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sábado, 26 de enero de 2013

Días luminosos y días grises: lo que vemos.



                                            BANKSY. Moco Museum. Barcelona. Fotografía por Diana Valderrama.

Hay días en que estamos optimistas y satisfechos;

hay días en que estamos pesimistas e inconformes.


Hugo Betancur


        La vida y nuestras relaciones nos parecen muchas veces extrañas, incomprensibles o injustas.

Hay días que son grises para nosotros porque experimentamos la soledad, alguna tristeza persistente y parasita, alguna sensación de frustración y de fracaso.  Nos sentimos marginados y todo lo que nos rodea parece atentar contra nuestro equilibrio, aunque afuera, en el vasto paisaje, la naturaleza muestre un hermoso día de sol.

Otros días son luminosos, cálidos, exuberantes.  Nos sentimos llenos de optimismo y de vitalidad, satisfechos con nosotros mismos y muy tolerantes y pacientes con los demás.
Nuestras funciones parecen transcurrir en armonía con la actividad de nuestras mentes. Consideramos amistosos y joviales los gestos de las personas que se cruzan con nosotros. Nos sentimos integrados al presente, aunque en el exterior el ambiente aparezca lluvioso, frío y desolado.

Todo parece distinto y cambiante cada día que vivimos.

A veces aprendemos de quienes comparten con nosotros eventos y situaciones de características similares.  En algunas personas parecen predominar las actitudes de autocompasión, de reproches a sí mismas y a otros, de constantes conflictos con quienes las rodean, de culpabilidad propia o ajena porque interpretan que algún comportamiento de sus allegados o de ellas mismas no se ajustó a las expectativas trazadas previamente, de remordimientos o resentimientos por acciones del pasado que fueron inevitables para cada personalidad -que debió ejecutarlas según sus condiciones y posibilidades y no según lo que se esperaba de ella-.

En otras personas parecen predominar las actitudes de autoaceptación, de comprensión hacia sí mismas y hacia los demás, de disposición al diálogo pacífico y al entendimiento con quienes las rodean, de tolerancia ante los comportamientos de sus allegados y de confianza en sus propias decisiones y vivencias, de reconciliación con su pasado porque consideran que sus acciones fueron adecuadas para cada situación atravesada.

Probablemente nuestras actitudes ante la vida sean la causa de nuestros sentimientos de éxito o de fracaso, de integración o de aislamiento, de optimismo o pesimismo, de paz o de conflicto en nuestras relaciones.

Siempre podemos cambiar para encontrar el resultado positivo, satisfactorio, compensador en nuestra convivencia con los demás seres humanos y con el entorno.

Cambiar es aprender.  Aprender es fluir en armonía con lo que somos y con lo que son los demás.  Cada uno de nosotros es lo que es, no lo que debería ser.

Según nuestra decisión de acción, así será el resultado.  Nuestras acciones afectan a los demás y nos afectan a nosotros mismos. Cada vida particular afecta la vida humana en su conjunto.  La parte afecta a la totalidad.  No podemos dar a otros lo que no tenemos y no podemos recibir de otros lo que ellos no tienen o no están dispuestos a retribuir.

En nuestra interrelación con quienes nos rodean, en ocasiones creemos perder lo que creíamos poseer, especialmente respecto a las personas con quienes establecimos algún nexo.

Todas las relaciones tienen un propósito y transcurren en una medida de tiempo.  Una vez cumplido ese propósito, las relaciones pueden ser modificadas por decisión de alguna de las partes o de ambas.

Nuestra interpretación posterior puede permitirnos que los días sean gratos y luminosos, o que sean desolados y grises.

Podemos elegir en nuestra mente que paisaje nos gusta y adaptarlo  a nuestra visión.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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LO QUE NO PUDO SER; LO QUE FUE.


LO QUE NO PUDO SER; 

LO QUE FUE.

Hugo Betancur

 

Nuestros pensamientos son expresiones del movimiento de nuestras mentes y provienen de un archivo de datos e impresiones que hemos asumido. Interpretamos los procesos de la existencia según nuestras experiencias y según las de otros limitados al estado de nuestra personalidad.

Cuando meditamos seriamente sobre nuestras acciones y relaciones con la visión del corazón –la disposición a comprender-, podemos conocernos y conocer a otros, si ese es nuestro propósito. Los enfoques racionales son solo una fragmentación de lo que llamamos realidad porque provienen de nuestras creencias particulares. Si logramos mirar el mundo desde la posición de los demás, tendremos su perspectiva y sus percepciones, distintas a las nuestras.

