiento: ¿Cómo son las
relaciones que tenemos? ¿Qué sentimientos y emociones constantes nos inspiran?
¿Qué predomina en nuestras interacciones utilitarias -pasajeras o sostenidas a
través de un largo tiempo? ¿Qué aportamos a otros en las experiencias
compartidas? ¿Son nuestra rutina obligada o nuestra libre asociación esas
relaciones en que participamos?
Hugo
Betancur (Colombia)
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SIN EMBARGO,
LOS CONFLICTOS SON REACCIONES
DE NUESTROS EGOS:
SOMOS PARTE DEL PROBLEMA
CREADO.
Hugo Betancur
Cada
vez que reaccionamos conflictivamente, percibimos que algo o alguien nos
afectó. Nuestra reacción es subjetiva y corresponde a esta interpretación:
“Algo que viene de afuera me está causando esto que siento”.
¿Quién
o qué siente o experimenta esa emoción de afectación? ¿Quién o qué afecta?
¿Cómo somos afectados?
Cuando
nuestras expectativas o planes son satisfechos, nos mostramos complacidos,
exitosos y conformes –no aparece ninguna manifestación de conflictividad.
Nuestras personalidades fluyen aparentemente armoniosas con los eventos o
relaciones que nos han posibilitado la experiencia placentera.
Cuando
nuestras expectativas o planes no son satisfechos, nos mostramos molestos,
frustrados, inconformes –aparecen las manifestaciones de conflictividad:
hostilidad, mal humor, tristeza o rabia, malestar. Nuestras personalidades
entran en pugna con los eventos o relaciones que han propiciado la experiencia
que consideramos negativa. Otros no han cumplido la función de agradarnos o de
representar los papeles que les hemos asignado. En nuestras mentes, volvemos a
ser niños que dependen de las acciones de otros para ser agradados y servidos y
reaccionamos agresiva o rabiosamente contra quienes no nos proporcionan ese
trato que ansiamos.
Obviamente,
nos relacionamos como seres humanos con personas o situaciones que nos afectan
en nuestras mentes o en nuestros cuerpos. Vivimos en un mundo inequitativo donde participamos de
los problemas no resueltos y de las cargas culturales heredadas de nuestros
ancestros. Somos conmocionados por los fanatismos provenientes de las
religiones, las culturas y los sistemas políticos. Recibimos un legado de
creencias represadas, atiborrado de sentimientos de venganza, de odios, de
discriminación racial y de nacionalismos divisionistas. La violencia de otros
puede causarnos daños físicos o psicológicos; otros pueden afectar nuestras
existencias y podemos considerar legítimas nuestras reacciones o protestas
–nuestra economía, nuestros recursos materiales, nuestra supervivencia pueden
ser afectados por las acciones de otros (personajes aislados o colectivos
humanos, autoridades o instituciones).
En
nuestras relaciones afectivas particulares se refleja todo ese cúmulo de
influencias del entorno y del pasado. Muchas veces seguimos comportamientos de
nuestros grupos sociales y familiares que son habituales y considerados como
correctos aunque nos atraigan disociación y pugnas cuando interactuamos con
nuestros allegados y nuestras parejas.
Al
actuar guiados por nuestros egos ventajosos, o ambiciosos, o con una mentalidad
infantil de ganancia y dependencia o condicionamiento respecto a otros,
entramos fácilmente en terrenos de conflicto y agresividad. Nos declaramos
conquistadores y amos de las mentes y cuerpos de otros o en adversarios porque
no logramos conciliar con ellos y porque esperamos su sujeción y obediencia a
nuestros proyectos y a la programación que les hemos asignado.
La
libertad de otros que aceptamos es la libertad que establecemos en nuestras
vidas, considerando que ellos sólo se ajustarán a nuestros planes si lo sienten
como adecuado o como espontáneamente factible y que todos tenemos la opción de
ejercer la autonomía como una responsabilidad y como un pilar del libre
albedrío.
Y
es lógico que entendamos que la paz y el equilibrio de nuestras mentes proviene
de relaciones cordiales y constructivas, y que nuestro bienestar y nuestra
tranquilidad reflejan lo que obtenemos en esa interacción. Y por contraste,
igualmente podemos deducir que si experimentamos estados de malestar y
desasosiego, eso evidencia que nuestra relación con eventos y seres humanos no
es gratificante y que los nexos transitorios parecen desiguales y ambiguos.
Hugo Betancur (Colombia)
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UNAS REFLEXIONES
SOBRE LA HISTORIA DE BUDDHA*
Podemos imaginar
la existencia de Buda. Primero como el príncipe Siddharta Gautama, habitando en
un palacio, bajo la protección de su padre. En la tercera década de su vida
mostró una notable tendencia a apartarse de los mandatos tradicionales y a
emprender su propio aprendizaje. Las historias relatan que salía furtivamente
hacia las afueras de la ciudad acompañado por un cochero con el propósito
de enterarse cómo era la vida de los
demás. En esas incursiones tuvo cuatro encuentros que lo conmovieron como espectador:
al salir por la puerta oriental del palacio pudo observar a un anciano,
decrepito y frágil; al salir por la puerta meridional vio a un enfermo grave;
al salir por la puerta occidental vio un cadáver; al salir por la puerta
septentrional vio a un religioso mendicante.
El príncipe
Siddharta Gautama se dio cuenta que la vejez, la enfermedad y la muerte eran
los símbolos más evidentes del sufrimiento humano, y que la inclinación
religiosa representaba un emprendimiento particular de pesquisa sobre la vida y
sobre sí mismo que cada uno podía asumir o dejar de lado según el estado de su
consciencia.
Siddharta
abandonó el palacio de su padre y se desligó de toda la parafernalia inherente
a su condición de príncipe. Incursionó en lo que llamamos “la búsqueda de la
verdad”, su inquisición esencial sobre cómo establecer la armonía y la paz como
un ser humano autónomo.
Una vez
alcanzado el estado de consciencia plena sobre sí y sobre la vida, el principe
Siddharta fue llamado Buddha -"el Iluminado".
Desde esa
condición de su mente, descubrió las “Cuatro Nobles Verdades”:
1. La noble verdad de la manifestación de “duhkha”** (el sufrimiento): la desilusión
o sufrimiento representados en el nacimiento, la vejez, la tristeza, los lamentos, el dolor,
la pena y el desespero, la desesperanza, la asociación con lo que no amamos o
la separación de lo que lo que amamos o decimos amar, no conseguir lo que
deseamos.
2. El origen de “duhkha” (el sufrimiento): el
apego hacia aquello con lo que nos relacionamos y las pasiones que nos sacuden
pretendiendo obtener placer a través de los sentidos: la obsesión porque algo suceda o la obsesión porque algo
no suceda.
3. La noble verdad del cese de “duhkha” (el
sufrimiento): atenuar y des-hacer el apego, la renuncia, el abandono y la
liberación de su yugo, liberar ese apego y esas expectativas porque algo
aparezca o porque algo no aparezca.
4. La noble verdad de las acciones o
comportamientos que nos permiten el cese de “duhkha” (el sufrimiento) por medio
de la práctica del “Óctuple noble sendero”:
El Óctuple
Sendero contemplaba
realizar estos atributos:
-Comprensión correcta
-Pensamiento correcto
-Palabra correcta
-Acción correcta
-Ocupación correcta
-Esfuerzo correcto
-Atención correcta
-Concentración correcta
*En idioma
sánscrito, el término buddha (बुद्ध) significa ‘despierto,
iluminado, inteligente’.
**Duhkha. En
lengua pāḷi, Dukkha,
significa: Descontento. Desilusión. Insatisfacción. Sufrimiento. Incomodidad. Dolor. Intranquilidad.
Imperfección. Malestar. Fricción. Pesar. Frustración. Irritación, Presión. Ir contra corriente. Agonía. Vacío. Tensión. Angustia existencial, "la carga o peso
existencial inherente a la condición samsárica (humana)".
Duḥkha es un término de difícil traducción. No existe un término equivalente exacto en las lenguas europeas ya
que Duḥkha tiene un
significado muy amplio y abierto en el idioma original, que engloba diversos
significados. Un ejemplo de Duḥkha dado por Buda es el estar
con alguien que no te gusta y el no-estar con alguien que te gusta. Históricamente, la traducción más común en occidente ha sido sufrimiento, lo que ha
generado una visión pesimista del Budismo. Sin
embargo, descontento o insatisfactorio están más cerca al sentido de esta palabra en los
textos originales.
https://es.wikipedia.org/wiki/Buda_Gautama
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