Podemos ser atentos observadores mientras debutamos en los escenarios de la vida e interactuamos según las condiciones del presente o podemos ser actores distraídos empeñados en representar los papeles aprendidos en el pasado y en recitar una y otra vez los guiones memorizados –nuestro programa y nuestros fijos proyectos de vida.

Si nos desempeñamos como actores que repetimos nuestros libretos, nuestros procesos de reacción serán monótonos y previsibles: el engranaje mecánico puesto en marcha y controlado por nuestras mentes estancadas con nuestra energía y una precaria información para desempeñarnos en nuestras relaciones de todos los días.

Nuestras mentes fluyen construyendo ideas e imágenes adecuadas a lo que somos. Otros pueden tomarse una impresión de cada uno de nosotros cuando observan nuestros comportamientos por las emociones y sentimientos que expresamos en nuestras relaciones.

Muchas veces nos quedamos pasmados cavilando sobre lo que no pudo ser. Revisamos nuestros viejos planes y expectativas y repasamos los dramas en que fuimos protagonistas infortunados, llevados a la deriva por un cruel destino que nos dejó su huella de amargura y sufrimiento.

Cargamos esos recuerdos como una valiosa posesión durante largas jornadas a través del tiempo de nuestras vidas y hacemos recuentos minuciosos que terminan por aburrir o abrumar a nuestros amigos y parientes; sin embargo, no obtenemos alegría ni satisfacción con esa representación psicológica de mártires: las historias tristes solo nos atraen evocaciones autocompasivas y grises; los cementerios solo guardan despojos y los museos solo conservan retazos de situaciones ya transcurridas y evanescentes.

Todo lo que fue dejó alguna evidencia que podemos relacionar con eventos y personajes. Lo que no pudo ser lo podemos explicar como no sucedido: faltan las evidencias porque no lo experimentamos y no fue posible: un gran amor, la adquisición de algo material, la ejecución de alguna acción o la conquista de algún objetivo perseguido.

Ante nuestras vivencias decidimos nuestras actitudes y sentimientos para asimilar los acontecimientos en que participamos: elegimos la aceptación inteligente y fluida o elegimos el rechazo y la resistencia.

La aceptación nos lleva a la paz y al entendimiento de que todo lo que pasa tiene una causa y un propósito.

El rechazo nos lleva al conflicto y al sufrimiento, lo que no modifica los sucesos atravesados y nos convierte en viajeros tormentosos y quejumbrosos.

La vida es un conjunto de circunstancias que nos permiten experimentar todas las opciones de la dualidad bajo identidades diferentes. En algún instante del tiempo los cuerpos han de morir. El altivo monarca abandona su trono inevitablemente para regresar vestido de mendigo a confundirse con la gente menuda que hizo posible su reinado; y el mendigo se despoja de su atuendo andrajoso para ponerse los trajes suntuosos de soberano y recorrer a su antojo las dependencias del palacio –todo esto ocurre para que cada uno conozca  los papeles cumplidos por los otros y la manera como se sintió sacudido por los procesos de su efímera existencia.

El sufrimiento es un yugo que asumimos. Cuando nos damos cuenta que no es grato ni útil y que llena de confusión nuestras vidas, podemos dejarlo atrás junto con nuestras interpretaciones particulares, nuestras recriminaciones, nuestras culpas, nuestras condenas, nuestros odios y nuestros sentimientos de separación. Dejamos entonces de sentirnos víctimas de otros y asumimos nuestra autonomía; nos liberamos de nuestros juicios extremos y de sus consecuencias.

Desde nuestras creencias, cada uno de nosotros decide qué sucesos van a afectarnos y cómo nos van a afectar. En cualquier momento podemos cambiar de elección cuando alcanzamos una visión consciente sobre la inevitabilidad de los hechos vivenciados.

Nuestro mayor obstáculo para cambiar el enfoque sobre los eventos proviene de nuestro ego caprichoso con sus presunciones de orgullo, de “dignidad herida” y de dominio o control sobre las acciones y decisiones de los demás.

Como escribí antes, la comprensión nos permite modificar nuestra mentalidad y nuestras creencias: al unísono, nuestro corazón busca las razones de nuestra mente y nuestra mente busca las razones del corazón, lo que nos permite ver “lo que es” y lo que fue y dejar a un lado “lo que no pudo ser”, para que las tramas de la crónica vivida nos muestren su coherencia y sus intrincados nexos de aprendizaje y de libre albedrío.

 

Hugo Betancur (Colombia)

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